Fic de Schmingg. Traducido por OuterSpace

Capítulo 6

Unas manos en sus caderas. Unos labios en su oreja. Una respiración cálida en su cuello. Su cabello siendo puesto de lado. Un gemido grave y eufórico flotó suavemente a través de la música.

Había luces. Una docena de colores diferentes; todos se mezclaban y se retorcían juntos en una alianza nebulosa, justo ante a sus ojos. Había un olor a alcohol y tragos, humo de cigarros y algo más dulce. Por dios, amaba salir de fiesta.

Eres tan sexy dijo una voz detrás de él; sonaba grave, llena de lujuria.

Bill soltó una risita. Maldición, el licor siempre lo hacía comportarse como una chica.

Lo sé respondió, presuntuoso, mientras se concentraba en las sensaciones que provocaba la persona que estaba atrás. Sus labios estaban ahora en su nuca, bajando y deslizándose a su hombro expuesto.

Vamos arriba.

Los ojos de Bill se abrieron, y por un breve momento, tuvo que revisar sus alrededores, sólo para asegurarse de dónde estaba. Cuando confirmó que sí estaba en su habitación y en su propia cama, expulsó con alivio el aire que había estado reteniendo.

La habitación estaba a oscuras, no había indicios del sol escurriéndose a través de las cortinas cerradas. Lo que le hizo darse cuenta, con frustración, de que probablemente se le había adelantado a su alarma de nuevo. Atontados, sus ojos se dirigieron hacia donde estaba el reloj, del otro lado de la habitación sobre su escritorio, y frunció el ceño al ver la hora: 05:01.

No empezaría a sonar hasta dentro de una hora, pero de cualquier forma, se arrastró fuera de la cama y lo apagó. Sabía que de cualquier forma no iba a aprovechar esa hora extra, así que daba igual intentar acostarse y volver a dormir. Lo mejor sería levantarse, ducharse, e intentar verse presentable.

Recientemente, había estado en un lapsus; el pasado jueves, todos notaron cuando se apareció en la escuela vestido con pantalones de chándal y mínimas cantidades de delineador. Bill gruñó ante el recuerdo, y miró su reflejo en el espejo del baño. Se preguntó si la escuela dejaría de funcionar si decidiera cortarse todo su cabello y comenzar a usar pantalones que colgaran a la mitad de su trasero.

Probablemente.

Y después se miró de nuevo, se veía cansado. Y más flaco. No podía recordar algún momento en el que sus pómulos hubiesen sido tan prominentes como ahora. Incluso su cabello, de cierta forma, había perdido su encanto.  Se veía sin vida, como un maniquí.

Con un suspiró breve y descontento, negó con su cabeza ahuyentando los pensamientos y se metió a la ducha. Hoy era viernes, y sólo quería poder terminar con su castigo sano y salvo.

Bill resopló.

—Buena broma —dijo, al  meterse debajo del cálido rocío, y ya temiendo la hora en que tuviera que salir de ahí.

Las clases habían pasado igual de lentas y mediocres como el resto de la semana pasada. Con miradas insidiosas de parte de Sloane, sus amigos manteniéndose al margen, como para no molestarlo, Zoey viéndolo con sus ojos preocupados… Lo detestaba. Detestaba todo eso. Y técnicamente, no sería libre para poder ir a su casa hasta que la práctica de futbol terminara.

Y, hablando de práctica de futbol, era a donde sus pasos lo llevaban en ese momento; era algo así como una marcha de la vergüenza. Cuando Bill entró a los vestidores, reservados para los equipos de la preparatoria, le dio un vistazo al largo pasillo embaldosado entre las filas de casilleros, y al final de ellos estaba el señor Donald.

—¡Kaulitz! —estalló, mientras Bill se acercaba más. Hacía frío, y las paredes estaban pintadas de un enfermizo tono color azul. Si alguna vez tuviera que elegir un lugar para suicidarse…

—Sí, señor —contestó, sin entusiasmo.

—Nunca pensé que en verdad llegaría a verte en el campo de futbol —dijo Donald, luciendo entretenido.

Los labios de Bill se curvaron. Claro, porque era el gay que no podía driblar un balón, y de alguna forma, eso lo hacía menos hombre. Sin embargo, aun así, era capaz de lanzar el balón más lejos de lo que cualquiera de sus mariscales de campo pudiera.

Ni siquiera intentó pretender.

—Sí. Yo tampoco.

Bill se le quedó viendo a Donald mientras éste tosía, luciendo incómodo.

—Bueno, no tengo nada especial para ti, pensé que quizá podrías ayudar al equipo —dijo con rapidez, dándose vuelta y caminando hacia la puerta que llevaba afuera, indicándole a Bill que lo siguiera.

El campo se desplegaba frente a él, de poste a poste y los jugadores del equipo ya estaban ahí, cumpliendo con su entrenamiento. Había algunas personas holgazaneando en los laterales, Bill asumió que eran los jugadores de la próxima hora.

—¡Beckett! —gritó Donald, mientras se dirigían a una de las gradas.

Un chico, que Bill sabía que se llamaba Andreas, trotó hasta donde estaba el entrenador.

—Beckett, Kaulitz —los presentó—. Hoy va a trabajar contigo, encuéntrale algo qué hacer.

El entrenador lo dijo rápidamente, apenas dándoles importancia a los dos chicos.

Bill ojeó a Andreas,  nunca había tenido la oportunidad de hablar con él.

—Qué onda —saludó, y el otro chico levantó su mentón, en forma de saludo.

—Ok, Bill, entonces… básicamente lo que hacemos es darles toallas y agua a los jugadores. Ayudar a guardar los equipos, asegurarnos de que los cascos se vean bien, y… ya se fue —dijo Andreas, luciendo casual mientras el entrenador se alejaba.

Después, asumió una expresión divertida, y miró a Bill.

—Ja, es gracioso… de verdad cree que hacemos algo —dijo, con un asombro falso.

Bill miró a su alrededor.

—¿Cómo? —se preguntó en voz alta, viendo a los otros estudiantes que holgazaneaban en las gradas.

Andreas se encogió de hombros.

—No sé —dijo, rápidamente, dándose vuelta y colocando un brazo alrededor de los hombros de Bill.

Bill se tensó, pero contuvo su explosión mientras Andreas comenzaba a caminar hacia adelante. Sin estar seguro de a dónde lo llevaba, Bill se tambaleó, antes de que pudiera reponerse.

—Pero usted, señor, ¡será el mejor amigo de todos el día de hoy! —decía Andreas, sonando sarcástico—. Porque te toca ser el chico del agua. ¿Suena divertido?

—No realmente —contestó Bill con rapidez, haciendo reír al otro chico.

—¡Oye, al menos es algo fácil! —defendió Andreas, quitando su brazo de los hombros de Bill. Y, después de darle a Bill un extensivo sermón sobre cómo entregar el agua, el rubio imbécil no perdió tiempo en darse vuelta y correr hacia el resto del equipo.  Bill se le quedó viendo, enojado.

—Tal vez me mate esta noche —caviló.

El resto de la práctica continuó por lo que pareció una eternidad en la que Andreas se divirtió ya fuera molestando a Bill, o haciéndole cagarse del susto, y Bill intentando no morir de la vergüenza.

Entre tanto, Bill intentó parecer ocupado y concentrado, aunque ya había logrado divisar a al menos dos de sus antiguos follamigos en el campo de entrenamiento. Él sólo rodó los ojos, porque por más puta que fuera al follar con chicos heterosexuales, no iba a delatarlos.

Y, justo cuando intentaba evitar hacer contacto visual con uno de ellos, escuchó pasos viniendo desde atrás.

—Hey, chico del agua. Dame una.

Bill se dio vuelta, esperando torturar a alguna alma infortunada con un montón de profanidades, pero cuando vio quién era, se detuvo.

—¡Gustav! —exhaló, incrédulo, dando unos pasos adelante y aceptando el abrazo del otro chico. Se habían conocido desde hace tanto tiempo, que parecía extraño asustarse ante su toque—. ¿Qué diablos? ¡No sabía que estabas en el equipo!

Gustav asintió, se veía orgulloso.

—Fullback.

Bill tartamudeó.

—Y esa es… una buena posición, y…

—Significa que bloqueo los ataques para proteger al que tenga el balón, Bill —clarificó, luciendo divertido—. Pero, ¿qué diablos ha sido de ti, eh? No te he visto desde hace mucho.

Bill mordisqueó su labio inferior, su ánimo decayó un poco.

—Oh, sí… He estado tan cansado que sólo me he escondido en mi habitación —intentó pasar de eso, con una risa, rogando a cualquier deidad suprema que su amigo se lo creyera.

Gustav hizo una mueca.

—¿Cansado?

—Sí, no sé qué rayos me pasa.

Gustav entrecerró sus ojos, parecía que quería decir algo, pero eligió no decir nada.

—¿Y qué tal me veo allá en el campo? —preguntó, con una sonrisa orgullosa en su rostro.

&

Después de unos diez minutos de hablar con Gustav, hasta que el entrenador finalmente sonó el silbato;  y otros cinco minutos con Andreas fastidiándolo con que se uniera al equipo permanentemente, Bill se encontró a sí mismo solo en los vestidores, metiendo todas las toallas a lavar. Para haber sido un castigo, supuso que probablemente no se hubiera divertido tanto al desempolvar monitores de computadoras.

Bill sonrió. ¿Quién diría que podría divertirse sin tener que ir a una fiesta?

Sin embargo, supo que no duraría mucho, en cuanto sus oídos escucharon el distintivo sonido de unos pasos aproximándosele por detrás. Tuvo tres segundos completos para prepararse.

—Hey, Bill —dijo una voz masculina demasiado familiar para su gusto. Bill rodó sus ojos, y se dio vuelta, quedando cara a cara con Jon, uno de sus antiguos follamigos.

Bill suspiró.

—Lárgate, Jon —advirtió, sintiéndose tan irritado como siempre. Primero consigo mismo por ser tan puta, y segundo, con el universo, que parecía pensar que Bill no merecía un descanso.

Jon, con su cabello castaño ligeramente enmarañado y sus ojos color chocolate, era definitivamente uno de los más atractivos. Y completamente follable, a opinión de Bill. Brazos fuertes y manos largas y ásperas para agarrarlo; músculos firmes sobre los cuales podía deslizar sus propios dedos mientras el otro embestía dentro de él, una y otra y otra vez…

Bill pestañeó, regresando a la realidad. ¡Basta! Se abofeteó a sí mismo, mentalmente, enfocándose de nuevo en el hombre que estaba frente a él, quien fingía decepción.

—Awh, no seas así, Bill —arrastró las palabras, sonriendo de forma sugestiva mientras acorralaba a Bill contra los casilleros. Su mano se levantó a una de las caderas de Bill, pero rápidamente, le dio un manotazo.

—No me toques —añadió, por acto de reflejo, feliz de que esta vez sí sonara justificado.

Sin embargo, Jon no se inmutó.

—Ven a mi casa. Mi novia no va a estar esta noche.

Bill rodó sus ojos de nuevo.

—¿No me escuchaste? —preguntó, sin siquiera intentar esconder su desesperación. Sí, tal vez pudo o no, haber estado acostándose con Jon, y un puñado de sus amigos cuando sus novias les daban la espalda, pero…

—Ya no soy así —insistió, odiando la forma en la que Jon parecía no entender. En un intento para alejarlo, Bill añadió—: Y juro por dios que si no te alejas de mí, dejaré que se me escape que estuviste acostándote con alguien más a espaldas de Stacy.

Mierda, ni siquiera le importaba si lo afectaba a él o no.

Jon rio.

—Oh, anda, muñeco; nos divertimos —argumentó—. Stacy no es la gran cosa… sabes que adoro follar contigo…

—Sí, toma tu turno —dijo Bill, sus ojos se movieron a un lado. Escuchó un sonido, lo que significaba que ya no estaban solos.

Jon debió escucharlo también, porque puso una expresión preocupada y empezó a caminar en la otra dirección.

—Nos vemos —dijo sobre su hombro, al pasar junto a Bill y dirigirse a una de las puertas de salida. Bill suspiró… por fin, tenía un espacio para respirar.

Estaba en la esquina de uno de los vestidores en los que nadie tenía ya nada qué hacer, así que no le dio mucha importancia al hecho de que ya no estaba solo, asumiendo que eventualmente, se irían. Bill cerró sus ojos y se deslizó contra los casilleros hasta quedar en cuclillas, balanceando su peso en sus metatarsos.

No podía hacerlo… había demasiada historia para borrar. Y por alguna razón, nadie podía dejarlo olvidar.

Bill enterró su rostro en sus manos justo cuando el primer sollozo ahogado escapó de sus labios. Iba a quebrarse si no se reponía pronto. Con esas horribles paredes azules como sus testigos.  Si se dejaba quebrantar en ese momento, el suelo donde se sentaba no podría sostener su peso.

—Oh, dios, estoy tan jodido —caviló en voz alta, limpiando su nariz con la parte trasera de su mano.

Bajó la vista a su regazo, intentando pensar en cosas lo suficientemente agradables para calmarse cuando vio un par de Jordans casi nuevos, justo frente a él. Del tipo de los que usaban los jugadores de basquetbol.

Bill inhaló profundamente. Tenía una idea bastante buena de a quién encontraría mirándolo si se atrevía a levantar la vista. Así que no lo hizo.

—¿Qué te pasa, Bill? —la persona ante él preguntó, y Bill se sintió como si hubiera sido golpeado.

Esa voz…

Bill tragó saliva.

Era grave, y  burlona, y sabía exactamente a quién pertenecía. Y ahora, en verdad estaba acorralado.

Bill se deslizó hacia arriba contra los casilleros para pararse derecho. Mientras subía, divisó la camisa de colores negro y amarillo del equipo de basquetbol y los shorts que usaba, también el balón que sostenía en sus muslos, y unos brazos fuertes y bronceados que llevaban a sus hombros.

Y después su rostro, donde lo primero que vio fue la sonrisa maliciosa.

Tom Trumper era quizá sólo una pulgada más alto que él, pero en ese momento cuando Bill se atrevió a hacer contacto visual, parecía sobrepasarlo por mucho.

Sólo tuvo un segundo, antes de que el otro hombre se le aventara, y lo empujara contra el metal detrás de él, con un fuerte golpe.

—¿La vida te está tratando mal, o sólo estás… extrañando a alguien? —preguntó, sonando engreído, y Bill quiso morirse. Las manos de Tom ya estaban sujetando sus muñecas a los lados de su cabeza contra los casilleros, y lo estaba mirando, atentamente.

La mirada de Tom era feroz y llena de lujuria. El corto momento que se le dio a Bill para darse una idea de lo que estaba pasando, lo dejó completamente aterrado.

—No grites —ordenó Tom, aunque de cualquier forma, a Bill le faltaba la fuerza para hacerlo.

Luego se lamió los labios; parecía un gato que por fin había atrapado a su ratón.

—He estado esperando este momento —dijo, mirando el cuerpo de Bill de arriba abajo—. Cuando te encontrara completamente solo…

Se inclinó, rozando su nariz a un lado del cuello de Bill.

—Vulnerable… —las palabras vibraron contra su piel, haciéndole estremecerse.

Bill no supo qué hacer aparte de permanecer ahí donde Tom lo sostenía. Sonaba tan malvado y obsesionado, que lo único que Bill pudo hacer fue escuchar.

—…y pudiera sentirte, como la primera vez. Por todos lados. —terminó, haciendo que los ojos de Bill se apretaran. De nuevo, escuchó una voz distante sonar en su cabeza:

Shh, no llores.

Tom estaba frente a su rostro de nuevo, y Bill volteó la cabeza. Se encontró con su muñeca, la cual, Tom tenía empotrada ahí.

—Ven a mi casa más tarde —le ordenó Tom de nuevo, sonriendo.

—Tom, no… —Bill empezó, volteando su cabeza hacia enfrente con rapidez.

—¿Te acuerdas de la dirección, verdad? —añadió Tom, soltando una muñeca de Bill, y usando su mano para sostener su mentón. El agarre era fuerte, y vigoroso, y Bill sintió cómo su propio estómago se retorcía.

Tom no le estaba dando elección. Y silenciosamente, Bill cerró sus ojos y asintió, sin atreverse a abrirlos hasta que sintió que el peso de Tom se separaba de él. Sin embargo, cuando los abrió, Tom todavía seguía cerca.

—Te extrañé, ¿sabes? —susurró Tom en su oído, haciendo que los ojos de Bill volvieran a cerrarse con fuerza.

Y no los abrió hasta estar seguro de que se había quedado solo.

Con sus pestañas revoloteando, se concentró en la fila de casilleros que estaba frente a él, antes de dejar que sus rodillas hicieran colisión contra el suelo. Apenas pudo detener su caída con sus manos.

Y entonces se soltó a llorar… y se quebró justo ahí en el piso embaldosado, esperando que éste pudiera sostener su peso, antes de que todo se terminara.

&

El inmenso portón de hierro forjado se extendía frente a él, como si se tratara de un gigante imponente. Se abría para revelar la estructura impresionantemente grande a la que protegía.

Bill condujo su auto a través de la entrada y se estacionó en la curvada entrada de autos. Observó la casa de Tom con una mirada abatida; en cualquier otra situación, hubiera sido un cuadro para contemplar. Pero al salir de su asiento de mala gana y caminar a la entrada, divisó a Tom recargándose contra el marco de la puerta, y Bill no pudo evitar sentirse como si estuviera a punto de entrar al infierno o una bolsa para restos humanos.

Continuará…

Uno más. ¿Y qué tal? ¿Seguimos igual de confundidos?

Muchas gracias por todos sus comentarios. 🙂 Que pasen una semana ¡Saludos!

por OuterSpace

Traductora del Fandom

2 comentario en “Canary 6”

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