Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 2

Yo miré a Tom de soslayo un poco incómodo.

Ya lo conocían pues.

— Habitación 402. Son 50 euros las tres horas. — dijo sonriéndole. Tom sacó su billetera para darle un billete de cincuenta y obtuvimos las llaves.
Subimos las escaleras. El sonido de mis plataformas contra el suelo era lo único que llenaba el silencio, además de mi respiración, que ya empezaba a sonar como si hubiera corrido un maratón.

Al llegar a la 402, Tom abrió la puerta y entramos a un cuarto que tenía un espejo en el techo y una colcha de tigre que gritaba pecado y falta de gusto a partes iguales.

En cuanto la puerta se cerró con un «click» metálico, la atmósfera cambió. El humor que tenía se evaporó, dejando solo una tensión sexual tan espesa que se podía cortar con el cuchillo con el que mi padre cortaba el lomo esta tarde.

Tom tiró su gorra sobre una silla de mala muerte y se quitó la camiseta de un tirón, revelando un torso limpio y musculoso que no se consiguen comiendo ensaladas de quinoa. Me quedé estático, con la boca ligeramente abierta.

— ¿Qué pasa?

— Uhm, solo estoy sorprendido de que la señora de la recepción te conozca Tom.

— Creo que soy su mejor cliente.

— Ah… — Tom se acercó a mí, acortando la distancia hasta que su pecho rozó el borde de mi chaqueta.

Y yo no dije nada más.

— Si te molesta vamos a uno mejor, puedo pagarlo. Quiero que tu primera vez sea inolvidable.

— No, no. Está bien… — logré articular y sin disimulo mis ojos estaban fijos en el piercing de su boca.

— ¿Te gusta lo que vez?

— No está nada mal.

— ¿Y ya?

— Ujum. — Tom soltó una risa ronca y me tomó de la cintura con una fuerza que me hizo soltar un jadeo. Sus manos grandes se hundieron en el cuero de mis pantalones, estirando el material.

— Estás temblando. ¿Es miedo o es que tus órganos finalmente se rindieron ante la falta de oxígeno de estos pantalones?

— Es… anticipación. — mentí, echando la cabeza hacia atrás cuando sentí su aliento caliente en mi cuello. — Georg dijo que me harías temblar. No quiero dejarlo como un mentiroso.

Tom bajó la cabeza y empezó a lamer el lóbulo de mi oreja, justo donde llevaba mi pendiente de diamantes.
El contraste entre su lengua caliente y el frío del metal me hizo soltar un gemido que sonó mucho más necesitado de lo que pretendía.

De verdad no esperaba perder mi virginidad con un hombrezuelo.

— Ese Georg habla demasiado. — susurró Tom contra mi piel, con su mano subiendo por debajo de mi crop top para acariciar mis costillas. — Pero tiene razón en algo, tienes una piel demasiado suave para estar en un lugar tan sucio como este.

Me empujó suavemente hacia atrás hasta que mis curvas chocaron con la cama de tigre. Caí sobre el colchón, que hizo un ruido de muelles viejos digno de una comedia, pero no me importó.

Tom se posicionó entre mis piernas, apoyando sus manos a los lados de mi cabeza.

— Ahora. — dijo, mirándome con una oscuridad en los ojos que me hizo perder la cordura. — Vamos a ver si esos pantalones de cuero son tan difíciles de quitar como parecen.

— Inténtalo. — le reté, subiendo mis piernas y enredándolas alrededor de su cintura, sintiendo el bulto de sus vaqueros presionando contra mi entrada. — Pero ten cuidado, Tom. El cuero es caro, y mi paciencia es corta.

Él sonrió.

Tom no necesitó que se lo repitiera. Sus manos, que comparadas con las mías parecían herramientas diseñadas para el pecado, bajaron hasta el botón de mi pantalón de cuero. El sonido de la cremallera bajando en ese cuarto silencioso sonó como un disparo de salida.

— Por el amor de Dios, Bill… ¿cómo pensabas salir de aquí sin ayuda? — se burló Tom, forcejeando un poco con el material que parecía mi segunda piel.

— Con elegancia, algo que tú creo que  claramente desconoces. — logré jadear, aunque mi elegancia se fue directo al caño cuando Tom tiró de mis piernas hacia el borde de la cama y empezó a pelar el cuero de mis muslos.

Mis piernas blancas y delgadas quedaron expuestas bajo la luz parpadeante del motel.
Me sentí vulnerable por un segundo, como un cuadro de museo que acababan de sacar de su vitrina, pero Tom me miró con una devoción tan carnal que el miedo se transformó en un calor líquido que se instaló entre mis piernas con más fuerza.

Él se deshizo de sus vaqueros en dos movimientos expertos, sin tropezar, sin dudar.

Cuando se posicionó de nuevo sobre mí, piel con piel, sentí la diferencia de texturas: él era puro fuego y aspereza, yo era seda y nervios puros.

— Estás muy tenso. — susurró, rozando su nariz con la mía. — Relájate. Te prometo que después de esto vas a querer enviarle flores a Georg por presentarnos.

— Menos promesas y más… — mi frase murió en un gemido ahogado cuando su mano bajó.

Tom sabía exactamente dónde tocar.
No era un tanteo torpe; era una exploración táctica. Su mano se movía con una delicadeza tan exquisita que no podía evitar empezar a gemir con ansias bajo la mirada de ese desconocido.

Levanté una mano por instinto, con ganas de rodear su cuello con esa misma y acercarlo a mi para que me besara pero él no lo permitió. Simplemente evitó acercarse a mi boca y mis labios fueron a dar directo en su mejilla.

Eso me frustró.

— Tom. — susurré algo enojado. — Por favor… bésame…

— Oh, claro que no. — dijo él, en el mismo tono antes de empujar un poco mi cuerpo hacia atrás. — Y relájate, por favor. — descendió sus besos por mi cuello, lamiendo y besando a duras penas, bajaba poco por mis clavículas. Luego se detuvo en mis pezones pero nunca me soltó la entrepierna.

La sensación era tan intensa, tan diferente a las veces que me masturbaba mirando una porno homosexual o lesbiana.

Continuó bajando por mi cintura, besando aquel tatuaje de estrella que tenía muy cerca de la pelvis y al estar frente con frente en mi entrepierna le dió un par de besos.
Mismos que me hizo arquear el cuerpo, buscando más de su contacto.
La humedad de su lengua entre la tela y mi dureza era algo que no podía describir, era tan rico, tan excitandor.
Simplemente me estaba derritiendo con tan poco.

— Si así te pones con mi boca, bonito. — susurró dándome la vuelta todo el cuerpo. Mi trasero quedó expuesto ante su mirada y no dudó en darme un pequeño azote.

Me erizó la piel y gemí.

— Que bonito. — susurró y ahora hacia a un lado mi ropa interior para separar mis nalgas y meter su lengua ahí más de lo necesario. Me puse rojo como un tomate porque era un lugar tan prohibido y sucio en el cual estaba lamiendo y escupiendo sin importar qué.

A eso se sumaron sus dedos que empezaron a prepararme con una paciencia que no encajaba con su aspecto de chico malo. Yo, en mi ignorancia absoluta, intenté moverme, buscando ese roce que veía en las películas porno, pero terminé chocando mis rodillas con sus costados de forma bastante patética.

— ¡Auch! — solté ahora más sonrojado que antes. — Perdón, es que… el espacio es pequeño.

Tom soltó una carcajada baja, una vibración que sentí en todo mi ser.

— Quédate quieto, Bill. Deja que el experto trabaje. Tú solo encárgate de no morderte la lengua. — sentí la presión inicial y, por un instante, el pánico de virgen en apuros me invadió. Apreté las sábanas de tigre con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos.

— Duele… — susurré, cerrando los ojos con fuerza.

— Tranquilo… — decía con voz firme pero extrañamente dulce. — Respira y relájate, si no lo haces dolerá mucho más. — me obligué a buscar su mirada a pesar de la incomodidad. Tom se quedó estático, dándome tiempo, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a la invasión de algo ajeno.

Empezó a dejar besos húmedos en mis nalgas tratando de que me centrara en algo más que no sean sus dedos en mi interior porque los estaba empezando a mover y funcionaba.
Poco a poco, el dolor punzante empezó a transformarse en una presión, y luego en algo que no tenía nombre pero que se sentía bien.

«Bien era poco.»

Tom comenzó a mover sus dedos con una lentitud tortuosa, rítmica, como si estuviera marcando un compás que solo él conocía.

— Dios… Tom… — mi voz sonó rota, desconocida para mí mismo.

— Eso es… así, Bill. Déjate llevar. — gruñó él, aumentando la velocidad a medida que notaba que mis gemidos subían de tono. — Joder, y solo son dedos.

Yo era un desastre de sonidos vergonzosos.

— Ay, si… por dios, que rico.

— Ya te quiero sentir. — me mordió el glúteo por una última vez antes de sacar sus dedos y reincorporarse. Apreté mis ojos sintiendo el calor en ambas mejillas y solté un largo suspiro. No sé que hizo pero pronto escuché algo similar a la envoltura de un preservativo y me acomodó.

Esta vez ya podía verlo completamente desnudo y su cuerpo lleno de sudor brillaba bajo la luz de la habitación. Por instinto me tapé el cuerpo con algo de vergüenza mientras tenía una mano en mi labio inferior.

— ¿Quieres que apague la luz? — negué lentamente con la cabeza.
No quería porque me sentía bien bajo su mirada lasciva.

— ¿Te gusta mi cuerpo? — hablé por lo bajo. Tom como respuesta empezó a darle besos en el torso, bajando a mi abdomen, pasando por mi ombligo perforado, bajando por las piernas y entre las piernas con unas ganas que me dejaron sin respiración.

— Me encanta muchísimo. Todo tu cuerpo es perfecto, tu cara es perfecta, todo tú eres una puta obra de arte y yo me siento un sucio por estar haciendo esto contigo cuando sabes que mereces esto mucho mejor de lo esperado.

— No importa. — susurré dejando que llevará mis manos encima de mi cabeza. Estaba al borde del colapso. — Ya lo he intentado tantas veces y no he podido, es mi oportunidad.

— Entonces cállate y goza. — respondió Tom, hundiéndose en mí finalmente e hizo que arqueara la espalda. Perdí la noción del tiempo, no sabia quién era yo, dónde estaba y por qué demonios no había hecho esto antes.

El impacto inicial de su penetración me dejó sin aire, como si el mundo entero se hubiera reducido a ese punto exacto donde nuestros cuerpos se unían.

Sentí su pene grueso estirándome, tomando cada milímetro de mi culo virgen con una determinación que me hizo soltar un grito que terminó en un jadeo entrecortado.

— Dios… Tom… ¡para! No, no pares… — balbuceé, con la mente hecha un caos de sensaciones contradictorias.

— Oh. — gruñó él, con los músculos de sus brazos tensos mientras se mantenía firme sobre mí. Su rostro estaba a centímetros del mío, y podía ver el sudor perlado en su frente y esa mirada de muerte. — Te tengo, estás bien. Solo déjame entrar del todo.

Se hundió un poco más, y sentí cómo se llenaba hasta el fondo, conectando con un lugar tan profundo que me hizo arquear la columna de nuevo. Mis piernas están enredadas en su cintura, ahora temblaban sin control. Cuando Tom finalmente estuvo completamente dentro, se quedó quieto un segundo, dejando que mi cuerpo se expandiera alrededor de su miembro. La sensación de plenitud era aterradora y fascinante a la vez.

Entonces, Tom empezó el movimiento.

Comenzó a embestir con una cadencia lenta y pesada. Cada vez que su pene se deslizaba fuera y volvía a entrar con fuerza en mi trasero, un relámpago de placer me recorría el vientre. No era como pensaba, era mil veces más intenso, más húmedo, más sucio.

— Joder, Bill… estás tan apretado. — gemía por lo bajo Tom cerca de mi oído. — Uff…

— ¡Ahhh! ¡Más… Tom, por favor! — mis manos, misma que él mantenía sobre la cabeza, tironeaban de la cabecera de la cama de tigre mientras mis caderas empezaban a buscar sus embestidas por instinto.

Él aceleró el ritmo.

La penetración se volvió intensa, rítmica, violenta en el mejor de los sentidos. El sonido de nuestros cuerpos chocando y de los muelles de la cama sonando se mezclaba con mis gemidos que ya eran constantes. Tom me soltó las manos para agarrar mis muslos con fuerza, abriéndome aún más, permitiéndose llegar más profundo, golpeando ese punto interno que me hacía soltar chispas por los ojos.

— ¿Te gusta así, bonito? — me preguntó con un tono de voz que era puro veneno y miel, mientras su pene martilleaba mi interior sin piedad. — ¿Ah?

— ¡Cállate… y sigue! — logré decir entre espasmos.

El roce de su vello púbico contra mi piel sensible y la forma en que sus trenzas me azotaban la cara cuando se inclinaba lo hacían todo más delicioso.

Me sentía como una muñeca de trapo en sus manos. Él era el experto que sabía exactamente cuándo girar la cadera o cuándo presionar con más fuerza para hacerme delirar. Mi trasero ardía, pero era un fuego que quería consumir hasta la última gota. Cada estocada de Tom me hacía sentir que me desmoronaba, que mi reputación se rebajaba a tan solo cincuenta euros.

En un momento de puro éxtasis, Tom me tomó por la cintura, hizo un movimiento veloz y me sentó sobre él, sin romper la conexión. El cambio de ángulo hizo que su pene rozara una zona que me hizo ver el cielo.

— ¡Oh, Dios! ¡Ahí! ¡Justo ahí! — grité, echando la cabeza hacia atrás mientras mi pelo caía sobre mis hombros.

Tom me miraba teniendo las manos en mis nalgas, guiando mi movimiento mientras yo cabalgaba sobre él con una torpeza desesperada que a él parecía encantarle. Sus ojos oscuros brillaban con un triunfo absoluto.

La tensión sexual que habíamos acumulado en el bar explotó en una serie de embestidas finales, rápidas y profundas, que nos dejaron a ambos al borde del abismo. Mi cuerpo entero se tensó en un orgasmo que me dejó sin voz, mientras sentía a Tom gruñir mi nombre y terminar en el preservativo, estremeciéndose contra mí con una fuerza que me hizo sentir que estaba vivo de verdad.

&

Desperté con el sol dándome de lleno en la cara, pero por primera vez en mi vida, no sentí ganas de lanzarle una lámpara al ventanal. Me estiré entre las sábanas y, aunque mi cuerpo se sentía como si me hubiera pasado por encima un camión de dieciocho ruedas, tenía una sonrisa de idiota que no me podía quitar por nada del mundo.

Ni siquiera por el humor rancio de mis papás.

Cerré los ojos y lo recordé todo.
El olor a tabaco y sexo, el sudor, la intensidad de Tom… pero sobre todo, el final. Recordé cómo me ayudó a subirme esos pantalones de cuero imposibles con una paciencia que me derritió el corazón, y cómo me llevó hasta la puerta de mi casa en su coche.

Joder.

También que antes de bajar, me tomó de la barbilla y me plantó un beso suave, casi dulce, en la frente.

«—Descansa, precioso.—» me había dicho con esa voz baja.

Me toqué la frente, justo donde sus labios habían estado, y solté un suspiro patético. Solo era un hombrezuelo, un prostituto que hacía todo eso por dinero.

— ¡Agh! — chillé pataleando y golpeando el colchón de mi cama.

¡Todo estaba mal!

Mierda.

Obviamente, hoy no puse un pie en la universidad. ¿Para qué iba a ir? ¿para aceptar la salida con Brian? o.. ¿para verle la cara a Karina? No, gracias. Prefería quedarme aquí, oliendo mi ropa y viéndome todo el tiempo en el espejo pequeño que tenía en la mesita de noche.

Tom se había encargado de decorar mi cuello con una marca morada que mi madre llamaría una tragedia y yo llamaría mi primer chupetón de la cogida number one.

En fin…

Cerca del mediodía, el timbre de mi casa sonó con una insistencia que solo podía significar una cosa: mis amigos estaban aquí. Por suerte mis padres no estaban a estas horas del día por lo que no sabían que había faltado a la universidad. Entonces me puse mis pantuflas para bajar corriendo lo más pronto posible a abrir la puerta principal, ahorrándole el trabajo a las sirvientas.

— ¡Abran paso, la virgen ha muerto! — escuché el grito de Georg antes de que la puerta se abriera de par en par.

Gustav entró detrás de él, tratando de parecer discreto pero fallando miserablemente al ver mi cara de satisfacción absoluta.

— ¡Míralo! — exclamó Georg, saltando sobre mi cama sin importarle mis quejas. — ¡Esa cara no es de haber estudiado historia, Bill! ¡Esa cara es de haber explorado territorios desconocidos!

— Buenos tardes a ti también, Georg. — dije tratando de ocultar mi cuello con la mano aunque fue inútil.

— ¡Ni lo intentes! — Georg me quitó la mano de un tirón y señaló mi cuello con el dedo. — ¡Joder, Bill! ¿Eso es un chupetón o Tom intentó arrancarte la yugular?

— ¡Shh, Georg! — tapé su boca con ambas manos con nervios aunque me estaba muriendo de la risa por dentro. — Las paredes escuchan. — los tres empezamos a subir rumbo a mi habitación en medio de burlas. Yo corrí nuevamente a mí cama luego de ponerle el seguro a la puerta.

Gustav se sentó en el borde de la cama, mirándome con una mezcla de curiosidad y horror.

— ¿Y bien? — preguntó Gustav.

— Fue… increíble. — sonreí para luego morder mi labio inferior. — Georg, te debo la vida. No sabía que se podía sentir eso sin morir en el intento.

— ¡Te lo dije! — Georg hizo un bailecito de victoria. — Tom es un experto. ¿Y qué tal la… ya sabes, la logística? ¿Dolió mucho?

— Al principio sentí que mi alma iba a abandonar mi cuerpo por el camino equivocado. — confesé, haciéndolos reír. — Pero después… Dios, chicos. Es como si hubiera estado viviendo en blanco y negro y de pronto todo fuera a color. Es rudo, es intenso, y me llamó «bonito» de una forma que casi me hace pedirle matrimonio allí mismo en esa colcha de tigre mugrienta. Yo lo mantengo, ah.

— ¡Qué asco, una colcha de tigre! — Gustav hizo una mueca. — Bill, eres tan básico cuando quieres.

— No fue básico, fue auténtico. — le corregí con una sonrisa. — Me trajo a casa, me besó la frente y todo lo lindo. Excelente servicio, diez de diez. — Georg me miró con una sonrisa más suave, dejando de lado las bromas por un segundo.

— Me alegro por ti, Billy. Ya era hora que te hagan el amor, por dios.

— Vale la pena. — dije, mirando el perfume de Brian en mi mesita de noche, ahora abrazando mis piernas mientras soltaba un suspiro.

— Te dieron tan duro que por eso no fuiste, ¿verdad? — insistió Georg, dándome un codazo cómplice mientras yo me hundía más en las almohadas.

— Digamos que mi centro de gravedad quedó permanentemente alterado. — respondí, soltando una carcajada. — Correr hasta abrirles la puerta me mató. Ya imaginarán lo abierto que me quedó el culo.

— ¡Joder, Bill! — Gustav se tapó la cara con una mano, aunque se estaba riendo. — No necesitaba esa imagen mental, pero me alegra que por fin dejes de ser tan… tú.

— ¡Oye! ¿Qué quieres decir con tan yo? — le lancé un cojín. — Sigo siendo el mismo Bill, solo que ahora tengo una referencia bibliográfica sobre el placer carnal. Y Tom es, definitivamente, el mejor capítulo.

Estábamos en medio de un debate sobre si la logística de Tom era tan grande o un invento mío cuando el sonido de la cerradura de mi habitación nos dejó petrificados. Se me olvidó que mis padres tenían llaves de repuesto para emergencias «o para violar mi privacidad, lo que ocurriera primero».

La puerta se abrió y aparecieron los señores Trümper, luciendo como si acabaran de salir de una portada de revista y listos para arruinarme el aura.

— Bill, nos dijeron que no fuiste a la universidad por una supuesta migraña. — dijo mi padre, entrando con esa zancada que mide el éxito en metros cuadrados. — Hola, Georg. Gustav.

— Hola, señores. — respondieron mis amigos, poniéndose rectos como si estuvieran ante un tribunal militar.

Yo me quedé ahí, abrazando mis rodillas y asegurándome de que el cuello de mi camisa estuviera lo suficientemente alto como para no provocar un infarto masivo. No les prestaba mucha atención; en mi cabeza seguía repitiéndose el sonido de la voz de Tom llamándome «bonito» y sobre todo la escena sexual trayendo flashbacks sexuales a morir.

Era como si ellos hablaran en un idioma aburrido y yo estuviera escuchando un remix de lo de anoche.

— ¿Estás oyendo, Bill?

— ¿El que?

— ¡Bill! ¿Es que vives en las nubes? —mi padre chasqueó los dedos frente a mi cara, interrumpiendo el glorioso recuerdo del piercing de Tom rozando mi piel. — Te estamos diciendo que hemos organizado una cena para este sábado a las ocho. Van a venir unos amigos de tu padre y queremos que estés presente y ah… lleva a tu novio.

— ¿Que novio? — susurré lento mientras levanto la cabeza para verlos. Ellos tuvieron una expresión de duda y ahí me cayó el veinte de lo que había dicho. Moví la cabeza como si quisiera aclarar mis pensamientos.

— Bill, el que dijiste que tenías ayer.

— ¡Aaaah! — sonreí levantándome de golpe de la cama, caminando de un lado a otro mientras pensaba. — Claro, claro. Mi novio, uff. Cierto, claro… — reía nervioso. — Mi novio, ¡sii!

— Sí. — arqueaba mi madre una ceja. — La cena es formal, Bill. Queremos conocer a tu novio porque tenemos intenciones de entenderte, entonces pensamos que es la mejor forma.

— Sí, sí, el sábado, que divertido. — respondí con una voz que claramente los estaba sacando de quicio por ponerme demasiado nervioso.

¿De dónde iba a sacar un novio yo?

— ¿Y cómo se llama? Cuéntanos un poco de él.

Me giré buscando a Georg y Gustav para pedirles ayuda con la mirada.

Mis padres me presionaban con la mirada, esperando un nombre, una profesión o al menos una señal de vida inteligente en mi respuesta. Desvié los ojos hacia Georg y Gustav, quienes parecían estatuas. Georg tenía la boca abierta como si estuviera intentando atrapar moscas y Gustav estaba tan pálido que juraría que se estaba mezclando con el color de la pared.

Inútiles.

Estaba solo en esto.

El pánico a mil y de repente, la única neurona que me quedaba sana hizo cortocircuito.

— Se llama… — solté, y luego corregí de inmediato con una sonrisa radiante que ocultaba el terror. — Quiero decir, se llaman Georg y Gustav. ¡Sí! ¡Ellos son mis novios!

El silencio que siguió no fue normal e iba a morirme.

— ¿Perdona? — soltó mi madre, parpadeando tan rápido que temí que se le desprendieran las pestañas postizas.

— ¡Sí! — exclamé, lanzándome hacia mis amigos y pasando un brazo por encima de los hombros de cada uno, atrayéndolos hacia mí con una fuerza que probablemente les dejó moretones. — ¡Sorpresa! No es un novio, es un… un combo. Un paquete tres por uno. Somos una trieja. Un poliamor responsable… por supuesto.

Georg emitió un sonido que pareció un hipo atorado, mientras que Gustav se puso rígido como una tabla de planchar, quizás los dos me querían matar.

— Bill… — gruñó mi padre, y su voz bajó lo suficiente, lo cual nunca era buena señal. — ¿Me estás diciendo que tus amigos de toda la vida, desde que tenían diez años, son ahora tus… compañeros sentimentales?

— ¡Exacto! — intervino Georg, recuperando el instinto de supervivencia y poniéndome una mano en la cintura de forma exageradamente dramática. — Es que, señores Trümper, la amistad es una base sólida para el desenfreno… digo, para el romance.

— ¡Georg! — chilló mi madre, llevándose las manos al pecho. — ¡Bill Trümper! Esto es el colmo de la desvergüenza. Sabíamos que eras… moderno, pero esto es ser un libertino. ¡Un libertino de la peor calaña!

— Y ya tuvimos sexo. — agregó Georg.

— ¡Dios mío! ¡En esta casa no se practican las orgías d-de ningún tipo!

— Ay, mamá. Andar con dos al mismo tiempo es la moda. — respondí aguantando la risa al ver la cara de indignación de mi padre. — Al menos los tres sabemos que existimos, no como esas otras parejas de dos y resulta que son tres a escondidas.

Gustav, viendo que ya estábamos hundidos en el fango, decidió rematar la escena.

Se ajustó las gafas y miró a mi padre con una seriedad absoluta.

— Señor, entiendo que para su generación sea difícil procesar que Bill tenga dos frentes que cubrir, pero el amor se multiplica, no se divide. Además, ya nos conocemos, ¡ahorraremos muchísimo en las presentaciones de la cena!

Mi padre cerró los ojos, apretando el puente de su nariz.

— Libertinos… — murmuró. — He criado a un libertino que ha convertido su habitación en un club social de afectos compartidos y orgías.

— ¡Es una tragedia! — añadió mi madre, aunque en el fondo se la veía más confundida que enojada. — ¿Y cómo se supone que los siente en la mesa el sábado? ¡El protocolo de cubiertos para una trieja no existe en mi manual de etiqueta!

— Oh, no se preocupen por eso. — dije dándoles un empujoncito hacia la salida antes de que se fijaran en que Georg me estaba apretando el brazo para no estallar en carcajadas. — Nosotros nos acomodamos. El amor, ya saben, es muy flexible. ¡Hasta el sábado!

Cerré la puerta de un portazo y le puse el seguro. En cuanto el sonido de los pasos de mis padres se alejó por el pasillo, los tres nos desplomamos sobre la cama, ahogándonos en risas histéricas.

— ¡Libertino! — gritó Georg, señalándome. — ¡Te han llamado libertino, Bill! ¡Y ahora tengo que ser tu novio el sábado!

— ¡Estamos muertos! — gimió Gustav desde debajo de una almohada. — Seguro tu padre me va a interrogar sobre mis intenciones mientras corto el lomo de cerdo. Bill, ¿en qué nos has metido? — me toqué el cuello, sintiendo el ardor del chupetón de Tom, y suspiré.

— En un lío del tamaño de mis nalgas. Pero hey, al menos ya no tengo que inventarme un nombre. Ahora… ¿alguno de los dos sabe cómo fingir que estamos profundamente enamorados sin que me den ganas de escupir?

— No sé, ¿por qué no empezamos por darnos un beso?

Los tres nos miramos en completo silencio antes de estallar en carcajadas.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!