
Administración: Aquí otra de las obras más leídas y disfrutadas de la autora, ahora también en nuestros archivos. Es para su deleite, así que no olviden dejar comentarios al final 😉

Fic Toll de WifesKaulitz
Capítulo 1
— Deseo muchísimo coger. — murmuré hacia Georg, cerrando el casillero de aquel enorme pasillo que parecía no tener fin. — Estoy cansado de fingir y decir que sí lo he echo, mientras que en el fondo ni siquiera se cómo se siente tener una polla adentro. De verdad estoy cansado.
Georg suspiró mirándome fijamente con los brazos cruzados mientras Gustav soltaba una risita de diversión.
— Verás, no te estarías perdiendo la gran cosa.
— ¡No le creas a Gustav! — exclamó Georg con indignación. — Él no se ha dejado poner nunca.
— Y claro, nunca me dejaré.
— Ush, Bill. Que te metan el pene en el trasero es de lo mejor. Al inicio si te va a doler como nunca pero después, Bill. Después… uff… no sabes. — decía Geo mientras movía su mano como si se tratara de un abanico para darse aire. Seguido mordió su labio inferior haciendo una mueca sensual, que enrojeció a Gustav totalmente.
Entrecerré los ojos mientras hacia una mueca y empezábamos a caminar rumbo a la salida de la universidad.
— Que miedo, Geo. Ojalá me pase. — hice un puchero en mis labios. Apreté fuerte mis libros que cargaba entre los brazos para después soltar un suspiro. — Te tengo una envidia de la buena. — continuamos nuestro rumbo hacia la salida donde se encontraban todos los universitarios conversando, otros tomando el transporte. A mí derecha estaba la típica pareja que de ser posible se estuvieran cogiendo aquí frente a todos y a mi izquierda estaba solo…
Bueno, solo estaba la sección de choferes donde estaba esperándome Adam, para ya irnos.
— Mira. — señaló Gustav hacia al frente tratando de ser disimulado en un intento fallido. Ahí estaba Brian, el tipo fachoso becado que cada que tenía la oportunidad se me acercaba a dejarme un detalle como queriendo ligar conmigo. Brian era demasiado insistente a pesar de los desplantes que le hice.
No se rendía.
Y está vez no era la excepción.
— ¡Billy, cariño! — exclamó tan vulgarmente que me hizo incomodar a niveles inimaginables. Habló tan fuerte que Karina «mi rival» y su grupo de amigos pusieron sus ojos en mí sin disimulo. — Hola, ¿cómo estás? te compré un pequeño detalle, es un perfume de la marca de Ariana Grande. Supe que te gusta mucho… — Brian mostró el perfume «sweet like candy» de cajita rosa ante mis ojos.
A simple vista se veía que había echo el esfuerzo de comprar el original que costaba mucho y en estos tiempos era difícil de conseguir porque estaba escaso.
Y era mi favorito.
— Es para ti. — sonrió de lado, un poco avergonzado. — ¿Me lo aceptas? — regresé a ver a Georg y a Gustav con una cara de «¿ahora qué hago?» pero ambos me dieron su aprobación y suspiré. Tomé el perfume entre mis manos.
— Gracias, Bri. Es hermoso y mi favorito. — dicho estás palabras me acerqué para plantar un beso en su mejilla pegajosa.
Empezaba a trasudar por los nervios.
— ¿P-puedo invitarte a salir?
— No creo. — hice una mueca ahora mirando al perfume. — Estaré algo ocupado estudiando.
— ¿Y algún otro día? Mañana por ejemplo.
— Lo pensaré.
— ¡Gracias! — exclamó aquel tipo. Estaba indeciso en su besar mi mejilla o no pero terminó haciéndolo, tomándome por sorpresa y salió corriendo. Me quedé estático en el lugar.
Gustav y Georg a mi detrás soltaron una risa de complicidad.
— ¿Ahora sí te ha gustado el regalo de el naco de Brian, Bill? — decía Karina acercándose a mí con una sonrisa de superioridad. — Quién sabe de dónde lo robó, yo… no sabía que te gustaba aceptar cosas robadas.
— ¿Qué más da si la robó o no? — digo guardando el perfume.
Este si que no lo iba a votar como los regalos baratos anteriores.
— Es raro conseguir aquí algo cuando es de edición limitada, cariño. Dile a tu envidia que se vaya bajando. — volteo dándole la espalda a Karina y a su grupo de amigos para dirigirme a los míos. — Ya me voy, chicos. Estaremos hablando, ya Adam me está esperando, ¿sí? — empecé a despedirme con un beso en ambas mejillas.
— ¿Estarás libre esta noche? — pregunta Georg por lo bajo en un tono de picardía.
— Por supuesto. — susurré terminando el beso en la mejilla con Gustav para empezar a irme. Ellos volvieron a sonreír pero ya no le tomé importancia. Al estar frente al coche Adam ya abrió la puerta para dejarme subir. Finalmente se subió el y conducía en silencio rumbo a casa mientras yo revisaba mi celular en la página de chismes universitarios.
La página a decir verdad tenía un nombre bastante curioso pero hacia en relación a la situación realista de aquellos estudiantes urgidos que estaban experimentando con sus cuerpos.
La página se llamada «Departamento de Chismes y Otras Pendejadas Necesarias» y para hacerla más interesante pusieron la inicial de cada palabra.
» D C O P N «
«Lo que quería y me hacía falta.»
El trayecto a casa fue, como siempre, silencioso. A pesar de que Adam ya trabajaba con nosotros mucho tiempo nunca se animaba a hablarme.
Él conducía con la vista fija en el asfalto, y yo me refugiaba en la pantalla del móvil.
Leer sobre quién se había acostado con quién en los baños de la universidad en la sección de artes me distraía del nudo que comenzaba a formarse en mi estómago a medida que nos acercábamos a la mansión.
Cuando el coche se detuvo frente a la imponente fachada de piedra, suspiré. Guardé el perfume de Brian en mi bolso, sintiendo una punzada de culpa por lo mucho que me gustaba el regalo que venía de alguien a quien apenas soportaba.
— Gracias, Adam. — dije al bajar. Él solo asintió.
Al cruzar el umbral, el olor a lomo a la pimienta y vino caro inundó mis fosas nasales. Era el olor de las cenas familiares, esas que mi madre insistía en mantener para fingir que no éramos tres desconocidos compartiendo en una misma casa.
— Llegas tarde, Bill. — soltó mi padre sin levantar la vista de su copa de tinto. Ya estaba sentado a la cabecera, con esa expresión de haber tenido un día lleno de decisiones importantes que yo, según él, nunca entendería.
— La salida estaba repleta de estudiantes, papá. — mentí, sentándome frente a mi madre, quien se limitaba a mover un guisante de un lado a otro del plato con una elegancia ensayada. — Mira, madre. — comenté sacando el perfume de mi bolsa. — Me lo entregó…
— Brian. — soltó ella de repente, con una voz cortante. Yo deslicé saliva por mi garganta mientras agachaba la cabeza, poniendo el perfume de dónde lo saqué. — Adam nos mantiene al tanto, Bill. Él nos a contado las miles de veces que ese chico te ha dado regalos.
Yo suspiré pesado.
— Al parecer es un chico… peculiar. ¿Es de los becados, verdad?
Apreté los cubiertos.
Aquí vamos.
— Lo es y si lo acepté es porque el perfume me encanta, ustedes no me quieren comprar otro de los mismos allá en estados unidos. ¿Qué podía hacer?
— No deberías aceptar limosnas de gente que intenta escalar posiciones a través de ti, Bill. — intervino mi padre, cortando la carne con un corte fino y preciso. — Da una imagen de desesperación. Además, ese tipo de chicos solo buscan una billetera, no una relación.
— Si les preocupa que pueda llegar a interesarme en alguien de bajos recursos no se preocupen, Brian no me interesa y… tengo novio. — agregué una pequeña mentira que no estaba demás.
— Tú no puedes tener novio, Bill, ¿qué te pasa?
— Mira, papá. No voy a volver a caer en el mismo tema de conversación. — digo mirándolo fijamente a sus ojos iguales a los míos. — ¡Soy gay te guste o no!
— ¡Basta! — mi madre golpeó suavemente la mesa, lo cual en su lenguaje era equivalente a un grito. — Estamos cenando, no voy a permitir peleas en la mesa. ¡Se ve feo!
— ¡Pues es culpa de tu esposo que no acepta lo que soy, mamá! ¡odia lo que soy!
Mi padre dejó el tenedor con un ruido metálico que resonó en todo el comedor, haciendo que el silencio tuviera un aire espeso y que en mi cuerpo se haya producido un sentimiento similar al miedo.
— Bill, otra palabra en ese tono y…
— ¿Y qué? ¿Me vas a quitar la tarjeta? ¿Me vas a mandar a otro internado? — me puse de pie, la silla resonó contra el suelo de mármol. — No tienen idea de quién soy. Solo les importa que el apellido no se ensucie. Quédense con su cena perfecta, a mí me dio asco.
Giré sobre mis talones y subí las escaleras de dos en dos, ignorando los llamados secos de mi padre y el suspiro de mi madre.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta con doble llave y me apoyé contra la madera, intentando regular mi respiración.
El cuarto era enorme, frío y perfectamente decorado, pero en ese momento se sentía como una celda de lujo. Una prisión con todo lo necesario.
Caminé hacia mi cama, saqué el perfume rosa de la caja y lo rocié en el aire.
Era Dulce.
Demasiado dulce.
Me tiré boca arriba en la cama, mirando el techo mientras mis lágrimas empezaban a caer solas por mi sien, perdiéndose en mi cabello.
El aroma flotaba en el aire, mezclándose con el olor a rancio de la hipocresía que acababa de dejar en el comedor.
Me sentía patético.
Odiaba que mis padres tuvieran ese poder sobre mí, el de hacerme sentir como un accesorio defectuoso en su vitrina de cristal. Mis sollozos eran silenciosos, apenas un espasmo en el pecho que hacía que mis hombros temblaran contra el edredón.
Estaba a punto de hundirme en esa autocompasión pegajosa cuando mi celular, tirado a un lado de mi almohada, vibró con insistencia.
La pantalla iluminó la habitación.
El nombre de «Georgie» estaba en letras grandes.
Tragué saliva, limpiándome con el dorso de la mano y tratando de aclarar mi garganta antes de contestar. No quería sonar como el desastre que era.
— ¿Dime? — susurré, intentando sonar aburrido.
— ¡Bill! Deja de sonar como si estuvieras viendo un documental de ballenas en extinción y escúchame bien. — la voz de Georg rebosaba una energía maníaca. — ¿Recuerdas lo que hablamos en el pasillo? ¿Sobre lo de… ya sabes?
Me senté en la cama, tallándome los ojos. El nudo en mi estómago cambió de forma; ya no era tristeza, era una mezcla de nervios y curiosidad.
— Georg, no estoy de humor para…
— Déjame hablar, Billy. Solo te quiero decir que se acabó la espera. Te conseguí una cita. — soltó de golpe. Escuché cómo Gustav se reía de fondo. — Llamamos al servicio de hombrezuelos y conseguimos uno para ti. Se llama Tom. Es un tipo… bueno, digamos que es exactamente lo que necesitas para dejar de ser un espectador y pasar a la acción. Es mayor, tiene experiencia y, según mis fuentes, no pierde el tiempo. El va a lo que va.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que me dolió el pecho.
— Georg, yo no puedo simplemente…
— Sí puedes y lo vas a hacer. — interrumpió entusiasmado. — Ya le pasé tu contacto y le dije que eras especial. La cita es hoy a las ocho en el Underground, el bar que está cerca de la universidad y también cerca de un motel. Tienes exactamente una hora para quitarte esa cara de drama coreano, ponerte algo que grite pégame contra la pared y llegar puntual.
— ¿A las ocho? ¡Georg, eso es en nada! ¡tú sabes lo que tardo en arreglarme! — exclamé, poniéndome de pie de un salto.
El pánico empezó a sustituir a la depresión.
— Si, pero es el único horario disponible. Es ahora o nunca. Mueve ese trasero, Bill. Tom no es de los que esperan, y créeme, no querrás que se desespere. Es un hombrezuelo de esos que te ponen a temblar las piernas solo con la mirada. ¡Suerte, tigre!
La llamada terminó con un «click» definitivo. Me quedé mirando el celular, luego el espejo de cuerpo entero y finalmente el perfume de Brian sobre la mesita de noche.
«Tom.»
El nombre resonaba en mi cabeza como si fuera peligroso.
Me sequé la última lágrima rebelde.
Estaba tan nervioso y pensaba en todas las probabilidades de que si a Tom le iba a gustar mi cuerpo cuando lo viera, en qué si yo era guapo, en qué si era lo suficientemente atractivo para él.
¡En todo!
Caminé hacia el armario con una determinación que no sentía hacía años.
Si esta noche iba a descubrir qué se siente, no iba a ser llorando en una cama de tres mil dólares.
Me dirigí al armario con la velocidad de un rayo a buscar que ponerme. Quería ir guapo sin que mi vestimenta dijera a gritos que estoy deseando un pene en el interior de mi estrecho trasero.
Saqué unos pantalones de cuero tan ajustados que sentí que mis órganos internos pedían una orden de restricción.
«Si no puedo respirar, Tom tampoco podrá solo con verme»— murmuré con una sonrisa cínica frente al espejo. Me puse una camisa de negra estilo crop top, y una chaqueta del mismo desabrochada lo suficiente como para que mi padre sufriera un microinfarto si me veía.
Me apliqué el delineador con una precisión que dejaría en vergüenza a un cirujano plástico. Mis ojos se veían oscuros, sensuales y listos para el pecado.
Miré el perfume de Brian y lo tomé sin remordimiento alguno para luego ponerme tanto que si alguien encendía un cerillo a cinco metros, yo probablemente explotaría en una nube de azúcar y escarcha.
Me veía y olía genial.
Ese Tom no va a resistirse ante mí.
«Creo.»
— Perfecto. — susurré, dándome una última mirada de aprobación. — Si no consigo que me den hoy, es que de plano Dios tiene un plan muy aburrido para mí y mi destino sea estar con Brian y morir virgen.
¡No! ¿¡cómo que estar con Brian!?
¡Prefiero morir solo siendo virgen!
Rodeo los ojos mirándome al espejo antes de salir de mi habitación. Bajé las escaleras con el ruido de mis botas de plataforma resonando en el mármol como martillazos. Mi madre estaba en el salón, con una taza de té que probablemente ya estaba fría, y mi padre con su periódico, fingiendo que no le importaba que su único hijo varón pareciera listo para un casting de video erótico gótico.
De esos que tienen el título de: «gótica culona me entrega el culo»
— Bill. — dijo mi padre, bajando el periódico para mirarme de pies a cabeza. — ¿Puedo saber a dónde vas?
— No.
— Uhm. — hizo una mueca que ya sabía perfectamente que era porque estaba perdiendo la paciencia. — Estábamos pensando que tal vez exageramos con lo de…
— Ni lo intentes, papá. — lo corté, sin detener mi paso hacia la puerta principal. — Y ni siquiera pienso llegar a dormir, ¿okay? no me esperen, no lo intenten, no – quiero – oírlos. — dije eso último haciendo pausas.
— Bill, ese no es el tono… — comenzó mi madre, levantándose del sofá con cara de horror al ver mis pantalones
— ¿A dónde vas vestido así?
— A coger. — sonreí hipócrita y antes de irme le dije. — ¡Adiós, mamá! — salí de la casa antes de que pudieran articular otra palabra que acabará con mi salida. Adam estaba apoyado en el coche, listo para abrirme la puerta con su eficiencia robótica, pero lo detuve con un gesto de la mano.
— Hoy no, Adam. Quédate aquí y descansa de ser el espía oficial de mis padres. Me voy en taxi.
— Pero, joven Bill, sus padres dieron órdenes de que yo…
— Mis padres también dieron órdenes de que yo fuera heterosexual y mira cómo nos fue con eso. — le guiñé un ojo y caminé hacia la entrada de la propiedad mientras sacaba mi celular para pedir un Uber. — Ve a ver una serie o algo, Adam. Hoy el hijo perfecto está fuera de servicio, ¡me van a follar!
Cinco minutos después, estaba subido en un taxi que olía sospechosamente a pino y tabaco viejo, una mezcla encantadora para combinar con mi perfume.
— Al Underground, por favor. — le dije al conductor, quien me miró por el retrovisor con una mezcla de confusión y miedo.
— Claro, joven. Usted dirá. — mientras el taxi se alejaba de la mansión, saqué mi celular y abrí la aplicación de fotos para guardar lo bello que me veía. Tomaba foto tras foto, con diferentes poses, nuevas, señas casi todo el camino.
Luego guardé el celular y miré por la ventana. El centro de la ciudad se acercaba, y con él, el misterioso hombrezuelo que Georg me había prometido.
«Ojalá sea guapo.»
El taxi me dejó frente al Underground y, sinceramente, el lugar hacía honor a su nombre. Era un callejón que olía a decisiones de las que te arrepientes a los treinta años y a cerveza. El cartel de neón parpadeaba con una «U» que agonizaba, dándole a todo el ambiente un aire de película de terror donde el protagonista es demasiado guapo para morir primero.
Pagué al taxista —quien me miró como si estuviera entregando un cordero a los lobos— y bajé del coche tratando de mantener la dignidad sobre mis plataformas.
— Bien, Bill. Respira. —me dije a mí mismo, ajustándome la chaqueta que, con el frío de la noche, hacía que mis pezones estuvieran más alertas que los guardias de seguridad de mi padre.
Entré al lugar.
La música estaba tan fuerte que sentí cómo mi árbol genealógico temblaba. El humo de cigarrillo flotaba en el aire como una neblina densa, ideal para ocultar imperfecciones, pero fatal para mis pulmones de niño rico.
Mis ojos recorrieron el lugar buscando a un chico que tuviera cara de «Tom». Georg no me dio fotos, solo dijo que era un hombrezuelo que me haría temblar. Así que busqué a alguien que no pareciera un viejo rabo verde, medio simpático.
Y entonces ví a un hombre.
Estaba al fondo, sentado en una de esas cabinas de cuero gastado que probablemente habían visto más acción que un motel de carretera. Tenía una gorra ladeada, unas trenzas que le caían por los hombros y una camiseta extra grande que gritaba «no me importa tu opinión, pero mírame». Estaba fumando, y la forma en que sostenía el cigarrillo era… insultantemente atractiva.
— Por favor, que sea él. — recé internamente. — Si ese es Tom, le perdono hasta que no use hilo dental.
Me acerqué tratando de que mis pantalones de cuero no hicieran ese sonido de frotamiento de plástico que arruina cualquier entrada triunfal sin despegar mis ojos de él. Cuando estuve a un par de metros, él levantó la vista. Sus ojos eran oscuros, pesados, y me barrieron de arriba abajo con una lentitud que me hizo sentir como si me estuviera quitando la ropa con la mirada «lo cual, para ser honestos, ahorraba mucho trabajo».
— ¿Bill? — su voz era grave, una especie de ronquido aterciopelado que me vibró directo en la entrepierna.
— El mismo que viste y calza… bueno, y que sobrevive a base de ensaladas orgánicas. — solté, tratando de sonar sarcástico para ocultar que mis rodillas estaban a punto de declararse un par de gelatinas inestables. — ¿Tú eres Tom? Di que sí.
Él soltó una carcajada seca, dejando escapar el humo por la nariz.
Se hizo a un lado en la cabina, dándome espacio.
— Siéntate, princesa. Estás bloqueando la vista de los que sí vienen a beber. — dijo, señalando el asiento frente a él. — Georg dijo que eras especial, pero se le olvidó mencionar que pareces un modelo de Louis Vuitton que se perdió de camino a una pasarela y terminó en un antro de mala muerte. No entiendo por qué nos mandaron aquí.
Me senté, intentando no quedar atrapado en el resorte roto del asiento.
— Y a Georg se le olvidó mencionar que tú parecías el tipo de persona que mi padre usaría como ejemplo en un folleto sobre «Por qué no debes salir de la mansión después de las diez» —respondí, clavando mi mirada en la suya.
Tom sonrió de lado, mostrando un piercing en el labio que me hizo preguntarme inmediatamente cómo se sentiría eso… en otros lugares.
— Me gusta. — murmuró, inclinándose hacia adelante hasta que el olor a tabaco y colonia masculina cara inundó mis sentidos. — Entonces, ¿es verdad lo que dicen? ¿O solo vienes a que te firme un autógrafo en esos pantalones de plástico?
— He venido a muchas cosas, Tom. — dije, recuperando mi tono de superioridad. — Pero primero invítame una bebida, ¿no?
Él arqueó una ceja, visiblemente divertido y asintió.
— Digo nomás… — Tom soltó una risita ronca, de esas que te recorren la columna vertebral y te hacen replantearte si el infierno realmente es un lugar tan malo si él es el que cuida la puerta. Hizo una seña casi imperceptible al camarero «un tipo que parecía haber sobrevivido a tres guerras de bandas» y en menos de dos minutos tenía frente a mí un vaso con un líquido transparente y una rodaja de limón que se veía extrañamente radioactiva.
— Es ginebra. — dijo Tom, observándome con una intensidad que me estaba haciendo sudar más que el gimnasio de la universidad. — Bébetelo. A ver si así se te ablanda un poco el cuero de los pantalones.
Le sostuve la mirada y le di un trago largo. Dios, sabía a gasolina pura, pero el calor que me encendió en el pecho era justo lo que necesitaba para dejar de vibrar como un chihuahua nervioso.
— No está mal. — mentí descaradamente, intentando que no se me saltaran las lágrimas por el ardor. — He probado cosas peores. Las charlas de mi padre sobre economía, por ejemplo.
Tom se inclinó más hacia mí. Estábamos tan cerca que podía ver el brillo metálico de su piercing y una pequeña cicatriz en su ceja que le daba un aire de «me he peleado con medio mundo y he ganado».
Estiró una mano y, con una lentitud tortuosa, rozó el borde de mi chaqueta.
— Tienes la lengua muy afilada para alguien que, según Georg, todavía tiene la etiqueta de «frágil» puesta en el trasero. —soltó con una sonrisa conquistadora. — Me pregunto si el resto de ti es igual de valiente o si solo eres mucho maquillaje y ropa cara.
— ¿Quieres comprobarlo? — el reto salió de mi boca antes de que mi cerebro pudiera procesar las consecuencias.
El alcohol y el ambiente cargado del Underground estaban haciendo efecto con rapidez.
— Quizás. Pero aquí hay demasiado ruido, demasiada gente… y ese perfume tuyo de Ariana Grande está empezando a pelearse con mi tabaco. — dijo él, deslizando sus dedos ahora por mi antebrazo, mandando descargas eléctricas a partes de mi anatomía que ni siquiera sabía que tenían terminaciones nerviosas.
Miré a mi alrededor.
El calor era insoportable, la música me estaba taladrando el cráneo y un tipo en la mesa de al lado me miraba como si fuera un postre de vitrina.
No sé en qué estaba pensando en este instante que me incliné hacia su oído, rozando accidentalmente sus trenzas, que olían a algo salvaje y embriagador.
— Conozco un motel a diez minutos de aquí.
Tom se quedó congelado un segundo, procesando mi audacia.
Luego, apagó su cigarrillo en el cenicero con una calma exasperante, se puso de pie y me tendió la mano. Era alto, mucho más de lo que parecía sentado, y su presencia física era como un muro de puro músculo y mala actitud.
— Vaya, la princesa tiene prisa por perder la corona. — se burló, pero sus ojos brillaban con un hambre que me hizo tragar saliva. — Vamos…
— ¿Menos charla y más acción, hombrezuelo? — le respondí en un tono de pregunta sensual, tomando su mano y sintiendo la calidez de su piel contra la mía.
Salimos del antro casi a rastras, con el corazón martilleándome el pecho.
El trayecto hacia el motel fue algo corto. Yo intentaba mantener mi pose de modelo de revista que sabe lo que hace, pero con cada paso mi mano rozaba la suyo, sentía un corrientazo que me reiniciaba el sistema operativo.
Tom, por su parte, no decía ni una palabra; solo me miraba de reojo con esa sonrisa de medio lado, como si estuviera leyendo mi historial de búsqueda de Google y se estuviera burlando de mi falta de experiencia.
Llegamos al «Motel El Paraíso», que de paraíso solo tenía el nombre y quizás un par de palmeras de plástico amarillentas en la entrada.
— ¿En serio, Bill? ¿El Paraíso? — se mofó Tom mientras entrabamos dentro del lugar.
— Yo solo espero que las sábanas no tengan vida propia.
Tom soltó una carcajada con gracia que me contagió y yo reí por lo bajo.
Caminamos hacia la recepción. La recepcionista, eran una señora que parecía haber visto de todo desde la caída del muro de Berlín, le sonrió a Tom con cariño.
— Hola, Tom. ¿La habitación de siempre?
— Si, Irenita. Gracias.
Continúa…
Gracias por la visita. No olviden dejar un comentario 😉