Fic de Schmingg. Traducido por OuterSpace
Capítulo 9
Lunes, 5:30 a.m.
Bill gruñó cuando su espalda se levantó a medias del colchón, ya temiendo el tener que salir de la cama. Le echó un vistazo a su reloj despertador y suspiró. Podía elegir quedarse en su cama, pero de cualquier forma su alarma sonaría en media hora.
Se quitó el cobertor de encima y bajó la vista a su ropa, frunciendo el ceño. Todavía estaba completamente vestido.
—¿En serio, amigo? —se preguntó a sí mismo al frotar sus ojos con los talones de sus manos.
A decir verdad, no recordaba mucho de su viaje de regreso a casa. No recordaba haber apagado el auto, caminar por la puerta o entrar en la cama. Y por lo que parecía, había estado tan exhausto que literalmente se había dejado caer en ella sin siquiera haberse quitado la ropa o cobijarse bien.
Hizo una mueca cuando se sentó derecho; un repentino dolor se propagó por su espalda baja y sus muslos.
—Mierda. —maldijo, apretando sus ojos al levantarse; se balanceó un poco cuando su cuerpo le protestó. Bill gruñó; todo le dolía.
Su cabeza, su corazón, sus hombros, espalda y muslos; todo se había visto afectado. Tom se había apoderado de todo. Y aunque sonaba tentador, se negó a sí mismo a sentarse y llorar al respecto. Eso no cambiaría la historia.
Se había pasado todo el fin de semana jugando a ser el Muñeco Sexual de Tom y no había sido liberado hasta la mañana anterior. Estaba un poco más que jodido.
—Ay, por dios, ¿y cuál es el punto? —se preguntó en voz alta, sintiendo que algunas últimas gotitas de motivación se le iban.
Aun así, se forzó a sí mismo a sonreír y aguantarlo. Caminó hasta el baño con determinación, murmurando obscenidades en voz baja en todo el camino. La parte final de su espalda se sentía tan maltratada que poder moverse era un verdadero logro.
—Vete a la mierda, Tom. —se quejó, frotando sus nalgas y deseando tener un balde con hielos en el que pudiera sentarse.
Se apresuró a despojarse de su ropa, al mismo tiempo evitando mirar su reflejo en el espejo del baño. No quería saber lo que podría encontrar. Por ahora, lo único que quería era una ducha.
Sin embargo, cuando iba a abrir la llave de la regadera, se detuvo a sí mismo y una mueca se pintó en sus rasgos. Tal vez debería considerar tomar un baño en lugar de la ducha. Nunca nadie se había corrido dentro de él. ¿Todavía seguía… ahí dentro?
La idea hizo que sus ojos se ampliaran. Mierda.
—Oh, genial. Sí, de puta madre —se quejó mientras abría la llave de agua. Cerró sus ojos cuando el siseo que hacía el agua se apoderó del ruido de fondo—. Aparte de todo, voy a tener que hacerme un chequeo.
Se agarró su cabeza como si ésta hubiese ganado diez kilos de peso al pensar en todas las cosas con las que tendría que lidiar durante esa semana. Y tendría que hacerlo él solo.
Cuando la presión comenzó a acumularse detrás de sus ojos, sintió repentinamente como si volviera a tener cinco años. Mierda, quería correr con su mamá, llorar en sus brazos y contarle todo.
Un sollozo escapó de sus labios con esa idea… no podía darse el lujo. No podía contárselo a nadie.
Nadie delata a Tom.
Al meterse debajo del rocío de agua, se regodeó con lo cruel que era todo eso. Sabía que incluso aunque tuviera la opción de hacerlo, no se lo contaría a nadie.
Era toda una perra.
Bill se había odiado a sí mismo después de que Tom lo hubiera forzado por primera vez. En su mente, siempre había algo que hubiera podido hacer para detenerlo. Pudo forcejear con más fuerza. Pudo haber gritado y pedir ayuda.
Bill colgó su cabeza debajo del agua que caía. ¿Qué clase de hombre dejaba que otro hombre se aprovechara así de él? No sólo una vez, sino…
Parpadeó y se quitó del rostro su maraña de cabello mojado. Haciendo su cabeza hacia atrás, no pudo evitar sentirse completa y totalmente humillado.
—Ni siquiera me acuerdo… —sollozó, sintiendo que la vida se le escapaba.
Los recuerdos del fin de semana volaron hacia él con una fuerza completa antes de que pudiera detenerlo… Bill acostado de espaldas. De costado. Con el culo arriba y su mejilla presionándose contra el colchón, agarrándose con todas sus fuerzas. Y ni siquiera podía recordar cuántas veces había pasado.
Sacudió su cabeza y terminó su ducha intentando no pensar mucho en ello. Salió hasta que sintió que el agua empezó a salir fría.
Se atrevió a mirarse al espejo mientras secaba su cabello con una toalla para darse un vistazo. La maldita cosa ni siquiera tuvo la decencia de empañarse con el vapor del agua como cualquier espejo normal, lo cual le hizo casi imposible engañarse cuando finalmente se vio.
—A la mierda, no voy. —dijo Bill levantando las manos. Definitivamente era mucho peor de lo que había esperado… en algún momento había llegado a su casa con marquitas de pasión, pero esto era…
—Oh por dios, están por todos lados. —se acercó más, poniéndose de lado para poder ver mejor el daño. Moretones purpuras manchaban su piel en formas de dedos por todo su cuerpo, en todos los lugares en donde Tom lo había agarrado. Sabía que su agarre había sido un poco fuerte, pero…
Repentinamente, Bill entró en pánico mientras intentaba asimilarlo todo. No había forma de que pudiera ocultarlo. Incluso si usaba una bufanda para esconder los chupetones en su cuello.
Era decisivo… no podía caminar y no iba a empeorarlo todo sometiéndose a que alguien que decidiera ser un poco observador. Con determinación, enrolló una toalla alrededor de su cintura y salió del baño lentamente y de mala gana.
No lo extrañarían.
&
Se sobresaltó cuando sintió el dedo de Tom en su mejilla, secando sus lágrimas.
—No me toques. —susurró, alejándose más. Sin embargo, fue en vano, porque Tom jaló su hombro forzando que sus pieles se tocaran.
Contuvo su respiración cuando sintió que Tom se colocó detrás de él. Bill en verdad no quería que lo acurrucara.
No obstante, Tom parecía tener otras ideas, pues descansó su cabeza junto a la de Bill, enterrando su nariz en su cabello. Su dedo volvió nuevamente a su mejilla, acariciando su suave piel como para tranquilizarlo.
—No llores.
Bill despertó con un respingo, tocándose la mejilla con una mano como si se hubiera quemado. Pestañeó con sus ojos lagañosos mientras al mismo tiempo, un sonido asaltaba sus oídos; confundido intentó averiguar de dónde provenía. Maldijo cuando reconoció que venía de su teléfono.
—Oh, por dios. —se quejó, removiéndose sobre su estómago mientras lo rebuscaba debajo de su almohada. Cuando lo encontró, encendió la pantalla de forma distraída y entrecerró sus ojos ante la repentina luz. La hora en su teléfono marcaba las 11:20, y ya tenía gente bombardeándolo con mensajes de texto. Bill levantó una ceja.
—Supongo que sí me extrañan. —pensó para sí mismo, desplazando la larga hilera de mensajes. Incluso cuando estaba un poco irritado por el constante ruido que lo había despertado, Bill no pudo evitar sentir un renovado sentido de importancia.
Hasta que vio el montón de mensajes de ZoZo.
Ya llegaste?
Mándame mensaje cuando llegues, tenemos que hablar
Contesta
Olvidalo, mejor quedate en tu casa.
Y luego:
Voy a pasar a la hora del almuerzo, ok?
Bill levantó una ceja con eso… ¿Que se quedara en casa?
—Eso está raro…
Pero como si hubiese sido una señal, justo en ese momento escuchó abajo la puerta principal abriéndose y, poco después, unos pasos subiendo a su habitación.
—¿En serio, perra? —dijo en voz alta, agarrándose el puente de su nariz al dejarse caer sobre su espalda. Ni siquiera estaba cerca de estar listo cuando Zoey irrumpió y encendió la luz.
—¡Cuidado! —se quejó Bill mientras se protegía sus ojos.
—Lo siento. —la escuchó disculpándose mientras se acomodaba en la cama.
—¿Te puedo ayudar? —le preguntó cuando finalmente pudo abrir sus ojos. La chica estaba sentada frente a él con sus piernas cruzadas y sus manos en su regazo… y un aspecto preocupado grabado en su rostro—. ¿Qué?
—¿En dónde estuviste este fin de semana? —le preguntó Zoey, mirándolo fijamente.
El corazón de Bill retumbó en su pecho.
—Aquí… —intentó actuar como si estuviera confundido—. ¿Por qué?
Zoey exhaló exasperadamente y con enojo, pasó sus dedos entre sus mechones castaños.
—Porque Sloane cree que te estuviste follando a su novio. La maldita perra está tan mosqueada que empezó a correr rumores acerca de ti.
Martes… decidió Bill. El martes sería un buen día para colgarse.
—¿Qué? —fue todo lo que pudo decir, estaba sin palabras.
—¡Lo sé! —exclamó Zoey con sus ojos muy abiertos—. Y son cosas estúpidas, como que te estás follando a todo el equipo de futbol a espaldas de sus novias y que estás intentando robarte a sus hombres…
Bill levantó una mano.
—Deja de hablar, Zoey. —advirtió, sintiendo que un dolor de cabeza se instalaba detrás de sus ojos—. No lo puedo creer.
—Sí, yo tampoco. Como si tú pudieras hacer algo así.
Bill la miró a los ojos de forma culpable, rezándole a cualquier deidad por ahí que la chica no se enojara con él.
La confusión de Zoey lentamente se convirtió en sorpresa. Puso una mano sobre su boca y se inclinó hacia atrás mientras sus ojos se ampliaban.
—Oh por dios… dime que no lo hiciste.
—No estoy detrás de Tom. —dijo, evitando la verdad.
—Pero tú… ¿cómo pudiste, Bill? ¡Algunas de esas chicas son tus amigas!
—¿Cómo es que todo esto se volvió en mi contra? —preguntó, entrecerrando sus ojos.
Estaba enojada, podía notarlo.
—¡Porque yo te defendí, como si fueras un puto… santo, o alguna mierda por el estilo! Vine aquí para advertírtelo porque pensé que Sloane sólo estaba acosándote, pero… lo que dice es la verdad, ¿no?
Bill suspiró, sacudiendo su cabeza.
—¿Y qué? Sí, me acuesto con todos, siempre lo he hecho. ¿Me vas a crucificar por eso? —le preguntó, y cuando su expresión no cambió, Bill echó chispas—. Ay, supéralo, Zoey.
Bill se levantó, pasando sus dedos entre su cabello. No sabía exactamente a dónde se dirigía, pero no quería compartir el mismo espacio con ella.
La escuchó suspirar.
—¿De verdad me vas a decir eso, Bill? Me has estado alejando desde hace semanas. ¿Y luego vienes a decirme eso? ¿Por qué nunca me contaste? Siempre me lo has contado todo y… ¡Oh por dios! ¿Quién te hizo eso?
Bill detuvo su hábito nervioso de juguetear con su cabello cuando se volteó a verla. Después bajó la mirada y se dio cuenta de su error. Siempre usaba sus camisas un poco más pequeñas de lo que debería, probablemente se hubiera salido con las suya, pero cuando levantaba sus brazos, el borde se levantaba con ellos.
Zoey se le quedó viendo con sus ojos bien abiertos mientras él se bajaba la camisa.
—No es nada. —ofreció débilmente aunque sabía que no le creería…. ¿quién lo haría?
En un segundo, Zoey se levantó y fue a su lado, levantando la parte trasera de su camisa. No dudó en preguntar.
—¿Alguien está abusando de ti?
Bill farfulló.
—No —respondió, retorciéndose para alejarse de ella. El frío toque de sus dedos encontró las marcas en su espalda, a pesar de sus esfuerzos, y Bill se encogió de dolor visiblemente—. Basta.
ZoZo lo miraba con sus ojos verdes como de acero.
—¿Qué mierda, Bill? No me mientas.
Negó con su cabeza, mientras apretaba su mandíbula.
—No lo estoy haciendo… suéltame.
—¡Mentira, Bill! ¡Tu espalda está morada! —dijo, incrédulamente, levantando una mano para tocarlo de nuevo. Él no protestó, pero se encogió de dolor por segunda vez cuando sus dedos pasaron de nuevo por su piel abusada.
—Zoey, sólo no te preocupes, ¿ok? Nadie abusa de mí. —dijo, como si fuera la cosa más ridícula que le hubieran dicho, mientras ella soltaba su camisa.
—Por esto no fuiste hoy a la escuela ¿verdad? —preguntó, cruzando sus brazos. Bill se le quedó viendo, frunciendo los labios.
—Sí. —respondió entre dientes, su enojo estaba empezando a lamerlo como si fuera un oso hambriento. No necesitaba nada de esto.
Zoey rodó sus ojos, pero no sin preocuparse. Bill sabía que ella era lo suficientemente inteligente para leer entre líneas, lo cual siempre la ayudaba cuando elegía interrogar a alguien. Le entrecerró los ojos mientras volteaba su cabeza a un lado y Bill supo que estaba jodido.
—¿A quién estás protegiendo, Bill? —le pregunto. Sus ojos verdes buscaban la verdad, como si sus ojos tuvieran las respuestas que ella necesitaba.
A mí mismo.
—A nadie. —insistió, imitándola y cruzando sus propios brazos.
Zoey hizo una mueca.
—¿Y qué? ¿Me vas a decir que tú mismo te los hiciste? Deja de ser un estúpido, Bill. ¡Dime!
No puedo.
—No es asunto tuyo, Zoey.
Ella suspiró, exasperada.
—¿Por qué no? Soy tu mejor amiga, Bill… ¿no asunto mío preocuparme por ti? No te puedo ayudar si no…
—No necesito ayuda. —la cortó rápidamente; su enojo hervía y empezaba a desbordarse—. Si necesitara tu puta ayuda, entonces ya la hubiera pedido. ¡Ni siquiera hay algo por lo que deba pedir ayuda! ¿Por qué demonios nadie puede sólo…
Se detuvo, buscando las palabras que quería decir.
Pero Zoey ya se había callado, enviándole una mirada de desaprobación mientras lo veía echando humo.
—Todos saben que algo te pasa —dijo ella, moviéndose hacia la puerta—. ¿Y sabes qué? Si sigues cerrándote y alejando a la gente que se supone que debería estar ahí para ti, vas a terminar con una vida solitaria. Llámame cuando estés listo para hablar, ¿ok? No me hagas contarle a alguien acerca de…
Zoey señaló hacia el torso de Bill y con una mirada de advertencia, añadió:
—Y ni creas que no lo voy a hacer. —después, salió de la habitación, dejándolo solo.
Bill pestañeó.
—Vaya, eso sí que fue inesperado.
&
El martes en la mañana, sus moretones en el cuello no le dieron ningún alivio. Claro que se dio cuenta de que era estúpido esperar que sanarían durante la noche, pero al pasar sus dedos sobre ellos, en verdad deseó que así hubiese sido.
Bill suspiró derrotado. Sin importar lo mucho que quisiera quedarse en casa y resguardarse bajo las mantas, sabía que eso no lo llevaría a ningún lado. No le tenía miedo a Sloane, o a su manada de Perras Locas y no iba a quedarse ahí y pretender como si sí les tuviera miedo. La perra podría intentar derrumbarlo cuanto quisiera, e incluso aunque funcionara, nunca dejaría que alguien se diera cuenta.
Con un florecido sentido de decisión, se tomó quince minutos para ocultar las marcas en su cuello antes de levantar las manos en señal de derrota.
—A la mierda, da igual. Es suficiente. —se convenció a sí mismo, tomando la bufanda que había puesto sobre el mostrador y enredándola alrededor de su cuello como le gustaba. De cualquier forma era otoño, así que podía salirse con la suya.
—Listo. Nada me molesta el día de hoy. —le asintió a su reflejo, mirando por encima de su delineado. En su opinión, se veía bastante cargado, pero estaba expertamente hecho, y con suerte, sería suficiente para alejar la atención del aspecto muerto en sus ojos.
Suspiró… eso era lo que más necesitaba.
Apagó la luz de su habitación y miró escaleras abajo, escuchando cualquier ruido que pudiera indicar que sus padres seguían en casa. Cuando no escuchó nada, respiró profundamente para tranquilizar a su corazón temblante, y salió de la casa. Cuando lo hizo, su mirada se encontró con de una de sus “vecinas” que vivía al otro lado de la calle, y frunció el ceño. Era Brittany, y la chica lo estaba observando desde su ventana.
Eso era patético… Sloane de verdad ahora tenía gente observando sus movimientos.
—Como sea —rodó sus ojos en su interior, mandándola a la mierda mientras lo hacía—. Échame un buen vistazo, perra. Sólo para eso sirves.
&
Sloane sonrió con malicia al mirarse en el espejo. Oh, sí…. El tablero estaba listo y lo único que tenía que hacer ahora, era hacer su jugada.
—¡Reina al B6! —musitó, riendo en voz baja para sí misma.
Por supuesto que no sabía nada de ajedrez, pero su propia broma fue suficiente para hacerla soltar una risita.
—Jaque.
Continuará…
Y sé que tal vez algunas de ustedes lo odian, pero les cuento que yo estoy más enamorada de Tom que nunca… a pesar de que sigue siendo un enigma. No puedo esperar a que lean lo más reciente que ha pasado en esta historia.
Muchas gracias por pasarse a leer. ¡Saluditos!
Zozo esta molesta con Bill y Sloane esta empecinada en su carrera a por la cabeza de Bill.