Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 3

Caminar por los pasillos de la facultad un viernes es, básicamente, mi pasarela personal. Sé que suena egocéntrico, pero es la realidad.
Si no se giran a verme, es que algo en el universo está roto. Pero hoy era diferente. No era solo la ropa o el hecho de ser el hijo de los Trümper, era que sentía un secreto quemándome debajo de la piel.

Llevaba una camiseta negra con un cuello en V dónde mostraba descaradamente los hematomas que tenía en el cuello con intenciones de que el chisme se regara por toda la página DCOPN. Para la salida si me encargaría de tapar para que mis padres no vean el desastre que tengo cubriéndome el cuello.

— ¡Bill! ¡Ese look es un escándalo! — me gritó alguien del equipo de fútbol mientras me chocaba la mano.

Les dediqué mi sonrisa de soy demasiado fabuloso y seguí de largo. Me sentía poderoso, aunque cada vez que el roce de la camisa tocaba el chupetón que Tom me dejó, un escalofrío me recorría la columna y me recordaba que, técnicamente, mi centro de gravedad seguía un poco… desviado.

Pero aún así lo volvería a repetir.

Entré a la clase y el silencio se hizo notar. Saludé a Georg y a Gustav con un ademán en la mano y una sonrisa. Karina y su séquito de clones dejaron de parlotear en cuanto me senté junto a mis amigos, en las sillas del fondo.

— Dicen que te dio una migraña mortal el miércoles. — soltó Karina, dándose la vuelta con esa mirada de envidia que no puede ocultar ni con tres capas de corrector. — Aunque por cómo caminas hoy, parece que la migraña te bajó a otras partes, Bill.

Ni siquiera me digné a mirarla a los ojos.

Saqué mi espejito de mano, me retoqué el labial transparente y solté un suspiro de aburrimiento total.

— La envidia te va a sacar arrugas prematuras, Karina. Deberías hidratarte más y proyectar menos tus frustraciones en mí. — le respondí con mi voz inocente, logrando que volteara y no siguiera hablando más.

Georg y Gustav se rieron.

— ¿Cómo estás, mi amor? — saludó Georg poniéndome la mano en la mandíbula. Yo me apegué un poco más siguiéndole el juego mientras les ponía cada mano en la mejilla a ambos para besarlos.

— Bien, mi vida. ¿Cómo están ustedes? — Gustav hizo una mueca de susto tan exagerada que nos hizo reír.

— ¡Basta, Bill! — gritó demasiado sonrojado. Cómo a los cinco minutos de mi llegada un papelito aterrizó en mi pupitre. Lo abrí extrañado y una sonrisa se dibujo en mis labios sin poder evitarlo. — ¿Qué es?

— Fiesta en el club L’Èclipse hoy. El DJ es bueno, pero la fiesta no es fiesta si no vienes tú. Te esperamos, guapo. — leí en voz alta lo que decía el papel.

Arqueé una ceja buscando al autor de aquel papel. Solo me topé con Fred saludándome y rodeo los ojos.
Esto era lo de siempre. Ser el chico popular tiene su protocolo, si yo voy, el evento es épico; si no voy, es solo un montón de gente bebiendo cerveza barata en vasos rojos.

— ¿Vas a ir? — me susurró una chica de al lado, mirándome como si fuera una aparición divina.

Issh, si yo siempre era divino.

— No lo sé, cielo. — respondí estirándome como un gato. — Mi agenda de está un poco saturada este fin de semana.

— Ouh, entiendo.

Pero la verdad es que mi cabeza era un caos.

El profesor hablaba de principios morales y yo… ¡si ya sé que soy un maldito traumado pero entiéndanme! solo podía visualizar las manos de Tom sobre mi piel y el olor a tabaco de su ropa. Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba su voz, sus gemidos y sentía ganas de mandar la clase al carajo y salir corriendo a buscarlo.

¿Pero dónde lo haría si no sabía absolutamente nada de él?

Al salir de clase, Brian me interceptó en el pasillo, arrancándome un suspiro mientras ladeada la cabeza.

— Bill, te he estado buscando. Vamos juntos a la fiesta de esta noche, ¿sí? Paso por ti a las diez. — lo miré de arriba abajo.

Pobre Brian.

— Ay, Brian… — le acomodé el cuello de la camisa con un gesto casi maternal y bastante exagerado para ser verdad. — Esta noche tengo planes. Pero quizás te vea allá. Intenta no aburrirte mucho esperándome. — le di un golpecito en la mejilla y me alejé, dejándolo con la palabra en la boca mientras el pasillo entero estallaba en murmullos.

— ¿De verdad tienes planes? — pregunta Georg a mi lado. Yo niego con la cabeza.

— Pues claro que no, genio. Lo que no tengo es permiso. — le respondí a Georg, rodando los ojos mientras caminábamos hacia el estacionamiento. Mi paso era firme, pero cada vez que sentía el aire rozar los recuerdos, me daban ganas de soltar un suspiro poco digno de un chico de mi estatus.

Quería volver a follar con ese increíble hombre.

— ¿Entonces..? ¿Nos vamos a quedar en tu casa ensayando cómo ser una trieja decente para el mañana y darnos besos de tres? — preguntó Gustav, ajustándose la mochila con cara de preocupación. — Porque si me vas a hacer practicar besos de tres, prefiero irme a leer un libro de Harry Potter, de verdad.

— ¿Besos de tres más de una vez? — propuso Georg ganándose una mirada matadora de Gustav. Me detuve en seco frente a mi coche, apoyándome contra la puerta.

— No vamos a practicar besos de tres, Gus, relájate. — reí, aunque la idea de ver su cara de espanto era tentadora. — Pero tampoco me voy a quedar encerrado. Esa nota en el papel… L’Èclipse no es cualquier club de mala muerte. Si Fred se tomó la molestia de mandarme una invitación física en medio de la clase, es porque sabe que algo bueno va a pasar ahí. Así que con o sin permiso iré pero me gusta hacerme de rogar. Lo saben.

— O porque quiere que le des otra oportunidad después de que lo rechazaste el semestre pasado. — intervino Georg con un tono burlón, cruzándose de brazos.

— Por favor, Fred es historia antigua. — sentencié, sacando las llaves de mi bolso. — Pero necesito salir. Necesito ruido, música y gente nueva. Además… — bajé la voz, mirando a ambos lados del pasillo y muy bajo para que el chofer chismoso no escuche. —  Uhm, ¿podrían hacerme un favor?

— ¿Cuál?

— Quisiera volver a contactar a ese Tom, esta vez lo pago yo con tal de que se repita. — les guiñé el ojo a ambos sacándoles una risita.

Georg me miró con complicidad mientras sacaba su teléfono para enviarme vía mensaje el contacto de aquel lugar donde lo habían contactado.

Di un grito de emoción al cielo.

— ¡Gracias, gracias! — decía en medio de saltitos antes de atraparlos a los dos entre mis brazos como un abrazo grupal… no, no.

Trial.

— ¿Entonces? ¿Si vamos a L’Èclipse?

— Así es. — asentí, subiéndome al asiento trasero y bajando la ventana en el proceso. También me acomodé la bufanda antes de que se me olvidara.

— ¿Y si nos vamos a besar?

— ¡Georg! — regañaba Gustav mientras Georg solo se sonrojaba y agachaba la cabeza y yo me reía. Adam se acercó ya al coche para subirse, despidiéndose de mis amigos para llevarme a casa.

Al con el tiempo justo para una transformación total. Me quité la bufanda frente al espejo y observé las marcas. Estaban más oscuras, un tono púrpura que contrastaba perfectamente con mi piel pálida. Me puse una camisa negra, casi transparente, y unos pantalones tan ajustados que este Tom estaría orgulloso de ver lo que le costaría quitármelos esta vez.

Quería verlo justo hoy y no ir a ese club.

Mientras se dejaba caer en la cama busqué el contacto que Georg tenía agregado como «Zona hombrezub» y me mordió el labio inferior. Creyéndome incapaz de llamar.

¿Pero cómo iba a verlo si no lo intentaba?

— Buh, qué tonto eres, Bill. — me regañaba a mi mismo dando vueltas en la cama hasta que por accidente marqué el número. El rostro se me encendió a más no poder y caí sentado al suelo en cuanto la joven del otro lado respondió.

— Departamento de Hombrezuelos, le habla Gina, ¿cuál es su emergencia sexual? Penes, vaginas, juguetes, lubricantes o frustración. No se preocupe que con hombrezuelos todo eso queda resuelto.

¿Qué?

— Ahm… yo… — carraspeo un poco antes de continuar hablando. — Quisiera contratar un servicio con Tom.

— ¿Tom qué?

— Pues… — me rasqué la cabeza haciendo una mueca en los labios. — Pues Tom, el de trenzas.

— Hay un par con trenzas. Uno es moreno vergón y el otro solo tiene el piercing, ¿cuál de los dos?

— ¡Pues el que tiene el piercing en el labio inferior, joder! — grité ya desesperado.

¿Qué tantos Tom habían ahí con trenzas?

Idiota.

— Ehm, verás. Ese Tom con piercing del que tú hablas no está disponible.

— ¿Pero por qué? — hice un puchero mientras me dejaba caer sobre la alfombra, mirando hacia el techo.

— Porque no trabaja aquí, si esa es toda su emergencia espero haberle ayudado, que pase un buen día. — y la muy estúpida colgó.

¡Ella me colgó a mi! ¡A MIIII!

Joder.

&

A las once de la noche, las luces del club L’Èclipse me recibieron como si fuera el dueño del lugar. Georg y Gustav iban a mis lados, uno a cada lado como los buenos amigos que éramos.

La fila en la puerta se disolvió en cuanto el portero nos vió.

— Pasa, Bill. El reservado de arriba es tuyo. — me dijo con un guiño. No pude evitar sonreír mientras levantaba mi mano directo a mi boca para colocar el dedo índice en coquetería.

Entré sintiendo el bajo de la música retumbar en mi pecho. El olor a perfume, alcohol y sudor me activó los sentidos. Recorrí la pista con la mirada, ignorando los saludos y los gritos de la gente que coreaba mi nombre. Buscaba algo específico. O mejor dicho, a alguien.

— ¡Ahí está Brian! — gritó Gustav al oído, señalando a la barra donde el pobre chico nos miraba con el corazón en la mano.

— Que mire. — respondí con una sonrisa, pegándome más a Georg mientras subíamos las escaleras. — Que todo el mundo mire y me desee.

Ellos solo rieron.

Me senté en el sillón de cuero del reservado, pidiendo una botella de champagne. Estaba en la cima, era el rey de la noche, el chico más popular de la universidad… pero mi mente estaba quedada en la bendita llamada con la tal Gina.

— Oye. — llamé la atención de mi mejor amigo mientras me acercaba a su oreja. — He llamado al número que me diste y resulta que el Tom que me atendió no está disponible, ¿¡es que acaso me diste el número mal!?

— Uhm, no que yo sepa.

— Le di la descripción del tipo y… joder, el hombre ¡no – está – disponible! — le grité tan histérico para después beber del champagne de un bocado. Mi mejor amigo de cabellera castaña soltó un suspiro confundido.

— No entiendo, él se llamaba Tomás, dijeron que era un tipo moreno, alto, no sé… ¿cómo era el que te atendió? — volví a darle otro trago a mi bebida.

— El tipo que me atendió a mí no era un tal Tomás moreno. Era… era solo Tom. Blanco, con trenzas hacia atrás, ojos que te desnudan y un piercing en el labio que… ¡agh! — me pasé las manos por el pelo, frustrado. — La estúpida de la agencia me dijo que él no trabaja ahí. ¿Me estás diciendo que me acosté con un fantasma o con el hombre equivocado?

Georg me miró con los ojos como platos, procesando la información mientras Gustav nos servía más champagne con cara de quiero que la tierra me trague.

— Bill… — empezó Georg rascándose la nuca. — No estoy seguro porque antes piden una foto del cliente y si te topaste con un Tom y supo que eras tú evidentemente trabaja ahí. Pero si te mandaron a otro yo no tengo la culpa, ya te cogieron, ¿qué puedes hacer?

— ¡Pues me mandaron a un dios griego con cuerpo de ensueño y ahora no sé dónde encontrarlo! — me crucé de brazos, hundiéndome en el sillón.

Estaba de un humor de perros.

¿Cómo era posible que el chico más popular, el que tiene a media universidad rogando por una noche estuviera suspirando por un hombrezuelo que ni siquiera figuraba en la nómina de la agencia?

Me sentía estafado.

Estafado y muy, muy caliente.

— Mira, olvida al de las trenzas por cinco minutos. — me dijo Gustav, tratando de salvar la noche. — Vinimos aquí a divertirnos, ¿no?

— Sería más divertido si fueran ustedes mis novios de verdad. — Georg y Gustav estallaron en risas y yo junto con ellos.

— Deberíamos besarnos. — sugirió Georg y ya lo hacía tantas veces que no pude evitar hacer… eso para cumplirle el capricho. Simplemente «y como estaba tan cerca de mí» le iba a cumplir.

— Pues que así sea. — susurré, dejando que el champagne y la calentura tomaran el control.

No lo pensé.

Simplemente giré el rostro hacia Georg y, antes de que pudiera decir su siguiente tontería, lo tomé de la nuca y lo besé. No fue un beso de amiguis, fue un beso de esos que gritan libertinaje puro, con lengua incluida, mientras mis dedos se enredaban en su cabello castaño. Georg, que siempre ha sido un impulsivo, me correspondió con una mano firme en mi cadera, apretándome contra él.

Gustav soltó un «¡Joder!» que se perdió en el estruendo de la música, pero en lugar de apartarse, nos rodeó con sus brazos, completando el cuadro de la trieja perfecta bajo las luces de neón. Sus ojos estaban muy abiertos, una mezcla de terror puro y una adrenalina que nunca le había visto.

Y tampoco lo pensé. Me separé de Georg con un jadeo, mis labios aún calientes y húmedos por el champagne, y me giré hacia Gustav. Antes de que pudiera reaccionar o huir lo tomé de la nuca.

— Gus… — susurré su nombre con una sonrisa justo antes de estampar mis labios contra los suyos.

Si el beso con Georg había sido libertinaje puro, este fue… una revelación. Gustav, el tímido, el que siempre se sonrojaba, me devolvió el beso con tanta intensidad que me hizo temblar. Sus manos se aferraron a mi cintura de igual forma y su lengua buscó la mía con torpeza que me encendió por completo. Fue un beso rudo, hambriento, mucho mejor de lo que jamás imaginé que el aburrido de Gustav podría dar.

Georg soltó una carcajada ronca detrás de mí y se unió al abrazo, apretándonos a los dos contra su pecho. Estábamos los tres enredados, besándonos y riendo en medio del VIP, siendo el centro absoluto del universo L’Èclipse.

Fue entonces cuando vi el destello.

A unos metros, justo al borde de la zona VIP y de pie sobre un sillón para tener mejor ángulo, estaba Karina. Tenía su teléfono en alto, con la luz del flash encendida, capturando cada segundo de nuestro beso de tres con una sonrisa de triunfo absoluto que me congeló la sangre.

— ¡Mierda! ¡Karina! — solté a Gustav de un empujón, casi haciéndolo caer del sillón.

— ¿Qué pasa, Bill? — preguntó Georg, limpiándose la boca con el dorso de la mano, confundido.

— ¡Esa víbora de Karina lo grabó todo! — grité, señalando hacia donde ella ya estaba bajando y dándose la vuelta para perderse entre la multitud con su trofeo digital. — ¡Y- yo…!

— ¿Y qué?

— Nada. — me lancé escaleras abajo, ignorando los gritos de mis amigos que intentaban detenerme. Bajé los escalones de tres en tres, abriéndome paso a empujones y codazos entre la gente que intentaba tocarme o saludarme.

Estaba a punto de alcanzarla cerca de la barra, a punto de saltar sobre ella y arrancarle el teléfono de las manos, cuando un brazo firme, sólido como una viga de acero, se interpuso en mi camino.

Choqué contra un pecho ancho que olía a menta y un aroma masculino que mi cuerpo reconoció al instante, haciéndome jadear.

— ¿A dónde vas con tanta prisa, precioso? — esa voz baja me golpeó como un disparo.

Me quedé petrificado. Levanté la mirada y ahí estaba Tom, bloqueándome el paso con una frialdad y una intensidad que me helaron la sangre. Llevaba unos pantalones anchos negros y una sudadera negra enorme, con la capucha puesta, pero esas trenzas y ese piercing en el labio eran inconfundibles. Estaba apoyado contra una columna, mirándome fijamente.

Sus ojos recorrieron mi rostro, bajaron a mis labios (que tenían el brillo fuera de su lugar por culpa de mis amigos) y luego se clavaron en mi cuello, donde su marca seguía intacta bajo la camisa transparente.

— Joder — susurré, sintiendo que mi sonrisa se derretía.

Está aquí…

El corazón me golpeaba contra el pecho con tanta fuerza que sentí que la camisa transparente se movía al ritmo de mis latidos. Por un segundo, me olvidé de Karina y del video.

Solo existía él, su olor y esa mirada que sentía que me estaba desnudando frente a todo el club.

— Tom… — logré articular, pero mi voz sonó como un susurro roto.

Él no se movió. Ni un milímetro. Seguía ahí con esa maldita calma que me ponía los nervios de punta. Su mirada se detuvo de nuevo en mi boca, analizando el rastro del beso de Georg y Gustav que seguramente me había dejado los labios rojos e hinchados.

— ¿Qué? — respondió luego de analizarme.

Yo no podía ni hablar. Se me olvidó como respirar y estaba pensando todo, absolutamente todo con la cabeza de abajo mientras la canción de Call out My name sonaba de fondo en el club.

Muy erótica para mí gusto.

Quería que me desnudara ahí, que me tomara, que me pregunte una vez más si me gustaba lo que veía. Quería obligarlo a besarme hasta que los labios me dolieran, quería… quería absolutamente todo con él.

— ¡Bill! ¡Bill! — Georg y Gustav llegaron corriendo, jadeando y luciendo igual de desastrosos que yo, interrumpiendo el momento. Yo me quedé viendo cómo Tom desaparecía ante mis ojos, lo estaba perdiendo una vez más. — ¿Quién era ese tipo?

— Era él. — susurré incapaz de mover las piernas para buscarlo, solo temblé de pura excitación.

«Tenerlo así tan cerca me ponía a mil.»

— ¿El hombrezuelo con el que te acostaste?

— Sí. — relamía mis labios, tratando de recuperar el ritmo acelerado de mi respiración.

Mis amigos se quedaron en silencio, mirando hacia la multitud de gente por donde Tom se había esfumado. Georg soltó un silbido bajo, mientras Gustav se ajustaba las gafas, visiblemente incómodo por la tensión que todavía flotaba en el aire.

— Joder, Bill. — susurró Georg, dándome un codazo. — Ahora entiendo tus ganas de repetir. Se veía bien, que rico.

— Verdad…

— ¡El video! — reaccioné de golpe, como si un balde de agua fría me hubiera caído encima. — ¡Karina se escapó mientras yo me quedaba aquí babeando por…!

Por…

Ay…

Me giré frenéticamente, pero la melena de Karina ya no estaba por ningún lado. La pista de baile era un caos de luces y cuerpos sudorosos. Había fallado. Mañana mi cara —y la de mis novios falsos— estarían en todas las pantallas de la facultad bajo el título de «El Escándalo Libertino de Bill Trümper».

— Ya no importa. — suspiré caminando con ellos detrás a la salida VIP, pero justo antes de cruzar el umbral hacia el callejón del club, una figura salió de las sombras, pero no era Tom, era Fred.

Estaba decepcionado.

Fred se encuentra apoyado contra la pared, luciendo su mejor sonrisa y haciendo girar las llaves de su coche en el dedo. Me miró de arriba abajo, deteniéndose más de lo debido en mi cuello y en la transparencia de mi camisa.

— Sabía que vendrías, Bill. Te dije que la fiesta no empezaba hasta que llegaras tú. — dijo con confianza que normalmente me daría pereza, pero que hoy, con la adrenalina de Tom quemándome la sangre, se sentía como una invitación al desastre.

— Fred… — murmuré, tratando de enfocar mi mente.

— Te vi en el VIP. Muy intenso lo tuyo con Georg y Gustav. — rió suavemente, acercándose a mí. — Pero te ves… inquieto. Como si el club te quedara pequeño. Tengo un par de botellas de las caras en mi departamento y mucha más privacidad que este reservado. ¿Qué dices?

Georg y Gustav me miraron expectantes.

Yo todavía sentía el fantasma de la mirada de Tom sobre mí y ese sentimiento que me había dejado temblando. Estaba frustrado y con una calentura que no se iba a apagar sola. Si Tom no estaba disponible para terminar lo que me hizo sentir, Fred era un blanco fácil y una distracción necesaria.

— Bill, mañana es la cena con tus padres. — advirtió Gustav en un susurro. — Deberíamos ir a descansar.

— Mañana, Gus. — le respondí sin apartar la vista de Fred. Me relamí los labios, saboreando todavía el rastro del champagne y el caos de la noche. — Fred, espero que tu alcohol sea tan bueno como dices, porque tengo un humor de perros y necesito que alguien me lo quite.

Fred sonrió, sabiendo que había ganado. Me tomó de la cintura con una familiaridad que en otro momento habría rechazado, pero que ahora solo alimentaba mi necesidad de contacto.

— No te vas a arrepentir, precioso. — me dijo al oído.

Miré a mis amigos por última vez, les hice una seña de «mañana hablamos» y me dejé guiar por Fred hacia el estacionamiento. No era Tom, no tenía trenzas ni ese piercing criminal, pero en mi cabeza, mientras subía a su coche, solo podía pensar en una cosa: si no podía tener al hombrezuelo de mis sueños, me encargaría de que este viernes terminara con el mismo tipo de fuego que empezó el miércoles.

Entonces solo subí al coche.

&

La luz del comedor de la mansión Trümper no era luz, era un castigo divino.

Cada reflejo se clavaba en mis retinas, y el ruido de las copas de cristal resonaba en mi cráneo con la delicadeza de una banda de guerra.
Tenía la peor resaca de mi existencia. Y lo peor es que no era solo física, era una resaca moral con sabor a decepción y a Fred.

A mi izquierda, Georg intentaba no reírse cada vez que yo daba un respingo por el sonido de una cuchara. A mi derecha, Gustav estaba tan recto y pálido que parecía a punto de desmayarse. Mis padres, al otro extremo de la mesa, presidían la cena con sus amigos —unos señores aburridísimos con trajes que costaban más que mi coche—, radiantes de orgullo por presentar a la trieja de su hijo libertino.

— Y dinos, Bill… — empezó el señor Marshal, un socio de mi padre que olía a puro y a decisiones financieras cuestionables. — ¿Cómo es que decidieron dar este paso? Tres es un número… arriesgado para el mercado sentimental, ¿no crees?

Solté un suspiro que casi me hace vomitar el bocado de salmón. Me incliné hacia mis amigos, bajando la voz lo justo para que solo ellos me oyeran por encima del murmullo de los adultos.

— Chicos, voy a morir. — susurré, apoyando la frente en la mano. — Anoche… fue un desastre.

— ¿Tan mal estuvo con Fred? — preguntó Georg, fingiendo que me estaba dando un bocado de su plato para mantener las apariencias frente a mis padres.

— Peor. — respondí con una mueca de asco. — Fuimos a su departamento, y en cuanto empezó a quitarse la camisa, mi cerebro hizo un cortocircuito. Todo el tiempo… joder, todo el tiempo cerraba los ojos y solo podía verlo a él. Era patético. Trataba de imaginar las trenzas, el piercing, esa forma en que me miraba… pero cuando abría los ojos y veía a Fred, era como ver una versión de Tom falsa pero… desnutrida. Un Tom que no ha comido en tres meses y que no sabe qué hacer con sus manos.

Gustav se atragantó con el vino, tosiendo en su servilleta.

— ¿Un Tom desnutrido? — repitió Georg en un susurro histérico, aguantándose la carcajada. — ¡Bill, eres un monstruo! Pobre Fred, él cree que es el rey del campus y tú lo comparas con un prostituto de alta gama que no come carbohidratos.

— ¡Es que no había comparación! — siseé, sintiendo una punzada de dolor detrás de los ojos. — Fred se movía y yo pensaba: «Tom lo haría más rudo». Fred me besaba y yo pensaba: «Tom me mordería el labio» aunque la primer vez me esquivó un beso el desgraciado. En fin, fue como intentar ver una película en 4K y que te pongan un video de YouTube a 144p. Una estafa total.

— Bill. — intervino mi madre desde la cabecera, con esa sonrisa tensa que usa cuando sospecha que estoy diciendo algo inapropiado. — El señor Marshal te ha hecho una pregunta. ¿Estás bien? Te ves un poco… pálido.

Me incorporé, forzando una sonrisa de muchas que me habían salvado.

— Oh, estoy maravillosamente, mamá. Solo estábamos comentando con Georg y Gustav lo importante que es la… — busqué una palabra inteligente mientras el salmón subía y bajaba en mi estómago. — …la exclusividad selectiva en nuestra relación. ¿Verdad, amores?

Le puse una mano en el muslo a Georg y otra a Gustav por debajo de la mesa. Georg me apretó la mano con fuerza, probablemente para evitar que me desplomara sobre el puré de patatas.

— Así es, señora Trümper. — dijo Georg. — Somos un ecosistema cerrado. Tres es la perfección geométrica.

— Libertinos… — susurró mi padre para sí mismo, pero esta vez con una nota de resignación mientras bebía un trago largo de su vino.

Yo solo deseaba que la tierra me tragara.

O mejor aún…

…que Tom apareciera por esa puerta, mandara a la mierda todo y me follara sobre la mesa tan rudo.

Uff.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!