Oh, Bill…
Fic de Schmingg. Traducido por OuterSpace
Capítulo 11
Por cuarta vez en esa hora, Bill entrecerró sus ojos bajo las cegadoras luces fluorescentes, deseando estar en cualquier lugar menos ahí. Miró con desdén la bata blanca que estaba frente a él, a sabiendas de lo que se le venía. Le echó un vistazo al rostro de la doctora mientras ella miraba sus gráficos, lo cual sólo logró ponerlo más incómodo al ver el desagrado en sus rasgos.
La doctora tenía un pliegue prominente en su entrecejo y un aspecto severo que hacía juego con la mueca que hacía que su rostro luciera enojado. Algunas canas se alcanzaban a ver en su cabello castaño claro, incluso a pesar de que no podía tener más de treinta años.
Oh, genial… una doctora que probablemente no tenía ni zorra idea de lo que significaba ser reconfortante.
Bill rodó sus ojos y se apoyó contra el respaldo de la silla con un silencioso resoplido. Este día… negó con su cabeza, ya irritado e impaciente. ¿Qué acaso a la mujer se le dificultaba mucho hablar con sus pacientes antes de meter la nariz en los papeles?
Aunque, como si le hubiera leído los pensamientos, los ojos color café de la mujer se encontraron con los suyos. Viéndolo con aburrición mientras le preguntaba:
—¿Y qué crees que tengas? —Bill entrecerró sus ojos.
Bueno, no lo sé, ¿qué no se supone que ése es tu puto trabajo? Se mordió la lengua antes de que la contestación ofensiva abandonara sus labios, sin embargo, si lo hubiera hecho, sabía que probablemente la mujer no reprendería ahora, sino que lo haría pagar por eso después, durante los exámenes.
Bill suspiró.
—Sólo… quiero un chequeo de todo.
La mujer levantó una ceja.
—Ok, muy bien. Pero, primero tengo que hacerte algunas preguntas indiscretas antes de empezar.
Bill bajó la vista.
—Ok, dispare.
Con el bolígrafo listo, sólo a la espera de su respuesta, la mujer comenzó con la lista.
—¿Tienes actividad sexual con mucha frecuencia?
—Sí.
—¿Cuántos compañeros sexuales has tenido?
—No tengo un número —dijo, haciendo una mueca. Cuando vio la expresión de la mujer, modificó su respuesta—. Muchos.
—¿Sostienes relaciones con hombres, mujeres o ambos?
Bill gruñó, demasiado avergonzado para formar palabras. Era cierto que el trabajo de la mujer no era juzgarlo, y probablemente Bill nunca la vería fuera de la maldita clínica pública, pero eso no cambiaba que el asunto siguiera siendo demasiado personal.
—Hombres.
La mujer continuó.
—¿Sostienes sexo oral? ¿Sexo anal?
Bill hizo una mueca.
—Sí.
Los ojos de la doctora se levantaron del papel.
—¿Sí a ambos?
—Sí. —afirmó, moviéndose nerviosamente en la silla. Incluso cuando las preguntas eran un procedimiento reglamentario… el procedimiento reglamentario podía venir y besarle su inexistente trasero. Dios, ¿qué importaba si era uno o el otro? ¿Por qué tenía que preguntarle para estar segura?
—¿Usas condones?
Bill se tropezó con esa pregunta por un instante.
—…la mayoría de las veces. —dijo, decidiendo que eso sería lo más cerca que estaba dispuesto a acercarse a la verdad. En el pasado, siempre hacía que quien fuese que quisiera follarlo se pusiera condón, pero la última vez no había tenido opción, y las demás personas no necesitaban saberlo.
La doctora asintió.
—Ok, eso es todo lo que necesito. Primero te voy a hacer un examen de sangre, así que por favor levántate la manga para que podamos empezar.
Bill cerró sus ojos… oh, qué alegría.
Después de varios minutos rápidos pero que le hicieron apretar sus mandíbulas al ser literalmente pinchado y picado, Bill se encontró a sí mismo saliendo de la clínica, caminando con la mayor parte de su dignidad intacta. Lo cual era sorprendente, considerando que acababa de tener un hisopo gigante metido en su pene.
Vete a la mierda, Tom. Se quejó, ya estaba encabronado con el mundo y con todos en él. Sabía que de cualquier forma ya le hacía falta una visita, pues nunca había hecho cita antes, pero al final de cuentas, siempre había tenido la oportunidad de ignorarlo por un poco más.
Bill rodó sus ojos cuando llegó a su auto, aparentemente a Tom eso no le preocupaba.
Y justo cuando estaba a punto de poner sus cosas en el asiento del pasajero y entrar, desesperado por llegar a su casa y a su cama donde podría esconderse, sus planes se vieron frustrados nuevamente.
—¿Checándote por todas tus enfermedades?
Su cabeza se volteó hacia la derecha y entrecerró sus ojos en sorpresa, al haber sido tomado desprevenido. Cuando vio a Sloane de pie a una pequeña distancia de él, pero lejos de su espacio personal; Bill casi pudo golpearse la cabeza contra el pavimento.
Oh, sólo mátenme de una buena vez…
Bill se le quedó viendo con una mirada exasperada, ya cansado de toda su mierda.
—Oh, por dios. ¿Me seguiste hasta aquí? Eres una jodida loca. —dijo rotundamente, sin creer lo que estaba pasando.
Sloane lo miró con odio, como si perseguir a alguien fuera algo completamente normal. La chica se encogió de hombros.
—Sólo me aseguraba de que no fueras a otro lugar.
En un abrir y cerrar de ojos, Bill se sintió estallar.
—Mira, Sloane —empezó, levantando una mano para dejar su punto bien en claro—. No estoy de humor para tu mierda en este momento. Súbete a tu puto vehículo antes de que me enoje y las cosas se pongan feas.
—¿Me estás amenaz-
Bill la cortó inmediatamente.
—¡Oh, por dios! ¡Sí! Estúpida gilipollas. ¿Qué diablos tengo qué hacer para que me dejes tranquilo?
Sloane tartamudeó, pero Bill no tenía tiempo para deleitarse con su pobre falta de ingenio. Sintió que dentro de él brotaba una mezcla de humillación y rabia, y ésta buscaba liberarse. Y entre más tiempo pasaba, más irritado se sentía.
—¿Qué mierda quieres de mí? Porque lo único que yo quiero hacer es irme a mi casa y hacerle el amor a una botella de NyQuil, así que apresúrate.
Se inclinó contra su auto mientras la dejaba encontrar su voz para hablar nuevamente.
—Quiero que te alejes de lo que es mío.
—¿Otra vez con lo mismo? —se burló, negando con su cabeza—. Oh por dios, perra, ya olvídalo. ¿Qué te parece si mejor vas a tirarle tus loqueras a alguien más? Porque yo no he hecho nada para merecerlas. Tu novio es una escoria.
Sloane lo miró de forma furiosa y lo igualó, entre dientes:
—¿Cómo te atreves? Yo vi tu auto, este auto, el viernes afuera de su casa. Sé que estuviste con él.
Bill entrecerró sus ojos.
—¿Lo sabes, o sólo lo dices porque viste el auto de alguien?
Sloane rodó sus ojos y continuó.
—No soy estúpida, ¿ok? Sé que Tom se acuesta con todas. Así que borra el aspecto inocente de tu cara. Tal vez todos los demás son lo suficientemente estúpidos para defenderte, pero yo sé lo que has hecho.
Bill la miro con compasión. Su declaración lo hizo enojar, por decir poco, pero no podía negar que se sintió al menos un poco mal por ella. Dejó escapar un suspiro de cansancio mientras volteaba su cabeza a un lado, negando.
—No, no sabes. —empezó, bajando la vista.
En verdad no sabes.
—¿Por qué te degradas de esta forma, Sloane? —le preguntó, distante—. Una vez que se te va, nunca volverá.
Y es cierto, pensó. Todo era demasiado cruel.
—Porque lo amo. —dijo, de forma realista, lo cual hizo que Bill rodara sus ojos y volteara su cabeza para volver a mirarla.
Aunque su enojo seguía bastante intacto, se le hizo difícil ocultar el aspecto de lástima que se propagó en su rostro.
—Tom Kaulitz no ama a nadie.
En esa forma, la entendía. No es que él supiera lo que significaba amar a alguien, pero con el paso de los años, parecía haber desarrollado un gusto por las cosas que no podía tener. Lo irritaba estar siendo acusado de querer a la única persona a la que siempre se había esforzado por evitar.
—Ni siquiera lo conoces. —escupió Sloane, haciéndole dar un respingo.
—¿Acaso no dijiste que me acosté con él? —contraatacó, ladeando su cabeza. Sin embargo, cuando no le contestó, lo único que pudo hacer fue resoplar—. ¿Sabes qué, Sloane? Ni siquiera vales la pena. No sé cómo te enteraste de lo mío con los jugadores del equipo, pero…
—Espera, ¿eso es cierto? —parpadeó, haciendo que Bill se le quedara viendo. En medio segundo, su mano voló a su propia boca para cubrirla.
—Tú no sabes nada. —dijo Bill, dando un paso adelante cuando ella empezó a retroceder.
—Oh, por dios, de verdad te follaste al equipo de futbol, ¿verdad?
—¡Sloane, cállate! —dijo, un poco más fuerte de lo que pretendía. Para ponerle un fin al intento de Sloane de alejarse, la agarró, sonriendo triunfantemente cuando atrapó su manga y la jaló hacia él.
—Escúchame bien, perra —empezó, apuñando su blusa con ambas manos. Normalmente nunca hubiese considerado tratar así a una mujer, pero a la mierda, Sloane simplemente parecía no detenerse.
—Vas a olvidar lo que escuchaste, ¿sabes por qué? Porque puede que sólo estés intentando vengarte por lo que sea que pienses que yo hice mal, pero no vas a arrastrar las vidas personales de otras personas en todo tu puto chisme de celos, ¿ok? Y si lo haces, yo personalmente, me encargaré de que pases el resto de tu año escolar tragándote tu almuerzo en el baño de chicas, ¿entiendes? No tienes ni puta idea de quién soy yo.
Sloane se le quedó viendo con ojos grandes y sorprendidos, al recibir la primera probada de lo que significaba meterse con Bill Kaulitz. No lo demostraba seguido, pero aparte del carisma, había una razón por la cual era respetado. Sobre todas las cosas, era lo suficientemente inteligente para darle vuelta al asunto y poner en ridículo a quien fuese que intentase hacerle lo mismo a él.
Después de unos segundos de observar su rostro completamente aterrado cambiando a uno de entendimiento, la dejó ir y retrocedió. Señaló en la dirección contraria y luego le ordenó:
—Ya lárgate de aquí, Sloane. Y no me vuelvas a seguir.
La vio alejarse con pasos apresurados, antes de tener tiempo de calmar su ira. Al hacerlo, se quedó de pie ahí en el estacionamiento con su cuerpo temblando y sus puños muy apretados, y se permitió sentirse abrumado. Sin duda se había quedado flojo con la situación de Sloane, pero eso no era nada comparado con lo que pasaría ahora. Sabía que era estúpido creer que Tom ya había terminado de jugar con él, sólo se preguntaba cuánto más duraría todo esto.
Con pasos pesados, regresó a su auto, abrió la puerta y se metió con un resoplido. Cuando cerró la puerta, sus manos agarraron el volante instintivamente con toda la fuerza que pudo reunir mientras se golpeaba la cabeza contra él repetidamente.
Recordó una noche hace dos meses, cuando todo había iniciado. Recordó entrar a su casa tambaleándose a las 2:00 de la mañana, bamboleándose por las escaleras, quitándose su ropa y queriendo prenderse en llamas con un cerillo. Recordó tallarse fuertemente su piel en la ducha. Recordó tirarse en su cama llorando por horas hasta que todo su cuerpo dolió.
Sintió el delatador escozor de las lágrimas en sus ojos, y las dejó caer. En ese entonces, todo había sido mucho para soportar al mismo tiempo, y recordaba haber querido morir.
Y entonces, se permitió a sí mismo derrumbarse ahí en su auto al darse cuenta que todavía quería.
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Terminó faltando a la escuela al siguiente día, a favor de tomar otro turno en su trabajo. En términos glorificados, trabajaba en un mostrador de un departamento en Macy’s. Sin embargo en términos verdaderos, era un vendedor que trabajaba bajo comisión al que pretendía importarle un carajo la clientela de clase alta y sus constantes quejas.
Bill suspiró al meterse en su cama; había sido el primer turno que había tenido desde hace un mes cuando decidió tomarse un descanso, y no le había sido fácil. Había soportado 8 horas estando de pie, con la chaqueta de un artista llena de brochas de maquillaje y limpiador aplastando su cuello. Y aunque había vendido más que todos, eso no lo tranquilizaba. Había estado casi seguro de que los golpes y los músculos adoloridos ya se habían desvanecido, pero su cuerpo parecía decidido a llevarle la contraria.
Bill gruñó volteándose sobre su costado. Todo le dolía, y lo único que quería hacer ahora era dormir.
Sin embargo, su teléfono parecía tener otras ideas. Tan pronto como dejó que sus ojos se cerraran y que comenzara a relajarse, lo sobresaltó con un increíblemente inoportuno zumbido desde la mesita de noche.
—Oh por dios, gente. —gruñó, ya enojado y parpadeando en la oscuridad. Rebuscó su teléfono sobre la mesa y entrecerró sus ojos cuando lo tuvo enfrente.
Una llamada perdida y un correo de voz de Zoey.
26 mensajes de texto.
3 notificaciones de Facebook.
—No me importa. —concluyó, tirando el dispositivo detrás de él y volviendo a acurrucarse sobre su colchón. Tal vez apenas eran las 5:00, pero eso no significaba que tenía que…
Bill dio un respingo cuando otro mensaje llegó.
—¡Les juro a cada uno de ustedes, hijos de puta, que voy a matarme ahora mismo! —se quejó, dándose vuelta, y mirando con ira al mensaje ofensivo en la pantalla. Pero cuando sus ojos observaron la pantalla LCD, se congeló.
Bill parpadeó una vez.
Dos veces.
Tres veces, y seguía viendo lo mismo. Actualizó su teléfono, esperando que sus ojos cansados le estuvieran jugando una broma, pero ahí estaba.
Debajo de un número desconocido, yacían las palabras:
Ven a mi casa.
Rápidamente, Bill cerró sus mensajes de texto y dejó caer el teléfono de sus manos.
¿Cuáles eran las posibilidades de que alguien se hubiera equivocado de número?
Bill quiso golpearse a sí mismo, por dios, por supuesto que las cosas no podían ser así de simples para él.
—¿Cómo putas conseguiste mi número, Tom? —se preguntó Bill en voz alta, abriendo su teléfono para ver de nuevo el mensaje de texto. Después se tapó su rostro con sus manos. No había forma, ninguna forma de que alguien más le hubiese enviado eso.
Un lloriqueo patético escapó de sus labios al darse cuenta de que acababa de ser citado como una sucia amante.
Mierda, de eso se trataba todo esto, ¿no? Bill bajó su cabeza a su almohada, derrotado… Tom quería un juguete que pudiera usar y mantener en secreto del resto del mundo. Tom quería control.
Una ráfaga de rabia lo atravesó, y Bill resopló.
—Vete a la mierda, Tom.
Sólo estaba enojado porque sabía que de cualquier forma, no sería capaz de quejarse.
&
Una hora después, Bill se le quedaba viendo al portón abierto frente a la entrada de estacionamiento de Tom. Su auto avanzaba a 20 kilómetros por hora, quizá en un intento para distraerse a sí mismo. Para darse un momento.
Después de todo, era jueves por la noche. Una noche entre semana. Y se había ido de su casa después de las 5:00 así que sus padres habían estado ahí. Bill apretó sus ojos, intentando sacarse de la cabeza la voz de su madre.
—Bill, ¿a dónde vas? —cuestionó su madre, mirándolo desde la cabeza donde llevaba un gorrito, hasta sus botas.
—Afuera. —ofreció cortamente, ya con sus mandíbulas apretadas. Nunca había sido un buen mentiroso, así que no tenía una historia de respaldo. A sabiendas de las sospechas de su madre sobre cómo había estado actuando últimamente, si decía que iba a la casa de un amigo, terminaría llamándolos a todos para asegurarse de que era cierto.
Y en ese momento, no estaba seguro de que alguno de sus amigos mentiría por él.
—Mañana tienes que ir a la escuela —le recordó, como si lo hubiese olvidado.
Bill la miró con desdén.
—¿Y? —retó, sacando una de sus chaquetas del perchero y poniéndosela.
Vio cuando el rostro de su madre mostró algo que parecía decepción. Parecía como si quisiera decir algo, pero en vez de eso, sólo suspiró.
—Regresa antes de medianoche.
Casi deseaba que le hubiera ordenado quedarse en casa.
Apagando su auto, se encorvó un poco en su asiento. Esto no te va a matar, tuvo que recordárselo al exhalar.
—Todo está bien.
Caminó a la puerta principal deliberadamente con lentitud, eligiendo arrastrar las suelas de sus botas sobre el pavimento en vez de dar pasos decididos hacia adelante. Ojeó la sólida madera de las puertas dobles y la abertura entre ellas: una había se le había dejado abierta.
Mierda, esto no era una invitación sugestiva; pero no sabía lo que era. También significaba que Tom sabía que se presentaría.
Lo cual lo hizo sentir como una perra.
Las puntas de sus dedos rozaron la manija dorada de la puerta abierta, casi preguntándose si se quemaría los dedos al tocarla. Todo le daba esa impresión, la casa de Tom, los muebles e incluso los arbustos en el jardín, parecían tan volátiles como el veneno que los hacía prosperar. No obstante, la abrió con bastante cuidado, y adentró su cuerpo bajo el marco. El vestíbulo estaba a oscuras y lucía carente de vida, lo cual hizo que sus ojos se dispararan inmediatamente hacia las escaleras.
El pasillo de arriba brillaba ligeramente con una luz amarilla, y sus pasos lo acercaron al subir. Tuvo cuidado de evitar que sus pasos crujieran; no sabía quién más, aparte de Tom, estaba en la casa, y eso inmediatamente le hizo estar en guardia.
Sus oídos distinguieron el sonido de música flotando con suavidad en el aire desde la izquierda. Se tragó sus últimos miedos y volteó su cabeza en esa dirección, donde estaba la puerta al final del pasillo. La habitación de Tom.
También estaba abierta, y a pesar de la iluminación en el pasillo, de ahí salía una luz amarilla que llegaba hasta los pies de Bill. Delicadamente, se acercó, con pasos escépticos; no quería entrar.
Pero al caminar, pudo distinguir mejor el sonido de la música que se escuchaba detrás de la puerta. Sonaba triste, y contemplativa, con un ritmo y letra lentos; se trataba de algún tipo de música rap meliflua que jamás hubiera creído que podría ser del gusto de Tom. La música lo atrajo, y cuando finalmente juntó el valor para asomarse, levantó su mano para abrir la puerta ligeramente. Sus ojos le echaron un vistazo a la habitación de Tom, que hasta ahora tuvo tiempo de observar propiamente, estaba melindrosamente ordenada. Sus ojos volaron hasta la cama, la cual estaba vacía, y después hacia el sofá frente al centro de entretenimiento de Tom.
Y entonces, una roca le cayó en el estómago. Tom estaba ahí sentado con su libro sobre su regazo y su lápiz en su mano mientras escribía algo en una libreta.
Bill quedó desconcertado por un momento. Al estar ahí sentado, haciendo su tarea, Tom en realidad parecía…
Humano.
Tristemente, Bill comenzó a preguntarse cuál sería la verdadera razón para que Tom lo hubiese llamado… ¿quería follar, o es que necesitaba un tutor para matemáticas? De ser así, Bill definitivamente estaba más calificado para la primera opción. Sin importar lo cruel que eso fuera.
Sin embargo, su observación no duró mucho, pues Tom giró su cabeza para mirarlo. Bill intentó no lucir incómodo al estar de pie a la mitad de la puerta, ni afuera, ni adentro, y se adentró, mientras se tragaba el nudo en su garganta. Tom lo observó con una mirada suave; algo que Bill nunca había visto de su parte, y lo cual le hizo moverse nerviosamente.
—Bueno, pues… ya estoy aquí, supongo. —empezó Bill nerviosamente, viendo que Tom dejaba su trabajo a un lado, distraídamente.
—Ehm, creo que esto probablemente, ¿va a tener que ser rápido? No tengo… oh, ¡dios mío! —Bill chilló, al ser repentinamente empujado hacia atrás.
Aterrizó sobre el colchón que estaba detrás, e inmediatamente, tuvo a Tom encima de él mirándolo. Los ojos de Bill estaban bien abiertos y sólo pudo asumir que su expresión delató el shock por la colisión repentina. Éste tipo de momentos eran los que lo aterrorizaban porque nunca sabía qué esperar, y aunque los ojos de Tom se habían visto suaves hace algunos instantes, ahora se veían fríos e implacables.
Estaba débilmente consciente de que la habitación había quedado en completo silencio, y fue lo único que pudo hacer para imitarlo, cuando una de las fuertes manos de Tom se cerró en torno a su garganta. Aplicó la fuerza suficiente para que Bill pensara, por un segundo, que estaba a punto de ser estrangulado.
—Escuché que golpeaste a mi novia. —Tom quebrantó el silencio. Sus palabras apuñalaron a Bill en el pecho como lanzas afiladas. Fue suficiente para hacerle reconocer como furia el aspecto en la mirada de Tom… Tom estaba enojado con él.
Bill inhaló temblorosamente, tanto como la mano de Tom se lo permitió. Y no fue mucho, lo cual sólo hizo que su pánico aumentara.
—Tom, yo… —empezó, pero se detuvo cuando Tom aplicó más presión. Las manos de Bill se crisparon a sus costados. Instintivamente, su cuerpo quería alejar a Tom, pero el miedo de lo que Tom pudiera hacer, lo mantuvo quieto.
—Cállate. —estalló Tom, y Bill apretó sus labios.
Obediencia. La palabra cruzó por su mente y casi le hizo derrumbarse ahí mismo, casi quería que Tom lo ahorcara hasta matarlo. Sólo entonces, todo dejaría de doler; así Tom ya no podría controlarlo más. Y ya no tendría que sentirse como un montón de basura inútil por dejar que otro hombre abusara de él.
—Dios, quiero lastimarte. —decía Tom, con su voz llena de resentimiento. Hizo que la cabeza de Bill se apretara más contra el colchón, y cuando lo hizo, Bill dejó escapar un sonido estrangulado de angustia, lo cual hizo que sus manos reaccionaran. Se envolvieron alrededor del bazo de Tom, sin realmente hacer un esfuerzo por quitárselo, pero más bien como para hacerle saber a Tom que de verdad lo estaba lastimando.
—Me haces encabronar tanto. —siguió Tom, pero Bill apenas y lo escuchó, al intentar concentrarse en respirar para no desmayarse.
—Tom… —se quejó Bill, dándose cuenta de que su voluntad para seguir vivo era más fuerte ahora que hace algunos segundos.
—Creo que te gusta —acusó Tom, justo cuando su visión comenzó a motearse—. Amo cómo te retuerces debajo de mí, intentando detenerme, pero en realidad no quieres que me detenga, ¿verdad? ¿Qué pasa, Bill? ¿Te hago sentir bien?
Bill no podía soportarlo más.
—Oh, dios… Tom… no puedo…
—¿Respirar? —preguntó Tom, y lo miró con desagrado por un breve instante crucial antes de quitar su mano.
Bill jamás había sentido tanto alivio como cuando sintió que el aire entró en sus pulmones desinflados. Ni siquiera pudo sentirse avergonzado por lo patético que debió verse cuando inhaló. Repentinamente tenía aire. El aire era lo mejor en el mundo.
Apenas tuvo tiempo para componerse antes de que Tom le levantara su camisa hasta su cuello, con brusquedad.
—Tampoco tienes idea de lo frustrante que eres. Actúas tan inocente, pero…
Tom se detuvo a la mitad de su oración al bajar la mirada al cuerpo de Bill; el movimiento por el que Bill había estado absolutamente petrificado. El abuso de Tom estaba escrito por toda su piel, ¿le daría asco? Sostuvo su respiración y se preparó a sí mismo para lo que Tom pudiera estar a punto de decir cuando vio que la ira disminuyó en sus ojos.
Bill también miró hacia abajo, a pesar de que ya sabía lo que vería. Era un aspecto pútrido. Los moretones púrpuras con los que Tom lo había marcado habían comenzado a desvanecerse, por lo que ahora la mayoría se veían repulsivos, con bordes entre verde y amarillo.
Cuando volvió a levantar la vista, observó la ensimismada mirada que Tom tenía sobre todo su torso. Bill entrecerró sus ojos, sin podérselo creer; casi parecía como si Tom estuviese… admirando su trabajo.
El pensamiento hizo que Bill sintiese repentinamente ganas de doblarse y vomitar, porque si eso era lo que Tom estaba haciendo, entonces Bill podría esperar otro encuentro demasiado rudo.
Se sobresaltó cuando sintió unos dedos posarse sobre la curva de su cadera. A pesar de que la bilis le subió desde el fondo de su garganta, volvió a ponerse en guardia cuando sintió que Tom se movió encima de él. Sintió que su cuerpo intentó alejarse un poco cuando Tom acercó su rostro al suyo.
Sin embargo, Tom no hizo nada por corregirlo, y tan pronto como sus ojos se encontraron, Tom hundió su rostro al lado de la mandíbula de Bill, cerca de su oreja. Sintió la presión de sus labios talentosos en ese lugar.
Demasiado cerca.
—No…
—Me encanta cómo se te ve. —susurró Tom en su oído, usando una voz que golpeó a Bill con un extraño giro. Sus músculos se tensaron al sentir un roce de lengua en el lóbulo de su oreja.
—Tan hermoso… —las palabras que abandonaron su boca sonaron tan afectadas y obsesivas que hicieron que el pecho de Bill se hinchara. Todavía había chupetones en su cuello, a los que Tom ahora les estaba prestando atención con toques ligeros, usando sus dedos como si fueran pétalos de rosa, y con algunos roces de sus labios.
Bill parpadeó al morderse su labio inferior. Repentinamente se estaba sintiendo tan frustrado y confundido con la situación, que quería llorar. Estaba seguro de que Tom había estado a punto de joderlo hace algunos momentos… ¿cómo habían podido cambiar eso algunas marcas de pasión?
Sin embargo, ya sabía la respuesta. Había sido marcado con la mano de Tom. Quizá Tom había estado planeando hacerle lo mismo esta noche, pero su marca ya estaba ahí. En su piel se marcaba el nombre de Tom.
Le pertenecía a Tom.
—¿Qué es lo que quieres de mí? —dijo Bill con una voz tímida y quebrada, haciendo a un lado el miedo de recordar cómo se sentía odiarse a sí mismo. Deseaba poder arrancarse la piel.
Su respiración se detuvo y las lágrimas comenzaron a asomarse en sus ojos. Estaba tan frustrado que parecía que la única cosa apropiada que podía hacer era quebrantarse y llorar. ¿Por qué Tom no pudo sólo usarlo para follarlo durante el fin de semana y dejarlo en paz? Así, al menos sería sexo imparcial y sin importancia. Cuando Tom movió sus manos por su piel, con cariño y con cuidado, casi afectuosamente, le hizo querer morir. Odiaba a la persona que tenía a su lado, de verdad lo odiaba. No quería ver a Tom a los ojos y encontrarse con algo enternecido.
Bill subió sus manos a su rostro cuando las lágrimas comenzaron a fugarse, a la mierda con Tom, ya era demasiado tarde para detenerlas. Su cuerpo entero hizo erupción por la presión y sollozó, dejando que todos sus sentimientos marchitos de autoestima, y el odio a su propia persona, lo atravesaran.
Sintió que la cabeza de Tom daba una sacudida.
—No —lo regañó con rapidez, al menos sonando un poco asustado. Sintió que la mano de Tom acunaba el costado de su rostro—. No, no llores. Detente.
Bill intentó no concentrarse en lo ligero que el pulgar de Tom acariciaba su pómulo. Tenía la intención de ser consolador. Y lo era.
Pero no se suponía que fuese así, se recordó a sí mismo cuando Tom continuó.
—Shh, todo está bien… maldita sea, odio eso.
Bill ya no podía.
—¡Entonces deja de forzarme! —estalló, secándose sus ojos de forma enojada. Quería ir a casa.
No, al carajo con eso. No quería ir a casa. Quería desaparecer.
Sin embargo, parecía que era demasiado tarde. Tom ya estaba acomodándolo, primero al hacer que quitara sus manos de su cara y luego secando sus lágrimas él mismo. Movió su pulgar con mucho cuidado, a pesar de que Bill sabía que su maquillaje ya estaba arruinado.
—Tom, sólo…
—¿Te lastimé, bebé?
Bill balbuceó por un momento.
—Pensé que eso es lo que querías.
—No me gusta que llores. Shh, detente.
—No puedo. —susurró Bill, con una voz apenas audible. De ninguna forma, no podía. Ya había llegado demasiado lejos. El daño ya estaba hecho, y estaba perdiendo su autocontrol rápidamente.
Era un pobre intento de hombre que dejaba que otros hombres lo usaran, y sólo pudo darse cuenta de eso hasta que Tom comenzó a victimizarlo. ¿Cómo podía vivir con eso?
Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para pensar en ello. Tom debió quedarse sin formas para mantenerlo tranquilo, y por un momento, Bill se sintió sorprendido al sentir el toque de unos labios contra los suyos.
No sabía si en su momento de angustia eligió tragarse el rencor ante la tierna sensación, o si sólo necesitaba consuelo de cualquier forma que pudiera encontrarlo, pero sólo le tomó medio segundo responder.
Tomó el costado del rostro de Tom, y le devolvió el beso.
Continuará…
Este capítulo me gusta mucho, hay algo muy poderoso en él, y sin importar cuántas veces lo he leído y releído, no me canso… los sentimientos persisten.
¿Comentarios? La autora y yo se los agradecemos mucho.
PERO, DIOSS MÍO. AMO CÓMO O NARRAS, CÓMO MUESTRA LO QUE BILL SIENTE. Vivan los fics antiguos, haces arte, enserio.