Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 18

A la mañana siguiente el despertador sonó temprano, pero extrañamente no me sentí cansado. Tom ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama y terminando de hacerse sus trenzas con una destreza que me sorprendía. Se giró al verme despertar y me lanzó una sonrisa matutina.

— Arriba, dormilón. Tenemos una cita con el doctor para que veas que este hombrezuelo está como nuevo.

Asentí tan rápido como pude con intención de que llegáramos primeros, nos atiendan rápido y salir de ahí porque las clínicas siempre me daban miedo.

No sé por qué.

El trayecto fue tranquilo. Tom se veía relajado, incluso tarareaba una canción de la radio mientras yo jugueteaba con mis dedos, un poco nervioso. Al llegar, la clínica era impecable, de esas que huelen a cítricos en lugar de a desinfectante.

— Buenos días, tengo cita para un chequeo general a nombre de Tom Kaulitz. — dijo él en la recepción.

La enfermera levantó la vista y, al reconocerlo, le dedicó una sonrisa algo más que profesional, lo que me hizo enderezar la espalda de inmediato.

— Por supuesto, señor Kaulitz. En un momento lo atenderán. ¿Viene acompañado? — Tom me rodeó los hombros con su brazo y me acercó a él.

— Sí, viene conmigo. Es mi pareja y también quiere hacerse unos análisis de rutina. Lo que sea que yo me haga, él también.

— De acuerdo.

— Gracias. — nos sentamos en la sala de espera. Yo estaba rígido, mirando los folletos sobre salud, reproducción sexual, cosas sobre pro vida hasta que sentí como Tom me tomaba la mano y empezaba a trazar círculos en mi palma. Recosté mi cabeza en su hombro, mirando a un punto fijo.

Quería correr.

— Señor Kaulitz, puede pasar al consultorio cuatro. — anunció la enfermera. Tom se levantó con una parsimonia envidiable, tirando suavemente de mi mano para que lo siguiera. Al entrar, nos recibió un doctor de mediana edad, de aspecto impecable y mirada inteligente tras unos lentes de descanso.

— Tom, qué puntualidad. — saludó el médico, estrechando su mano antes de fijar su vista en mí con curiosidad profesional. — Y veo que vienes con compañía.

— Doctor Meyer, él es Bill. — presentó Tom. — Queremos un chequeo completo para ambos. Ya sabe, lo de rutina: analítica de sangre, perfil hormonal y, sobre todo, el panel completo de enfermedades de transmisión sexual. Quiero que Bill vea los resultados conmigo. Somos pareja.

El doctor asintió, invitándonos a sentar. La consulta transcurrió entre preguntas estándar, pero yo sentía que me hundía en la silla cada vez que mencionaban términos médicos. Tom, en cambio, respondía con una honestidad brutal que me dejaba boquiabierto.

Supe un poco más de él.

— Como le dije la última vez, doctor, mi historial es abierto pero controlado. Sin embargo, ahora que Bill está conmigo, mi prioridad es su tranquilidad. — declaró Tom, mirándome de reojo, yo lo ví directamente, buscando apoyo en él porque estaba tan avergonzado de hablar de mi intimidad.

— Me parece una actitud sumamente responsable, Tom. — comentó el Dr. Meyer mientras preparaba los volantes para el laboratorio. — Bill, no tienes de qué preocuparte. Tom es uno de mis pacientes más meticulosos. Pero entiendo que los papeles hablan más fuerte que las palabras.

Nos empezaron a extraer sangre —proceso en el cual tuve que cerrar los ojos con fuerza mientras Tom se reía bajito y me apretaba la mano libre—, y salimos de la zona de laboratorio con unos parches en los brazos.

— ¿Ves? No dolió tanto. — se burló Tom una vez estuvimos en el pasillo, dándome un beso rápido en la sien. — En un par de horas tendremos los resultados digitales en el teléfono. ¿Qué te parece si usamos ese tiempo para que la tarjeta negra empiece a trabajar? — caminamos hacia la salida y, justo antes de cruzar la puerta automática, nos detuvimos frente a un espejo del vestíbulo. Tom se acomodó las trenzas y luego me miró a través del reflejo.

— Ujum.

— Tienes cara de que todavía no te lo crees. — susurró, pegando su pecho a mi espalda. — Vamos a borrar ese rastro de hospital de tu cara con un poco de terapia de compras. Anda.

&

La entrada a la boutique fue como abrir las puertas del paraíso para mí. El olor a cuero, la iluminación cálida y las hileras de ropa perfectamente colgada hicieron que mis ojos se dilataran. Por un segundo, olvidé el pinchazo en el brazo y los nervios de la clínica.

— ¡Tom, mira esto! — exclamé, corriendo hacia un perchero donde colgaba una chaqueta de cuero con tachuelas plateadas que brillaba bajo los focos. —  ¡Es increíble! ¡Y este pantalón de tela!

Empecé a moverme por la tienda como un huracán. Tom se quedó cerca de la entrada, con las manos en los bolsillos de su pantalón ancho y una sonrisa que no podía ocultar.

Me observaba con una mezcla de diversión y adoración absoluta mientras yo acumulaba prendas en mis brazos.

— Bill, despacio, que la tarjeta no tiene piernas, no se va a escapar. — se burló, soltando una carcajada cuando me vio intentar sostener tres pares de botas de plataforma al mismo tiempo.

— ¡Es que todo es perfecto! — le grité desde el otro lado del pasillo, mientras una dependienta corría hacia mí para ayudarme con la carga. — ¡Mira este abrigo de piel sintética, Tom! ¡Parece sacado de una pasarela en París!

— Pruébatelo todo, hermoso. Quiero verlo. — dijo él, acomodándose en uno de los sofás de terciopelo de la zona VIP, cruzando las piernas de forma masculina. — Tómate tu tiempo. Yo de aquí no me muevo hasta que dejes la tienda vacía si hace falta.

Me metí al probador y empezó mi desfile privado. Salía cada dos minutos con un look diferente: desde conjuntos ajustados que marcaban cada línea de mi cuerpo hasta abrigos extravagantes que me hacían sentir como una estrella de rock.

Cada vez que abría la cortina, la reacción de Tom era la misma: sus ojos recorrían cada centímetro de mi piel con una intensidad que me hacía arder las mejillas, y luego asentía con la cabeza.

— Ese te queda criminal, Bill. Llévatelo. — decía con voz ronca. — Y el anterior también. Y el de las transparencias… bueno, ese solo para cuando estemos solos en casa, ¿entendido?

Me reí, lanzándole una percha vacía. Me sentía ligero, feliz, casi mareado por la libertad de no tener que mirar el precio de las etiquetas. Era la primera vez en mucho tiempo que no sentía el peso de la culpa por querer algo bonito.

— ¿Estás seguro de todo esto? — pregunté, saliendo con una camisa de encaje negro que transparentaba mis tatuajes.

Tom se levantó del sofá, caminó hacia mí y me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo frente al espejo gigante.

— Solo cómpralo. — susurró contra mi oído, mientras sus manos bajaban por mis costados. — Mírate. Eres una obra de arte. La ropa solo es el marco.

— ¡Ay, gracias! — planté un besote provocando en nuestros labios un «muuuuaaaaack» y sonreí.

Justo en ese momento, el teléfono de Tom vibró en su bolsillo. Él lo sacó y miró la pantalla. Su expresión se relajó por completo y me mostró el dispositivo.

— Mira. El correo del laboratorio. — el doctor no le dió tiempo a Tom de revisar el correo porque ya lo estaba llamando. Mi novio aceptó la llamada poniendo en altavoz.

— ¿Doctor Meyer? — comenzó Tom, observando cómo yo estaba fascinado con una chaqueta de cuero que me llegaba a los pies.

— Tom, no quería esperar a que revisaras el portal. Ya tengo los resultados de ambos. — la voz del médico sonaba tranquila, casi divertida. — Están impecables. Negativo en todo el panel, niveles de hierro perfectos… en fin, que si todos mis pacientes fueran tan cuidadosos como tú, yo no tendría trabajo. Felicidades a los dos por esa responsabilidad.

— Gracias, doctor. Sabía que no había de qué preocuparse, pero Bill necesitaba oírlo de un profesional. — respondió Tom mirándome con una ternura que me hizo querer llorar. — Nos vemos en seis meses.

— Sigue así, Tom. — colgó la llamada y me dio un beso sonoro en la frente en cuanto puse la chaqueta sobre toda esa montaña de ropa y lo miraba de forma inocente.

— ¿Lo oíste, Billy? Sano como una manzana. Ahora, termina de elegir que quiero ir a casa.

— Gracias, Tom. — sonreí ladrando la cabeza mientras le daba una caricia sutil en la mejilla. Me iba a decir algo más pero lo dejé con la palabra en la boca por ir a pagar toda esa ropa.

Salimos de la boutique cargados de bolsas, con la tarjeta negra echando humo y mi corazón latiendo a mil por hora pero la emoción estaba ahí. El trayecto a casa fue pura risa. Yo iba revisando cada prenda y Tom no dejaba de acariciar mi rodilla mientras conducía bien encantado.

Al entrar al departamento, tiramos las bolsas en el sofá y me dejé caer sobre él, agotado pero inmensamente feliz.

— Espera, me falta un detalle. — dijo Tom con una chispa traviesa en los ojos. Caminó hacia una de las bolsas y regresó con una cajita pequeña. — Esto no lo elegiste tú. Lo compré mientras te probabas aquel abrigo de piel. — abrí la caja y me quedé mudo. Eran varias tangas de colores negro y rojo oscuro, gris con encajes tan finos que parecían telarañas.

— Tom… — susurré, sintiendo el calor subirme a la cara.

— Para que billanito se sienta más especial debajo de toda esa ropa nueva. — murmuró con burla inclinándose sobre mí en el sofá, atrapándome entre sus brazos. — Y para que yo tenga algo que quitarte con los dientes esta noche…

Estaba a punto de besarlo ya que no pude dejar de ver sus ojitos con excitación cuando el timbre del departamento resonó como una bomba atómica.

— ¡Joder! — gruñó Tom. — ¿Quién diablos es ahora?

— Seguro Karina. — rodeo los ojos mientras me acomodaba mejor para yo ir a abrir la puerta. — Es experta en interrumpir momentos sexuales.

Realmente esperaba ver a la niña caprichosa detrás de ella para presumirle a la cara mi ropa pero me estrellé en cuanto ví a Ría. Regresé a ver a Tom con cara de…

¿Acaso tú vacile no estaba de viaje?

Quedé confundido, con la mano aún en el pomo de la puerta, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones. Ría ni siquiera me miró, pasó por mi lado como si yo fuera una sombra, una mancha en la pared y se lanzó directamente hacia Tom.

Él se había puesto de pie, todavía con esa expresión de fastidio por la interrupción, pero sus facciones se congelaron en una máscara de pura confusión cuando Ría se estrelló contra su pecho, rompiendo en un llanto histérico.

— ¡Tom! ¡Oh, Dios mío, Tom! — sollozaba ella, aferrándose a su camiseta con desesperación que me hizo dar un paso atrás, con el ceño fruncido. — Perdóname, sé que dijiste que no querías nada, sé que lo nuestro era… era ajá… pero es que no sabía a quién más acudir.

Tom la sujetó de los hombros, tratando de apartarla un poco para mirarla a la cara, con los ojos abiertos de par en par.

— Ría, cálmate. ¿De qué hablas? ¿Qué pasó?

— Me sentía mal, Tom… pensé que era el estrés, el viaje… — balbuceó ella entre hipos, sacando un papel arrugado del bolsillo de su chaqueta mientras tragaba saliva. — Me hice la prueba ayer. Dos veces y hoy fui al laboratorio para confirmar.

El silencio que cayó sobre la sala fue tan pesado que sentí que mis oídos iban a estallar. Tom tomó el papel con dedos que vi temblar ligeramente. Sus ojos recorrieron las líneas del informe médico mientras yo, desde la entrada, sentía que el mundo entero se desmoronaba bajo mis pies.

— Estoy embarazada, Tom. — sollozó Ría, enterrando de nuevo el rostro en su hombro. — Vamos a tener un hijo.

Vamos a tener un hijo…

Tener un hijo…

Un hijo…

Hijo…

La confesión resonaba en mi cabeza como ecos. Miré a Tom y a Ría esperando que soltaran alguna carcajada, que dijeran que era una broma de mal gusto para asustarme… porque ella ya sabía lo que había entre Tom y yo pero no.

Tom levantó la vista del papel y sus ojos se encontraron con los míos. Estaba pálido, con la mandíbula desencajada. Por primera vez desde que lo conocí, lo vi completamente roto. La seguridad y la ternura que me había mostrado hace un segundo… todo se esfumó.

Yo bajé la mirada hacia las bolsas de ropa nueva desparramadas por el suelo… todo se sentía ahora como un chiste cruel.

Tragué saliva, pero sentir ese maldito nudo en la garganta—que amenazaba con cortarme por dentro ser una tranca para el pase de aquel líquido—me jodió.

No dije nada. No le grité, no reclamé, no hice nada. Simplemente bajé la cabeza, sintiendo el peso de mi propia estupidez cayendo sobre mis hombros.

A pasos suaves, casi flotando en una irrealidad absoluta, caminé hacia el exterior de esa puerta.

— Bill… — escuché la voz de Tom, rota y distante, pero no me detuve.

Salí al pasillo y camino hacia el ascensor. Mis dedos temblorosos presionaron el botón de bajada una y otra vez. Necesitaba salir de ahí antes de que el corazón se me terminara de romper en mil pedazos dentro de esas cuatro paredes.

Cuando las puertas metálicas se abrieron, no tuve tiempo de reaccionar. Una figura pequeña y cargada de bolsas salió de golpe, chocando directamente contra mi pecho.

— ¡Fíjate por dónde caminas, estúpido! — chilló Karina, acomodándose el cabello con furia. — ¿Qué te pasa? ¿Acaso no me ves…?

Se detuvo en seco. Yo no me moví, ni siquiera levanté la cabeza para defenderme como solía hacerlo. Karina se quedó callada al notar que mi cuerpo y piernas temblaban violentamente. Me obligó a levantar el rostro sujetándome de la barbilla y su expresión de molestia se transformó en algo que nunca le había visto: duda.

Vio mis ojos rojos, las lágrimas contenidas que empañaban mi vista y esa expresión de derrota total que solo alguien que lo ha perdido todo puede tener.

— Oye… — su voz bajó perdiendo toda la agresividad. — ¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa cara? ¿Tom te hizo algo?

No pude más.

Sin importarme que fuera mi enemiga, sin importarme las burlas o las peleas del pasado, me derrumbé hacia adelante y la rodeé con mis brazos, hundiendo el rostro en su hombro. Karina se quedó rígida un segundo, con las manos en el aire, pero al sentir mis sollozos desesperados, soltó sus bolsas y, de manera torpe pero sincera, me devolvió el abrazo mientras las puertas del ascensor se cerraban.

— Háblame, Bill. ¿Qué pasa? — mis piernas no aguantaron. Me desplomé dejándome caer al suelo sin soltar a Karina, arrastrándola conmigo. Me aferré a su abrigo como nunca.

— Tom… Tom embarazó a otra. — logré articular entre sollozos desgarradores que me quemaban la garganta. — Ella está ahí… tiene una prueba… va a tener un hijo suyo. — Karina se quedó muda, sin encontrar palabras que pudieran darme consuelo.

A lo lejos unos pasos se escucharon, sabía que era él porque de inmediato me habló.

— ¡Bill! Por favor, escúchame, yo no… — su voz temblaba, llena de angustia que en algún otro momento me hubiera conmovido, pero que hoy me sabía amarga. Antes de que pudiera rozarme, Karina se puso de pie de un salto, interponiéndose entre nosotros como una leona.

Su rostro estaba rojo tomate.

— ¡Ni se te ocurra tocarlo, maldito infeliz! — gritó Karina, y grito resonó en todo el pasillo, haciendo que Tom retrocediera. — ¡Aléjate de él ahora mismo!

— Karina, por favor no te metas. Tengo que hablar con él este malentendido… — intentó explicar Tom, tratando de mirar por encima de su hombro para verme a mí, que seguía en el suelo.

— ¿¡Qué malentendido!? ¡Embarazaste a otra y tú tienes el descaro de querer dar explicaciones! — Karina le dio un empujón en el pecho, descargando todo el odio que sentía en ese momento. — ¡Eres un asco de hombre, Tom! ¡Eres exactamente el tipo de basura de la que siempre odié! Juegas con la gente, les das esperanzas y luego les sales con esto. ¡Te odio, odio a los tipos como tú!

Tom se quedó estático, con los ojos fijos en mí, que apenas podía respirar por el llanto. Parecía querer saltar sobre Karina para alcanzarme, pero ella no cedió ni un centímetro.

— ¡Aléjate o te pego! — sentenció ella. Se agachó, me tomó con una fuerza sorprendente y me obligó a levantarme. — Vámonos de aquí, Bill. No te vas a quedar ni un segundo más cerca de este mentiroso.

Karina me arrastró dentro del ascensor, Tom intentó seguirnos pero ella lo señaló con un dedo acusador mientras las puertas del ascensor se cerraban y empezamos a descender.
Me guió hasta donde estaba su auto y me sentó en el asiento del copiloto antes de subirse y poner a andar el auto rumbo a su casa.

Porque yo no tenía un destino.

En cuanto llegamos a la increíble mansión me dejó en el sofá, rodeado de sus propias bolsas de compras, mientras yo me abrazaba a un cojín.
Me sentía vacío, como si Ría no solo hubiera anunciado un embarazo, sino que me hubiera extraído el alma con una jeringa.

Karina apareció en la sala después de dejar sus llaves y quitarse el abrigo. No venía con su usual aire de superioridad ni con comentarios sarcásticos sobre mi delineador corrido. Se sentó a mi lado, manteniendo una distancia respetuosa, y suspiró.

— Bebe esto. — dijo en voz baja, extendiéndome un vaso con agua. — No quiero que te desmayes en mi sofá, Bill.  — su intento de broma habitual sonó suave, casi dulce. Tomé el vaso con manos temblorosas y bebí un sorbo. El agua fría me ayudó a pasar un poco ese nudo amargo de la garganta.

— No puedo creerlo… — susurré, mirando a la nada.

— Sabes que los hombres como Tom son expertos en hacerte sentir el centro del universo justo antes de que el mundo se estrelle, ¿verdad? — respondió ella con una extraña empatía. — Yo sé que nos hemos llevado de la patada, pero nadie se merece que le rompan el corazón de esa forma tan rastrera. — se acercó un poco más y, tan delicada apartó unos mechones de pelo que se habían pegado a mi frente. — Si quieres quédate aquí. Mi casa es enorme, mi padre no está, ya lo sabes y… no tienes que volver a verlo si no quieres.

— Me duele mucho. — admití, y un nuevo sollozo, más pequeño y cansado, escapó de mi pecho.

— Lo sé. Llora todo lo que necesites, pero no te rompas más por alguien que claramente no te cuidó.

Me sentía agotado, con un peso en los párpados que no podía combatir.

El estrés emocional de las últimas horas me habían dejado sin energías. Sin pensarlo mucho, simplemente me dejé vencer por la gravedad y recosté mi cabeza en su regazo.

Karina se tensó un segundo, pero luego se relajó. Empezó a pasar sus dedos por mi cabello, desenredando con cuidado los nudos que se habían formado. El movimiento era rítmico, casi hipnótico.

— Duerme, Bill. — murmuró ella, mientras su voz se volvía un eco lejano. — Mañana será otro día y pensaremos qué hacer. Por ahora, solo descansa.

Cerré los ojos, sintiendo el calor de sus piernas y la suavidad de sus caricias. En medio del desastre que era mi vida, ese pequeño gesto de la persona que menos esperaba fue el único refugio que encontré. Poco a poco, el llanto se convirtió en un sueño profundo y pesado, mientras el nombre de Tom se desvanecía en la oscuridad de mi mente.

&

¿Por qué los pasillos de la universidad se sentían más grises de lo habitual cuando tienes el corazón roto? ¿Por qué parece que todo conspira en tu contra cuando la persona que te gusta te decepciona de una manera tan… cruel?

Son preguntas que le hacía a mi mente mientras caminaba al lado de Karina, tratando de mantener la barbilla en alto, pero las ojeras que sus correctores de marca no lograban ocultar del todo delataban la noche de mierda que había pasado. Llevaba una de las chaquetas de ella que me había prestado y unos pantalones que para ser sinceros me quedaban bien del trasero y ceñidos a la entrepierna.

Karina toda la mañana estuvo dándome un sermón del por qué debería ir a la universidad y no quedarme llorando en su casa. La verdad le funcionó porque estaba un poco distraído, pensando en todo menos en ajá…

— No mires a la izquierda. — susurró Karina, dándome un codazo suave.

Tarde. Ya los había visto. Georg y Gustav estaban apoyados en una barandilla cerca de la entrada de nuestra universidad. En cuanto me vieron, sus expresiones de preocupación se encendieron como alarmas. Gustav dio un paso hacia adelante, levantando una mano para llamarme, pero yo clavé la vista en las baldosas del suelo y aceleré el paso.

No quería hablar con ellos.

— ¡Bill! ¡Oye, espera! — escuché el grito de Georg a mis espaldas.

No podía.

No quería explicarles mi situación, no tenía ganas.

No quería ver sus caras de lástima.

Solo me pegué más a Karina y seguimos de largo, ignorándolos como si fueran completos desconocidos.

— Bien hecho. — masculló ella mientras entrábamos al aula. — Hoy no estamos para nadie. — yo asentí con la cabeza en silencio.

La clase fue un suplicio. Las palabras de la profesora me entraban por un oído y me salían por el otro, solo podía ver la cara de Ría llorando y la expresión rota de Tom.

Sin querer la taquicardia se estaba apoderando de mi con tan poco y como a los cuarenta minutos, no aguanté más. Recogí mis cosas en silencio, ignorando la mirada interrogante de Karina, y salí del salón antes de que terminara la sesión. Necesitaba aire, necesitaba estar solo…

Caminé hacia la salida del campus con paso rápido, deseando que el mundo me tragara. Pero al cruzar las puertas automáticas, el corazón se me subió a la garganta.

¿No podía estar peor?

El coche negro de Tom estaba estacionado justo frente a la acera prohibida. Y él estaba ahí, apoyado contra el capó, teniendo una expresión de pura desesperación que le restaba toda su elegancia habitual. En cuanto sus ojos se clavaron en los míos, se enderezó.

Intenté dar media vuelta y caminar en dirección contraria, pero él fue más rápido.

— ¡Bill, ni se te ocurra dar un paso más! — su voz sonó autoritaria, cargada de una urgencia que me hizo flaquear. Tragué saliva, tratando de calmar mi respiración pero sentía que era imposible, que no podía.

— ¡Déjame en paz, Tom! ¡Vete con tu nueva familia! — le grité, sintiendo que las lágrimas volvían a traicionarme…

Él me alcanzó en dos zancadas y me sujetó del brazo. No con fuerza para lastimarme, sino con la firmeza de quien no está dispuesto a perder lo único que le importa.

O eso creía yo.

— No me voy a mover de aquí hasta que hablemos. Súbete al maldito coche. — sentenció, abriendo la puerta del copiloto con un movimiento brusco.

— No quiero…

— He dicho que te subas.

— No.

— Hazlo.

— ¡Qué no, que no! ¡No quiero! ¡No..!

— Súbete. — interrumpió ya cabreado, su rostro estaba a centímetros del mío y pude sentir su respiración acelerada. Lo había sacado de quisio. Mis ojos exploraron un poco su rostro y pude notar que él tampoco había dormido nada. — No es una petición, Bill. O te subes por las buenas o a las malas. Elige.

Tragué saliva, viendo a un par de estudiantes detenerse a mirar la escena. Con el orgullo hecho trizas y el pulso a mil por hora, terminé subiéndome al asiento de cuero.

Tom cerró la puerta con un golpe seco, rodeó el coche y se puso al volante. Antes de arrancar, bloqueó los seguros.

— Ahora. — dijo, poniendo el motor en marcha con un rugido. — Me vas a escuchar sin interrupciones, sin Karina, ¡sin nada!

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!