Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 17

Me estaban dando ganas de patear su coche por verlo tan fresco con una mano en el volante y la otra descansando en la palanca de cambios.

— Sube. — soltó, sin mirarme, con la voz todavía un poco ronca por la discusión de la mañana.

— No, gracias. — respondí, dándole un tirón a la correa de mi mochila y empezando a caminar en dirección contraria. — Estoy esperando el bus. ¡La gente independiente usa el transporte público! ¿¡no lo sabías!?

El auto avanzó lentamente a mi par.

— El bus de las ocho ya pasó, Bill. El próximo viene en veinte minutos y vas a llegar tarde a tu primera clase del día. — dijo él, esta vez girando un poco la cabeza, pero manteniendo las gafas puestas. — No seas ridículo. Sube al maldito auto.

— Prefiero llegar tarde que aceptar un aventón de alguien que siente asco por mi olor a independencia. — le espeté, deteniéndome en seco y fulminándolo con la mirada. — Sigue tu camino. Tienes cosas importantes que hacer, ¿recuerdas?

Tom suspiró con pesadez y detuvo el auto por completo, bloqueando parte de la entrada de un garaje. Se quitó las gafas de sol y me miró directamente a los ojos. Se veía cansado, pero seguía teniendo ese destello de terquedad que compartíamos.

— Mira, sigo enojado contigo y tú sigues siendo un dramático. — declaró con frialdad. — Pero no voy a dejar que te quedes aquí parado como un idiota esperando. Sube ahora mismo o juro que me bajo y te meto al auto por las malas, y no creo que quieras que tus compañeros vean cómo tu novio te carga como a un saco de papas en la entrada de la universidad, ¿¡oíste!?

Apreté los dientes.
Sabía que era capaz de hacerlo.

Miré hacia la esquina: ni rastro del bus.
Miré el reloj: quedaban diez minutos para que cerraran la puerta del aula.

Con un gruñido de pura frustración, caminé hacia la puerta del copiloto, la abrí con un tirón violento y me desplomé en el asiento de cuero, cerrando la puerta con un estruendo que hizo que Tom hiciera una mueca de dolor por su auto.

— No me hables en todo el camino. — le advertí, pegando mi frente a la ventana fría.

— Nadie te quiere hablar. — respondió él, arrancando a toda velocidad rumbo a mi universidad. Llegamos antes de lo pensado y ambos nos bajamos del coche, pero yo lo hice más rápido. Tom venía por mi espalda cuando de repente sentí que me cargó entre sus brazos como si fuera cualquier cosa.

— ¡Suéltame! ¡Tom, bájame ahora mismo! — grité, pataleando en el aire mientras mis libros amenazaban con salir volando de la mochila.

Me sentía ridículo.

Estábamos justo en la entrada principal, donde el flujo de estudiantes era constante. Podía sentir las miradas clavadas en nosotros, los cuchicheos que empezaban a correr como pólvora y, por supuesto, la risita de algún idiota que reconoció la escena digna de una película de drama barato.

Tom ni siquiera se inmutó. Me tenía sujeto con una fuerza que me recordaba que, por mucho que yo insistiera, él seguía teniendo esos brazos que me hacían sentir como una pluma. Caminó con paso firme, subiendo los escalones de la entrada como si no estuviera cargando a un chico de casi su misma estatura que no paraba de insultarlo.

— ¿¡Por qué haces esto!?

— Porque estoy molesto.

— ¡Ya estoy aquí! ¡Bájame, todo el mundo está mirando! — le grité tratando de ocultar mi rostro sonrojado contra su cuerpo para que nadie me reconociera del todo.

— Que miren, me da igual. — se burló, aunque parecía disfrutarlo con una sonrisa si es que era posible.

Finalmente, al llegar al pasillo que daba a mi aula, me soltó de golpe. Aterricé de pie, tambaleándome un poco y acomodándome la ropa con una furia ciega. El pasillo estaba lleno y, para mi desgracia, Georg y Gustav estaban ahí mismo, apoyados en la pared con los ojos como platos.

— Vaya entrada, Bill. — soltó Georg, tratando de aguantarse la risa sin mucho éxito. — ¿Qué ha sido eso?

— Cállate, Georg. — mascullé, fulminándolo con la mirada antes de girarme hacia Tom, que se estaba acomodando la ropa con una calma exasperante. — Eres un imbécil. Te odio.

— Sí, sí, lo que digas. Estudia mucho, joven independiente. — respondió Tom, volviéndose a poner las gafas de sol. — Paso por ti a las dos y ni se te ocurra intentar irte. — ahora se dirigió a Georg y Gustav. — Me avisan cualquier cosa, ¿de acuerdo?

— Sí, sí. Claro.

— ¡Georg! — reclamé enojado volteando a verlo pero él solo se encogió de hombros. Cuando volteo a ver ahora a Tom me toma por sorpresa dándome un beso fugaz en los labios que me dejó en los aires.

Este se dio la vuelta y se alejó por el pasillo con ese caminado seguro y un par de carcajadas, dejándome ahí, con la cara ardiendo y a mis amigos riendo por mi reacción.

Bufé y entré al salón.

La clase de Historia del Arte se sentía como una tortura medieval. La voz del profesor era un zumbido monótono que rebotaba en las paredes del aula, y mi cerebro, todavía procesando la humillación de haber sido cargado como un costal de papas frente a toda la universidad decidió que ya había tenido suficiente de educación por hoy.

Abrí mi cuaderno en la última página. Mis dedos, movidos por una mezcla de aburrimiento y rencor creativo, empezaron a trazar vagamente unas líneas.

Primero dibujé un miembro masculino, pero no cualquiera. Le puse un rostro de pocos amigos y le colgué unas trenzas larguísimas que le caían a los lados. Con letras góticas y muy remarcadas, escribí debajo: «penetom». Al lado, dibujé un trasero perfectamente redondo, con una melena de cabello negro, lacio y brillante. Lo bauticé con orgullo como «billanito».

— Es arte contemporáneo. — le susurré a Georg, que estaba sentado a mi lado y acababa de asomarse a ver mi obra maestra. Georg soltó un bufido, tratando de ahogar una carcajada que casi hace que el profesor lo saque del aula.

— Bill, tienes problemas graves. — susurró Georg, negando con la cabeza. — Ese penetom se ve demasiado enojado.

— Como el original. — respondí, cerrando el cuaderno con un golpe seco cuando sonó el timbre.
Salimos al patio principal. La brisa fresca me ayudó a recuperar un poco la compostura, pero el orgullo seguía escociendo. Georg y Gustav caminaban a mi lado, escuchando mis quejas sobre la absurda pelea con Tom y la torre de almohadas entre nosotros al momento de dormir.

Barrera que sirvió de un carajo porque de igual forma despertamos abrazados.

Como siempre.

Claro.

— …y es que me tiene harto. — decía yo, gesticulando con las manos mientras bajábamos las escaleras. — ¡Cree que porque pagó la colegiatura no necesito de mis padres! ¿Vieron cómo me cargó? ¡Fue denigrante! No quiero volver a ese departamento hoy, de verdad. Estoy tan molesto que prefiero ir a rastras a casa de mis padres, pedirles perdón de rodillas y aguantar sus insultos antes que verle la cara a Tom y su torre de almohadas. No voy a regresar con él hasta que aprenda a respetarme, consultar sus decisiones y me pida una disculpa creativa. ¡Es un idiota prepotente!

Georg y Gustav, que hace un segundo se estaban riendo, de repente se quedaron rígidos. Gustav se puso pálido y Georg empezó a hacerme unas señas extrañas con las cejas, como si estuviera teniendo un ataque nervioso, señalando con la cabeza hacia mi espalda.

— ¿Qué les pasa? ¿Tengo un bicho? — pregunté, frunciendo el ceño. Al ver que Gustav se tapaba la boca con la mano y retrocedía un paso. — Ay. No me digan que…

Me giré lentamente.

Ahí estaba él. Apoyado contra una columna de piedra, con los brazos cruzados y las gafas de sol colgadas del cuello de su camiseta. Su mandíbula estaba tensa y sus ojos me miraban con una mezcla de decepción y una furia contenida que me hizo tragar saliva.

¡Trágame tierra!

— Así que… — soltó Tom con una voz tan baja que me erizó la piel. — ¿De rodillas ante tus padres antes que volver conmigo? Vaya, Bill. No sabía que mi presencia te daba tanto asco como para preferir a los tipos que te dejaron sin futuro hace como dos semanas. ¡Bravo, carajo!

Georg y Gustav se esfumaron en un segundo, dejándome solo frente a un Tom que se veía genuinamente dolido bajo toda esa capa de orgullo.

— Tom, yo… — intenté decir, sintiendo cómo el corazón se me encogía de pura vergüenza.

— No te preocupes. — me cortó él, caminando hacia mí hasta quedar a pocos centímetros. El olor a su perfume me golpeó, recordándome el abrazo de la mañana con calidez. — Si tantas ganas tienes de irte, no hace falta que ruegues. Te llevo ahora mismo a casa de tus padres. Sube al auto… luego te llevo las cosas.

— ¡No! — exclamé, dando un paso atrás. — No voy a subir al auto si vas con esa actitud, Tom. Y no hablaba en serio, era… era la rabia.

— Ah, ¿era la rabia? — soltó él con una risa amarga, digna de no creer mis palabras. — Pues a mí me parece que fuiste bastante específico. De rodillas creo que dijiste. No pierdas más tiempo. ¡Camina!

Tom me tomó del brazo, no con fuerza, pero sí con una firmeza que indicaba que no aceptaba un «no» por respuesta. Me arrastró prácticamente hasta el auto mientras yo intentaba zafarme, soltando mil excusas que él ignoraba con la vista clavada al frente y logró encerrarme en el coche.
El trayecto hacia la casa de mis padres fue el silencio más doloroso de toda mi vida… ni siquiera el motor parecía atreverse a hacer ruido.

A medida que las calles se volvían familiares, el pánico empezó a treparme por la garganta. Ver la fachada de la casa de mis padres, ese lugar donde me habían humillado y deseado el mal me hizo sentir un vacío en el estómago.

Tom frenó en seco frente a la reja.

— Adelante. — dijo, desbloqueando las puertas con un chasquido que sonó como un disparo. — Ve a pedir tus disculpas de rodillas. Suerte con la humillación, seguro es mejor que mi asco.

Miré la puerta de la casa y luego miré a Tom.

Su perfil se veía duro, como tallado en piedra, pero sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos le temblaban. Fue ahí donde mi orgullo se terminó de romper en mil pedazos.

— Oh, por favor. Vamos. No quiero entrar.

— Pues bueno. — decía bajándose del coche para abrir la puerta en la que me encontraba yo y empezar a forcejearme. — Bájate, Bill. Anda…

— ¡No, Tom! ¡Por favor!

— ¡Apúrate, Bill! ¡Me duele la cabeza y quiero ir a mi casa!

— ¡NOOOO! — chillé como si me mataran, aún forcejeando. — ¡Perdón en serio! ¡Lo siento! — solté, y las lágrimas que había estado conteniendo estallaron de golpe cuando me sacó del auto finalmente. Yo me abalancé sobre él, rodeé su cuello con mis brazos, enterrando mi cara en su pecho. — ¡No quiero estar aquí! ¡No me dejes, por favor!

— Bill, suéltame… ve con ellos, es lo que querías. Yo lo oí. — dijo él, aunque su voz ya no sonaba tan firme. Intentó apartarme suavemente, pero yo me aferré a su camiseta de algodón como si mi vida dependiera de ello.

— ¡Mentí! ¡Soy un idiota, un estúpido orgulloso! — sollocé, empapando su ropa con mi maquillaje. — No quiero volver con ellos, Tom. Prefiero mil muros de almohadas y que me cargues por toda la ciudad antes que estar un segundo lejos de ti. Perdóname por lo que dije, me sentí incapaz porque me pagaste la escuela y… y no sabía cómo manejarlo. ¡No me dejes por favor, llévame a casa contigo!

Sentí cómo el cuerpo de Tom se relajaba poco a poco. Su respiración, que era errática, se calmó. Finalmente, soltó un suspiro largo y pesado.

Sus brazos, esos mismos que me habían cargado en la mañana, me rodearon con una fuerza desesperada, pegándome a su cuerpo mientras se reía a carcajadas.

— ¿De qué te ríes? — pregunté en un tono de niño chiquito mientras me acariciaba el pelo.

— De que eres un dramático de primera, Bill. Deberías dedicarte a la de actuación. En serio. — me separé apenas unos centímetros, limpiándome las lágrimas con el dorso de la mano y dejando un manchón de rímel en su camiseta blanca que, honestamente, se lo tenía merecido por el susto.

— No tiene gracia. — protesté con un hipo, aunque verlo reír me devolvió el alma al cuerpo. — Casi me dejas en la puerta de los lobos.

— Solo quería que te dieras cuenta de lo estúpido que sonaba tu plan. Además, agradece que no tengo una cámara en el auto para grabarte mientras pedías perdón solo para tener material de chantaje de por vida. — confesó, suavizando su mirada y haciendo que vuelva al auto para irnos.

— ¡Eres un idiota! — le di un golpe juguetón en el hombro una vez que entró. — Vámonos de aquí, Tom. Por favor. No quiero que alguien se asome y piense que de verdad vine a rogarles. — Tom asintió y me dio un beso corto antes de poner a andar el auto.

Durante el camino de regreso, el ambiente cambió por completo. Ya no había muros invisibles, solo el sonido de la radio bajito y su mano derecha apretando la mía sobre la palanca de cambios. Yo tenía la cabeza agachada de la pura vergüenza, mientras mis dientes masacraban todo mi labio inferior.

Cuando entramos al departamento, el silencio ya no era tenso, sino acogedor. Tom tiró las llaves sobre la mesa y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos todavía un poco rojos.

— Escucha. —dijo, poniéndose serio por un momento. — No pagué la colegiatura para que te sintieras en deuda o para demostrar que tengo más que tú si es que pensaste eso. Lo hice porque eres mi novio y porque nadie tiene derecho a quitarte tus sueños, y mucho menos esos tipos por un berrinche. No me tienes que devolver nada, Bill. Solo… acepta lo que te doy. Habló en serio cuando te dije que estarás a la altura de la vida que tenías… y hasta mejor.

Me quedé mudo. Ver a Tom tan serio, tan… él,  diciéndome lo mucho que mi futuro le importaba terminó de desarmarme. El nudo en mi garganta, ese que creí haber soltado en el auto, volvió con fuerza e hice un puchero.

— Tom… — susurré, pero él me interrumpió sacando algo de su billetera. Era una tarjeta negra, elegante, con ese brillo metálico que gritaba exclusividad. Me la extendió con una naturalidad que me dio escalofríos.

— Es una extensión de la mía. — dijo, encogiéndose de hombros como si me estuviera dando un chicle. — No quiero que vuelvas a pasar por la humillación. Si necesitas algo, lo compras y si no quieres trabajar con Andy no importa. Tienes esto. Es un regalo, Bill. — miré el plástico en su mano y luego sus ojos.

Sentí que iba a morirme ahí mismo.

— No puedo… es demasiado. — solté en un sollozo, cubriéndome la cara con las manos. — Yo no puedo hacer uso de eso que es tuyo.

— Sí puedes. — insistió él, dando un paso hacia mí y rodeándome con sus brazos, pegando mi espalda a su pecho. — Y no llores más, Billy. Me vas a dejar la camiseta hecha un cuadro abstracto con tanto maquillaje.

Solté una risita ahogada entre el llanto y me giré para esconderme en su cuello. Tom me levantó—esta vez con una dulzura que me hizo suspirar— y caminó conmigo hasta el sofá. Se sentó y me acomodó sobre su regazo, como si fuera lo más frágil del mundo.

— Ya pasó, bonito. — murmuró, acariciándome el pelo con una lentitud que me reinició el cerebro. Sus dedos trazaban caricias por mi nuca, deshaciendo cada nudo de estrés que me habían dejado. — Te quiero mucho, ¿sí?

— Te quiero también. — balbuceé, hipando un poco contra su piel, pero más mimado que nunca.

— ¿Crees que mis disculpas fueron creativas? — murmuró haciendo que agarre la tarjeta obligado. Me detuve a verla con detalle ahora que estaba en mis manos. Tenía mi nombre impreso en ese plástico frío, justo debajo del logo del banco que solo la gente con cuentas imposibles de pronunciar manejaba.

Sentí un mareo extraño.

No era solo dinero… era la forma en que Tom me estaba diciendo que su mundo ahora era el mío, sin condiciones.

— Son… las disculpas más creativas y exageradas de la historia. — susurré, dejando que la tarjeta descansara contra mi pecho mientras me acurrucaba más en su regazo. — Pero sigo pensando que eres un prepotente por haberme cargado frente a Georg.

— Un prepotente que te acaba de dar barra libre para vaciar las tiendas de la ciudad. — se burló él, dejando un beso sonoro en mi mejilla, justo donde todavía quedaba rastro de una lágrima. — Y me alegra mucho de poder dártelo porque para eso trabajé, para que mi pareja viviera como un rey.

Me reí bajito, bastante sonrojado.

— Lo mereces todo.

— ¿También tú pene?

— Totalmente. — los dos nos reímos con gracia mientras Tom empezó a mecerme suavemente repartiendo besos cortos por toda mi cara: en la frente, en la punta de la nariz, en los párpados hinchados…

Era su forma de pedir perdón sin decir la palabra, de borrar el mal sabor de boca que me dejaron mis padres hasta que lo de la enfermedad me tensó el cuerpo.

— Tom, ¿tú te cuidas, verdad?

— Sí, te lo he dicho. ¿Por qué, lindo? ¿qué pasa?

— Es que mis papás creen que al tú ser un…

— Ah. — me interrumpió Tom, deteniendo sus caricias por un segundo para obligarme a mirarlo a los ojos. — Entiendo, no tienes que decirlo. — agarraba un mechón de mi cabello para ponerlo tras de mí oreja, liberando mi cara grasosa ante sus ojos.

Hice una mueca, sintiendo cómo se me revolvía el estómago al recordar la saña con la que mi padre lo había mencionado.

— Dijeron que al llevar esa vida, podrías… pegarme algo. — Tom soltó un suspiro, pero no de enojo, sino de comprensión. Me tomó de la barbilla con suavidad y me dio un beso corto en los labios.

— Yo no trabajo más de eso, ¿sí? yo voy en serio contigo y dejé ese trabajo hace mucho. Además, como un tipo que le encanta mucho el sexo siempre he sido cuidadoso y selectivo con mis parejas sexuales. No creas que soy de esos que se acuesta con una y con otro. Pero para que te quedes tranquilo y saques esas voces de tu cabeza, mañana mismo vamos al médico. — sentenció con total seguridad. — Me hago un chequeo completo cada seis meses, por responsabilidad y por salud, y ya me toca el de este mes. Te agradezco la mención. Iremos juntos, nos hacemos las pruebas los dos si quieres, y así verás con un papel firmado que lo único que te puedo contagiar son mis ganas de molestarte.

— ¿De verdad? — pregunté, sintiendo cómo un peso gigante se levantaba de mi pecho.

— De verdad, bonito. No tengo nada que ocultar. — sonrió, volviendo a acomodarme en su regazo. — Ahora, deja de pensar en padres amargados. Hoy ha sido un día de perros y lo único que quiero es que estés relajado, ¿de acuerdo?

— Ujum. — me aferré a su cuello, aspirando su perfume de nuevo. La seguridad que me transmitía era mucho más valiosa que cualquier cosa. — Gracias, Tom. Por todo. — murmuré, cerrando los ojos.

— No hay de qué. — respondió él, dándome un último beso en la frente. — Pero mañana, después del médico, me vas a tener que acompañar a comprarme una camiseta nueva, porque esta me la has dejado lista para el museo del drama.

Me reí contra su hombro, sintiéndome, por fin, completamente en casa.

&

La noche terminó de caer sobre el departamento, el ambiente se acumuló de tanta ternura después de todo. Tom no me dejó moverme de su regazo en un buen rato; parecía que él también necesitaba ese contacto sentirse seguro.

Él me fascinaba muchísimo.

— Tengo hambre. — dijo Tom, dándome un último apretón cariñoso en la cintura antes de dejarme incorporarme un poco. — Necesitamos cenar algo que no sea solo mis ganas de cogerte.

— ¿Y por qué no lo haces? — mordí mi labio inferior ante su mirada y este sonrió.

— Porque me siento débil, amorcito. Pide algo de comer para tu hombre. — me sonrojé de inmediato mientras el solo disfrutaba de mi reacción. Tomé el teléfono convencional para realizar una llamada hacia el primer restaurante que se me cruzó por la cabeza.

Esta vez invitaba yo.

Con su dinero…

Pedí una montaña de comida japonesa: de esa que viene en cajitas y que cuesta más que mi presupuesto mensual de materiales de arte. Mientras esperábamos, Tom me obligó a sentarme en la alfombra frente al televisor mientras él buscaba una película, pero yo no podía dejar de mirarlo. Lo veía ahí, tan relajado con sus trenzas un poco desechas por los forcejeos de la tarde, y sentía una punzada de culpa por haberme portado tan mal agradecido…

— Tom… — lo llamé bajito.

— ¿Dime, bonito? — respondió sin apartar la vista de la pantalla, navegando entre opciones de películas de acción. Yo me acerqué un poco para plantar un beso en su mejilla que lo hizo sonrojar hasta las orejas. — A ver otro. — reí por lo bajo dándole otro más y pegué mi frente en su hombro.

— Me encantas… amo como me miran tus ojos, tus labios, amo como me besas, como me tratas tan lindo que siento que no eres real. — decía todo eso con los ojos cerrados, sintiendo mi corazón con fuerza a punto de querer estallar. — Adoro el sexo contigo, adoro la madurez con la que tratas las cosas y… solo puedo decir que estoy muy enamorado de ti.

Y abrí los ojos.

Tom soltó el control remoto y se giró hacia mí. Se quedó en silencio unos segundos, observándome con una intensidad que me desarmaba. Luego, estiró el brazo y me acarició la mejilla con el pulgar.

— Cariño, yo también lo estoy. — suspiró fuertemente. — Estoy enamorado de ti. También pienso que el sexo es lo mejor contigo, siento que vivo algo tan lindo y adoro tenerte conmigo. También amo tus lindos ojos saltones, tus labios rosa, la forma en la que hablas y te expresas. Amo tu cuerpo aunque creas que no es perfecto pues para mí lo es. Me encanta mucho consentirte, Bill. No puedo evitarlo. Eres perfecto para mis ojos.

El momento perfecto para darse un beso fue interrumpido por el timbre, recordándonos que la comida había llegado y tuve que correr a abrir.

Recibí las bolsas térmicas que desprendían un aroma delicioso a jengibre y soja, y regresé a la sala. Tom ya había despejado la mesa de centro y puesto un par de cojines para mayor comodidad. Comimos directamente de las cajas, compartiendo gyozas y nigiris mientras la película de acción que él había elegido servía de ruido de fondo, porque la verdad es que no podíamos dejar de hablar.

— Mañana, después de lo del médico, quiero que vayamos a esa tienda de la avenida principal. — dijo Tom, robándome un trozo de salmón de mi caja. — Quiero que te compres ropa y llenes este departamento con tu presencia.

— Tom, ¿de verdad…?

— Shh. — me interrumpió, poniéndome un dedo en los labios. — Es una orden y sabes que lo necesitas.

Me sonrojé, asintiendo con la cabeza mientras le daba un beso a su dedo índice. Al terminar de cenar, el cansancio del día finalmente nos pasó factura. Nos arrastramos hasta la habitación casi tropezando uno con el otro.

Tom se detuvo frente a la cama y miró el rincón donde estaban las almohadas.

— Esta noche no necesito ni una sola almohada decorativa para sentirme cómodo, ¿sabes? — se deshizo de su camiseta, revelando ese torso que siempre me dejaba sin respiración, y me ayudó a quitarme la mía. Nos metimos bajo las sábanas frescas y, de inmediato, buscamos el calor del otro. Me acomodé en su pecho, escuchando el latido de su corazón, que ahora se sentía tan tranquilo como el mío.

— Tom… — susurré ya entre sueños.

— Dime.

— Gracias por no dejarme en la puerta de mis papás. — sentí cómo me apretaba un poco más fuerte y me daba un beso protector en la cabecita.

Tom solo expresó un «ujum» antes de dormir junto conmigo.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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