
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 21

Este frío es tan hijo de puta que piensa que uno está durmiendo empiernado con esas cosas que mienten seguido y te hacen arrunchis en medio de besitos, jum.
Amaneció lloviendo y no saben lo mucho que extrañaba estar entre los brazos de Tom.
No pude dormir; cada vez que cerraba los ojos, veía la expresión de decepción de Tom en casa de Karina…
¿No puedo ser más estúpido?
— Claro que sí. — me dijo a mi mismo, bajando las escaleras con el corazón en la boca, escuchando el murmullo de voces en el comedor. Era el momento en el que vamos a definir lo que va a pasar con mi vida.
Al entrar, quedé tieso en mi propio eje. Tom estaba sentado en la mesa con mis padres. Llevaba una sudadera oscura y tenía ojeras marcadas, sosteniendo una taza de café entre sus manos como si fuera lo único que lo mantenía en pie. Mis padres estaban frente a él, muy serios.
— Siéntate, Bill.
— No quiero hablar si él está aquí.
— Siéntate. — ordena mi padre por segunda sin levantar la vista de su plato, en un tono de amenaza.
Me senté en la única silla libre, quedando justo al lado de Tom. Podía sentir el calor de su brazo cerca del mío, pero él ni siquiera me miró.
El silencio que se formó pareció durar una eternidad hasta que mi madre tomó la palabra.
— Hemos estado hablando con Tom. — comenzó ella. — Él ha sido muy generoso al contarnos su versión sin rencores, pero está claro que la situación actual es terrible. No puedes seguir viviendo de impulsos y de lastimar a la gente que te rodea.
— Ujum.
— Si vas a estar así esto no tiene sentido. Pon de tu parte.
Suspiré profundo.
— Lo sé. — susurré, mirando mis manos. — Por eso estoy aquí.
— No basta con estar aquí, Bill. — intervino Tom por primera vez, muy agotado el joven. — Ya no se trata de dónde duermes, sino de lo que vas a hacer. Tus padres y yo estamos de acuerdo en que necesitas una estructura. Un rumbo.
Mi padre asintió con firmeza.
— Sé que estás de vacaciones, de lo único que me siento orgulloso es que el dinero de Tom no se ha desperdiciado y pasaste con buenas notas.
Uff, ni yo me creía.
Si a cada rato me fugaba las clases, llegaba a hacer tareas en la uni las primeras veces y así.
Aprendan.
— Y como estarás libre vas a retomar tus clases de canto o arte, puedes tomar hasta las dos si quieres. No quiero fiestas, nada de desaparecer días enteros y respecto a lo laboral, Tom ha dicho que trabajabas en un club los fines de semana, también lo vas a retomar. Adicional quiero que le devuelvas la tarjeta a Tom y aprendas el valor de la responsabilidad, a ganarte tu propio dinero.
— ¿Es obligatorio las clases?
— Sí.
— Ah… uhm… bueno, y-yo… sobre el trabajo nocturno del club, yo… no puedo porque…
— Eso se puede arreglar. — interrumpió.
Miré a Tom, sorprendido.
¿Después de todo lo que hice todavía buscaba que trabaje en el club de su amigo dónde creo que frecuentaba él?
— Es una última oportunidad. — agregó Tom finalmente mirándome a los ojos. — No voy a frecuentar el lugar mientras estés. David quiere que aproveches eso porque no sabes cuántos quisieran trabajar en ese club.
— ¿Estás de acuerdo con esto? — preguntó mi madre, esperando mi respuesta. Deslicé saliva por mi garganta seca mientras que con lentitud asentía con la cabeza.
— Perfecto, Tom aún quiere seguir pagando tu colegiatura, ¿sabes? aunque yo no estoy de acuerdo. Hablaba toda la noche con Simone para ponerte en una universidad pública el siguiente semestre.
— ¡No! — exclamé con pánico profundo, ¿cómo me iba a mezclar yo con esos campesinos piojosos? — ¡No, no, no!
Miré a Tom con desesperación, buscando en su mirar alguna señal pero él ahora seguía con la vista fija en su café.
— Aunque no es mala idea. — susurró.
— No. — fruncí el ceño con preocupación. — Prometo portarme bien, en serio.
— Entonces demuéstralo. — sentenció mi padre, golpeando la mesa con el dedo índice. — Si quieres seguir en esa universidad vas a tener que esforzarte.
— Sí… sí, gracias.
— Y la tarjeta. — añadió mi madre, extendiendo la mano sobre el mantel.
Sentí que el mundo se me venía abajo. Metí la mano en el bolsillo de mi pantalón y saqué el plástico negro que deslicé con dolor por la mesa hacia Tom. Él la miró un segundo, teniendo una mueca de amargura en su rostro, y finalmente la guardó en su billetera sin decir ni una palabra.
— Sobre lo del club… — Tom volvió a hablar. — Mhmm… puedo venir a traerlo, dejarlo y cuando salga lo retiro y lo traigo hasta la puerta. No tengo problema.
— Gracias, Tom. — murmuró mi padre.
Eso era todo…
&
Karina había venido a visitarme, ambos estábamos acostados bocarriba en la cama de mi habitación mientras una música suave se proyecta en el televisor.
Estábamos hablando sobre lo que había pasado en el departamento de Tom luego de que salí de su casa y lo que pasó hace unas horas en el comedor.
— Esa perra, ¡no puedo creer hasta donde llegó su venganza!
— Sí, pero siento que no lo perdí del todo… aún tengo la esperanza de volver a estar con Tom. Yo lo quiero mucho, esto es en serio, te lo juro.
— ¿Y qué hay de mí, guapo? — pregunta ella con un puchero en los labios y refugiándose en mi pecho. Colocando su cabeza encima de mi torso junto con la mano derecha. — ¿Qué va a pasar con lo que te dije?
— Ay, amiga. — suspiré profundo acariciando su cabello. — Perdóname, en serio, yo…
— Sí, ya lo sé pero tenía la esperanza también. — rió por lo bajo. — Discúlpame, en serio. Voy a tratar de hablar con Tom sobre lo que pasó y me voy a disculpar.
Yo no le dije nada, solo quedé con la vista en techo.
— Por favor, no le digas a nadie que me gustas. No podría vivir con las burlas por tu rechazo.
— No, está bien.
— ¿Podríamos ser amigos?
— Claro que sí, amiga. Siempre. — respondí en un susurro. —¿Crees que tu tío me perdone algún día? — pregunté.
— Tom es un idiota por ti, Bill. Solo está herido. Dale tiempo, pórtate como el niño bueno que tus padres quieren y deja que el tiempo haga el resto. No va a aguantar mucho tiempo viéndote todas las noches sin querer tocarte. — Karina me dio un beso rápido en la mejilla y se levantó de la cama, estirándose. — Me voy, ¿okay? también estoy castigada y me escapé un rato a verte.
Se fue dejándome solo con mis pensamientos e imaginando a Tom solito en su departamento.
¿Y si me escapaba también?
&
Esperé a que el silencio en la casa se hiciera presente. De esos que solo se logran a las dos de la mañana cuando hasta la lluvia parece haber bajado el volumen.
Me puse lo primero que encontré. Eran unos pantalones oscuros y una sudadera con capucha para pasar desapercibido—para ser exactos la única de Tom—. Mis padres pensaban que me tenían domado con el discurso del comedor, pero el nudo que sentía en el estómago con la urgencia de ver a Tom me llevaron a cometer tal locura.
Salí por la ventana de mi habitación resbalando un poco por la humedad de la pared. Pisé en falso yendo a dar con un golpe seco en el césped, lastimando mi pie. Cómo un valiente ahogué un gritó pero las lágrimas empezaron a salir mezclándose con la poca lluvia que caía y así me tocó caminar las veinte cuadras bajo la llovizna persistente.
Con cada paso parecía que faltaba una eternidad pero llegué en menos de lo que creía al edificio.
Me subí al ascensor y me senté en el suelo, bastante cansado. Ascendiendo hasta llegar a su piso, donde salgo gateando. Lo bueno que no había nadie a esa hora rondando el pasillo. Ni el guardia de seguridad.
Al llegar a su puerta, me quedé paralizado…
¿Y si no me abría?
— Suerte o muerte, Bill. — empecé a tocar el timbre una y otra vez.
— ¡Carajo! ¿¡quien jode a estas horas, mierda!? — se escuchó al otro lado luego de como unos cinco minutos y yo seguía tocando. — ¡Ya voy, puta mierda! — eso Tom lo decía gritando, con una voz media ebria. La puerta se abrió de golpe, revelando su figura desaliñada, con los ojos rojos e hinchados.
Se queda en shock al verme ahí en el pasillo, empapado, con la capucha de su propia sudadera puesta y el rostro húmedo.
— ¿Bill? — uy, el olor a whisky salió de su boca como una bofetada junto con el del cigarrillo. Tom dejó escapar un hipo que me pareció de lo más tierno.
— Me duele el pie, Tom. — fue lo único que pude decir, estirando una mano hacia él como un niño perdido.
Él no dijo nada mucho. Se inclinó y me pasó los brazos por debajo de las axilas para levantarme, quejándose por lo bajo. Entramos al departamento y cerró la puerta con el pie, en ese corto lapso aproveché para manosearlo rico antes de llegar al sofá y dejarme caer con cuidado.
— Estás loco. Estás mal de la cabeza. — murmuró, arrodillándose frente a mí para revisarme el tobillo mientras yo tiritaba de frío. — Tus padres me van a matar, Bill. Dijimos que nada de… ¿cómo carajos llegaste aquí?
— Me caí por la ventana y caminé… — susurré, viendo cómo sus manos grandes palpaban mi pie con una delicadeza que me hizo llorar de nuevo. — No podía dormir allá. El cuarto es demasiado grande y tú no estás.
Tom se detuvo y levantó la vista.
— Yo no te quiero cerca de mí. — retomó sus toqueteos de mi tobillo a mi rodilla, apretándola. — Ya te dije que no podíamos seguir compartiendo el mismo aire porque me haces daño y te vale.
— Lo sé. — agaché la cabeza y mordí mi labio inferior. — Llámale a mi papá para que venga por mi si quieres pero abrázame ahora, hasta que venga. — me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio, buscando ese calor que solo él me daba. — Por favor.
Él soltó un suspiro pesado, rindiéndose. Se sentó en el sofá y me jaló hacia su regazo, envolviéndome en sus brazos mientras yo escondía la cara en su cuello.
Estaba mojado y olía a humedad, pero a él no pareció importarle.
— Dios, Bill… eres mi perdición. — susurró contra mi oído, y sentí sus labios rozar mi piel. — Mañana vamos a estar en problemas, pero hoy… hoy quédate. Te amo.
Oh, dios.
Uff.
&
El calor de Tom era lo único que me mantenía unido. Después de los sollozos y el temblor por el frío, terminó llevándome a su cama casi a rastras. No hubo sexo, ni nada como por el estilo, solo una necesidad desesperada de fundirnos el uno con el otro bajo el edredón para borrar el desastre de los últimos días.
Me quedé dormido con su mano entrelazada en la mía y su respiración pesada en mi nuca pero la paz duró poco.
En medio de la mañana, un sonido empezó a taladrar mis orejas. Era el teléfono de Tom, que vibraba con insistencia sobre la mesa de noche.
Tom soltó un gemido, moviéndose con pesadez. Intentó ignorarlo, pegándome más a su pecho, pero el aparato no dejaba de sonar. Con un movimiento torpe y aún medio dormido, estiró el brazo y contestó sin ver quién era.
— ¿Diga? — balbuceó con la voz completamente ronca por la resaca y el sueño. Del otro lado de la línea se escuchaba una voz agitada, masculina y autoritaria que subía de tono cada segundo. Mis ojos se abrieron de par en par al reconocer los gritos de mi padre.
Tom se incorporó de golpe. La confusión de la ebriedad se disipó en un segundo, reemplazada por un pánico puro que lo hizo sentarse en el borde de la cama.
— ¿Qué? — exclamó Tom, pasándose la mano libre por la cara, tratando de procesar lo que escuchaba. — ¿Cómo que no está Bill?
Me encogí bajo las sábanas, tratando de desaparecer. Tom parecía que no había caído en cuenta que yo estaba ahí.
— Sí, sí. Ahora mismo voy a buscarlo. Déjeme… déjeme vestirme y salgo a buscarlo. — Tom colgó el teléfono con la mano temblorosa, la cara pálida y el sudor frío de la resaca perlándole la frente. Estaba en ese modo donde su única neurona funciona a un 2% de su capacidad total. — ¡Mierda, mierda, mierda! — exclamó, saltando de la cama como si el colchón estuviera en llamas.
Ni siquiera me miró. Yo era un bulto inmóvil bajo el edredón, conteniendo la respiración para no morirme de la risa. No sé que tanto hizo durante tres minutos y salió corriendo de la habitación hacia la sala, tropezando con la alfombra en el camino.
— ¡Carajo! — lo escuchaba gritar desde la sala mientras abría y cerraba la puerta principal. Me destapé y empecé ya reírme hechando la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y poniendo una mano en mi abdomen que empezaba a doler y no había manera de que aguantara más.
Escuché sus pasos volver, pero esta vez lentos… muy lentos. La puerta de la habitación se abrió y Tom se dejó ver con un rostro de pocos amigos.
— Estuviste aquí siempre, ¿verdad?
— ¡Sí! — exclamé empezando a patalear, a gritar en medio de risas sin resistirme. Tom soltó un suspiro dejándose sobre la cama, con los brazos extendidos. Riendo también con rabia por su estupidez.
— Pudiste haber evitado todo ese show. — logró decir, tapándose los ojos con el antebrazo mientras yo seguía revolcándome a su lado.
— ¡Es que… es que tu cara! — logré articular entre hipidos de risa, señalándolo. — ¿¡Cómo no te diste cuenta si me estabas abrazando antes de contestar!?
Él se giró de costado, apoyando la cabeza en su mano para mirarme. — Juro por dios que creía que era mi almohada, con razón estaba tan desnutrida.
— ¡Oye! — exclamé dándole un manotazo en la mano, haciendo que su mano se quite de su lugar y caiga tan gracioso sobre la cama.
Tom estalló en risas ahora poniendo ambas manos en su abdomen.
— Dios, Bill… mi corazón no puede con esto. Me muero. — las risas iban cesando de a poco. Arrastré mi cuerpo hasta estar sentado en la cabecera de la cama, sin despegar mis ojos de Tom.
Tenía que hacerle una pregunta que está rondando ahora mismo en mi mente.
— Tom.
— ¿Qué?
— ¿En serio me amas? — el silencio que siguió a mi pregunta fue más silencioso que el propio silencio.
Tom enmudeció, con la mirada clavada en una mancha invisible del edredón. Fue fascinante su reacción: primero se puso pálido, luego un rosa suave le subió por el cuello y terminó en un rojo encendido que le llegaba hasta las orejas.
Era como ver un semáforo humano en él.
— Yo… bueno, lo que dije anoche… — empezó a balbucear, rascándose la nuca con una desesperación. Abría la boca como un pez fuera del agua, buscando una excusa digna que no lo dejara como un romántico empedernido frente a mí.
Yo no decía nada.
Quedé sentado disfrutando de cada segundo de su tortura interna con una sonrisita de suficiencia. Creo que la respuesta ambos la sabíamos pero quería oírlo ahora que estaba sano.
— Mira, Bill, la resaca hace que uno diga cosas…
— Ah, ¿O sea que no me amas?
— ¡Bill! o sea, el sentimiento está, pero… — estaba a punto de decirme si no fuera por el timbre…
Tom saltó como si le hubieran puesto un petardo en el culo.
— ¡El timbre! ¡Es la salvación! ¡Digo, la puerta! — gritó con una agilidad sospechosa, escapando de la habitación a una velocidad récord. El cobarde estaba huyendo de la pregunta evidentemente.
— ¡Cobarde! — le grité riendo, aunque el pánico empezó a sustituir la diversión.
Levanté mi culito ignorando el dolor punzante en mi pie lastimado. Apoyándome en las paredes y saltando en un solo pie, llegué a la sala justo a tiempo para ver a Tom abrir la puerta.
— Buenos días…
Asomé mi cabeza por detrás de su hombro, todavía con el cabello hecho un desastre y la sudadera de Tom cubriéndome hasta los muslos. No dije nada en cuanto ví la figura de ese ser que me dió la vida.
Mi padre cruzó los brazos y mi madre se miraba con una mezcla de alivio y decepción al mismo tiempo.
La había regado a la primera.
— Así que… usted no sabía dónde estaba, ¿verdad, Tom?
Tom se quedó mudo, con la mano todavía en el pomo de la puerta, alternando la vista entre mi padre y yo como si estuviera calculando sus posibilidades de sobrevivir a un salto desde el balcón.
Tuve que intervenir.
— Ehm, acabé de llegar. — agaché la cabeza con suma vergüenza fingida. — Salí a correr y vine aquí porque me lastimé el pie… — señalé el morado visible en mi tobillo. — Tom me estaba ayudando pero ya me iba… lamento no avisar.
Mi madre, cuyo instinto protector siempre le ganaba dio un paso al frente y se agachó para ver mi pie.
— Dios mío, Bill, está inflamadísimo. — susurró, suavizando la voz y se giró hacia mi padre. — Mira cómo tiene el pie, Gordon. Tenemos que llevarlo al médico.
Mi padre soltó un suspiro pesado, una mezcla de resignación mientras se abría un espacio entre Tom y yo para cargarme y llevarme al auto luego de despedirse del trenzado.
&
Efectivamente me llevaron al médico donde me revisaron, me dieron un par de medicamentos y ahora estaba en casa bien fresco mirando la televisión ya que el doctor sugirió reposo porque estuve a nada de romperme el pie.
Creía que el reposo no era tan malo como pensaba, especialmente cuando incluía aire acondicionado, analgésicos de los buenos y la satisfacción de haber sobrevivido al escape sin terminar en la universidad pública.
Estaba tirado en mi cama con el pie elevado sobre una montaña de cojines, viendo un reality show de cocina del que no entendía nada. Pues el contenido era en español y si que era malísimo para entender.
De pronto, el celular vibró sobre mi pecho. Mi corazón dio un brinco antes de que mis ojos leyeran el nombre que le puse a Tom en la pantalla.
«Hombrecito sexy»
Ya no era mal hombre.
Contesté intentando sonar lo más desinteresado posible, aunque por dentro estuviera dando saltitos de alegría.
— ¿Diga?
— Ah, hola. — la voz de Tom sonó al otro lado con indiferencia. — Llamaba solo porque… bueno, David me preguntó si ibas a poder trabajar y ujum.
— No… el médico dice que tengo que estar en reposo total. Estuve a nada de romperme el hueso, ¿sabes?
— Sí, bueno, eres un exagerado. — respondió él sin darme la importancia suficiente. — Supongo que tus padres te tienen bajo llave. Me parece bien. Así dejas de causar infartos ajenos. Solo quería saber si el pie seguía pegado a tu pierna. Ahora ya lo sé. Adiós.
— Espera, Tom… — lo detuve, bajando el tono de voz, este juego de la indiferencia ya me estaba aburriendo. — ¿Sabes qué es lo que más me duele de tener que estar aquí encerrado?
— ¿Qué? ¿El orgullo?
— No. — susurré, pegando el teléfono a mis labios. — Me duele que no puedo volver a escaparme para verte.
— Eso está bien, ¿no?
— No. — suspiré profundamente. — Ojalá estuvieras aquí ahora, podrías aprovechar que no puedo moverme mucho para hacerme todo lo que quieras, no me quejo… primero podrías empezar por besarme el cuello y bajar lentamente hasta que…
El silencio del otro fue tanto que pensé que me colgó, pero soltó un suspiro. Cómo si dejara escapar su último aliento.
— ¿Tom?
— ¿Qué?
— ¿Qué pasa? ¿Te puse nervioso? — seguí.
— No, solo me río de lo que hablas.
— ¿Te ríes de que imagine tu boca justo en el elástico de la tanga que compraste para mí? — murmuré mordiendo mi labio inferior. — Te extraño mucho, perdón por todo.
— Yam.
— Sí… sobretodo extraño lo bien que me haces sentir cuando cogemos. — no hubo respuesta verbal… solo una respiración entrecortada que se quedó en mi cabeza. — Tom… — ronroneé cerrando los ojos. — ¿Estás ahí? Te escucho un poco… agitado.
— Cállate… ya voy a colgar.
— No. — hice un puchero en los labios como si pudiera verme. Sin querer deslizaba mi mano desde mi torso hasta llegar a mis pantalones y masajear la erección creciente dentro la tela. — Ven a mi casa, creo que estoy solo.
— No, Bill. Tengo que colgar, adiós. — Tom finalmente estaba cortando la llamada. Tiré el celular a dónde quiera que salga volando y me crucé los brazos molesto.
&
-Un tiempo después-
Pasaron tres semanas que se sintieron como un siglo…
Mi tobillo ya no estaba morado y la hinchazón había desaparecido, pero el vacío en el pecho solo se hacía más grande. Tras aquella llamada donde lo dejé respirando entrecortado por el teléfono, algo se rompió.
Tom no volvió a llamar.
No cumplió su promesa de llevarme y traerme al club, ni apareció por mi casa con alguna excusa absurda.
Simplemente desapareció de la faz de la tierra.
Les pregunté tantas veces a mis padres sobre él, lo único que supieron decirme es que vendió el departamento en el que vivimos cosas inolvidables y que hizo lo mismo con el coche. Toda esa situación me preocupaba porque ni siquiera Karina sabía lo que había pasado con él.
Me sentí culpable en cuanto supe todo esto, realmente no quería causarle problemas y fallarle de esa magnitud pero él también tenía que entender el dolor que sentía…
En fin, para venir al club me tocaba ir y volver por mi cuenta, en buses o taxis apestosos ya que mis padres fueron tan considerados al decir que Adam también tiene una vida a parte de ser el chofer y que yo me las arregle como pueda.
Ya no quería este castigo.
Mejor la muerte.
Y lo peor no fue solo Tom. La tensión en el club se volvió insoportable. Georg y Gustav habían terminado lo que hayan tenido. Me dijeron en cuanto entré al club y que la amistad de los tres finalmente había acabado.
Ahora trabajábamos turnos distintos o nos ignorábamos olímpicamente tras la barra.
Éramos tres extraños compartiendo un uniforme de mesero luego de tanto tiempo de amistad…
El club nocturno estaba a reventar esa noche.
El humo, las luces, el olor a sudor y alcohol me tenían mareado. Estaba agotado ya que el turno doble que tomé me servía para pagar mis clases de canto.
No saben lo mucho que me estaba matando.
Terminé de dejar una bandeja de tragos en una mesa de la zona VIP, sintiendo un sudor frío bajarme por la espalda porque uno de los hombres me había tocado el trasero de forma inadecuada mientras le atendía.
Me giré rápido cuando acabé, con la bandeja vacía pegada al pecho, queriendo salir de esa mesa cuánto antes.
— Permiso… — balbuceé, pero no terminé la frase.
Me estrellé de lleno contra un muro de carne y hueso. Era alguien mucho más alto que yo, casi del porte de Tom. No tenía el pecho tan ancho y tampoco olía a ese perfume que yo podría reconocer en medio de un incendio si era posible.
El impacto me hizo tambalear, pero antes de que pudiera levantar la vista para ver esos ojos cafés que tanto me habían hecho falta, el mundo decidió apagarse.
Mis piernas fallaron, la bandeja cayó al suelo con un ruido que se perdió entre la música, y sentí unos brazos fuertes rodeándome la cintura justo antes de que mi mente se hundiera en la oscuridad total.
Continúa…
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