
Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 19

El coche avanzaba a una velocidad que me hacía aferrarme a la manija de la puerta, pero no me importaba. Me daba igual si nos estrellábamos; el vacío que sentía en el pecho era mucho más peligroso que cualquier accidente.
Tom no dice nada, sus nudillos estaban blancos de tanto apretar el volante y su mandíbula parecía de piedra.
Finalmente, el pavimento desapareció y las ruedas empezaron a crujir sobre tierra húmeda. Nos detuvimos en un paraje desolado, frente a un lago inmenso cubierto por una capa de neblina tan espesa que apenas dejaba ver el agua. Era un paisaje fantasmagórico, frío y vacío.
Justo como me sentía yo…
Tom apagó el motor con un movimiento brusco y el silencio que siguió fue ensordecedor.
— Bájate. — pidió él, saliendo del coche y dando un portazo que debió espantar a todas las aves de la zona.
Bajé del auto temblando, no sé si de frío o de rabia, y me planté frente a él. La neblina nos rodeaba, aislándonos del resto del mundo.
— ¿Para qué me traes aquí, Tom? ¿Para pedirme que sea el padrino de tu hijo? ¡Vete al diablo! — le grité, dándole un empujón en el pecho que apenas lo movió.
— ¡Escúchame de una puta vez! — rugió él, sujetándome de las muñecas para que dejara de golpearlo. Sus ojos estaban rojos de la rabia. — ¡Ese hijo no puede ser mío, Bill! ¡No tiene sentido!
— ¡Ella tenía una prueba, Tom! ¡Ella estaba ahí llorando diciendo que es tuyo!
— No… — Tom soltó mis muñecas y empezó a caminar en círculos, pasándose las manos por las trenzas con desesperación. — Óyeme. — crucé mis brazos adoptando una pose que cargaba mi peso en una sola pierna mientras miraba mis uñas.
Todo lo que diga me entra por una oreja y me sale por la otra.
De eso no hay duda.
— No he tenido sexo con Ría desde aquella noche en el coche contigo. ¡Ni una sola vez!
— Ajá.
— ¿Si me estás oyendo?
— Sí, sí.
— ¡No es cierto! ¡No lo haces! ¡Odio que seas así de inmaduro! — joder, el aire se me escapó de los pulmones ante el llamado de «inmaduro». — ¡Te estoy diciendo la verdad y no oyes!
— ¡Mentira! — chillé ya histérico. — ¡Eres un mentiroso! ¡Seguro te acostaste con ella mil veces mientras también lo hacías conmigo y a ella si la besabas! ¡A mí no, idiota! ¡Te odio!
— ¡QUE NO, MALDITA SEA! — Tom se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal, gritando tan fuerte que sentí la vibración en mi propio pecho. — Desde que te toqué en ese coche, desde que probé lo que eres otra vez, no he podido tocar a nadie más. ¡No me salía! ¡Iba a verla y me daba asco la idea de estar con alguien que no fueras tú! Con ella no ha pasado de besos y caricias mediocres desde hace semanas. ¡Semanas, Bill!
— ¿¡Y ENTONCES POR QUÉ ESTÁ EMBARAZADA!? — le grité en la cara, empujándolo de nuevo con todas mis fuerzas, las lágrimas están nublando mi vista. — ¿¡POR QUÉ ME HACES ESTO!? ¡YO TE CONFESÉ LO QUE SIENTO Y TÚ SOLO TE BURLASTE DE MI! ¡MENTIROSO! ¡NO TE IMPORTO!
— ¡BILL, TÚ ERES LO ÚNICO QUE ME IMPORTA! — Tom me agarró por los hombros, me sacudió ligeramente y su voz empezó a quebrarse. — ¡Si esa mujer está embarazada, es de cualquier otro imbécil, no mío! ¡Yo no la he tocado, Bill! ¡Te lo juro por mi vida! ¡Solo he querido estar contigo y cogerte a ti! ¡a ti, a ti y solo a ti! ¡quiero cuidarte, quererte, amarte! ¡me encantas mucho aunque seas un mimado de mierda!
Nos quedamos ahí, jadeando a escasos centímetros del rostro del otro bajo la neblina del lago…
Yo quería creerle, me moría por creerle, pero el dolor de la traición era un muro demasiado alto.
— Ayer fui a buscar a Georg pensando que estás ahí, le conté lo que pasaba y no sé si el de lentes es su novio, que se yo pero me ha dado un golpe tan fuerte en el abdomen. Pega duro. — yo me di la vuelta para darle la espalda y no verlo porque me había sorprendido la reacción de Gustav si es una persona muy pacífica. — Y ya después me escucharon mejor, dijeron que hablarían contigo y hoy me llaman a decir que estuviste con Karina. No puedo creerlo.
— Es mi amiga ahora. — susurré. — Y si ya no tienes más que decir ya llévame, debe estar esperándome.
— Okay. — soltó un suspiro pesado que mostraba rendición.
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La habitación de Karina parecía el camerino de una estrella de rock. Ella estaba de pie tras de mí, dándole los últimos toques a mi cabello con una plancha, mientras me observaba a través del espejo con una expresión que mezclaba la decepción con las ganas de darme un buen sacudón.
— Eres un caso perdido, Bill. De verdad. — soltó ella, dejando la plancha sobre el tocador con un golpe seco. — Te dejas secuestrar por el primer coche negro que se te cruza en la facultad. ¡Frente a todo el mundo!
— No fue un secuestro, Karina… — murmuré, tratando de acomodar el cuello de la camisa top que ella misma me había prestado. — Solo… necesitaba escuchar lo que tenía que decir.
— ¡Oh, claro! — exclamó ella, dándose la vuelta para buscar un labial. — Necesitabas escuchar sus mentiras. Seguro te dijo que el bebé es del Espíritu Santo o que Ría se embarazó por ósmosis. Por favor, Bill, ten un poco de dignidad. — me quedé callado un segundo, mirando mi reflejo. Mis labios estaban un poco hinchados por la masacre que sufrieron durante todo el trayecto del lago hasta aquí.
— Me dijo que no la ha tocado desde la segunda noche que estuvimos juntos. — solté de golpe. Karina se detuvo a mitad de camino, con un pincel en la mano. — Me juró que no ha tenido sexo con ella en semanas. Que desde que me probó a mí, no pudo volver a estar con nadie más porque le daba asco la idea de tocar a otra persona. — Karina se quedó estática. Me miró por el espejo, analizando mi rostro. Yo esperaba que soltara una carcajada burlona o que me llamara estúpido, pero el silencio se prolongó.
De repente, una sonrisa lenta y maliciosa empezó a dibujarse en sus labios. No era una sonrisa de burla, sino de alguien que acaba de confirmar una sospecha muy interesante.
— ¿De verdad te dijo eso? — preguntó ella, retomando su tarea de pintarme los labios. — ¿Que le daba asco tocar a otra que no fueras tú?
— Sí. Casi se vuelve loco gritándolo frente al lago. Parecía… desesperado. — ella sonrió mientras terminaba de delinear mi boca.
— Wow… me niego a creer que el gran Tom Kaulitz, quien no se enamora de nadie, está completamente enganchado. — dijo ella, dándome un golpecito juguetón en la mejilla. — Bill, cariño, si eso es cierto lo tienes justo en la palma de su mano. Un hombre que siente asco por otras mujeres por tu culpa es un hombre que ya perdió la partida.
— ¿Tú le crees? — pregunté esperanzado.
— No he dicho que le crea a él. — corrigió ella, guiñándome un ojo. — Pero te creo a ti. Ahora termina de arreglarte. Vamos a una fiesta, te vas a ver tan increíble que Tom va a tener que rezar para que le dirijas la palabra. Si él quiere exclusividad que se la gane sufriendo un poco mientras te ve bailar con otros.
¿Adivinen a qué lugar íbamos a ir?
¡Exacto! A One Direction, dónde se supone que debería estar trabajando ahora mismo con Georg y Gustav.
Se alejó unos cuantos para admirar su obra. Yo me veía radiante, sexy y con un poco de poder en mis manos.
Salimos de la increíble casa Kaulitz en su coche, rumbo al club y en el trayecto recogimos un par de amigos.
.
GEORG
— ¿Dónde está? — entró diciendo Tom al club, con la voz entrecortada por el cansancio. Llevábamos esperándolo como una hora y media desde que lo llamamos.
Gustav y yo intercambiamos una mirada de «estamos jodidos» mientras limpiábamos la barra de forma apresurada una y otra vez, tratando de parecer ocupados. Tom se plantó frente a nosotros, con esa mirada de animal acorralado que yo veía solo cuando él sentía que perdía el control sobre Bill.
— De una vez era que vengas mañana, Kaulitz. — digo dejando el trapo sobre el mostrador y cruzándome de brazos. Estaba molesto, pero sobre todo, estaba nervioso por lo que sabía que iba a pasar en cuanto girara la cabeza.
— No me jodas, Georg. ¿Ubicas L’Èclipse?
— Ajá.
— ¡Pues vengo desde allá! Y el tráfico era un infierno, tuve que… — se detuvo en seco, escaneando la zona VIP con la mirada. Eso me puso los pelos de punta. — ¿Dónde está?
Gustav dio un paso al frente, tratando de bloquearle un poco la visión.
— Tranquilo, Tom. Tómate algo primero, yo invito. — dijo Gustav, con la voz un poco más aguda de lo normal.
— Quítate, Gus, y no quiero que me invites nada. — masculló Tom, intentando rodearlo. — Soy el dueño de este club.
— Ah. — Gustav arqueó ambas cejas mientras se rascaba la nuca
— Ya nada. — intervine yo, saliendo de la barra para ponerme frente a él. — Creo que Bill ya se fue, no estoy seguro. ¿Qué tal si te vas?
Pero Tom no es idiota.
No tanto como pensaba.
Notó nuestro nerviosismo y esa forma en la que intentábamos retenerlo con frases vacías. Sus ojos se entrecerraron y, con un movimiento rápido, nos esquivó a los dos, subiendo los tres escalones que daban a la zona de los sofás privados.
— ¡Tom, espera! — gritó Gustav, pero ya era tarde.
Me quedé junto a la barandilla pensando en que pase lo que pase pues Bill se lo merecía por idiota y por habernos dejado de lado para irse con su ex enemiga amiga nueva. Desde ahí arriba, y porque sabía cómo era mi amigo… vi como él estaba hundido en el sofá de terciopelo rojo, con la camisa top media subida y el cabello negro totalmente alborotado. Se nota lo borracho que está, con esa risa floja y los ojos vidriosos que solo le salían tras demasiados cócteles.
Pero lo peor no era eso.
Bill estaba dejando que un tipo pelinegro de mandíbula cuadrada se suba sobre él y se restriegue mientras otro chico de pelo rojo le acariciaba el cuello y le besaba ahí. Estaban fajando sin ningún pudor, entre risas y susurros calientes, ignorando por completo el mundo a su alrededor.
Bill tenía las manos perdidas entre la ropa del tipo, devolviéndole un beso en la boca.
— Joder… — susurré, viendo cómo Tom se quedaba estático a unos metros del sofá. Corrimos junto a Gustav para prevenir cualquier situación. Al posarnos junto a Tom lo observamos, el imbécil fuera de tener un rostro de dolor tenía la boca entreabierta y el rostro encendido.
— ¿Acaso le gusta lo que ve? — me susurró Gustav al oído, incrédulo.
Yo no supe qué responder.
Bill soltó una carcajada borracha entre el beso, una de esas que suenan a pura provocación. Por un segundo sus ojos vidriosos se encontraron con los de Tom.
Eso no lo de tuvo, al contrario, dejó que el tipo de la mandíbula cuadrada le lamiera los pezones mientras daba paso al beso con el pelirrojo.
Todo lo hacía con un descaro que gritaba «mírame»
Tom cerró los ojos, inhaló con fuerza y, para sorpresa de todos, dio media vuelta. No fue hacia el sofá. Caminó en dirección contraria bajando los escalones de la zona VIP con una zancada pesada pero decidida.
— ¡Tom! ¡Espera! — gritó Gustav mientras corríamos tras él otra vez hasta alcanzarlo cerca de la barra, lejos del escándalo.
Lo rodeamos antes de que pudiera salir del club. Tom se apoyó contra una columna.
Estaba sudando y su respiración era un desastre.
— ¿Qué mierda fue eso, Kaulitz? — pregunté poniéndome frente a él. — ¿Por qué pareció que te gustó lo que viste?
— No estoy seguro, Georg. Pregúntale a mi pene.
— ¡Claro, Tom! — exclamé sarcástico. — Voy a bajar, me arrodillaré y le preguntaré a tu pene si le gusta lo que vió. ¡No seas estúpido, por dios!
Tom suspiró, tratando de ocultar una risita que no sabía cómo tomarla. — Si Bill quería castigarme y que lo viera, ya lo logró. Es todo lo que puedo decir… déjalo.
— Aja. — intervino Gustav. — Hazte tonto, bien que te encendió ver a Bill con esos tipos.
Tom levantó la vista y nos barrió de pies a cabeza queriendo verse neutral aunque el brillo salvaje en sus ojos lo traicionaba.
Se relamió los labios, que estaban secos, y soltó una risa seca, sin pizca de gracia.
— No sé cómo quieren que reaccione entonces.
— No sé. Mínimo llora, ¿no?
— Agh. — rodeó los ojos. — Uhm, verlo así tan rebelde y caprichoso como es él me fascina, me pone, chicos. Es todo.
— Estás enfermo. — negué con la cabeza, sorprendido por su honestidad brutal. — Ese chico te tiene el cerebro frito.
— Lo sé. — respondió Tom, enderezándose y ajustándose el pañuelo en la cabeza. — Me voy. Cuídenlo, por favor.
No le dijimos ni sí ni no, él dio la vuelta y salió del One Direction, dejándonos a Gustav y a mí con la boca abierta.
No pasaron ni dos minutos desde que Tom cruzó la puerta cuando ví a Bill salir corriendo rápido con una rapidez que no sabía que tenía estando tan borracho.
— ¡Mierda, Gus, muévete! — le grité a mi chico, pasando empujando a la gente por todo mi camino para no perderlo de vista.
Salimos detrás de él justo a tiempo para ver la escena en el callejón del estacionamiento. Tom ya estaba llegando a su coche, con las llaves en la mano y…
— ¡TOM! — el grito de Bill resonó en todo el callejón oscuro, haciendo eco. — ¡PARA AHÍ MISMO, MALDITO COBARDE! — su tan fuerte que hizo detenernos a Gustav y a mí a unos metros, protegidos por la sombra de un contenedor.
Tom se detuvo en seco. No se giró de inmediato…
Lo ví inhalando aire como si estuviera tratando de no explotar ahí mismo.
Cuando finalmente se dio la vuelta, Bill ya estaba frente a él, jadeando, con el pecho subiendo y bajando.
— ¿Qué haces aquí, Bill? Vuelve adentro, tus amigos te están esperando. — murmuró Tom, queriendo no darle importancia.
— ¿¡Eso es todo!? — chilló Bill, dándole un empujón frenético en el hombro. — ¿¡Vuelve adentro, eh!? ¡Me viste, Tom! ¡Viste cómo me besaban, viste cómo me tocaban otros! ¡Y no hiciste nada! ¡Ni una puta palabra!
— Hiciste lo que querías, ¿no? — replicó Tom, dando un paso con intenciones de entrar al auto pero Bill no se lo permitió. — A ver… querías que viera lo libre que eres. Felicidades, lo ví. Ahora déjame subir.
— ¡MENTIRA! — Bill empezó a sollozar, golpeando el pecho de Tom con los puños cerrados reiteradas veces ya sin control. — ¡Quería que te importara! ¡Quería que entraras ahí y los mataras a todos por tocarme! ¡Pero te diste la vuelta y te fuiste! ¡Ya no me quieres! ¡Dilo! ¡Dilo ahora mismo! ¡Dimelo y si ya te da igual me acostaré con todo el club, idiota!
Tom lo sujetó de las muñecas, deteniendo el ataque, y lo atrajo hacia su cuerpo con una brusquedad que nos hizo dar un respingo a Gustav y a mí.
Alertas por si Tom se pasaba de listo.
— ¿¡Que si ya no te quiero!? — le gritó Tom de vuelta. — ¿¡Tienes idea de lo que me costó no sacarte de ahí en contra de tu voluntad!? ¡Te vi ahí, Bill! ¡Te vi disfrutando de cómo te devoraban porque sabías que yo estaba mirando! ¡Estás mal si crees que me dio igual!
— ¡Pues no pareció! — insistió Bill entre hipos, pegando su frente al pecho de Tom. Cabe recalcar que la estatura de Tom es más grande que la de Bill y se ven muy tiernos ambos. — Pareció que ya te habías rendido… que te ibas a ir con tu rubia y su bebé y me ibas a dejar tirado…
— Realmente no sé que quieres, ya te expliqué y decidiste no creerme. Por lógica voy a irme y dejarte hacer tu vida.
Cuando parecía que ya todo se calmó, Bill volvió otra vez a gritarle a Tom.
— ¡Vete entonces! — gritó Bill, apartándose de Tom con un empujón que lo hizo tambalear, las lágrimas le bajaban por las mejillas como ríos de tinta negra por el delineador. — ¡Vete! ¡Ojalá seas muy feliz cambiando pañales!
Tom simplemente apretó la mandíbula, manteniendo los brazos cruzados con la cabeza agachada. Esa calma, esa forma de no querer seguirle el juego, fue lo que terminó de sacar a Bill de sus casillas.
— ¡DIME ALGO, MALDITA SEA! ¡NO TE QUEDES AHÍ!
— Ya te dije todo lo que tenía que decirte en el lago, Bill. — respondió Tom con una voz que sonaba a derrota absoluta. — Si no me crees, no hay nada más que hacer aquí. No voy a pelear contigo mientras estás en ese estado.
El silencio que siguió fue cortante.
Bill lo miró con un odio que solo nace de un amor desesperado y, antes de que Tom pudiera reaccionar, levantó la mano y le soltó una bofetada que resonó en todo el callejón. El golpe fue seco, violento, haciendo que la cabeza de Tom girara hacia un lado.
Gustav y yo nos quedamos de piedra, conteniendo el aliento. Tom no le devolvió el golpe, ni siquiera se llevó la mano a la mejilla… solo se quedó ahí, con la mirada fija en el suelo.
— ¡Te odio! — chilló Bill por última vez, antes de dar media vuelta y salir corriendo de regreso al interior del club, desapareciendo por la puerta y la música que retumbaba desde adentro.
Tom se quedó solo junto a su coche. Vimos cómo cerraba los puños y golpeaba el techo del auto una sola vez, soltando un gruñido ahogado de frustración pura. Sin mirarnos, sin decir una palabra, abrió la puerta, entró y encendió el motor.
El rugido del coche fue ensordecedor. Tom metió primera y aceleró con una exageración, haciendo que las llantas chillaran contra el pavimento y soltaran una nube de humo y gravilla. Salió del estacionamiento como un rayo, perdiéndose en la oscuridad de la avenida en cuestión de segundos.
— Joder… — susurró Gustav, saliendo de las sombras. — Esto se fue al carajo, Georg.
— Vamos adentro. — dije, sintiendo un escalofrío. — Bill va a necesitar que alguien lo recoja del suelo cuando se le pase la borrachera y se dé cuenta de lo que acaba de hacer.
.
BILL
El dolor de cabeza no era un zumbido, era una perforación rítmica que iba directo desde mis sienes hasta el centro de mi cerebro. Abrí los ojos con dificultad, sintiendo los párpados pegajosos y la boca con un sabor desagradable y seco.
Lo primero que ví fue el techo. Un techo alto, con molduras elegantes y una iluminación empotrada que me resultaba familiar. Parpadeé un par de veces, tratando de enfocar la vista, y al bajar la mirada hacia el suelo, me encontré con algo tierno.
Ahí, sobre la alfombra negra de la sala, estaban Georg y Gustav. Ambos profundamente dormidos, enredados en una manta que les quedaba pequeña, abrazados el uno al otro para no morir de frío.
Gustav tenía las gafas un poco torcidas y Georg roncaba suavemente, con la boca entreabierta.
— ¿Qué…? — intenté decir, pero mi voz salió poco audible.
Me senté en el sofá, el mundo daba vueltas. Fue entonces cuando el pánico empezó a reemplazar a la resaca.
No estaba en la mansión de Karina. No estaba en un hotel.
Estaba en el departamento de Tom.
Reconocí el aroma, el orden de la sala y, sobre todo, el lugar que se sentía como una trampa y un refugio al mismo tiempo. Mi mente empezó a escupir fragmentos que para mí no tenían sentido…
El club, el tipo pelinegro, los besos, Karina yéndose con un rubio, el rostro de Tom rojo por la bofetada… ¡La bofetada!
Me llevé las manos a la cara, ahogando un gemido de pura vergüenza.
¿Cómo había llegado aquí? ¿Acaso Tom lo hizo? o… ¿me trajeron los G’s a rastras?
— Despertó. — escuché una voz ronca.
Georg se estaba incorporando lentamente, tallándose los ojos y soltando a un Gustav que murmuraba cosas entre sueños.
— Georg… — susurré, con el corazón latiéndome en la garganta. — ¿Qué hago aquí? ¿Dónde está él? — Georg me miró con una mezcla de lástima y agotamiento, estirando su espalda con un crujido sonoro.
— Anoche luego de que le pegaste a Tom te seguimos, tus nuevos amigos ya no estaban y te obligamos a salir. Estábamos por llevarte con nosotros pero empezaste a fastidiar con que te traigamos acá mientras pataleabas, llorabas, pegabas los asientos del taxi… Tom pagó el taxi, nos pidió que nos quedáramos contigo y me imagino que está en su habitación o en algún lado tratando de no romper una pared. Entonces acá estás
Tragué saliva.
— Me dijo que si intentabas irte, te dejáramos. — continuó Georg, poniéndose de pie con dificultad. — Realmente te portaste mal.
Miré hacia el pasillo que conducía a la habitación principal en silencio, la culpa me hacía querer salir corriendo o ir directo a su puerta a pedirle perdón de rodillas si es que era posible.
— ¿Nos vamos? — Gustav se hace presente, somnoliento, haciendo que Georg asienta sin dejar de mirarme. Él se veía enojado, lo sabía bien.
Cuando se fueron ellos ni siquiera se despidieron de mí…
La culpa me apretaba el pecho y me provocaba náuseas.
Me levanté del sofá, tambaleándome un poco, cosa que decido ignorar porque estaba pensando en algo y no quería que se quede solo en mi cabeza, también quería hechos.
Caminé por el pasillo con pasos cuidadosos, temiendo que el piso crujiera y me detuve frente a la puerta de su habitación. Ese lugar en el cual había pasado mucho… entré con el corazón en la boca, temiendo verlo y que luego me echara pero no estaba.
Tom estaba en el baño.
Al acercarme a la puerta el vapor caliente y el aroma a su jabón inundaron mis sentidos.
No lo pensé tanto. No podía permitir que pasara un minuto más con ese muro de hielo entre nosotros.
Entonces entro al baño, donde la visibilidad era nula debido a la densa neblina de vapor. A través del cristal transparente de la ducha vi su silueta imponente. Estaba con la frente apoyada, dándome la espalda y el agua cayendo sobre sus hombros tensos.
Empiezo a desnudarme sin despegar los ojos de él, para así entrar a la ducha y rodear su cuerpo entre mis brazos. Tom suelta un suspiro echando la cabeza hacia atrás, recostándola sobre la mía y dejando que el agua caiga para ambos.
— Bill. — susurró. — Salte, por favor.
— No. — respondí acariciando su abdomen duro. Me le pegué más a la espalda. Su piel estaba ardiendo, contrastando con el frío que yo sentía por dentro. — Lo siento… Tom, lo siento tanto. — sollocé, sintiendo cómo mis lágrimas se mezclaban con las gotas de la ducha.
Su cuerpo se tensaba aún más bajo mi tacto. Sus manos se aferraron al grifo y sus nudillos resaltaron. El silencio fue total, solo roto por nuestra respiración agitada. Subí una de mis manos, acariciando sus pectorales, dejando que mis labios busquen la piel de su cuello, mordisqueando suavemente el lugar donde las trenzas se unían a su nuca.
— Bill… detente. — casi suplicó, pero su cuerpo lo traicionaba. Sentí su excitación creciendo contra mis dedos, una respuesta física que no podía ocultar a pesar de su rabia.
Se giró bruscamente, ahora atrapándome contra la pared. Sus ojos miel estaban oscuros, inyectados en una mezcla de deseo y un dolor punzante. Me sujetó de las muñecas para que me detuviera.
— ¿Crees que esto lo arregla todo? — espetó acercándose tanto a mi rostro, que uff, sentía fuego. — ¿Crees que puedes pegarme, humillarme con otros tipos y luego meterte aquí para que se me olvide? No soy uno de tus juguetes, Bill.
— No eres un juguete… eres lo único que quiero. — gemí, pegando mis caderas a las suyas, buscando ese fuego que siempre nos consumía. — Pégame si quieres, devuélveme el golpe, pero no me mires así.
Tom soltó una risa amarga, sus manos subían por mis costados, apretando mi carne tan molesto que me hizo arquear la espalda. Me miró por unos segundos y yo a él. Su mejilla tenía un ligero tono lila por el golpe que le había dado y sentía morir.
— Tom. — susurré observando ahora su boca, me sentía demasiado avergonzado conmigo mismo también…
Él de trenzas bajó un poco, teniendo intenciones de besar mis labios. Cerré los ojos, esperando el impacto de esos belfos dulces que tanto me encantaba besar pero nunca hubo tal impacto. Él se detuvo a escasos centímetros de mí, mirándome con tal desconfianza que me rompió el corazón.
Por supuesto que me lo merecía, estaba consciente de eso.
— No te creo. — susurró con la respiración entrecortada. — Simplemente tienes el capricho de que vuelva a tus pies y no voy a caer ante eso.
Después de terminar de hablar se marchó.
Continúa…
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