Fic Toll de WifesKaulitz

Capítulo 11

— Me das vergüenza.

— Y yo te odio. — susurré.

Subí las escaleras de dos en dos, cerrando la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cuadros.

El ardor en mi mejilla era un recordatorio constante de que mi vida se acababa de desmoronar en cuestión de segundos, pero humillación ya no era lo que sentía. Era la furia que me recorría la espina dorsal.

Sin pensarlo saqué la maleta más grande de mi armario.

Empecé a lanzar ropa, mis perfumes, mis botas de plataforma y lo poco que me quedaba de dignidad dentro de ella. No me importaba combinar nada; solo quería salir de esas cuatro paredes que siempre se sentían como una celda lujosa. Me colgué la mochila al hombro y arrastré la maleta hacia el pasillo.

Al llegar al descanso de las escaleras, mis padres seguían ahí, petrificados en el salón, como estatuas de una clase social que yo ya no quería representar. Mi madre tenía la mano aún alzada, como si el fantasma de la bofetada siguiera en el aire.

— ¿A dónde crees que vas? — rugió mi padre desde abajo, cruzándose de brazos. Su voz intentaba imponer autoridad, pero yo solo escuchaba desesperación por el control perdido.

— Lejos de ustedes. — respondí altanero, dejándolos mudos. Bajé los escalones lentamente, sosteniendo la maleta con fuerza.

— Escúchame bien, Bill. — sentenció mi madre, recuperando su tono de frialdad. — Si cruzas esa puerta, te olvidas de nosotros. Te olvidas del apellido y de esta casa. No vamos a permitir que un hijo nuestro nos hable así y luego pretenda seguir viviendo de nuestro dinero.

Me detuve en el último escalón, mirándolos directamente a los ojos.

— ¿El apellido? Pueden quedárselo. Nunca me ha servido para nada más que para desgracias. — solté una risa amarga.

— ¡Habla en serio! — gritó mi padre, dando un paso al frente. — Si te vas, no pagaremos ni un centavo más de tu colegiatura. Mañana mismo retiro los fondos de la universidad. ¡Vas a terminar en la calle, mendigando como ese prostituto con el que dices que te revuelcas!

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Me acerqué a él, quedando a centímetros de su rostro.

— Me da exactamente igual. Prefiero estar en la calle que seguir siendo el trofeo que exhiben en sus cenas de negocios. — le clavé la mirada.  — Quédense con su dinero. Quédense con sus tarjetas y con sus benditos valores. Yo me quedo con mi libertad.

— ¡Te vas a arrepentir! — chilló mi madre mientras yo caminaba hacia la puerta principal. — ¡Vas a volver llorando en menos de una semana cuando el hambre te apriete!

— ¡Pues prefiero morirme de hambre! — respondí sin mirar atrás.

Abrí la puerta de par en par. El aire fresco refrescó el fuego de mi mejilla. Salí a la acera y cerré la puerta con un golpe seco, dejando atrás dieciocho años de una vida que, ahora me daba cuenta, nunca había sido mía.

Caminé un par de calles arrastrando mi maleta, con el corazón a mil. No tenía coche, no tenía teléfono y tampoco tarjetas. Estaba solo en la oscuridad de la ciudad, pero por fin respiraba de verdad.

Me senté en un banco de una plaza cercana sintiendo que quería romper en llanto.

No podía soportarlo más y cuando iba a comenzar el mejor drama de mi vida un auto a mi delante empezó a pitar tan fuerte. Levanté la mirada y ahí estaba el auto de Tom, que al asegurarse de que si era yo se bajó de inmediato, corrió hacia mí y me abrazó.

No hizo preguntas.

Solo me colocó su chompa caliente en los hombros permitiéndome llorar tan fuerte, fue un sollozo desgarrador, de esos que te dejan sin aire, liberando toda la rabia, el miedo y la decepción de las últimas horas.
En medio del llanto me llevaba hasta su coche y luego regresó por mis maletas para meter en el mismo antes de echarlo a andar.

El trayecto hacia su departamento fue una tortura de silencio y humedad. Yo estaba hundido en el asiento del copiloto, con la frente apoyada en el cristal frío, viendo las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas que no dejaban de caer. Tom conducía con una mano firme en el volante y la otra apretando ocasionalmente la mía.

Al llegar a su departamento, el lujo del lugar me pareció irrelevante. Solo quería desaparecer.

— Ve al baño, Bill. Hay toallas limpias en el estante de arriba. — dijo Tom mientras dejaba mis maletas en la entrada. — Te prepararé algo de cenar.

Yo asentí y solo me encerré en el baño. Al verme en el espejo, me asusté… tenía los ojos hinchados, el pelo hecho un desastre y la marca de la bofetada de mi madre brillaba en un tono violáceo sobre mi piel. Me quité la ropa en lo que la bañera se llenaba de agua y luego me sumergí en el agua caliente, dejando que el vapor relajara mis músculos tensos.

El agua se llevaba un poco de la suciedad de aquel salón de mis padres.

Me lavé bien el cuerpo, el rostro, el cabello sin mucho ánimo. Ante mí vista había una camiseta de Tom que usé para tapar mi cuerpo antes de salir. Esta me quedaba enorme y la acompañé con unos pantalones de pijama que arrastraba al caminar.
El olor a pasta recién hecha inundaba el lugar.

— Come. — dijo señalando la silla y solo me senté una vez que tuve mi plato al frente . Comí en silencio, sintiendo cómo el nudo en mi estómago se aflojaba un poco. Tom me observaba desde el otro lado de la mesa, esperando pacientemente a que yo estuviera listo para hablar, sin presionarme.

Cuando finalmente dejé el tenedor, suspiré profundamente.

— Se acabó, Tom. — susurré, mirando mi plato. — No tengo casa, no tengo dinero, no tengo universidad… y técnicamente, ya no tengo padres. Me dieron a elegir entre el apellido y mi libertad.

— Ya…

— Les dije todo. — continué, sintiendo un nuevo nudo en la garganta. — Les dije que lo nuestro era una farsa, que tuvimos eso… y que eres scort. Mi madre me golpeó, Tom. Me dijo que le daba vergüenza. — empecé a llorar de nuevo. — Por favor déjame quedarme contigo hasta encontrar un lugar donde ir. — la mandíbula de Tom se tensó tanto que creí que se rompería. Sus ojos miel se oscurecieron, fijos en la marca de mi mejilla que ahora era más evidente bajo la luz blanca de la cocina. — Por favor.

— Uhm, yo no creo que deba. — suspiró analizando mi rostro de incomprensión ante su respuesta. — Si algo aprendí fue que si estás bajo el techo de tus padres se hace lo que te dicen. Ahora pienso que debes bajarle un poco a tu rebeldía y doblegarte. Anda a hablar con tus padres mañana mismo y vuelve.

Agaché la cabeza.

— Solo está noche… — murmuré.

— Sí, no hay problema.

— Gracias. — limpié mi nariz con el dorso de la mano como si fuera un niño pequeño y traté de continuar con mi plato.

— Yo… tuve una pequeña discusión con mi hermano, el papá de Karina. — levanté la vista de mi plato hacia Tom con lentitud. — Escuché la versión de ella y quiero escuchar la tuya, y te diré lo que pasó al final.

— Solo estaba en el área de gimnasia. — dije recordando. — Ella vino a reclamarme sobre el vídeo que subieron a una página del colegio. La página se llama DCOPN.

— ¿Qué? — Tom empezó a reír con gracia y tan fuerte mientras cerraba los ojos. Yo solo me incliné sobre el asiento, cruzando los brazos mientras arqueaba una ceja. — Que nombre tan ridículo, me muero. ¿Qué es es lo que significa?

— Departamento de Chismes y Otras Pendejadas Necesarias.

— Okay… sigue, sigue.

— Uhm, pues me reclamó porque insiste que no debo estar contigo, que eres mucho para mí y que quizás estoy por dinero o algo así.

— ¿Ya? — reía escuchándome con tanta atención que se me olvidaba.

— Karina se molestó, fue ella la que me golpeó. — dije señalando un pequeño rasguño en mi mejilla, justo en la que me pegó mi madre. — Admito que si la empujé y ella se lanzó sobre mi para jalar mi cabello, yo lo único que hacía era tratar de soltarme y no golpearla. Gustav y Georg también estuvieron ahí mirándolo todo, ellos no se metieron porque saben cómo es Karina pero bueno, fuimos suspendidos los tres menos ella.

— Karina le dijo a su papá que fuiste, ella estaba en el gym universitario y empezaste a amenazarla. Qué ella solo trataba de defenderme porque querías aprovecharte de mí, ser mi manager y prostituirme con hombres y mujeres. — al terminar de hablar arqueó ambas cejas esperando alguna reacción de mi parte.

— ¿¡Qué!? ¡No es cierto! Ella dijo que tú no ibas a dejar de ser scort por mí y yo le dije que no pretendo que lo hagas, si no de qué ibas a vivir y que yo sería tu manager para arreglar tus citas. — fruncí el ceño evidentemente molesto por las mentiras que estaba diciendo.

— Entiendo.

— Es más, ¿puedes averiguar si puedo trabajar también ahí? ¡necesito dinero y mi colegiatura cuesta una maldita fortuna!

— Nop, no puedes. — decía riendo mientras se levantaba del comedor para retirarse y déjame solo, confundido. Yo corrí a su detrás.

— ¿Por qué no?

— Porque no es para ti. — se sentó en el sofá estirando las piernas. Tomó el control remoto y encendió la TV para ver tele, ignorándome. Yo me senté sobre él de un salto haciéndolo quejarse del dolor.

— Si tú no eres el dueño.

— No me importa… y por cierto, hay una habitación que puedes usar para que duermas ahí esta noche. — decía moviendo mis caderas un poco en contra de las suyas y mirándome a los ojos con una pizca de inocencia.

— Oh. — abrí la boca en una «o» perfecta mirándole ofendido. — ¿Por qué no podemos dormir juntos?

— Porque no dormiré bien y tengo que estar lúcido para mañana. — entonces me empujó haciéndome caer sobre el sofá mientras se iba riéndose, lejos de mí.

Me quedé sentado en el sofá, procesando el rechazo de Tom mientras el sonido de sus pasos se desvanecía hacia su habitación. La casa se sentía inmensa, extraña y cargada de una energía que no terminaba de descifrar. Sus palabras sobre volver con mis padres me escocían más que la bofetada; él no entendía que para mí no había vuelta atrás.

Con un suspiro de resignación, apagué las luces del salón, dejando el departamento sumido en una penumbra plateada por la luna. Caminé por el pasillo arrastrando los pies hasta la habitación de invitados. Me acosté en la cama extraña, pero las sábanas se sentían frías y el silencio era demasiado ruidoso para mi cabeza llena de caos.

Dando vueltas, el olor de Tom en la camiseta que llevaba puesta empezó a actuar como un imán…

A eso de las tres de la madrugada, no aguanté más. Me levanté con sigilo, abriendo la puerta sin hacer ruido. Caminé de puntillas por el pasillo hasta su habitación. La puerta estaba sin seguro. Entré como una sombra y lo vi: estaba profundamente dormido, bocarriba, con un brazo sobre la frente y el pecho subiendo y bajando con una parsimonia envidiable.

Me deslicé bajo las cobijas con cuidado de no despertarlo, sintiendo el calor que emanaba su cuerpo. Me pegué a él, pasando mi brazo por su cintura y enterrando mi rostro entre sus omóplatos. Dios, olía a él, a seguridad, a todo lo que me faltaba en ese momento.

Pero el consuelo no fue suficiente.

Bajé la mano con lentitud, sintiendo la dureza de su abdomen bajo la tela fina de su ropa interior, hasta que mis dedos encontraron su masculinidad, que ya se sentía firme y caliente incluso en sueños. Lo rodeé con mi mano, apretando con suavidad, dejando que la fricción de mi palma empezara a marcar un ritmo lento.

Sentí cómo su respiración se cortaba de golpe. Su cuerpo, antes relajado, se tensó como una cuerda de piano bajo mi tacto.

— Bill… — su voz salió ronca. — Te dije que fueras a la otra habitación.

No respondí. En lugar de eso, pegué más mi cuerpo más al suyo. Sabía que me estaba arriesgando a que me echara a patadas, pero también sabía que su cuerpo no mentía, y ahora mismo, su cuerpo me estaba respondiendo con una intensidad que me cortaba el aliento.

— No puedo. — susurré, dejando un beso húmedo en su piel. — No me pidas que esté solo hoy.

Mis palabras parecieron romper el último hilo de resistencia que le quedaba. Tom soltó un suspiro pesado, una mezcla de frustración y rendición, y antes de que pudiera procesar el movimiento, se giró con una agilidad felina. En un segundo, el peso de su cuerpo estaba sobre el mío, inmovilizándome contra el colchón mientras sus manos atrapaban mis muñecas a los lados de mi cabeza.

Sus ojos, oscuros por el deseo y la falta de sueño, se clavaron en los míos.

— Eres un problema, Bill. — gruñó, pero no había rastro de enfado en su voz, solo una urgencia contenida. — Un problema muy grande.

No me dio tiempo a responder. Bajó su rostro y hundió su nariz en el hueco de mi cuello, inhalando mi aroma antes de empezar a dejar un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que me hicieron arquear la espalda. Sentí su lengua trazando la línea de mi clavícula, mientras una de sus manos se soltaba para subir por el borde de la camiseta enorme que llevaba puesta.

El contacto de su palma fría contra mi abdomen ardiente me hizo soltar un jadeo que se perdió en la oscuridad de la habitación. Con un movimiento experto, Tom tiró de la tela hacia arriba, obligándome a levantar los brazos para deshacerse de la prenda. La lanzó a algún lugar del suelo y volvió a bajar, esta vez para que su piel desnuda chocara contra la mía.

El contraste era embriagador.

Sus manos bajaron hacia mis caderas, enganchando el elástico del pantalón de pijama con una impaciencia que me aceleró el pulso. Me elevó apenas unos centímetros, lo suficiente para deslizar la prenda hacia mis tobillos hasta que quedé completamente expuesto ante él. Tom se detuvo un momento, observándome bajo la tenue luz que entraba por la ventana.

— Te voy a coger a pelo, zorra sucia. — susurró contra mis labios.

Las manos, grandes y expertas de Tom bajaron hacia su propio pantalón de pijama. No se lo quitó por completo, solo lo deslizó lo suficiente para que su masculinidad, dura y palpitante, quedara liberada. Lo vi reaccionar ante la frescura del aire, buscando el calor que solo yo podía darle.

Antes de que pudiera decir nada, Tom llevó una mano a su boca y lento dejó que un hilo de saliva humedeciera sus dedos para luego deslizarla sobre el glande. El sonido húmedo del roce en el silencio de la madrugada fue la chispa definitiva.

— Mira como te entra. — ordenó mientras separaba mis piernas con sus rodillas, abriéndose paso.

Me sujetó con fuerza de las caderas, clavando sus dedos en mi piel, y sin una clase de duda, se empujó hacia adelante. Solté un grito ahogado que se convirtió en un jadeo desesperado cuando sentí su cabeza abrirse camino, rompiendo cualquier resistencia. El contacto de su piel desnuda contra la mía, sin el látex de por medio, fue un choque chispeante que me hizo arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros.

— Joder… — gruñó él, apretando los dientes, hundiéndose descaradamente hasta que no quedó ni un milímetro de espacio entre nosotros.

Se quedó ahí un segundo, disfrutando del calor abrasador de mi interior, mientras yo intentaba recuperar el aliento, con los ojos empañados por la intensidad de la sensación. No hubo suavidad, no hubo preámbulos delicados; fue una entrada total, cruda y necesaria.

— Ah… sí…

— ¿Sí? — susurró, empezando a moverse con embestidas largas y profundas que me hacían golpear contra el cabecero de la cama.

— Sí. — mordí mi labio inferior.

El ritmo que Tom impuso fue una tortura exquisita. No tenía prisa, pero cada vez que se hundía en mí, lo hacía con fuerza que me obligaba a soltar el aire de golpe. Era un movimiento lento, casi perezoso, pero tan profundo que sentía que estaba tomando cada rincón de mi cuerpo, borrando con cada estocada el rastro de la furia que mi madre había dejado en mi piel.

— Eso es… — gruñó él. — Quédate así para mí.

Cerré los ojos con fuerza, apretando los párpados para contener las lágrimas que ya no eran de tristeza, sino de una sobrecarga sensorial absoluta. Me perdí en la oscuridad de mi propia mente, concentrándome solo en el calor de su piel, en el sonido rítmico de la madera de la cama chocando contra la pared y en la presión constante de sus manos en mis caderas que me mantenían anclado a él. Era como si el mundo exterior se hubiera disuelto en ese vaivén constante.

Sentía flotar, entregado al instinto, con la respiración entrecortada y los dedos enredados en sus sábanas, buscando un punto de apoyo en medio de la tormenta.

Sentí que sus embestidas se detenían, aunque él seguía dentro de mí, manteniendo esa presión deliciosa. Abrí los ojos apenas un milímetro, confundido por la pausa, pero antes de que pudiera preguntar qué pasaba, me quedé tieso y con los ojos bien abiertos.

Tom había cortado la distancia.

Sentí sus labios, calientes y exigentes, pegarse a los míos en un beso que me tomó completamente por sorpresa. Fue un contacto real, despojado de la frialdad con la que solía tratarme en el sexo.
Fue… fue un beso tan exquisito. Bastante esperado e inesperado a la vez. Mis manos, que estaban revueltas sobre el colchón, subieron instintivamente hacia su nuca, rodeándolo, mientras mi corazón daba un vuelco que dolió más que cualquier bofetada.

Era el primer beso después de tanto tiempo, en una situación tan íntima como el sexo.

Mis dedos se hundieron en las raíces de sus trenzas, tirando de él con una desesperación que no sabía que tenía guardada. Le devolví el beso con una voracidad que me dejó sin aliento, buscando su lengua con la mía, saboreando el rastro de nuestra propia urgencia. En ese momento, las piernas se me movieron solas.

Se subieron hasta rodear su cintura con fuerza, enganchando mis tobillos tras su espalda para atraerlo aún más, para que no quedara ni un átomo de aire entre su piel y la mía.

— Tom… — gemí contra sus labios en un sonido roto que él devoró de inmediato. — Me besaste.

Aquella pausa cargada de sentimiento se transformó en un estallido de violencia carnal. Tom rompió el beso, pero solo para soltar un gemido y empezar a embestirme con un salvajismo que me hizo ver estrellas de un momento a otro. Ya no era lento, ya no era perezoso. Era un ritmo desenfrenado, un choque constante de cuerpos que resonaba en toda la habitación.

Cada estocada era un golpe seco, directo y profundo. Mis caderas se elevaban del colchón buscando más, respondiendo a su fuerza con una elasticidad eléctrica. El sonido de nuestra piel chocando se mezclaba con el chirrido de la cama, creando una sinfonía caótica que aceleraba mi pulso hasta el límite.

— ¡Ah! ¡Más… dame más! — grité, perdiendo la compostura, dejando que mi cabeza se golpeara rítmicamente contra el cabecero.

Él no decía nada, pero su cuerpo era una máquina de placer. Sus manos bajaron para volver a apretar mis muslos, abriéndome aún más, obligándome a recibirlo por completo. La sensación de tenerlo  dentro era tan intensa que sentía que mis nervios iban a cortocircuitar hasta ocasionar una explosión.
Era crudo, era sucio y era malditamente perfecto.

Me sentía poseído por cada fibra de su ser.

Mis uñas dejaron marcas rojas en su espalda mientras mis pulmones quemaban pidiendo oxígeno. El placer se acumulaba en la base de mi columna, una presión insoportable que amenazaba con hacerme estallar en cualquier segundo. Tom apretó los dientes, con el sudor perlando su frente y los ojos fijos en los míos, transmitiéndome una intensidad que me quemaba el alma. Estábamos al borde, los dos, quemando los últimos restos de nuestra cordura en ese incendio de sábanas revueltas.

Dejé en paz esa grande espalda para poner mi mano alrededor de mi entrepierna pero Tom la quitó. Quería torturarme. La mano que quitó fue a dar sobre mi cabeza, entrelazada con la suya como apoyo. Entrando y saliendo demasiado brusco.

Mis gemidos se volvieron gritos de desesperación, las piernas me temblaban y en menos de lo que creía ya estaba acabando sobre mi pecho, manchando a Tom en el proceso.
Él también acabó fuera de mí y se dejó caer a mi lado.

Observé unos segundos el techo mientras despejaba mi mente nublada.

— ¿No vas a abrazarme? — susurré cubriendo mi cuerpo con una sábana que estaba a punto de caerse.

— Bill, vete a tu habitación.

— ¿Por qué? — deslicé saliva por mi garganta, sintiendo la taquicardia invadir mi ser. — Solo quiero un abrazo.

El silencio que siguió a mi súplica fue más frío que el aire de la madrugada que empezaba a colarse por la ventana. Tom ni siquiera me miró; se quedó bocarriba, con el brazo derecho tapándole los ojos y el pecho subiendo y bajando con violencia mientras recuperaba el aliento. La atmósfera, que hace un segundo era un incendio, se había convertido en un bloque de hielo.

— Ya te lo dije, Bill. — tenía la voz carente de la pasión que acababa de desbordarse entre las sábana. — No voy a dormir bien si estás aquí. Vete a la otra habitación.

— ¿Es en serio? — me incorporé sobre los codos, sintiendo el líquido tibio de nuestro encuentro enfriarse sobre mi piel. La sábana me cubría apenas, pero me sentía más desnudo que nunca. — Me acabas de besar como si fuera lo único que importara y ahora ni siquiera puedes soportar tenerme a tu lado diez minutos.

— Ándate.

— ¡No me hables así! — grité/susurré casi perdiendo la voz. — Esa habitación es muy fría. — Tom se sentó en el borde de la cama, dándome la espalda.

— Pues bueno, me voy yo.

— Eres un imbécil. — uff, yo ya tenía la voz quebrada. — Un maldito imbécil.

— Quizás. — y sin decir una palabra más, se puso de pie, se subió el pantalón de pijama y salió de la habitación cerrando la puerta con un ruido que resonó en todo el departamento.

Me quedé sentado en medio de la cama revuelta, confundido.
Me abracé a mis propias piernas, hundiendo el rostro en mis rodillas. Los primeros sollozos no tardaron en llegar, silenciosos al principio, pero transformándose pronto en un llanto desesperado.

Nunca me había sentido tan terriblemente solo.

&

La mañana llegó fría. Apenas eran las seis cuando sentí un sacudón brusco en el hombro. Abrí los ojos, con los párpados pegados por las lágrimas de la madrugada, y lo primero que vi fueron las trenzas de Tom recortadas contra la luz grisácea que entraba por la ventana.

— Despierta, tienes que arreglarte. Te llevo a tu casa. Las cosas ya están en el coche.

— No voy a volver. — susurré, con la voz rota, hundiéndome más en las sábanas de su cama.

— Tienes que hacerlo, aprende a disculparte. — no le hice caso y no me habría levantado de la cama si no fuera que me sacó de ella como si fuera cualquier cosa para meterme al baño de la habitación y abrir la llaves dejando que toda el agua fría caiga sobre mí.

— ¡Oh, por dios! ¡Tom! — chillaba mientras él me miraba divertido ante la travesura que había echo.

Pero bueno, ya no podía salir y solo aproveché a bañarme ante su mirada… regulando el agua a una más caliente.

Al terminar le dejé caminitos con mis pies mojados hasta colocarme la misma ropa de ayer.
Pretendía darle lastima a mis padres para que los que terminen pidiendo disculpas sean ellos, no yo.

Ya de ahí el trayecto en el coche fue un suplicio. Yo no quería ni mirarlo. Me sentía usado y desechado, estaba molesto con él también.

En cuanto el auto se detuvo frente a la mansión de mis padres, el estómago se me revolvió. Tom bajó, sacó mi maleta del maletero y me obligó a salir.
Entramos a la casa. Mis padres ya estaban en el salón, tomando café tan tranquilos en mi ausencia. Mi madre, al verme entrar con Tom detrás, dejó la taza con un golpe seco.

— Veo que el hambre te apretó antes de lo esperado. — habló barriendo a Tom con una mirada de asco.

— No. — respondí, cruzándome de brazos y plantándome con la barbilla en alto. — Vine porque este… — señalé a Tom con desprecio. —…insistió. Pero sigo pensando lo mismo de ayer… me dan asco.

— ¡Bill! —rugió mi padre, poniéndose en pie. — Ten un poco de respeto. Si ya este joven ha tenido la decencia de traerte, supongo que fue para que pidas perdón por la escena de ayer.

— No soy yo el que debe disculparse. — miré mis uñas sin darle importancia. — Ustedes… háganlo, devuélvanme mi coche sin chofer que ya puedo manejar solo, no volveré a chocarme como la primera vez. Devuélvanme mi tarjeta, el teléfono, todo lo que me quitaron y seremos felices de nuevo.

— ¡Suficiente! —chilló mi madre, acercándose a mí. — Si no vas a pedir disculpas, lárgate de aquí ahora mismo.

— ¡Pues me largo! — grité, dándoles la espalda. — Y quédense con sus tarjetas, que ya veré cómo me las arreglo. ¡Ojalá se ahoguen en su propio dinero! — Tom intentó intervenir, poniendo una mano en mi hombro para calmarme, pero yo lo aparté de un manotazo. — ¡Y tú no me toques! — le espeté. — ¡Eres igual que ellos!

Mis padres señalaron la puerta, mudos de la rabia. Mi padre hizo una seña al personal para que ni siquiera nos ayudaran con la maleta. Salimos de la casa bajo una lluvia de insultos y la puerta se cerró con un estruendo definitivo.

Esta vez, era para siempre.

Tom caminó hacia el coche en silencio. Yo arrastraba mi maleta con una furia temblorosa. Se detuvo frente a la puerta del conductor y suspiró, frotándose las sienes como si le doliera la cabeza.

— Eres un caso perdido, Bill. — dijo, abriendo el coche. — Realmente no sabes cuándo cerrar la boca.

— ¡No me importa! — continuaba jalando la maleta en dirección opuesta. — ¡Me voy a vivir bajo un puente!

Tom me veía arrastrar la maleta pesada de mis cosas con una cara de pura gracia mientras yo me quejaba.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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