Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 13

Estaba por hacerlo sin defenderme, sin hacer nada pero una mano pesada y firme se posó sobre mi hombro. Era Tom quien se había levantado de su puesto y su presencia pareció congelar el aire a nuestro alrededor.

— Hola, hermano. — dijo Tom, con una voz tan tranquila que resultaba escalofriante. — ¿Todo bien?

— No. — habló Gustav antes que nadie. — La señorita no para de molestar a Bill, ¿habrá alguna otra tarea que podamos hacer los tres hasta que la joven se vaya?

— Sí, claro. — asentía Tom con la cabeza. Mis amigos me llevaron prácticamente a rastras hacia la zona de la barra trasera, lejos de la mirada venenosa de Karina y de la presencia imponente de su padre. Sentía temblar, no de miedo, sino de una rabia contenida que me quemaba la garganta.

— Respira, Bill. No dejes que esa víbora gane. — susurró Georg, pasándome un trapo limpio para que me secara el sudor frío de la frente. — Tom se está encargando. Mira.

Me asomé por la cortina de terciopelo que separaba el área de servicio del VIP. Tom no estaba alterado, al contrario, se había servido una copa del mismo champán que Karina quería que yo le sirviera y la balanceaba frente a su hermano.

No sabía qué es lo que hablaba pero se veía demasiado seguro de si mismo ante el hombre más viejo que él.
Karina se veía roja de la furia a pesar de la oscuridad del lugar y con los ojos llenos de lágrimas soltó la copa con brusquedad haciendo que el cristal amenazara con quebrarse. Su padre, viendo que Tom no iba a ceder y que varias cabezas en el VIP ya estaban murmurando sobre el escándalo, la tomó del brazo para salir.

Cuando los vi irse sentí que un peso de mil toneladas se me quitaba de encima. Tom se quedó ahí un momento, acomodándose los puños de la camisa, y luego caminó directo hacia donde estábamos nosotros escondidos.

Entró en el área de servicio y sus ojos me buscaron de inmediato. Ignoró a Georg y a Gustav que se estaban dando cariño lejos de mi vista y se quedó a centímetros de mí.

— ¿Estás bien?

— Sí… gracias, Tom. Casi… yo… lo hago… no quería perder mi trabajo en la primera noche. — admití, bajando la mirada. — Pensé que si no lo hacía, nos despedirían a los tres. — Tom solo se burló y me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus dedos rozaron la marca que aún quedaba en mi mejilla.

Me dolía un poco.

— Nadie te va a despedir, Bill. — me guiñó un ojo antes de soltarme y acariciarme. — Además hiciste bien en no rebajarte. Un barman tiene que mantener la clase, ¿no?

— ¡Exacto! — exclamó Georg desde atrás, tratando de aliviar la tensión. Muy metiche. — Aunque, Tom, si vuelven a venir, ¿podemos tirarles los tragos accidentalmente encima? Me caen mal.

— Tienen mi permiso. — rió Tom. — Pero por ahora, el turno de ustedes terminó y lo hicieron bien. Por el mal rato pueden irse temprano con la paga completa de la noche, ¿de acuerdo? — mis amigos celebraron con un grito sordo, llenos de emoción.

Mientras ellos celebran su dinero ganado, la mirada de aquel hombre en frente de mí se volvió más intensa, recorriendo mi uniforme transparente y el arnés de cuero que me ajustaba el pecho.

— ¡Gracias, gracias!

— Ustedes dos váyanse en un taxi, yo lo pago. — dijo Tom sin dejar de mirarme. — Bill se viene conmigo, ¿si les dijiste que estás viviendo conmigo..? para que no se preocupen.

— Si, Tom. Lo hizo en cuanto nos vimos. — sonreía Georg con amabilidad dirigiéndose a Tom. — Y estamos agradecidos de que lo hayas echo, disculpa a sus padres… no saben entenderlo. Nuestro niño es tan caprichoso.

Tom sonrió asintiendo con la cabeza para luego extenderles un papelito.

— Es la dirección por si desean venir a verlo, para que no esté solo…

— Gracias, Tom. De verdad. — dijo Gustav, tomando el papel con respeto antes de arrastrar a un Georg que todavía intentaba asomarse para ver el interior del club una última vez.
Tom les dió el dinero para el taxi y ellos se fueron tan pronto como podían.

Nos quedamos solos en el pasillo de servicio. El estruendo de los bajos de la música se sentía como un latido sordo al otro lado de la pared, pero aquí el mundo parecía haberse detenido.

— Tus amigos son… intensos. — comentó con una sonrisa recorriendo sin disimulo el encaje de mi camisa. — Pero me gusta que te cuiden, se nota que te quieren mucho.

— Y yo a ellos, Tom. No tienes idea cuanto.

— Vámonos. — yo asentí. Salimos por la puerta trasera con el aire frío ayudándome a despejar la humillación que aún me escocía por dentro. Tom me abrió la puerta del coche con caballerosidad y en cuanto se subió arrancó. El silencio se apoderó del auto.

No era un silencio incómodo, sino uno cargado de adrenalina residual.

— ¿En qué piensas? — preguntó Tom después de unos minutos, sin quitar la vista de la carretera al verme tan callado. ¿Por qué de pronto alguien que no era nadie hace unos días ahora lo es todo y me estaba ayudando? no sabía mucho su historia.

No sabía cómo ingresó a trabajar de hombrezuelo—si es que lo era— y como llegó a tener amigos con lugares así.

— En ti. — Tom frenó en un semáforo en rojo y se giró hacia mí haciendo que me removiera en mi asiento mientras miraba mis piernas pero no le dió larga al tema de conversación.
Llegamos al departamento.
Al entrar, las luces automáticas se encendieron bañando el salón en un tono cálido. Me sentía agotado, física y emocionalmente.

Solo me dejé caer en el sofá de cuero, cerrando los ojos.

— ¿Sabes? — susurré. — Todavía me arde la cara donde me pegó mi madre. — sentí el sofá hundirse a mi lado. Tom no dijo nada, simplemente se acercó y, con una delicadeza que no parecía propia de él, empezó a desabrochar los cierres de mi arnés.

— Te ha pegado muy fuerte.

— Ujum.

— Pobrecito. — susurró tan bajo. — Déjame curarte, ¿sí?

— Sí… — él solo sonrió y me ayudó a quitarme la camisa transparente. Se quedó observando el torso un momento, como si estuviera admirando una obra de arte. Luego, se levantó y regresó trayendo un pequeño botiquín. Con un algodón humedecido, empezó a dar toques suaves en mi mejilla.

Me dejaba curar de Tom con los ojos cerrados, ronroneando. El frío del antiséptico contrastaba con el calor de sus dedos y aumentaba mi ronroneo. Hizo a Tom reír.

— Pareces un gatito, Bill. Te ves muy tierno.

— Soy tu gatito. — susurré haciendo un puchero en los labios pero sin abrir los ojos. — Sigue acariciándome.

Tom soltó una risita ronca y continuó con sus caricias.

&

Tom antes de salir me había encargado de llamar al servicio de limpieza del edificio para su departamento, pero no lo hice porque, sinceramente, necesitaba ocupar mi mente en algo que no fuera el desastre de mi vida familiar y la falta a la universidad. Además, había algo extrañamente terapéutico en ver cómo el polvo desaparecía bajo mis manos, como si pudiera limpiar también mis culpas.

Después de un par de horas de frotar superficies, me detuve ante un gabinete empotrado en el pasillo que no había abierto antes. Al tirar de la puerta, mis ojos se abrieron de par en par. No eran sábanas ni productos de limpieza lo que había ahí.

Eran cajas elegantes, negras y plateadas, todavía selladas con ese plástico que brilla bajo la luz. En ella habían juguetes de alta gama. Silicona médica, acabados cromados y un set de lubricantes de sabores que desprendían un aroma sutil a vainilla incluso a través del empaque. La curiosidad me picó en la nuca, Tom nunca los había sacado, quizás esperando el momento adecuado, o quizás simplemente los había olvidado en su ajetreada vida.

Sentí un calor repentino subir por mi cuello…

Tom no estaba, llegaría en un par de horas más, y la soledad del departamento empezó a sentirse pesada agregando la falta de sexo que no había tenido hace unos días.

Dejé los paquetes sobre la mesita de la sala. Encendí la enorme TV plasma, buscando algo que me distrajera, pero mis dedos, traicioneros, navegaron por las aplicaciones de streaming privado de Tom. Antes de que mi conciencia pudiera protestar, ya le había dado play a un video en alta definición.

La pantalla se iluminó con una imagen que me cortó el aliento. En el video, se reflejaba un hombre de hombros anchos, piel bronceada y movimientos lentos —que me recordaba a la complexión física de Tom— dominaba a otro mucho más delgado, de piel pálida y extremidades largas, casi un reflejo de mi propio cuerpo. Los sonidos de la habitación, los jadeos coordinados y el roce de la piel contra la piel empezaron a vibrar en las paredes del departamento.

Con el pulso acelerado tomé uno de los juguetes —un vibrador de contornos elegantes— y el lubricante de vainilla. Me deshice de la ropa de limpieza, quedando solo con la camiseta de Tom que me llegaba a los muslos, y me recosté en el borde del sofá con la vista fija en la pantalla de la sala que se alcanzaba a ver desde la puerta.

El contraste entre el frío del gel y el calor de mi propia piel me hizo soltar un gemido ahogado. Empecé a experimentar, imitando los movimientos que veía en la televisión, imaginando que no era un objeto de silicona lo que me recorría, sino los dedos expertos de Tom. La vibración era constante perdiéndose en los jadeos que salían del plasma.

Cerré los ojos, arqueando la espalda contra el sofá, sintiéndome increíblemente expuesto y, a la vez, poderosamente vivo. Cada vez que el hombre del video susurraba algo al oído del otro, yo imaginaba la voz ronca de Tom diciéndome que era suyo.

Dejé la silicona en mi interior para darle paso a un vibrador que rodeaba todo mi pene. Le puse en la velocidad más torturadora que puede existir y llevé el dedo índice a mi lado inferior, jodidamente excitado sin despegar la vista de la pantalla y luego cerré los ojos otra vez.

Estaba tan perdido en el trance, tan concentrado en la sensación creciente que amenazaba con hacerme estallar, que no escuché el sonido de la cerradura de la puerta principal abriéndose.

Solo me di cuenta de que no estaba solo cuando la luz del pasillo fue bloqueada por una silueta alta y ancha. Abrí los ojos de golpe, con la respiración rota y el juguete todavía zumbando entre mis manos.

Tom estaba apoyado en el marco de la puerta, con las llaves colgando de un dedo y una expresión indescifrable en el rostro. Miró la televisión, luego miró las cajas abiertas sobre la mesita de noche y finalmente clavó sus ojos en mí, que estaban empañados por la excitación.

— Pero… pero ¿qué..? — casi podía jurar que corrió para verme de frente, así tan abierto. Me sonrojé al instante y en ves de cubrir mi desnudez solo solté un suspiro de cachonderia.
Tom cayó hipnotizado, de rodillas sobre la alfombra y venía hacia mi como un perro faldero.

Estaba a punto de llegar a mi pero estiré la pierna, colocando la planta de mi pie sobre el pañuelo negro que tenía cubriendo su frente y cerró los ojos, restregando su mejilla.
Levantó la mano para sujetarme y empezar a dar besos.
El contacto de sus labios contra la planta de mi pie me envió una descarga eléctrica que compitió directamente con el zumbido del juguete que aún vibraba entre mis piernas. Tom no se apartó; al contrario, rodeó mi tobillo con sus dedos largos y fuertes, apretando tan suave que me hizo arquear la espalda contra el sofá.

— Te dije que llamaras al servicio de limpieza, Bill… — su voz salió más grave de lo normal, una vibración que parecía retumbar en el suelo. — No que te convirtieras en la exhibición principal del departamento.

Sus ojos avellana ahora oscurecidos por un hambre voraz, se clavaron en los míos mientras seguía repartiendo besos húmedos y lentos por mi empeine, subiendo por mi pantorrilla con lentitud tortuosa. Yo jadeé, echando la cabeza hacia atrás, mientras en la pantalla del televisor los gemidos del video se sincronizaban con los míos.

— Me dio curiosidad… — logré articular, con la voz quebrada por la excitación. — Las encontré en el pasillo… Tom, por favor…

— ¿Tom, por favor qué, cariño? — preguntó él, soltando una risita ronca mientras llegaba a mi rodilla. Se puso de pie lentamente, y sin dejar de mirarme, empezó a desabrocharse el cinturón. Sus pantalones cayeron al suelo y después hizo eso con el buzo de lana gris, quedando solo en boxers. — ¿Quieres que te ayude a probar el resto de la caja o prefieres que me quede aquí mirando cómo terminas lo que empezaste con ese aparato?

— Vuelve ahí. — señalé el sueño y él obedecía de inmediato, poniéndose tan cerca que su aliento rozaba en mi entrepierna. Estiró la mano y, con un movimiento ágil, tomó el control del vibrador. En lugar de apagarlo, subió la intensidad al máximo. El tirón de placer fue tan súbito que mis dedos se enterraron en el cuero del sofá y solté un grito ahogado. — ¡Mhmm! aléjate de mí…

— ¿Q-qué? — tartamudeaba al ver como me alejaba de él sin entender pero con la mano bien juguetona a punto de tocarse la polla. — Billy, mi tomicito quiere a billanito.

Reí en medio de la excitación.

— Solo mírame, no hagas nada, ¡no te toques!

— Sí, sí… uff… esto es una tortura china diseñada por el propio diablo, y mi diablo personal se llamaba Bill. — susurró por lo bajo. Se le notaba la excitación hasta en su piel brillante. Me deseaba tanto como yo a él.

— Cállate. — Tom se quedó ahí, petrificado sobre la alfombra, con las manos temblando a los costados y la respiración pesada. Sus ojos eran los de un hombre condenado que miraba el paraíso desde el otro lado de la reja. Verlo así, con la mandíbula apretada y el bulto en sus boxers pidiendo a gritos libertad, me dio un subidón de poder que superaba cualquier juguete de la caja. — Te ves tan guapo cuando obedeces, Tom. — ronroneé, echando la cabeza hacia atrás mientras la vibración me sacudía hasta la médula.

Me deslicé un poco más hacia el borde del sofá, abriendo las piernas con una lentitud calculada. Quería que viera cada detalle, cada reacción de mi cuerpo al aparato. Mis dedos se enterraron en mi propio pecho, subiendo por mi cuello, mientras mis ojos no se apartaban de los suyos.

— ¡Mírate…! Estás sudando. — me burlé con una sonrisa pecaminosa. — ¿Te gusta lo que ves? ¿Te gusta ver cómo este aparatito hace el trabajo que tú deberías estar haciendo?

Tom soltó un gruñido bajo, un sonido animal que vibró en el aire. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar los puños para cumplir mi orden de no tocarse.

— Bill… me siento celoso de ese aparato. — logró decir. — Apaga esa cosa y déjame… déjame entrar. Te juro que es más rico que ese juguete.

— Todavía no. — respondí, soltando un gemido largo cuando el vibrador encontró el punto exacto. — Mira la pantalla, Tom. El chico del video está pidiendo clemencia… igual que tú. Pero yo no soy tan bueno como él.

Llevé mi mano libre a mi boca, humedeciendo mis dedos mientras lo miraba con desafío. El contraste de la luz azul de la TV y la calidez de la lámpara del salón hacía que la piel de Tom brillara, marcando cada músculo de su cuerpo tenso. Estaba al límite, y yo estaba disfrutando cada segundo de su desesperación.

— Acércate más. — ordené bajando el tono de voz a un susurro. — Pero recuerda: si me tocas o si te tocas tú… se acaba el juego y no podrás acabar conmigo. — Tom gateó un par de centímetros, pegando su rostro casi a la altura de mis muslos.

El calor que desprendía su cuerpo era como un radiador en pleno invierno. Cerró los ojos y aspiró el aroma a vainilla del lubricante mezclado con el olor de mi propia excitación. Estaba sufriendo, y Dios, era demasiado cachondo todo.

— A la mierda, maldita mierda, mierda, mierda. — sin más se abalanzó sobre mí, que en medio de quejidos me volteó para que le diera la espalda. — Billy malo, malo, malo. — decía azotando mi trasero tan fuerte que me hacía gritar. Se deshizo del juguete que tenía en mi trasero, sacándolo de un tirón.

— ¡Tom, así no era! — me quejé.

— ¡Ya jugamos suficiente!

El sonido seco del azote resonó en la sala, compitiendo con los jadeos que aún salían de los altavoces de la televisión. El ardor en mis nalgas fue instantáneo, una punzada de dolor que se transformó rápidamente en una ola de calor líquido que me recorrió la espina dorsal.

Tom no estaba jugando más, el papel de perro fiel había desaparecido, reemplazada por la del hombre que estaba a punto de tomar lo que por derecho sentía suyo.

— ¡Te dije que no me tocaras! — chillé, aunque mi voz carecía de autoridad, perdida en la forma en que mis dedos se enterraban en el sofá mientras él me mantenía presionado en contra del cuero.

— Me importa una mierda lo que dijiste. Me has tenido de rodillas viendo cómo te dabas placer con un pedazo de plástico mientras yo me moría por dentro. Se acabó el tiempo de Bill, ahora es el tiempo de Tom.

Sentí sus manos, grandes y ásperas, sujetando mis caderas con una fuerza que me dejó claro que no pensaba soltarme. En un movimiento brusco, terminó de deshacerse de sus boxers, y el contacto de su piel desnuda contra la mía fue como un cortocircuito.

— Tom… — gemí, esta vez con una nota de súplica real mientras intentaba girar el rostro para verlo.
Él solo pensamiento de que yo estaba siendo sometido y temblando bajo su cuerpo y él todo un dominante, con las trenzas cayendo sobre sus hombros y los ojos encendidos lascivos me puso el pene más húmedo.

— Siente como me tienes.

Sin previo aviso metió toda su polla en mi trasero.

— ¡Ah! — el grito que solté se perdió contra el cojín. Empezó a moverse tan fuerte en mi interior y a gemir tan rico que mi pene no tardó en alcanzar la cima de a montones y yo seguía tieso.

El impacto de Tom en mi interior era duro, una estocada tras otra que me hacía perder el sentido de la orientación. El cojín amortiguaba mis gritos, pero no mis gemidos que salían en ráfagas de aire caliente. Tom tenía las manos firmes en mis caderas, marcando su ritmo y su respiración agitada golpeando mi nuca.

— Yo mando, Bill… ¿lo entiendes? — jadeó hundiéndose más hasta el fondo, haciéndome ver estrellas.
Estábamos en el clímax de la intensidad, en ese punto donde el mundo exterior deja de existir, cuando el sonido persistente del timbre cortó el aire.

— Tom… — logré articular entre jadeos, tratando de despegar mi cara del cojín. — Alguien… alguien está en la puerta.

— Me importa un carajo. — respondió él sin detenerse, acelerando el movimiento. Sus ojos estaban cerrados, concentrados en el placer que lo estaba consumiendo. — No voy a parar ahora, que se joda.

El timbre sonó de nuevo, esta vez acompañado de golpes. Tom me ignoró olímpicamente, enterrando su rostro en mi cuello, soltando un gruñido profundo y mordiendo mientras seguía dandolo todo que me hacía golpear contra el sofá. Yo estaba a punto de correrme de nuevo, con las piernas temblando, cuando el golpe en la puerta cambió de tono. Ya no eran esos golpes con los nudillos. Era alguien golpeando con el puño o quizás con la punta de una bota con tanta violencia que la madera pareció crujir.

— ¡VÁYANSE AL DEMONIO! — gritó Tom, con una vena marcándosele en la frente, sin salirse de mí pero deteniendo el movimiento por un segundo, furioso por la interrupción.

— ¡SOY KARINA, ÁBREME!

El nombre de Karina cortó el momento sexual de la habitación como si nos hubieran lanzado un balde de agua con hielo. Tom se quedó petrificado en mi interior, con los músculos de la espalda tensos como cuerdas de acero.

Sus ojos, que hace un segundo estaban nublados por el placer, se afilaron con una furia asesina.

— ¡Maldita sea! — susurró/gritó Tom, retirándose de mí con un movimiento brusco que me hizo soltar un quejido de vacío.

Me puso muy tite, tite, tite.

— Por favor, ábreme. — dijo ya con un tono racional pero en el proceso su voz se cortó, como si la perra estuviera llorando. Me quedé temblando sobre el sofá, con la piel encendida y pensando en que esa tonta si sentía. — Tom…

— Vístete, Bill. — siseó Tom, tirándome mi pijama con una mano mientras con la otra buscaba sus pantalones demasiado frustrado. — Ya voy, Karina. — se dirigió a ella sin dejar de arreglarse y yendo a abrir las ventanas ya que el olor a lubricante y el calor de ambos aún estaba presente. — Dame un momento…

Yo me puse los pantalones de pijama a toda prisa, con las manos temblorosas y enojado por haber interrumpido nuestro momento.
La frustración de Tom era palpable; cada uno de sus movimientos era brusco, cargado de una violencia contenida que daba miedo.

— ¡Ya abre, por favor! — el sollozo de Karina se escuchó más claro.

— ¡Que ya! ¡que ya!

Tom terminó de subirse el cierre del pantalón, se pasó una mano por el rostro para tratar de borrar la expresión de deseo y caminó hacia la puerta con pasos pesados. Yo me quedé hundido en el sofá, abrazando mis rodillas, sintiéndome pequeño bajo su camiseta enorme.

Al abrir la puerta de un tirón, Karina prácticamente tropezó hacia adentro, abrazando a Tom con fuerza mientras se dejaba caer en llanto.

— Tom… —sollozó ella, aferrándose a la tela de su camiseta.— Mi papá… él… ¡él se va a casar este fin de semana!

«Buah, tanto escándalo solo porque su papá se va a casar.»

— ¿Qué dijiste? — abrí los ojos demasiado mientras desviaba la mirada a cualquier lugar que no sean ellos dos dándose un abrazo. — ¿Qué hace él aquí, Tom? — el mencionado la apartó un poco, sujetándola por los hombros con firmeza, obligándola a mirarlo.

— No creo que deba darte explicaciones ahora, mejor entra. — Tom se hizo a un lado para dejarla entrar. Yo miré al frente, buscando cualquier cosa en el televisor tratando de no darle importancia a su sobrina.

Tom fue hasta la cocina y de ella sacó una botella de agua mineral para que tomara y se cruzó los brazos.

— Haz que él se vaya. — susurró tan fuerte que pude oírlo. Yo estaba decidido a hacerlo, iba a irme del departamento hasta que ella saliera pero las palabras de Tom lo evitaron e hicieron que me acomode mejor mientras tenía una sonrisa en mi cara que ella no podía ver.

— No, Bill vive conmigo y cualquier cosa que pase en esta casa nos corresponde a los dos. No olvides que es mi novio.

«Que lindo.»

Karina suspiró frustrada.

— No puedo creer que vaya a casarse. — continuó ignorandome queriendo volver al llanto. — Lo hará este fin de semana, ¿cómo es posible que no respete a mi madre, Tom? Él es un hombre que debe dedicarse cien por ciento a su hija, ¡no quiero que otra mujer me quite su amor!

Claro… ahora todo tenía sentido.
La pendeja era mimada porque era hija única y porque no tenía mamá.

Eww.

— Tu padre tiene todo el derecho de hacer su vida. — carraspeó Tom caminando hasta posicionarse detrás de mí, pero dándome la espalda con una pose de chulo. — Solo tiene treinta y siete años.

— Pero…

— Nena, deja que se case ese viejo amargado. Deja que una mujer le haga feliz porque Nick Kaulitz necesita eso y buen sexo.

— ¡Tom! — se quejó ella escandalizada pero Tom había logrado sacarle una sonrisa en medio de su situación.

— ¿Qué? Es la verdad, Karina. — soltó Tom riéndose también. — Tu padre lleva años con cara de haber masticado limones agrios. Necesita que alguien lo relaje, y si es una mujer que lo aguante, deberías ponerle un monumento.

Karina soltó una risita ahogada, limpiándose los restos de rímel con el dorso de la mano. Era extraño verla así.

Siempre la tenían como una tipa fría…

— Pero Tom… no la conoces. Es… es… ¡es vieja! ¡es mayor que el! — escupió ella ahora que estaba más tranquila. — Le pasa por dieciséis años. Ya la conocí cuando fuimos a desayunar esta mañana.

— Pues mejor para él, tiene buen gusto. Las maduras son deliciosas. — no pude evitar darle un golpe en la espalda a Tom logrando hacerlo reír a carcajadas.
Yo me mantuve en silencio, observando la escena mientras negaba con la cabeza.

El ambiente en el departamento todavía olía ligeramente a esa mezcla pecaminosa de vainilla y deseo que Karina había interrumpido, y me resultaba casi cómico que ella estuviera ahí llorando por un drama familiar mientras nosotros todavía teníamos la adrenalina a mil.

En fin, bajó la cabeza, derrotada por la lógica aplastante de su tío.

— ¿Puedo… puedo quedarme aquí esta noche? — susurró, mirando la botella de agua mineral como si fuera lo más interesante del mundo. — No quiero volver a casa. Él está allí con ella… celebrando. No se preocupa por mi.

Tom suspiró con una frustración que solo yo podía entender completamente. Nos había cortado el mejor momento y ahora quería quedarse a dormir. Miró hacia el techo, como pidiendo paciencia, y luego se giró ligeramente para verme de reojo, buscando mi aprobación silenciosa.

Yo arqueé una ceja, disfrutando un poco de su dilema.

— Creo que la decisión la tiene que tomar Bill, es su casa. — me estremecí de inmediato.

— No, no quiero que se quede. — dije de inmediato mientras me pongo de pie para acercarme hasta la puerta principal y abrirla. — Vete. — le dije y ella solo salía con la cabeza gacha mientras Tom solo estaba en silencio.

Pero esa escena solo ocurrió en mi cabeza.

Solo me puse de pie para acercarme junto a Tom y cruzarme los brazos.

— Creo que hay un cuarto extra… — susurré de mala gana. — ¿Cuando piensas irte?

— Hasta que se vayan a la luna de miel y ya… no pretendo molestar mucho tiempo.

— Bueno, que se quede. Pero a la primera la saco arrastrando, ¿estás de acuerdo, Tom? — observé a Tom y esté asentía convencido de mis palabras.

Sonreí con suficiencia.

— Totalmente. Quédate en el cuarto de invitados, pero ni una palabra más sobre bodas o madrastras. — sentenció Tom, señalando el pasillo. — Tampoco faltas de respeto o peleas, ya rugió el joven.

Karina asintió, levantándose con torpeza. Antes de caminar hacia el pasillo, se detuvo y me miró directamente a los ojos. No pidió perdón, pero el hecho de que no soltara ningún insulto ya era un avance histórico.

— Gracias… supongo. — masculló antes de desaparecer por el pasillo.

Continúa…

Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!