
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 30
NICK
La mañana del sábado en la residencia Kaulitz no era una mañana normal, era un campo de batalla con olor a perfume masculino y café cargado. El sol apenas empezaba a asomar, pero el caos ya se movía por los pasillos con la fuerza de un huracán.
Me serví la tercera taza de café negro queriendo superar el trauma porque joder, estuve a un segundo de ver cómo ese chico se convertía en un titular de periódico.
— ¡Nick! ¿Has visto mis aretes de plata? — el grito de Tom retumbó desde el piso de arriba, seguido por el sonido de algo pesado cayendo al suelo. — ¡Maldita sea, nada en esta casa está donde debería!
Suspiré, cerrando los ojos un momento. Tom estaba al borde de un colapso nervioso, y no era para menos: en unas horas se pondría un anillo que le pesaría como una cadena perpetua y vaya vida le espera con una mujer que no ama.
Yo por lo menos cuando supe que mi novia estaba esperando a mi Karina casi me quería morir. Preparé absolutamente todo con todo el amor del mundo para que mi niña creciera con lo mejor y que a mi esposa no le faltara nada.
Desgraciadamente ella falleció en cuanto Karina nació y por eso le puse su nombre. Ambas tienen el mismo carácter y por demás.
Actualmente estoy casado con Heidi, soy feliz, la quiero pero… ¿qué pasaba si decidía tener otro bebé?
No quiero pensar mucho en ese tema… suficiente bebé con Francis, que por cierto escuché sus pasos rápidos bajando las escaleras, con las rastas aún algo revueltas porque se notaba que recién despertó.
— Buenos días… — murmuró esquivando mi mirada y yendo directo a la cafetera.
— Buenos días. — respondí con la voz ronca. — Siéntense. Los dos. Ahora.
Tom apareció en la cocina, con la camisa del traje abierta y las trenzas despeinadas. Se veía fatal. Tenía ojeras profundas y las manos le temblaban ligeramente mientras intentaba abotonarse los puños.
— No tengo tiempo para reuniones familiares, Nick. La limusina llega en…
— Siéntate, Tom. — repetí, usando ese tono que mi padre usaba cuando la paciencia se le agotaba.
Ambos obedecieron, intimidados por la seriedad de mi rostro.
Me apoyé contra la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho. — Anoche pasó algo. — empecé, mirando directamente a Tom, quien se puso rígido al instante. — Y antes de que salgas por esa puerta a casarte, tienen que saberlo.
— ¿Qué pasó? No tengo tiempo si es algún problema estúpido con respecto a este. — señaló a Francis que ni siquiera se inmutó.
— ¿Es sobre Bill? — preguntó mi hermano menor.
Ah, ahí bien que Tom prestaba atención.
— Lo encontré en el puente. — solté para empezar. Francis soltó un pequeño quejido y se tapó la boca con la mano. — Y no estaba mirando el paisaje. Estaba del otro lado de la barandilla, dispuesto a saltar. — lo que siguió fue silencio.
Tom se quedó petrificado, con los ojos de par en par, llenándose de miedo.
— ¿Él… él intentó…? — la voz de Tom se quebró. — ¡No me jodas, Nick!
— ¿Ah?
— Lo atrapé en el último segundo. — continué, sintiendo la rabia recorrer todo mi cuerpo. — Su hermana estaba ahí, histérica. El chico está roto, Tom. Y está roto porque ustedes dos, lo han empujado a un rincón donde no ve salida. Si no lo fastidia el uno, lo fastidia el otro ¡pero siempre tienen que estar fastidiándole la vida!
Tom se levantó de la silla con tal violencia que esta cayó hacia atrás.
— ¡Tengo que ir a verlo! — exclamó, empezando a caminar hacia la salida sin importar que estuviera a medio vestir. — ¡Me importa una mierda la boda, Nick! ¡Si Bill está así por mi culpa, yo…!
— ¡Tú no vas a ningún lado! — le grité, bloqueándole el paso. — Si apareces en su casa ahora solo lo vas a arruinar más.
— Entonces ir yo. — agregaba Francis. Pero también negué con la cabeza.
Tom se apoyó contra la pared, tapándose la cara con las manos. Se escuchaban sus respiraciones erráticas.
— ¡Solo déjenlo en paz, maldita sea!
— ¡Ser Tom quien arruinar su vida! ¡no yo!
— ¡Tú te metiste en medio, idiota! —rugió Tom, señalando a Francis con un dedo tembloroso. — ¡Él estaba conmigo! ¡yo era su hombre!
— ¡Errras! ¡Tú solo usar a él! — le gritó Francis, levantándose de su asiento dispuesto a encarar a Tom. — ¡Tú ser un animal! ¡Bill no ser un juguete para tus planes! ¡Él estar sufriendo y tú solo querer follar y destruir! ¡Tú ser el verdadero monstruo aquí!
— ¡Cállate! ¡No sabes nada! — Tom se lanzó hacia adelante, empujando a Francis por los hombros. El menor no se quedó atrás y le devolvió el empujón, haciendo que ambos chocaran contra la mesa, volcando lo que quedaba del desayuno.
El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo fue el detonante.
Me enfurecí.
— ¡BASTA! — me metí entre los dos, agarrando a Tom de la nuca y a Francis del brazo con una fuerza que los dejó inmóviles. Mis ojos debían dar miedo, porque ambos se quedaron de piedra, jadeando.
No quería que llegue a más. — ¿Creen que esto ayuda a Bill? ¿Creen que pelear como perros en celo va a borrar el hecho de que ese chico casi se mata anoche? — los solté con un movimiento seco. — Me tienen harto, ¡harto!
Francis suspiró.
— Harto de su egoísmo y de sus dramas de telenovela estúpida, ¡son hermanos! — decía caminando hacia el cuarto de servicio, ignorando sus protestas. Sabía perfectamente lo que buscaba. En el fondo de un baúl viejo, todavía guardaba una camisa gigante, cosida por los lados, que mi madre mandó a hacer hace años cuando las peleas de estos dos amenazaban con derribar la casa. La tomé y regresé a la cocina con la prenda en la mano.
Tom me miró con horror.
— Nick, no… ¡Tengo una boda en dos horas! — exclamó Tom, retrocediendo.
— Me importa una mierda tu boda. Ni siquiera la amas. — sentencié. — ¡Adentro los dos! — a pesar de ser adultos, mi autoridad seguía pesando. Los obligué a meterse en la enorme camisa. Primero Tom, luego Francis. Los dos cuerpos quedaron pegados, brazo con brazo, pecho con pecho, atrapados en la misma tela.
— ¡Esto ser ridículo! — se quejó Francis, intentando moverse y terminando por darle un cabezazo accidental a Tom.
— ¡Quítame esto, Nick! ¡Parecemos un jodido experimento fallido! — chilló Tom, forcejeando inútilmente.
Me senté frente a ellos, me serví lo que quedaba de café y los miré con calma.
— Se van a quedar ahí quietos. No van a salir de esa camisa hasta que dejen de culparse el uno al otro y entiendan que Bill es una persona, no un trofeo. Van a hablar civilizadamente sobre cómo van a arreglar este desastre sin hundirlo más. Y si llegan tarde a la iglesia, le diré a todo el mundo que el novio no vino porque estaba atrapado en una camisa con su hermano pequeño por portarse como un imbécil.
Tom y Francis se miraron de cerca, sus rostros a apenas unos centímetros de distancia, ambos bufando de indignación pero atrapados sin remedio.
— Apestas. — masculló Francis, intentando apartar la cara, aunque el espacio era nulo. — Y tus trenzas me picar ojo. ¡Moverte, Tom!
— No puedo moverme porque tus malditas rastas pesan como sacos de cemento, maldita gorgona. — replicó Tom con veneno. — Y no me hables, que tu aliento si huele a mierda.
— ¿¡Y a mí qué!?
— ¿¡De qué!? — carajo, la camisa de castigo pareció que iba a reventar por las costuras. — ¡Tú no sabes lo que es estar en mi lugar! Tener que casarme con alguien que no soporto mientras el único que me hace sentir querido está ahí afuera, odiándome… ¡porque tú apareciste y te eligió a ti! ¡no sabes que humillación sentí!
— ¡Qué Bill no elegirme como pareja, Tom! ¡Entender, miegda! ¡Pozhaluysta, poymite! (Por favor, entiende) — Tom bajó la cabeza, apoyando en el hombro de Francis.
— Joder.
— Bill estar molesto con yo… por decir que Bill ser un niño herido. — susurró Francis con la voz quebrada. — Lo dije para que él reaccionar, i teper’ ya chuvstvuyu sebya vinovatym, potomu chto, vozmozhno, poetomu on khotel pokonchit’ s soboy (y ahora me siento culpable porque por eso tal vez se quiso matar)
— Quizás por mi culpa… — una lágrima rodó por la mejilla de Francis y cayó directamente sobre la camisa blanca que compartían. Tom levantó la vista, y sus propios ojos estaban rojos, cristalizados de angustia que ya no podía ocultar tras su fachada de tipo duro. — Fui un imbécil. — admitió Tom. — Perdóname, Fran… yo… no debí pelearme contigo.
— Perdóname tú a mí, Tom. Por todo, todo, todo. — respondió Francis entre hipos. — Yo saber que tú querer a él a tu forma… aunque tu forma ser muy tonta. Yo no querer que tú estar triste en tu boda.
Los dos hermanos se quedaron ahí, llorando en silencio, fundidos en un abrazo forzado que se había vuelto real. La rabia se había evaporado, dejando solo a dos chicos asustados por la fragilidad de la vida de la persona que ambos, a su manera desastrosa, amaban.
Me levanté de la silla, dejando la taza vacía sobre la mesa. El ambiente había cambiado gracias a que ver la situación me había puesto tan sentimental.
— Bien. — dije en voz baja, acercándome para desabrochar los botones laterales de la camisa. — Parece que ya recordaron que son sangre de la misma sangre, estúpidos. Los quiero. — continuaba llorando. — Y no me vean que yo nunca lloro.
Francis y Tom solo se burlaron de mí.
Saqué a Tom primero, quien se limpió la cara rápidamente con la manga, tratando de recuperar la compostura, aunque sus ojos lo traicionaban. Luego saqué a Francis, que se quedó abrazado a sí mismo, todavía algo afectado.
— Ahora… — sentencié mirándolos a ambos. — Tom, termina de vestirte. Francis, ayúdalo con esos aretes que no encuentra. Tienen una hora para alistarse que ya tenemos que salir a la iglesia, ¿está bien?
— Sí. — respondieron al mismo tiempo.
Estaba orgulloso de mis hermanitos.
.
BILL
— Jamás pensamos que la forma en que tratamos a Bhianesh te iba a afectar de esa manera, Bill. — decía mamá mientras yo la observaba de pies a cabeza.
La señora Trümper llevaba un increíble vestido azul rey que hacía juego con la corbata de mi padre, quienes estaban listos para ir a la boda de Tom Kaulitz. Yo, en cambio, seguía en pijama, con el pelo hecho un nido y las ojeras hundiéndome la cara.
Yo no podía ir porque no estaba invitado y además era un completo desastre. Si los planes de la boda iban en marcha aún era porque Charlotte no pudo hacer nada para hacer retractar a Tom…
O tal vez porque a Tom le importaba más su herencia que su propia felicidad.
— ¿Oíste, Bill?
— ¿Qué? — levanté la mirada con lentitud hacia la de mis padres y ellos solo suspiraron, agotados. Desde el desayuno estaban tratando de hablar conmigo y yo seguía sumido en mis pensamientos.
— Ay, Bill… olvídalo. Solo… nos preocupa dejarte solo. — intervino mi padre, ajustándose el reloj de oro con un gesto nervioso. — Bhianesh dijo que fue un accidente pero ambos sabemos que no eres tan torpe para resbalar así en un puente a medianoche. Tú hermana se quedará contigo, que haga algo ya que es su culpa.
Solté una risa seca.
— Qué considerados.
— Bill. — trató de hablar mamá pero la interrumpo.
— Vayan a la boda. Vayan a brindar por el matrimonio perfecto de Tom mientras yo me quedo aquí oyendo como mi corazón se rompe con cada segundo que pasa.
— Bill, por favor… — Simone se acercó para tocar mi mejilla, pero me aparté. — Solo queremos que descanses. Te hemos presionado mucho, lo sabemos. Pero hoy es un día importante para los Kaulitz y tenemos que estar ahí ya que fuimos invitados.
¿Importante? Sí, claro.
Sin agregar nada los vi salir. Escuché el auto de papá alejarse y la casa quedó en silencio.
Me levanté de la cama y caminé hacia el espejo. Me veía patético, feo, cada vez más gordo, pequeño, sin forma…
— ¿Bill? — detrás de la puerta mi hermana se hizo presente. — He preparado té… ¿puedo entrar? — su voz sonaba como la de toda una mustia. — Bill, yo… si me permites hacer algo para arreglar lo mal que he actuado contigo.
— ¿Qué podrías hacer tú? — comenté con burla
Ella solo sonrió.
&
El freno tan brusco que le di a mi coche en el estacionamiento privado fue lo único que rompió el silencio tenso que reinaba entre Bhianesh y yo. Apagué el motor y me quedé mirando el volante un segundo, con un dolor intenso en mi corazón que parecía estar amenazando con salir de mi pecho.
— ¿Estás listo? — preguntó ella en un susurro. Se había portado extrañamente bien en los últimos minutos. Me había ayudado a peinarme, a tapar las ojeras con corrector y a planchar el esmoquin negro que guardaba para ocasiones especiales…
Ella llevaba un vestido del mismo color que mi traje, disimulaba su vientre medio inflamado.
— No lo sé. — admití, ajustándome la corbata frente al espejo retrovisor. — Estoy asustado…
¿Realmente creen que si Tom me ve… le diga que no a Ría y se vaya conmigo?
«No estoy seguro.»
Bajé del auto para pararme frente a la enorme iglesia, que se ve imponente ante nosotros. La fachada estaba decorada con miles de flores blancas y una alfombra roja que se extendía hasta la entrada principal.
Acomodé los puños de mi camisa, respiré hondo y caminé hacia la entrada secundaria con Bhianesh pisándome los talones. No podíamos entrar por la puerta principal; mis padres ya estaban adentro y la seguridad me echaría si me veían ya que no estaba en lista.
Nos deslizamos por el pasillo lateral hasta llegar a una columna media oculta que estaba a metros de la última fila de bancas. La música resonaba con fuerza una marcha nupcial que me hacía revolver el estómago. Desde aquí tenía una vista perfecta del altar, pero la oscuridad me mantenía oculto.
— Quédate aquí. — le ordené a Bhianesh, quien asintió y se apoyó contra la pared.
Me asomé con cuidado. El lugar estaba lleno. Vi las cabezas de mis padres en la tercera fila, susurrando algo y luego… luego lo vi a él.
Tom estaba de pie frente al altar, con un esmoquin que le quedaba bien calentón. Tenía las manos entrelazadas al frente y la cabeza ligeramente baja. Parecía un prisionero esperando su sentencia. Nick y Francis estaban a su lado, vestidos de padrinos, mirando hacia la entrada con nerviosismo.
Francis parecía estar buscando a alguien con la mirada en la multitud.
Entonces, las puertas principales se abrieron de par en par. Ria apareció, vestida con un vestido de novia blanco que parecía costar más que mi vida entera. Caminaba hacia Tom con una sonrisa triunfal, del brazo de su padre, entonces la ceremonia comenzó. El sacerdote empezó a hablar sobre el amor, el compromiso y todas esas mentiras que la gente se cuenta para sentirse mejor.
Cada palabra del sacerdote era una puñalada. Me aferré a la columna, sintiendo que las lágrimas empezaban a picar en mis ojos. Tom no miraba a Ria; miraba al suelo, como si estuviera contando los segundos para que esto terminara.
Y yo ni siquiera me atrevía a actuar.
— Tom Kaulitz, ¿aceptas a Ria Sommerfeld como tu legítima esposa, para amarla y respetarla…? — la voz del sacerdote retumbó en el auditorio y el silencio que siguió fue asfixiante.
Tom dudó.
Levantó la vista un momento, escaneando la multitud desesperadamente, como si esperara un milagro. Sus ojos se clavaron en la dirección de la columna donde yo estaba logrando tensarme pero la oscuridad me protegía.
— Acepto. — dijo finalmente, con una voz ronca que no sonaba nada convencida. Un murmullo de alivio recorrió la sala ese rato e hizo a Ria sonreír victoriosa.
— Ria, ¿aceptas a Tom Kaulitz…?
— Acepto. — respondió ella de inmediato, interrumpiendo al sacerdote.
Cerré los ojos, derrotado.
No hice nada, absolutamente nada por salvarlo. No me atreví, mis piernas no cedieron y ahora viviría con ese remordimiento siempre.
Sin escuchar nada más salí corriendo de la iglesia, haciéndome presente entre los invitados.
Ya no me importaba la discreción. Ya no me importaba que mis padres me vieran o que la seguridad me sacara a rastras.
Mis botas resonaron contra el suelo pulido. Crucé la luz de la entrada principal, empujé las pesadas puertas con fuerza—que no sabía que tenía—y salí al aire libre, donde el atardecer empezaba a teñir el cielo de un naranja bonito.
— ¡Bill! ¡Espera! — el grito de Bhianesh se perdió a mis espaldas.
La ignoré… ignoré el dolor en mis pulmones y corrí hacia el estacionamiento, con la visión borrosa por las lágrimas que finalmente se desbordaron, calientes y amargas. Subí a mi auto, pero mis manos temblaban tanto que las llaves cayeron al suelo del mismo.
— ¡Mierda, mierda, mierda! — sollocé, golpeando el volante con el puño. — ¡Soy un cobarde! ¡Lo perdí! ¡AAAAHH!
Justo cuando iba a agacharme para recoger las llaves, la puerta del copiloto se abrió de golpe. Me preocupé esperando ver a mi padre furioso, pero me encontré con unas rastas revueltas y una mirada cargada de una compasión que me dolió más que cualquier insulto.
Francis estaba allí, jadeando, con el esmoquin medio desaliñado.
— Joder, Bill. Tú no irte solo. — dijo con firmeza, entrando al coche y cerrando la puerta antes de que yo pudiera protestar.
— ¡Vete, Francis! — le chillé, cubriéndome la cara con las manos. — ¡Vuelve allá adentro! Tu hermano se acaba de casar, ¡ve a celebrar y déjame en paz!
— No. — Francis estiró la mano y, con una suavidad recogió las llaves del suelo y las puso en el contacto, pero no encendió el auto. — Tom ya elegir su camino. Ahora ser momento de que Bill elegir el suyo… pero lejos de aquí. — me miró fijamente, ignorando las llamadas que seguramente estaban llegando a su propio teléfono. — Muévete, Bill. Yo conducir.
No tuve fuerzas para pelear. Me arrastré hacia el asiento del copiloto como un niño regañado mientras él se ponía al volante. Francis arrancó el coche con destreza y salimos de la iglesia a toda velocidad, dejando todo atrás. Condujo durante más de una hora. El paisaje urbano fue reemplazado por la silueta oscura de los árboles y la carretera abierta. Ninguno de los dos habló; el único sonido era mi respiración entrecortada y mi llanto sin cesar.
Finalmente, se detuvo en un mirador natural, un lugar donde la ciudad se veía como un puñado de luces insignificantes a lo lejos.
Francis apagó las luces y seguido el auto para girarse hacia mí y, sin decir una palabra, tiró de mi cuerpecito hacia él. Me derrumbé contra su pecho, aferrándome a su chaqueta mientras gritaba de puro dolor, mojando su camisa con mis lágrimas.
— Llora, Bill. — susurró él, rodeándome con sus brazos, dándome refugio como siempre. — Aquí puedes gritar todo lo que quieras, solo estamos los dos. — eso hice… mi mundo se había derrumbado por completo. Qué patético me sentía.
Francis no decía nada, solo me acariciaba la nuca con una paciencia infinita. Sus dedos se enredaban en mi cabello vagamente. Él no me juzgaba por amar al idiota de su hermano y permitir que me hiciera tanto daño.
— Ya no puedo más, Francis. — susurré contra su pecho. — En serio debí morirme. — él se separó apenas unos centímetros para mirarme. La luz de la luna entraba por el parabrisas, iluminando sus facciones suaves y esa mirada cargada de un no sé qué, que me hizo verlo bien caliente.
— Bill ser especial. — murmuró. — Tom ser ciego pero tú… tú ser valiente por sentir tanto.
Mierda…
— ¿Por qué eres tan bueno conmigo? — pregunté, acercándome un poco más, sintiendo su calor. — Me cuesta creer que eres real. — Francis tragó saliva. Su manzana de Adán poco notoria se movió con nerviosismo y sus manos, que seguían en mis hombros, temblaron apenas.
— Porque yo no poder dejar que Bill se rompa más. — respondió en un susurro. — Yo… yo siempre estar aquí. — una chispa de algo que no sabía identificar se encendió en mi pecho. Quizás era el despecho, quizás era la soledad, o quizás era darme cuenta de que el amor no siempre tiene que ser como uno quiere.
— Sabes… — empecé, acortando la distancia hasta que nuestras narices casi se rozaron. — Dijiste que soy un niño herido y tal vez tengas razón. Pero este niño herido ahora mismo solo quiere sentir algo que no sea dolor. — el rastafari no supo que decir, su respiración se aceleró y sus ojos bajaron a mis labios antes de volver a subir a mis ojos, llenos de una duda.
— Bill… yo… — intentó decir, pero el nerviosismo le trabó la lengua y que no lo dejo terminar. Con una seguridad que nació del mismo fuego que me estaba consumiendo, llevé mis manos a sus mejillas y lo atraje hacia mí. El primer contacto fue suave, casi un roce de duda, pero en cuanto sentí el calor de sus labios contra los míos, algo explotó. Francis soltó un suspiro entrecortado y, tras un segundo de shock, rodeó mi cintura con fuerza, devolviéndome el beso bastante tímido. Sus labios sabían a esa inocencia que yo ya había perdido hacía mucho tiempo, una mezcla de timidez y urgencia contenida que me hizo estremecer. Francis soltó un gemido ahogado contra mi boca. Sus manos, grandes y cálidas me acarician de arriba hacia abajo con mucha calma. — Bill… — susurró entre el beso, separándose con la respiración echa un lío. — Yo… yo haber soñado con besarte tanto tiempo… pero no así, no con Bill sufriendo por él.
Sus ojos, usualmente tranquilos, ahora eran un mar de confusión y quizás, solo quizás… deseo. El nerviosismo le hacía temblar los labios, y su vulnerabilidad me resultó más excitante que cualquier cosa. Cómo pude me senté sobre su regazo, ignorando la palanca de cambios y el espacio reducido en el que estábamos.
— No pienses en él, Francis. — le pedí, enterrando mis dedos en sus rastas, obligándolo a mirarme. — Solo somos tú y yo… ¿mhmm? ayúdame a olvidar, por favor.
Él cerró los ojos, apretando los dientes como si estuviera batallando internamente. Su autocontrol pendía de un hilo, y yo estaba disfrutando cada segundo de su resistencia desmoronándose.
— Por dios. — Francis simplemente volvió a besarme, uniendo sus labios a los míos de una forma muy distinta a la del inicio. — Bill ser tan hermoso… — jadeó él, cuando me vió bajando los besos hacia su cuello, encontrando un punto sensible. El agarre que le dió a mi trasero me hizo apretar las piernas alrededor de sus caderas. — Yo querer cuidar de Bill… siempre.
Justo cuando sentía que el fuego nos iba a consumir por completo, un sonido estridente rompió la burbuja. El teléfono de Francis, olvidado en el compartimento de la puerta, empezó a vibrar con insistencia.
En la pantalla, el nombre de su hermano mayor se reflejaba en letras grandes. Francis se detuvo en seco, con la frente apoyada en mi hombro, jadeando con fuerza. Probablemente cayendo en la realidad de lo que estaba por suceder, pero yo ya estaba demasiado excitado como para permitir interrumpir la situación.
— No contestes… — rogué, besando su sien, tratando de traerlo de vuelta a mí. — Por favor, no lo hagas. — empiezo por quitarme la chaqueta y luego empiezo a desabrochar los botones de mi camisa blanca.
Por debajo, justo en mi trasero, la erección del rastafari ya era demasiado dura, igual como una roca y la sentía palpitar.
Cómo pude «y aún estando encima de él» también me saqué los pantalones y los boxers, quedando totalmente expuesto ante su visión.
Él se quedó inmóvil, luchando consigo mismo en su contestar o no. Por la insistencia de la llamada deduje que Nick no iba a rendirse y dios, solo necesitaba de él. Lo quería todo para mí.
— ¿Qué tal si ser emergencia? — empiezo por besarle la mandíbula mientras una mano juguetona desciende acariciándole el pecho hasta centrar en medio de ambos. Su pene duro lo empiezo a masajear a duras penas, volviéndolo más rígido.
Fran seguía debatiendo entre si contestar o no con ojos cerrados.
Subo mis besos hasta atrapar su labio inferior, para tirar de el. Mis manos se encargan desesperadas en aflojar el botón de su smoking. — Bill… y-yo…
— Carajo. — interrumpí arrebatándole el teléfono de la mano para apagarlo y tirarlo a los asientos de atrás.
— ¡Bill! — exclamó con preocupación.
— ¿Qué?
— Yo… ¡yo no tener secso nunca! ¡Francis ser virgen!
Continúa…
Gracias por la visita. Ya queda sólo un capi 😉