Fic de Schmingg. Traducido por OuterSpace
Capítulo 14
Toques y besos perezosos resaltaron las horas que pasaron recostados en el sofá, cambiando de algún tipo de trance adormilado, a lo que fuese que captara la atención de Tom en la televisión. De momento, Bill estaba acostado con la mitad de su cuerpo encima del otro varón, y la otra mitad acurrucada seguramente en el fondo de sofá, mientras su cabeza descansaba en el pecho expansivo de Tom. Distraídamente, se encontró a sí mismo escuchando el ritmo del latir de su corazón, el cual era estable, tranquilo y, aparentemente, nada afectado por sus alrededores.
Se había dado cuenta de que a Tom le gustaban los programas de televisión con temática de investigación. No es que a Bill le molestara ver un maratón de Mentes Criminales, pero de alguna manera, se había imaginado que a Tom pudiera gustarle ver la televisión, como a un humano.
Bill se movió levemente, manteniendo sus ojos en la pantalla mientras los dos brazos de Tom se apretaban en torno a él, juntando más sus cuerpos.
En realidad, habían muchas cosas que estaba notando sobre el otro chico entre más tiempo pasaban juntos. Siempre parecía como si no pudiera sostenerlo lo suficientemente fuerte; como si estuviera intentando mantener juntas todas las piezas rotas con sus brazos. No era algo que resultara constrictivo… era más como un anhelo, sin tener que decir nada.
Podría decirse que la idea ponía triste a Bill… no es que sintiera lástima por la persona que abusaba de él, sino que se preguntaba lo que pasaba por la mente de Tom. Tal vez no era nada muy profundo, ya que Tom era frío como una piedra e ilegible, pero hacía que Bill sintiera algo que no había sentido en mucho tiempo; lo cual era el sentirse deseado, y no sólo de una forma sexual.
Era cierto, nunca en su vida había tenido un novio estable. Siempre había estado interesado en lo que podía conseguir a corto plazo, en lugar de a largo plazo. Nunca se había tomado el tiempo para pasar un rato holgazaneando; simplemente era algo que no hacía. Normalmente, era del tipo de los que preferían un “entra, córrete y vámonos”. Y nunca había sentido la necesidad de algo más.
Levantó la vista a los ojos de Tom que parecían atravesar la pantalla y estudió sus rasgos; su suave piel y sus cejas formadas de una forma demasiado perfecta para ser natural. La suave curva que hacía su nariz, el ligero puchero que formaban sus labios…
Hacía que el corazón de Bill se acelerara. No podía evitar sus pensamientos, pero si Tom no fuera quien era… hubiera podido enamorarse de un rostro como el suyo.
—Oh por dios, chicos, ¿oyeron lo que se está contando?
Bill levantó la vista para encontrarse con un aspecto emocionado en el rostro de Natalie; era el que usaba cuando tenía chismes qué contar.
—¿Qué pasó, zorra? —preguntó ZoZo, sin darse el tiempo para levantar la vista del libro de historia que estaba mirando en ese momento.
—Jódete —dijo Natalie, sin demora—. Pero en serio, sí escucharon lo que están diciendo de Tom, ¿verdad?
Bill parpadeó.
—¿Qué?
Vio cómo los ojos de Natalie se agrandaron.
—Oh por dios, ¿cómo es posible que no se hayan enterado? Se lo llevaron hoy… ¡esposado!
Zoey y Bill intercambiaron una mirada.
—No es cierto —dijo Zoey, esperando a que Natalie continuara.
—¿Conocen a una tal Kylie Greer? Está diciendo que Tom la violó.
—¿Pero qué mierda? —preguntó Zoey, incrédula.
—Con ella van tres.
Sin embargo, Bill descartó sus pensamientos afligidos al recordar esa conversación. Todos sabían quién era Tom Trumper, y lo que había hecho. Pero nunca había sido encontrado culpable.
Había un rumor de que su padre le pagaba rutinariamente a los mandamases para que mantuvieran a su hijo fuera de problemas, lo cual no le sorprendía. Gordon Trumper era dueño de la mitad del pueblo en el que vivían; y pensando en lo que Tom le había dicho antes, era probable que pudiera cometer un asesinato si quisiera, sin tener que ir a juicio.
Es lo que hacía que la situación fuera tan retorcida; cada vez que las acusaciones empezaban a levantarse, Tom iba a la corte, la corte deliberaba y Tom se salía con la suya, después de que un juez descontento le diera sólo un manotazo en la muñeca. Y, misteriosamente, las chicas que comenzaban las alegaciones, nunca volvían a hablar de ello.
Bill nunca olvidaría el día en el que había visto las noticias y Tom había aparecido en la pantalla, saliendo de la corte con una inmensa sonrisa de suficiencia en el rostro y con sus abogados detrás de él. Todos lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo. Tom era intocable, y el cabronazo lo sabía.
Había pensado que era increíble cómo una sola persona podía causar tanta controversia. Y, como ahora Bill sabía, de primera mano… todo era cierto. Y no podía decir nada, porque no quería ser otro jodido canario al que Tom tuviera que silenciar.
Sin embargo, así de perdido en sus pensamientos como estaba, no se dio cuenta de que los ojos de Tom habían cambiado y ahora lo miraban.
—¿Qué? —le preguntó Tom, haciendo que los ojos de Bill miraran hacia otro lado por la sorpresa. No había querido que lo atrapara mirándolo.
—Nada —aseguró, volviendo a descansar su cabeza en el amplio pecho de Tom.
Por dios, vaya que estaba firme…
Bill se sacó el pensamiento de la mente con un violento parpadeo, y cambió el tema apresuradamente.
—¿Están tus papás?
—No —contestó Tom simplemente. Casi toda su atención volvió a la pantalla.
Bill mordió su labio. Al menos no había posibilidad de encontrarse con el padre de Tom, quien era el hombre más poderoso que habitaba esa área. Y por lo que había escuchado, la razón más probable por la cual Tom estaba tan jodido.
—¿Por qué? —le preguntó Tom repentinamente, volteando su cabeza y mirándolo de forma extraña.
—Sólo… me preguntaba —ofreció Bill tontamente, retorciéndose un poco. Logró levantar la mirada, pero de inmediato deseó no haberlo hecho, pues su respiración se atoró en su garganta.
Manteniéndose fiel a sí mismo, Tom nunca mostraba mucha emoción. Cuando creía que algo era gracioso, se reía; cuando sentía que estaba por encima de algo, normalmente llevaba una pequeña sonrisa en el rostro, pero la mayor parte del tiempo mantenía su rostro en blanco. Y sus ojos, a menos que se mirara de cerca y con atención, normalmente se veían vacíos y penetrantes.
Movió su cuerpo ante la intensa mirada de Tom, reconociéndola como la que recibía antes de ser derribado y forzado a someterse.
—Creo que te preguntas muchas cosas —susurró Tom acaloradamente en su oreja, haciéndolo estremecerse. En cuestión de segundos, Tom estaba moviéndose hacia un lado, empotrando a Bill completamente contra el sofá, mientras se ponía encima de él y luego posó una mano sobre la entrepierna de Bill.
—¿Qué te preguntas ahora? —provocó Tom, apretando su miembro, el cual había comenzado a avivarse.
—Mmf —Bill gruñó, evasivo, al sentir que su cuerpo se levantaba hacia la palma del otro chico. Ya sabía, por el fuego en la mirada de Tom, que estaba a punto de dárselo. Bill mordió el interior de su mejilla al dejar que sus ojos bajaran hacia donde estaba la mano de Tom, viendo nerviosamente cómo el otro lo acariciaba.
—Lo quieres, ¿verdad? —susurró Tom en su oreja, su aliento caliente y el atrevimiento de sus palabras hicieron que su piel cosquilleara—. ¿Verdad?
—Sí —la palabra salió de su boca antes de que tuviera la oportunidad de pensarlo.
Y cuando la boca de Tom regresó a la suya, Bill le mostró lo sumiso que podía ser.
&
La luz que advertía una hora del amanecer apenas comenzaba a fluir a través de las grietas entre las persianas de Tom cuando los ojos de Bill se abrieron. Las primeras cosas que reconoció al concientizarse de sus alrededores fueron comodidad y calidez. Estaba recostado sobre un colchón formado por almohadones de sofá, su cabeza se levantaba ligeramente por una almohada y un brazo fuerte acariciaba un lado de su cuello.
El cuerpo de Tom lo cubría con una presión cómoda. Su cabeza descansaba en el pecho de Bill, el cual se expandía con lentitud, y sus respiraciones tranquilas cosquilleaban sobre su esternón. Distraídamente, Bill se tomó un momento para admirar su ronquido suave. Parecía infinitamente impávido en su sueño, como si sus sueños sólo ayudaran a su inconsciencia de sus alrededores. Era una de las pocas instancias en las que Tom lucía verdaderamente vulnerable.
De alguna forma, Bill dejó que una pequeña sonrisa avanzara hasta la curva de sus labios, recordando los eventos de la noche anterior. El sexo había sido genial.
Con eso, tuvo que maravillarse… sus últimos dos encuentros habían comenzado a sentirse como algo que parecía consentimiento, a pesar de lo que los había juntado en un inicio. Y, si no estaba completamente avergonzado de admitirlo, Tom estaba comenzando a sentirse como un escape a sus problemas, quebrando lentamente su duro caparazón y absorbiendo la agitación que se filtraba por las aberturas.
No era algo de lo que había estado consciente, pero cuando sus ojos aterrizaron en su propia mano, que en ese momento estaba sobre las trenzas de Tom, supo que ya no tenía miedo. De ninguna forma. Aunque siempre había tenido miedo del temperamento de Tom, éste siempre había parecido bastante controlado. Y Bill había comenzado a comprenderlo, debido a los momentos en los que Tom elegía mostrarle lo cariñoso que en verdad podía ser.
Era claro que Tom deseaba posesión, pero era casi como si sólo fuese así porque sólo quería a alguien para abrazar. Tenía una forma retorcida de mostrarlo, pero con una punzada de mortificación, Bill se dio cuenta de que ya no importaba. Antes, lo único que había querido era escapar cuando se le presentara la oportunidad, pero ahora…
No quería irse.
Con un sobresalto, sus pensamientos fueron interrumpidos por el horrible tono de un teléfono sonando, y Bill maldijo. Miró a su alrededor y rápidamente se dio cuenta de que no era el suyo, sino el de Tom, el cual yacía tirado en el suelo, donde se le había caído de los bolsillos de su pantalón.
Con una inhalación fuerte, Bill picó a Tom en la frente.
—Tom.
Observó al otro chico despertando, sus ojos pestañearon al abrirse y su pecho se expandió con un bostezo.
—¿Qué? —preguntó, atontado, jalando la manta que los cubría, en un intento por cubrir su oreja expuesta.
—Tu teléfono —dijo Bill. De manera servicial, se estiró para tomar el teléfono en su mano. Se aseguró de tomarse un momento para despreciar el nombre que aparecía en la pantalla—. Ugh, qué asco, es ella.
Tom levantó su cabeza, mirándolo con confusión.
—Toma —Bill le pasó el teléfono, estudiando el rostro de Tom cuando un aspecto irritado pasó sobre él antes de tocar el botón verde.
—¿Qué? —contestó, volviendo a apoyar su cabeza en el pecho de Bill, y acomodándose de nuevo, Bill hizo lo mismo, cerrando sus ojos y escuchando.
—No —escuchó que Tom respondía entre el parloteo chillón de la otra línea.
Después logró distinguir algo más.
—Sólo pensé que…
—No pienses, no eres buena con eso —contestó Tom, sonando extremadamente irritado. En un segundo, Tom colgó el teléfono y volvió a aventarlo al suelo.
Se tomó unos momentos, antes de dejar escapar un largo suspiro.
—Bill, ¿estás, de alguna forma, interesado en las mujeres?
Bill frunció el ceño ante la pregunta sin habérsela esperado. Negó con su cabeza.
—Eh, no… soy bastante gay.
Luego, después de pensarlo, se atrevió a hacer una pregunta.
—¿Ella… al menos te gusta?
—No.
Bill hizo una mueca.
—Y entonces, ¿Por qué…? Tú sabes.
Tom volteó su cabeza para poder mirarlo.
—Porque es más fácil tratar como mierda a alguien que no te interesa.
Y después, aprovechándose de la nueva confusión de Bill, volvió a acomodarse en su posición de descanso, mientras levantaba una mano para agarrar el hombro de Bill. Sólo tomaron unas cuantas caricias con su pulgar para que Bill se diera cuenta de que no iba a recibir una respuesta más elaborada que esa.
Pasaron las siguientes horas de esa forma, recostados y con intercambios mínimos. Después de un tiempo, cuando Tom decidió que quería estar solo, Bill salió, con un corazón pesado, preguntándose con cada paso que daba qué era lo que Tom quería de él.
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Había muchas cosas que había comprendido, incluso en su infancia.
Sonríe, bate tus pestañas, pide amablemente… y todo lo que quieras, será tuyo. Pero conforme pasaron los años, de alguna forma había añadido una follada barata al final de la ecuación. Desde que tenía diez años había sabido cómo tener a alguien en la palma de su mano, y torcer una situación para su propia ventaja.
Aunque en realidad, no era algo que había hecho a propósito. El encanto, el carisma y la estética siempre habían sido un punto de enfoque para su vista, así que enlazarlo todo sólo había sido cuestión de lógica. Y le había funcionado en mayor parte; tenía amigos, estimulantes, sexo y poder.
Al romancear una botella de vodka que había encontrado bajo su cama, se preguntó cómo es que había pensado que todas esas cosas eran reales. Por supuesto, en un sentido tangible, la mayoría de esas cosas lo eran, pero al darle otro sorbo a la botella en su mano, todo comenzó a sentirse igual de amargo que el alcohol que se deslizó por su garganta.
Cuando su mente comenzó a asociar amigos, salió sin resultados. Todo su grupo había dejado de intentar contactarlo desde que había dejado de fiestear, hace casi tres meses. Los estimulantes le hacían pensar en fiestas, las cuales, automáticamente lo hacían pensar en sexo y ya había comenzado a asociar el sexo y el poder con Tom. Al llevar la botella de vuelta a sus labios, se preguntó qué tan cruel era todo, cuando la persona que había abusado de él había sido la que le había abierto los ojos.
Un suave golpe a la puerta por fuera de su habitación sonó y por un momento, Bill dudó. Ya estaba cavilando, y lidiando con su mal humor… tal vez debería pretender que estaba dormido. Con un suspiro, cerró la botella y la tiró bajo su cama.
Había tenido suerte al manejar a casa ese sábado por la tarde y haber evitado a sus padres. Tan pronto como había entrado a la casa, supuso que estaban a punto de interrogarlo, pero la casa había estado vacía.
Al mirar hacia la puerta, supo quién estaba del otro lado. Parecía que después de todo, sí habría una interrogación, aunque un poco tarde.
—Adelante —dijo, bajando la vista a sus manos que descansaban en su regazo. No levantó la mirada cuando la puerta se abrió lentamente y Simone entró.
No se sobresaltó cuando la cama se hundió a su lado, y la mano de su madre se posó en su pierna.
—¿Cómo has estado, cariño? —preguntó ella, sonando nerviosa, pero no sin afección.
Los ojos de Bill revolotearon.
—Bien.
—Sólo… —la escuchó suspirar—. Quería decirte que lamento muchísimo lo que pasó el jueves. Debiste estar tan avergonzado.
Hubo un matiz suave en el tono que usó y de inmediato lo hizo sentir mal. Levantó la vista para verla y notó el ligero brillo en sus ojos, y sintió que corazón se rompió.
—Mamá, ¿por qué estás llorando? —preguntó, inclinándose hacia adelante.
—Es que… solíamos ser tan unidos, y el viernes cuando no llegaste a casa… oh, Billy, ¿por qué no me contaste?
Los ojos de Bill se entrecerraron.
—¿Contarte qué?
—Solíamos hablar de todo. ¿Por qué nunca me dijiste que estabas teniendo sexo?
—Porque no es una conversación que quiero tener con mi madre —contestó Bill, marginalmente horrorizado. Era lindo que se preocupara lo suficiente como para estar interesado en su vida, pero no quería que se preocupara tanto así.
—¿Te has protegido, verdad? Todo es…
—Oh por dios, sí, mamá… me he protegido —aseguró, con los ojos bien abiertos.
—¿Por cuánto tiempo? —presionó su madre, mirándolo con seriedad.
No sabía si se debía al atontamiento que el alcohol había provocado en él, o el hecho de que odiaba ver a su madre llorar, pero no pensó antes de admitir su respuesta.
—Desde que tenía doce.
Había anticipado el aspecto escandalizado que ahora portaba.
—¿Doce? Bill, no puedes estar hablando en serio. ¡No eras más que un bebé a los doce!
—Ya sé.
—¿Con… con quién?
—…en realidad prefiero no decirlo —dijo, escéptico, evitando su mirada decepcionada—. Él tenía diecisiete en ese entonces…
—¡Diecisiete! —el insulto era claro en su voz—. Oh, mi bebé…
—¿Qué? —preguntó Bill, un poco irritado. Había sospechado que cuando se enterara de que no era el niño inocente que pensaba que era, le resultaría impresionante, pero casi parecía estar…
Traumatizada.
—Bill, eso no es sexo, eso es…
Bill levantó una mano, en advertencia.
—Ni siquiera lo digas —enfatizó, igualándola.
Pero ella ya estaba negando con su cabeza.
—Es que… no sé qué hacer, Bill, ¿qué quieres que haga? Lo niegues o no, últimamente has estado actuando muy extraño… muy triste, y sé que algo te tiene lastimado. Pero no me dices nada… ¿por qué?
Ahora sus ojos estaban rojos y la amenaza de que las lágrimas estaban a punto de caer por el rostro de su madre fue suficiente para hacerle querer escupir todo. Quería decirle, en verdad que sí. Quería quebrantarse, llorar y vomitar todo lo que había estado ocultando.
Pero la idea que triunfó sobre todas las otras, la cual carcomía su cabeza, era un hecho aleccionador. No sólo era casi ilegal delatar a Tom, sino que también era estúpido que Bill lo delatara, de cualquier forma.
Su padre trabajaba para Gordon Trumper… y si Tom se metía en problemas, no se necesitaba a un genio para saber que el trabajo de su padre quedaría terminado. Era por su propio bien… no podía decirles. Especialmente a ellos.
Bill se encogió de hombros, sintiéndose desamparado.
—Bueno, tu padre y yo creemos que es obvio que necesitas abrirte a alguien. Por eso hemos decidido hacerte una cita con un consejero…
—¿Qué? —demandó Bill, agarrando el brazo de Simone. Vio cómo sus ojos se cerraban lentamente.
—…y la arreglamos para el lunes.
—Mamá…
—No te enojes con nosotros, Bill, ¿quieres? Sólo queremos ayudarte —el aspecto en sus ojos era casi inquieto y le rogaba silenciosamente que no reaccionara exageradamente.
—No necesito un loquero —insistió Bill, aunque sabía que no tenía opción.
Estoy intentando protegerlos, ¿por qué no lo olvidan de una buena vez?
Simone frunció sus labios, parecía como si se hubiera quedado sin nada más que decir.
—Te dejare solo por ahora, Bill. No quiero discutir contigo de nuevo.
Con ojos traicionados, Bill la vio salir. No podía creer lo que acababa de pasar.
&
—¿Qué hay, idiota?
Tom levantó la vista justo a tiempo para ver a Georg entrando rápidamente a su habitación, con su teléfono en la mano y los ojos fijados en la pantalla. Tom hizo lugar para que el otro se sentara en el sofá, dejando el control de su videojuego a un lado.
—¿Quién te dejó entrar? —preguntó Tom, levantando una ceja.
Georg levantó la vista de su teléfono, luciendo repentinamente pesaroso.
—Oh, sí… lo siento. Tu mamá me debía un favor desde anoche, así que…
Con una sonrisa, Tom lo golpeó en el brazo.
—Hijo de puta.
—Últimamente no.
—Perra.
Georg volteó a verlo con una mirada burlona.
—Hombre, ¿a quién llamas perra, marica?
—Así que ahora soy marica.
Georg asintió, con una sonrisa.
—Cien por ciento.
—Explícamelo —Tom le siguió el juego, un poco divertido.
—Porque te tienen amarrado, obviamente.
Tom parpadeó, su sonrisa decayó un poco.
—Amarrado.
—Sí, no jodas. Esa novia tuya. Todos sabemos que la perra está loca, ¿por qué mierda no has terminado con ella todavía?
Georg sólo estaba bromeando, intentando presionarlo para obtener una reacción. Eso era lo que él sabía. Lo que no sabía, era por qué había sentido una punzada de irritación formándose dentro de él al haber escuchado las palabras.
Tom se recargó más contra el respaldo del sofá.
—Ni siquiera lo sé, hombre.
Georg levantó una ceja y continuó con su crítica.
—¿Qué? ¿Su coñito no ha perdido el sabor, o qué?
—¿Qué? —Tom negó—. No, no me la he follado en semanas.
Los ojos de Georg se agrandaron.
—Mierda, hermano, pensé que ella era tu perra mayor, o algo así.
Tom resistió las ganas de rodar los ojos.
—No lo ha sido desde hace un tiempo.
&
Bill escaneó el piso de su habitación, seguro de que se le había caído en algún lugar. No estaba en el bolsillo de sus pantalones, donde normalmente la dejaba, no estaba en el bolsillo de su chaqueta, tampoco estaba donde estaban sus llaves…
—¿Dónde coño está mi identificación?
&
Aun un poco confundido por lo que Tom había dicho, Georg bajó la vista cuando algo extraño captó su atención.
Se inclinó para recogerlo y sintió que su sangre se heló cuando sus dedos tomaron la identificación escolar de Bill Kaulitz. La estudió un momento, viendo la amplia sonrisa de Bill y su perfil perfecto, su nombre y su número de identificación en letras negritas debajo de la foto.
No…
Levantó la mirada para ver a Tom y le dio vuelta a la credencial.
—Tom, ¿qué es esto?
Continuará…
Y hablando del capítulo… pasaron muchas cosas, ¿qué opinan de Tom, de Bill y de lo que pasó al final? Espero sus comentarios. <3
Y bueno, hace rato vi que la autora andaba merodeando por aquí así que les voy a pedir por favor que le manden un saludito para cuando vuelva a entrar. :3 Ambas les agradecemos sus comentarios. <3 Espero que disfruten del capítulo.
¡Besotes!
Valiendo chota, ay