Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 16

— ¡Miren a los futuros protagonistas! — exclamó Nick, dándome una palmada en el hombro que por poco me hace soltar el ramo. — Bill, te llevaste el trofeo. Espero que ya estés buscando salón, porque si te tardas mucho, Nick Jr. va a nacer antes de que ustedes den el «sí».

— ¡Nick! — chilló Tom alarmado. — ¡Apenas sobrevivimos a tu cena de ensayo! ¡No hables de otra boda todavía!

— Ya dijo mi novio. — hablé bien arrastrado.

— ¡Oh, vamos! — intervino Heidi, guiñando un ojo hacia mí. — Charlotte ya me preguntó si el blanco te queda bien y por lo que veo en las manos de Tom, él no te va a soltar tan fácil.

— ¡Tom, diles algo! — le supliqué, escondiendo mi cara en su camisa, muerto de la vergüenza pero riendo histéricamente. Tom, en lugar de defenderme, soltó una carcajada ruidosa y me pegó más a él, permitiéndome esconder en su cuerpo.

— Dejen a mi chico en paz. Él está muy apenado por sus palabras.

— ¡¡¡TOM!!! — grité, dándole un golpe flojo en el pecho mientras Nick y Heidi se alejaban muertos de risa. — ¡Estás loco! ¡Voy a desmayarme de la presión!

— No te vas a desmayar, no exageres. — me dijo él, cargándome de repente al estilo nupcial, haciendo que soltara un grito de sorpresa. — Lo que vas a hacer es dejar de gritar y dejar que te lleve a casa antes de que aceptes casarte con Nick también.

Me aferré a su cuello, riendo como un loco mientras él me sacaba del jardín bajo la mirada divertida de su madre. Tenía el ramo en una mano, a mi hombre cargándome en la otra y el corazón tan lleno que sentía que iba a explotar. Definitivamente, la mejor boda de mi vida.

&

La luz del día entraba por el ventanal con una agresividad personal dando pasó a una resaca potente. Sentía que cada rayo de luz era un clavo posicionándose directamente en mis sienes. Me removí entre las sábanas, solo para encontrar el vacío de Tom que ya no estaba en la cama.

A mí mente me llegó como una cachetada mental el recuerdo borroso de risas, champán y un ramo de flores que ahora mismo debía estar marchitándose en algún jarrón.

— Dios… —gemí, apretando los párpados.

Mi garganta se sentía como el desierto del Sahara. Con un esfuerzo sobrehumano, me puse una de las camisas de franela de Tom, que me quedaba enorme y me arrastraba por los muslos, y salí de la habitación. Mis pies descalzos apenas hacían ruido sobre la madera mientras bajaba las escaleras son hacer el mínimo ruido.

Necesitaba agua. Mucha agua… y quizás un trasplante de cabeza.

Cuando llegué a la planta baja, el sonido de voces me hizo detenerme haciendo una mueca de dolor. Las voces que se oían eran voces bajas, fluidas, cargadas de una confianza que me resultó extraña. Uhm…

Tom estaba sentado en el sofá grande, con los pies descalzos sobre la mesa de centro y una taza de café en la mano. Se veía malditamente bien, bastante relajado. Frente a él estaba Karina sentada con las piernas cruzadas y un short tan diminuto—que se le veía demasiado—escuchando con atención y junto a ella, una mujer que no conocía.

Era joven, de rasgos afilados. Piel pálida y rubia. Llevaba una blusa de tirantes e igualmente un short tan corto como el de Karina. Sostenía una tablet mientras hablaba con Tom como si se conocieran de toda la vida.

— ¡..y no puedo creerlo! — se reía a carcajadas aquella mujer. — Nunca me puse tan ebria en mi vida, Tom. En serio.

— Lo bueno que Chantelle ya tiene el control sobre la bebida. — comentaba Tom con gracia. — Ya no la ví tan borracha anoche.

— El vino tinto era un poco fuerte y la mezcla con el champán era uff… matadora. — decía ella. Yo solo rodeaba los ojos admirando desde mi posición.

Creo que se me daba bien el oído de vieja chismosa.

— Un poco. — respondió Tom, dándole un sorbo a su café mientras observaba la tele cuando las risas cesaron.

Me di cuenta que la mujer no solo hablaba con una confianza asombrosa, sino que su lenguaje corporal empezó a cambiar de acuerdo al silencio que se formó. Se reclinó entrelazando sus manos detrás de la nuca de una forma que hacía que su blusa de tirantes se tensara. Pero lo que me hizo arquear una ceja —y que la resaca se me olvidara por un segundo— fue ver cómo estiraba sus piernas sobre la mesa de centro, justo en dirección opuesta a Tom.

Sus piernas eran largas, dignas de una modelo de revista. Yo lo ví como un movimiento calculado, una invitación silenciosa que gritaba seducción por todos los poros.

— Ay, Tom, estoy agotada. — suspiró Chantelle, moviendo un poco los pies, rozando casi accidentalmente el muslo de mi novio, quien de inmediato se sentó bien. Quitando sus pies de la mesa y carraspeaba. — Entre la organización de Nick y el vuelo, siento que necesito un masaje.

— Pues anda que Karina te lo haga.

— No, yo tengo sueño. — murmuró de mala gana.

— Qué lástima. — murmuró ella, ladeando la cabeza y fijando sus ojos azules en Tom. — ¿Me lo haces tú, Tom?

— No, no quiero y no creo que a mi novio le agrade eso. Mejor anda a un spa y ya. — dicho eso Tom se dirigía a la cocina a pasos lentos mientras yo sonreía como un estúpido ante la respuesta.

— Chantelle, deja de coquetear a Tom. — se metía Karina como si estuviera celosa, hablando con la rubia entre susurros. — O te saco.

— Ay, pero que humor. ¿Te gusta tu tío o qué? — Karina no le respondió, solo la miró fijamente antes de levantarse del sofá con molestia, obligándome a mi a salir del escondite tallándome el ojo con sueño.
Chantelle solo se burlaba sin despegar la vista de Karina correr escaleras arriba. — Oh, hola.

— ¿Y tú eres? — arqueo una ceja.

— Soy Chantelle, mucho gusto. Soy una ex compañera de Karina en el colegio y bueno, conozco a ella y su tío de hace mucho.

— Ah… ¿y dormiste bien? — pregunté algo interesado cruzándome de brazos mirando a la mujer fijamente.

— Eh, sí… el… el sofá es cómodo.

— Que bueno, porque me imagino que ya te puedes ir largando de mi casa.

Me mantuve firme, con los brazos cruzados. Chantelle se quedó de piedra. Su sonrisa se congeló y sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en la prenda de Tom que yo llevaba puesta. La confianza que tenía hace un minuto se evaporó ante mi tono cortante.

— ¿Perdona? — balbuceó, intentando recuperar la compostura mientras bajaba las piernas de la mesa de centro con una torpeza que me dio un placer casi pecaminoso.

— Que te vayas de mi casa. — repetí.

— ¿Pero por qué? — fruncido el ceño completamente sonrojada, poniéndose de pie. La chica era alta y delgada ahora que pude verla mejor. Tenía un porte intimidante pero la pasaba por unos centímetros.

En este rato tenía la chispa de celos cruzándose los cables en mi cabeza.

— Porque ví como le estabas coqueteando a mi novio, por eso, y porque esta es mi casa y quiero que te vayas. — Tom salió de la cocina con un vaso de agua y una rodaja de limón, deteniéndose al ver la escena. Chantelle lo miró buscando auxilio, pero mi novio simplemente se apoyó en el marco de la puerta sin entender lo que estaba pasando.

— ¿Pasa algo? — preguntó Tom, muy tranquilo.

— Tu… tu novio me está echando, Tom. — se quejó ella, señalándome con un dedo tembloroso. — Solo estábamos charlando y… dice que te estaba coqueteando, eso no es cierto. Además, tengo entendido que es tu casa y…

— Si Bill dice que es hora de irse, es que es hora de irse. — la cortó Tom sin pestañear. Caminó hacia mí y me entregó el vaso, dejando un beso en mi coronilla junto con una pastilla para el dolor de cabeza que no dudé en tomar. — Él es mi novio y no quiero que se cuestione sus órdenes, solo vete. Le incomodas.

El rostro de la rubia pasó del rojo al blanco en tres segundos. Recogió su tablet y su bolso de la mesa con movimientos bruscos—ya que sus cosas estaban ahí—, lanzándome una mirada que pretendía ser hiriente pero que terminó siendo poco importante.

— Qué carácter. — masculló mientras caminaba hacia la puerta. — Suerte con eso, Tom. La vas a necesitar.

— ¡Cierra al salir! — le grité con una sonrisa radiante antes de escuchar el portazo que hizo vibrar los cristales del ventanal. Me giré hacia Tom, que me miraba con una ceja arqueada y una expresión de absoluto orgullo. Le di un sorbo largo al agua helada, sintiendo cómo el frío me reiniciaba el cerebro. — ¿Y tú qué me ves? No hagas que también te saque de mi casa, bien que le viste las piernas.

— Yo no diré nada. — hizo el gesto de cerrarse la boca como con candado y miró al frente, quedándose tieso mientras yo me reía suavecito.

— No hagas eso.

— Ujum.

— ¡Ay, por favor! — solté una carcajada, aunque me duró poco porque el movimiento hizo que me diera un pinchazo en las sienes. — No te pongas digno ahora, que bien que estabas disfrutando tu café mientras esa te ponía casi el culo en la cara.

Tom no aguantó más la pose de estatua. Soltó una risotada fuerte y me rodeó la cintura con sus brazos, pegándome a él. Yo todavía sostenía el vaso de agua, así que tuve que maniobrar para no empaparlo mientras escondía mi cara en su cuello, aspirando ese aroma a jabón y café que era mi mejor medicina.

¿Desde cuándo?

Desde hoy.

— Sabes que solo tengo ojos para un chico que se ve ridículamente tierno usando mis camisas. — murmuró, dejando un beso lento en mi oreja que me hizo estremecer. — Además, nadie tiene las piernas así de sexys como tú. Me encantas, Billy.

— Ay, ¿y Ría también?

— Ash, tú. No la invoques que se fue de viaje. — hizo una mueca de disgusto. — Ven aquí. — me acurruqué lo suficiente en su cuerpo dejándome querer.

Nos dejamos caer en el sofá, justo en el lugar que antes ocupaba la rubia, pero esta vez fue mucho más íntimo. Tom se sentó y yo me acomodé entre sus piernas, apoyando mi espalda en su pecho mientras él entrelazaba sus dedos sobre mi abdomen. Sus manos eran grandes y cálidas, y empezó a darme masajes circulares en las sienes, justo donde más me dolía.

— ¿Mejor? — preguntó en un susurro.

— Mucho mejor. — suspiré, cerrando los ojos. El silencio del departamento era una bendición ahora que Chantelle se había ido y Karina seguía encerrada. — Podríamos quedarnos así todo el día, toda la semana, toda la vida…

— Podríamos… — dijo él, y sentí cómo su tono cambiaba un poco, volviéndose más reflexivo. — Pero hay un pequeño detalle técnico que estás olvidando por culpa del champán de anoche.

— No quiero oír detalles técnicos, Tom. Solo quiero mimos.

— Yo también, créeme. — Tom exhaló un suspiro y besó mi coronilla, pero su voz sonó con una nota de pesar. — Pero mañana es lunes, Billy bebé, y si no recuerdo mal mañana tienes que volver a pisar la universidad para tus clases.

Abrí los ojos de golpe. La realidad me golpeó más fuerte que la resaca.

— No… dime que no. — gemí, echando la cabeza hacia atrás para mirarlo con desesperación. — ¡Mañana no! ¿¡Tan rápido!?

— Lo siento. — se burló él, apretándome más contra su cuerpo. — Pero si quieres ser ese profesional exitoso que me va a mantener cuando me retire de los negocios, tienes que ir. Yo me encargo de dejarte e irte a buscar.

— Pero no quiero. — hice un puchero.

— No me importa, Bill, solo anda y deja de olvidarte que tienes un trabajo de fines de semana. Dav te va a correr. — apreté los ojos, soltando un quejido de estrés.

Traté de acomodarme mejor sobre el regazo de Tom como un recién nacido y tenía los ojos fijos en los suyos.

— Mejor no trabajo, no estudio y me mantienes tú, ¿sí o qué?

— Yo encantado, princesa, pero es importante estudiar.

— Ash. — suspiré profundo.

&

El lunes llegó con la puntualidad de una sentencia de muerte. A pesar de que Tom me llevó en el auto, tratando de animarme con café recién hecho… el bajarme del auto se sintió como abandonar un refugio seguro para entrar en la fosa de los leones.

Caminaba por los pasillos del campus sintiendo que cada paso pesaba una tonelada.

— ¡Bill! ¡Hey, desaparecido! — escuché el grito de Georg.

Lo vi venir hacia mí con su mochila al hombro y esa sonrisa de quien no tiene una resaca existencial, junto a Gustav, que le sostenía muy bonito la mano.

— Hola, Geo. Hola, Gustav. — saludé, intentando forzar una sonrisa mientras nos sentábamos en una de las bancas del patio principal.

— ¿Cómo estuvo eso? Vi un par de fotos en redes sociales y, joder, Bill… te veías como si fueras el dueño de la ciudad del brazo de Tom. ¿Es cierto que su madre te invitó a su mesa? — preguntó Georg, dándome un codazo amistoso.

— Sí, algo así… fue una locura, Georg. Charlotte es… bueno, es increíble y… — no pude terminar la frase porque la secretaria habló por los altavoces de la universidad mencionando ml nombre para que me acercara a la oficina de la dirección.

Mis amigos me miraron con cara de «¿Qué hiciste ahora?»
Me encogí de hombros, poniéndome de pie para ir con ellos a mi detrás hasta donde me llamaban y al llegar los hice esperar fuera.

— Dame un segundo. — le dije a Georg, que me miró con una pizca de pena. Entonces solo entré a la oficina de la dirección con los nervios. — ¿Hola?

— ¿Es el señor Bill? — la voz de la secretaria del director era fría y eficiente. Yo asentí con la cabeza mientras me abrazaba a mi mismo. — La oficina administrativa ha dicho que hay un asunto urgente con su estado financiero y la matriculación del semestre en curso.

Sentí que se me revolvía en el estómago.

— Siéntese, Bill. — dijo el director entrando en escena y cerrando la puerta de su despacho con una carpeta roja. — He estado revisando los pagos de este mes. Usted tiene un retraso en la colegiatura de este mes, sumado a los recargos por mora.

— Yo… yo pensé que el pago se había procesado, señor Director. — mentí por instinto, aunque sabía perfectamente que mis padres si habían cumplido su palabra de quitarme el apoyo en los estudios y con lo bien que iba en el trabajo del club, no me alcanzaba para pagar aquella fortuna. — No sé qué pasó con mis papás, quizás tuvieron imprevistos…

— Los imprevistos no son competencia de esta institución. — me cortó él, mirándome por encima de sus lentes. — El sistema lo marcará como no apto para rendir los exámenes finales de este bloque si el saldo no queda cubierto para el viernes y estamos hablando de una suma considerable. Ahora váyase, hable con sus padres y pague la colegiatura.

Salí de la oficina sintiendo que el mundo se me caía encima. Quería llorar de la rabia que sentía mientras el odio por mis padres incrementaba de maneras inimaginables.
Regresé a donde estaba Georg, que al ver mi cara de funeral, dejó de sonreír.

— Bill, estás pálido. ¿Qué te dijeron?

— Mis padres me quitaron la paga de la colegiatura y si no pago antes del viernes, me quedo fuera. — susurré, hundiéndome en el banco. — Estoy retrasado con la colegiatura, Georg, y no tengo ni la mitad de lo que piden.

— Dile a Tom que te preste hasta que entre los tres podamos reunir para devolverle el dinero.

— ¡No! — exclamé histérico, levantando mi cuerpo del banco para alejarme de ellos rumbo a la salida.
Tom ya ha tenido suficiente con tenerme en su casa, aguantarme, conseguirme un trabajo que se me olvidaba de ir cuando se trataba de fines de semana por estar en un aire de enamorado con Tom Kaulitz.

Tomé un taxi rumbo al trabajo de mis papás con intenciones de hacer un maldito escándalo. Llegué al edificio de las oficinas de mi padre con la sangre hirviendo. La humillación en la dirección de la universidad había sido la gota que colmó el vaso.
Entré como un torbellino, ignorando a la secretaria que intentaba detenerme, y abrí la puerta de su despacho de un golpe.

— ¡Son unos cínicos! — grité, plantándome frente a su escritorio. Mi madre, que estaba allí sentada revisando unos catálogos, se sobresaltó. — ¡Me dejaron en ridículo frente al director! ¿¡De verdad van a sabotear mi futuro solo porque no aceptan mi vida!?

— Modera el tono, Bill. — dijo mi padre sin siquiera levantarse, con esa calma fingida que siempre me sacaba de quicio. — Te advertimos que nuestra ayuda económica se retiraría en cuanto pisaras los pies fuera de esa casa y te valió, así como ahora a nosotros nos vale si estudias o no. Ya no te vamos a dar ese lujo.

— ¡No es un lujo, es mi carrera! — mi voz se quebró de la rabia. — ¡Maldita sea, no pueden hacerme eso!

— Pídele a tu supuesto novio que te firme un cheque. Total, para eso lo buscas, ¿no? Para que te mantenga mientras juegas a la casita con el dinero de su prostitución.

— Sí, vete a ser un mantenido con su dinero porque con el nuestro no.

— Ojalá no te pegue una enfermedad.

Yyyy… la pelea escaló a gritos más fuertes. Les eché en cara años de control y frialdad, mientras ellos me llamaban malagradecido y caprichoso. Salí de ahí temblando, con lágrimas de pura impotencia quemándome las mejillas y el pecho apretado. No quería ver a nadie, pero mis pies me llevaron por inercia al departamento de Tom cuando solo quería refugiarme en algún maldito parque.

Cuando llegué, Tom estaba entrando justo antes que yo, con las llaves en la mano y una expresión extraña. Me vio llegar hecho un desastre y, antes de que pudiera abrir la boca para desahogarme, sacó un papel doblado de su bolsillo.

— Bill, qué bueno que llegas. — dijo, cerrando la puerta tras nosotros. Me tendió un papel. — Me llamaron tus padres hace un rato. Me dieron un discurso sobre lo irresponsable y grosero que eres y me enviaron la factura de tu colegiatura por correo para ver si yo era tan generoso como decía y fue bueno porque justo estaba cerca del banco.

Me quedé mirando el papel. Era el comprobante de pago de la universidad.

Pagado en su totalidad…

— Ya está solucionado. — continuó Tom, intentando acercarse para abrazarme. — Fui a la administración, disculpa por no haberla pagado antes, realmente se me pasó por alto. — hizo una pausa y después continuó. — No quiero que te estreses por el dinero, en serio. Mejor relájate y olvida que necesitas a tus padres. — le arrebaté la factura de las manos, sintiendo que el mundo se me venía encima de una forma distinta. El alivio no llegó… lo que llegó fue una oleada de vergüenza y rabia que se me atoró en la garganta.

— ¿Hiciste qué? — mi voz salió como un susurro. — ¿Les diste el gusto? ¿Fuiste corriendo a pagar porque ellos te lo ordenaron, Tom?

— Bill, no me lo ordenaron, me sentí retado y también porque quería. — respondió Tom, frunciendo el ceño. — No iba a dejar que te corrieran por una rabieta de ellos. Solo es dinero, no es para tanto.

— ¡Para mí sí es para tanto! — estallé, lanzando el papel sobre la mesa de centro. — ¡Me haces ver exactamente como ellos dicen! ¡Como un mantenido que no puede resolver sus propios problemas! ¡Fui a enfrentarlos para exigir mi derecho y tú vas por detrás y les das la razón pagando mi vida como si fuera un capricho tuyo! ¡ese es el maldito deber de mis padres! ¡no tuyo, Tom!

— ¡Solo intentaba ayudarte! — gritó Tom, perdiendo la paciencia. — ¡Estabas pálido esta mañana, Georg incluso me llamó y dijo que estabas histérico! ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me quedara sentado viendo cómo perdías el semestre por orgullo? ¡pues no!

— ¡Quería que me consultaras! — le recriminé, con las lágrimas saltando de nuevo. — ¡No puedes tomar decisiones sobre mí así! — me di la vuelta y caminé hacia la habitación, cerrando la puerta con un estruendo que retumbó en todo el departamento, dejando a Tom de pie en la sala, con la factura pagada y el rostro desencajado por la confusión.

El portazo resonó como un trueno en el pasillo, pero Tom no se quedó atrás. Escuché cómo pateaba la pata de la mesa de centro —probablemente lastimándose un dedo en el proceso— y soltaba un insulto.

Estaba furioso.

— ¡Bien! ¡¡¡Disculpa por ser el idiota que se preocupa porque no te echen a la calle!!! — gritó desde la sala y lo ignoré, tirándome de cara a la cama. Tenía una rabia que no me dejaba respirar. Por un lado, el peso de la deuda se había ido, pero por otro, sentía que mis padres habían ganado: ahora era, técnicamente, el mantenido que ellos decían.

Pasaron las horas.

El sol se ocultó y el departamento se sumió en un silencio tenso, solo interrumpido por el sonido de la televisión en la sala a todo volumen (claramente para ignorarme) y el ruido de platos chocando hasta casi romperse.

Cuando llegó la hora de dormir, la tensión se podía cortar con una tijera. Entré al baño, me puse mi pijama más holgada y, al salir, Tom ya estaba acostado. Estaba de espaldas a mi lado de la cama, rígido como un poste, envuelto en sus propias cobijas.

Pero lo que vi me hizo detenerme.

No era solo que estuviéramos enojados; Tom había tomado medidas drásticas. En todo el centro de la cama, desde la cabecera hasta los pies, había construido una muralla china de almohadas. Había de todo: las dos almohadas decorativas, el cojín largo y para rematar, había enrollado un edredón extra para crear una frontera  inquebrantable.

— ¿Es en serio, Tom? — pregunté, parado al borde de la cama.

— Es una barrera de seguridad. — respondió él con la voz ronca, sin voltear. —  No quiero que tu humor contamine mi espacio, no me vas a estresar, ¡y no me hables!

— Eres un infantil. — mascullé subiéndome a la cama.

— Y tú eres un orgulloso testarudo. No toques la frontera. — me acosté dándole la espalda también, pero la barrera era tan alta que ni siquiera podía ver la pared del otro lado. Intenté acomodarme, pero cada vez que me movía, una de las almohadas decorativas se resbalaba hacia mi lado.

— ¡Tu muro se está cayendo sobre mí! — le reclamé, empujando el cojín con el pie.

— ¡Pues no lo empujes! Es territorio neutral. — gruñó él, estirando el brazo hacia atrás para reacomodar la torre sin mirarme. — Mantente en tu sector, Bill. Si quieres independencia, ahí tienes tus ochenta centímetros de colchón. Disfrútalos.

— ¡Los voy a disfrutar muchísimo! ¡Mañana mismo le pido a David que me dé todos los turnos de la noche para pagarte tu estúpido préstamo!

— ¡No es un préstamo, fue porque quise! ¡Pero si tanto te pica, pues trabaja hasta que te salgan ampollas, imbécil! — nos quedamos en silencio, respirando fuerte, separados por esa ridícula montaña de plumas y algodón. Me sentía estúpido, enojado y, extrañamente, con ganas de reír por lo absurdo de la situación, pero me aguanté. Estaba demasiado indignado para ceder.

— Mañana me voy temprano a la universidad. — solté al aire. — No hace falta que me lleves. Puedo tomar el autobús como la gente normal ¡que paga sus cosas!

— Perfecto. Yo mañana tengo cosas que hacer con Nick. No cruces la línea, Bill. Estoy avisando. — dicho esto, Tom jaló su parte de la sábana con tanta fuerza que una de las almohadas de arriba me cayó justo en la cara. La quité de un manotazo y la usé para reforzar mi lado del muro.

Dormir así era incómodo, frío y absolutamente ridículo, pero ninguno de los dos estaba dispuesto a quitar la primera almohada.

&

— Mhmm… — me desperté sintiendo un calor delicioso, ese refugio perfecto que solo el cuerpo de ALGUIEN sabía darme. Tenía la cara hundida en el hueco de su cuello y una de mis piernas estaba entrelazada con las suyas, mientras su brazo pesado y firme me rodeaba la cintura, pegándome a él como si tuviera miedo de que me evaporara.

Solté un suspiro de satisfacción, todavía entre sueños, y me froté la nariz contra su piel, aspirando su aroma. Tom, por su parte, soltó un gruñido bajo y me apretó más, hundiendo su mano en mi cabello.

Durante tres segundos, todo fue paz. Hasta que el cerebro me hizo clic.
Abrí los ojos de golpe. Lo primero que vi fue su brazo justo frente a mi nariz. Lo segundo fue el desastre de almohadas en el suelo.

— ¡Ah! — solté un grito ahogado, empujándolo con todas mis fuerzas.
Tom se despertó como si le hubieran echado un balde de agua fría. Al darse cuenta de que estábamos prácticamente fundidos en un solo ser, soltó un bufido de indignación y rodó hacia el extremo opuesto de la cama, casi cayéndose al piso.
— ¡Me estás tocando! — exclamé, sentándome de un salto y sacudiéndome la pijama como si tuviera hormigas. — ¡Rompiste la zona neutral, Tom! ¡Cruzaste la frontera!

— ¿¡Yo!? — gritó Tom con la voz ronca del sueño, pasándose las manos por la cara con un gesto de absoluto asco. — ¡Tú eras el que estaba pegado a mí como una mosca! ¡Sentía tu respiración en mi oreja, Bill! ¡Qué horror!

— ¡Mentira! — le señalé con el dedo, aunque por dentro me moría de vergüenza. — ¡Seguro tú las tiraste mientras dormías para aprovecharte de mi vulnerabilidad! ¡Eres un tramposo, maldito! — Tom hizo una mueca de desagrado, mirando el lugar donde habíamos estado abrazados como si hubiera una mancha radiactiva.

— ¡Ni que fuera un premio! — masculló, levantándose de la cama a toda prisa. — Me voy a duchar ahora mismo para quitarme el olor a independencia que desprendes. ¡Qué asco, de verdad!

— ¡Pues lávate bien, porque tu dinero me estaba dando alergia! — le grité, lanzándole la almohada decorativa que había quedado sobre la cama.

Él la atrapó en el aire con un gesto de fastidio y la tiró al rincón antes de encerrarse en el baño de un portazo. Me quedé solo en la cama, con el corazón latiendo a mil por hora, sintiendo todavía el calor de su abrazo en mi piel a pesar del «asco» fingido.

Me levanté bufando, recogiendo mis cosas para la universidad. La tregua del sueño se había acabado y la guerra fría estaba más viva que nunca.

Me di una ducha en la habitación que ocupaba con anterioridad Karina y que gracias a Dios ya no estaba en mi casa para poder irme tan pronto a la universidad. Me puse lo primero que encontré sin intención de combinar, simplemente me fui.

Estaba afuera, buscando un bus que pasara por mi universidad pero lo único que pasó fue el auto negro de Tom que se detuvo justo frente a mí, con una precisión milimétrica que me obligó a dar un paso atrás para no quedar pegado al guardabarros.

La ventanilla del copiloto bajó con un zumbido eléctrico lento y deliberado.

Tom estaba ahí, con las gafas de sol puestas a pesar de que el cielo estaba algo nublado.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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