Caminar por la línea 1

Notas de la historia: Precuela de “Libertad restringida” (Restricted Freedom, by SnowStormSkies), este fic aborda la perspectiva de Simone sobre la relación poco ortodoxa y en última instancia ligeramente intimidante entre sus hijos.

Traducción de Ladyaradia

Capítulo 1

La mayoría de las personas deben creer que con los hermanos, y especialmente con los gemelos, sería el mayor de los dos quien estaría a cargo, el que portaría la antorcha y el más joven el que lo seguiría tras la luz del fuego.

Ella había oído todas las historias de sus amigos y colegas, y de sus amigos artistas, cómo uno sería el líder, e invariablemente siempre era el mayor quien se designaba a sí mismo ese rol, tomando el mando del otro como si hubiera nacido para liderarlos. Cuando ella se enteró que estaba embarazada de gemelos, asumió que lo mismo ocurriría con sus amados hijos.

Pero la verdad es que no fue así para nada.

Desde el mismo inicio, incluso aunque Tom era el mayor por diez minutos completos, él siguió a Bill. Siempre, sin fallas, Bill tenía que ser el primero y Tom le seguía. De los dos, Bill dijo la primera palabra antes (¡Tom!), Bill caminó primero (ella escribió en el libro de los bebés: primeros pasos, 2 de mayo de 1990), Bill hizo todo lo que decía el libro de bebés, y más, antes. Se lanzaba de cabeza en las cosas y Tom obedientemente iba tras él; medio segundo después de la primera palabra de Bill, Tom dijo la suya (¡Bill!), caminando tras las huellas de Bill mientras iba hacia Mamá, cruzando el salón, dejando que Bill eligiera la dirección y caminando en la línea que Bill había marcado.

Mientras iban creciendo, se volvió más obvio. Cuando los dos jugaban en su habitación de juegos, ella pudo ver hacerse realidad todo lo opuesto a lo que sus amigos le habían dicho acerca del mayor siendo el líder. Cuando Bill estaba aburrido y quería hacer otra cosa, Tom tenía que seguirlo –no importaba si Simone estaba jugando con ellos y estaba perfectamente de acuerdo con quedarse junto a Tom a finalizar su rompecabezas, o empujar carros a su alrededor haciendo ruidos de “vrum, vrum” mientras Bill se iba a jugar con la casa de muñecas o mirar una película. Si Bill quería parar, Tom paraba; así era como funcionaba entre ellos y Bill se aprovechaba de ello tan a menudo como lo deseara.

Simone a menudo se quedaba sola y rodeada por bloques de madera de un Lego a medio terminar cuando Bill, arbitrariamente, decidía que, absolutamente, tenía que jugar con las lindas muñecas o un juego de hacer una fiesta de té, y Tom, obediente, se unía a él; para disgusto de Tom al llegar a la adolescencia, ella tenía fotos para probarlo. Álbumes completos, de hecho, de Bill sirviendo té para un Tom que lucía descontento, con un bonete y guantes blancos; Tom fingiendo beber de una taza plástica rosada con el poco de dignidad que le quedaba mientras Bill miraba divertido la difícil situación de su hermano; e incluso una preciosa de Tom usando un kilt azul y verde haciendo juego con el rosa y negro de Bill.

Incluso cuando Bill tuvo la edad suficiente para darse cuenta de que las fiestas de té no eran realmente para chicos y cosas como perseguir una pelota o aprender a montar bicicleta eran más apropiadas para su género, nunca falló en monopolizar el tiempo y la atención de Tom, alejándolo de los carros y de los hoyos en la arena para sentarse a colorear con Bill o jugar con sus teddys cuando el más joven perdía el interés en lanzar pedazos de plástico y hacer pistolas de juguete con bloques.

Aunque él nunca maduró lo suficiente para abandonar los juegos de té o otras cosas, Bill le permitió a Tom cultivar algunas otras actividades tales como andar en patines o patinetas; pero tan pronto como Bill se cansara de estar a solas con sus revistas de moda, o de mirar a Tom recorrer la calle en cuatro o dos ruedas, él llamaría a Tom para que tomara su patineta o sus patines y volviera adentro.

Cuando crecieron un poco y estuvieron listos para ir a la escuela, ella lo notó más y más. Si ponía dos opciones de sándwiches en la mesa frente a ellos, Bill siempre era el que escogía cuál de los dos ambos deseaban para almorzar al día siguiente. Cuando ella compró sus morrales para el primer día de clases, ellos hablaron juntos muy seriamente acerca de los méritos del azul sobre el rojo o si era necesaria la adición de una botella de agua o bolsillos para guardar los comics pero Bill fue quien escogió los que realmente compraron, y le dijo a mamá con el rostro más determinado que esos dos eran los que necesitaban. Tom fue el que los llevó al salir de la tienda pero Bill fue quien tuvo la autoridad última de cuáles serían.

De regreso a casa, ella había decidido experimentar aún más, y les presentó el contenido de dos diferentes sets escolares todos mezclados de modo que ellos tuvieran que escoger cada uno lo que necesitaban para su clase del próximo día. Acorde a los libros para padres, ella estaría observando, en unos minutos, o una pelea, o a sus hijos practicar una lección de justicia y compañerismo.

Resultó que en los libros para padres nunca conocieron a sus gemelos.

En la mesa de la cocina, ella pudo ver cómo Bill vaciaba la bolsa plástica de reglas, lápices y gomas de borrar en la superficie de madera, pero Tom se sentó a observar en silencio mientras su gemelo, cuidadosamente, tomaba cada artículo y los situaba en frente de ellos en dos pilas –una para Bill y otra para Tom. No hubo pelea, pero tampoco lección de justicia y compañerismo; Bill fue el único en decidir que él quería el set rojo y Tom debía tomar los azules, y Tom solo asintió seriamente, sin reclamar la decisión.

Cuando él hubo terminado, Tom lo abrazó y pusieron las cosas en sus morrales recién estrenados y entonces Bill se marchó hacia la sala para ver una película y Tom lo siguió para sentarse a su lado incluso aunque expresamente le había dicho a Simone esa mañana que él nunca más quería ver otra película sobre princesas de Disney.

Esa tarde, Bill puso La sirenita y Tom solamente se acurrucó aún más cerca de Bill y no dijo una palabra.

Cuando crecieron más, esa autoridad nunca pareció menguar, a pesar de lo que le dijo la psicóloga a la que los llevó. Eso no era una fase o la reacción a nuevas presiones en la escuela, o solo chicos siendo chicos a pesar de lo que esa estúpida mujer le dijo, porque nunca desapareció.

Incluso cuando fueron pasando un año, dos años, tres años, y más, la autoridad de se mantuvo constante. Tom caminaba en las huellas de Bill, bailaba al ritmo de Bill, y aunque peleaban más a menudo mientras crecían, y Tom, de manera asombrosa, parecía ganar los altercados físicos, él nunca se salió con la suya en aquello por lo que pelearan. Ella perdió la cuenta de las veces en que entró al salón para encontrar a Bill sin aire en el piso, y a Tom sobre él para mantenerlo atrapado y aún así diciendo: “Está bien, Bill, tú ganas”.

Mientras más crecían, más pronunciada se hacía, y como parte de la vida normal, la dominación de Bill. Ella veía más signos cada día de que Bill tenía el control de la vida de ambos –cuando Bill se dio cuenta de que su sueño era ser el cantante de una banda que tenía que incluir a su hermano, Tom dejó a un lado su apenas reconocido sueño de ser un artista como mamá, agarró la guitarra que Gordon le trajo y dijo “¿Qué quieres cantar primero?”.

Eso era dulce-amargo para Simone –si bien sus bebés permanecerían para siempre juntos y ella apreciaba mucho ese hecho, lamentaba la pérdida de su sueño de enseñar a Tom cómo dibujar con perspectiva, cómo apreciar el arte, cómo dar forma y moldear arcilla con esas manos que podían igualmente ser las de un guitarrista o un artista.

Incluso después de eso, a los nueve, cuando Bill había sugerido un nuevo estilo de cabello, ella había pensado que él hablaba por sí mismo –él siempre había sido progresista a ese respecto; la moda y el gusto. Cuando él comenzó a tirar del pelo rubio de Tom, aunque era el mismo pelo que su gemelo había estado dejando crecer por varios años (a pedido de Bill, nada menos), describiendo rastas y mostrándole a ella su investigación sobre el asunto, ella se dio cuenta de su error al asumir que hablaba solamente de él mismo.

Él estaba preparado, además; le pasó una carpeta de información impresa y ella tuvo que leerlo ahí mismo sobre la mesa de la cocina, sorprendida del nivel de esfuerzo que Bill había puesto en ello –había artículos impresos de varios sitios sobre rastas, acerca del cuidado y mantenimiento, el proceso actual de torcer el pelo, los costos– era como si Bill hubiese estado planeándolo por años. Probablemente lo hizo, pensó ella mientras leía; él era impulsivo, pero cuando decidía algo hacía el máximo esfuerzo por conseguirlo, y él sabía que ella necesitaba más convencimiento que “porque lo digo yo”.

Cuando ella le preguntó a Tom: ¿Quieres realmente esto o solo aceptas por tu hermano?, no fue Tom quien respondió, sino Bill:

–Mamá, nosotros hablamos sobre ello, yo las quiero y también él. Ella nunca superaría por completo eso –yo las quiero–, como si Tom fuera un maniquí para Bill dar estilo o vestir según sus caprichos, pero Tom nunca objetó el deseo de Bill de que se aclarara el cabello, o que permitiera a Bill acompañarlo al estilista del cabello para que le hicieran las rastas, o que dejara de aclarárselo cuando cumplieron trece.

El día que ella entró a la sala y vio a Tom arrodillado a los pies de Bill, mientras su duendecillo de cabello punk le aplicaba la cera que tan cuidadosamente escogiera para Tom de la peluquería (no me gusta el de piña, Tom; mira, trata el de coco. Me gusta mucho más…), ella se dio cuenta de que mientras ella había prometido ayudar a Tom, soñando con un poco de tiempo de calidad con su hijo mayor, más escaso cuanto más él crecía, nunca iba a tener esa oportunidad.

Dos semanas antes, Bill había apurado a Tom para que subiera las escaleras después de varias horas en la peluquería, para que Tom sufriera la humillación de tener a cuatro mujeres rodeándolo, tocando su cabello, mientras Bill sostenía su mano, y Simone no los había visto más en el resto de la tarde.

Y aunque ella los observaba, Tom veía la televisión, ciego a su presencia mientras movía su cabeza hacia otro ángulo para que su hermano alcanzara otra parte de su cabello; solo Bill notó su entrada a la habitación. Él le sonrió ampliamente, pero solo dijo: “Cera, Tom”, y Tom obedientemente alzó el tubo hasta las manos de Bill; ella no devolvió la sonrisa. Las manos de Bill estaban posesivamente enredadas entre esas nuevas rastas, y la cabeza de Tom estaba inclinada ante la demanda no dicha de Bill de obediente silencio.

El día cuando Gustav y Georg llegaron, tras conocer a sus hijos en un club sucio en medio de Magdeburgo, ella había estado en la luna con la creencia de que las tendencias controladoras de Bill se verían reducidas, o por lo menos estarían más contenidas. Tener a otras dos personas allí podría mitigar el efecto de eso, al menos; eso le había sugerido a Gordon, quien lanzó un gruñido por la esperanza falsa a la que ella se estaba aferrando y volvió a afinar la guitarra en su regazo. Él nunca había visto mucho mal en las maneras de Bill porque eran muy muy Bill y muy muy difícil en realidad determinarlas con precisión, puesto que estaba consiguiendo ser mucho más sutil en esos días, pero ella era su madre y se preocupaba.

Y tenía buena razón para ello.

Cuando alcanzaron más edad, solamente se puso peor.

Cuando llevó a los niños a comprar ropa, los dejó ser más libres acerca de sus compras porque ahora se negaban a llevar lo que ella les compraba (tenemos casi quince, mami. Pienso que es tiempo de que escoja nuestras, digo, mi propia ropa, si no te molesta) y el control de Bill salió para relucir. Era él quien acercaba piezas al pecho de Tom, apuntando qué colores le quedaban mejor, criticando la elección de camisetas de su hermano mientras Tom estaba en la entrada de vestidor, aguardando su juicio. Simone vio, en parte con temor y en parte divertida, cómo Tom devolvía obedientemente al estante la ropa que a Bill no le gustaba, y pasaba a Bill los que este había aprobado, y seguía revisando las cantidades de ropa que Bill le lanzaba.

A veces algo tan pequeño como una ceja levantada de Bill era suficiente para que Tom rechazara un par de vaqueros o una camisa, o el indicio más pequeño de una sonrisa era suficiente para dejar a la prenda de vestir encontrar su lugar en las manos de su gemelo. Otras veces, Bill lo llevaba al espejo al final del salón, jalando a Tom para ponerlo de pie frente al vidrio mientras Bill estaba de pie tras él, ajustando la tela de una camisa potencial, comparando diferentes expresiones, enrollando las mangas de Tom.

A veces, Bill se acercaba hasta apoyarse en él, susurrando al oído de Tom, encontrando los ojos de Tom en el espejo y Simone se sentía muy fuera de lugar porque ellos ni siquiera la necesitaban allí realmente.

Bill se probó algunas prendas, pero seleccionó sus ropas mayormente de una ojeada; diciendo que los cosería para que le quedaran mejor, o los cortaría para entallarlas; su enfoque principal era Tom, que aparentemente necesitaba ayuda con todo. Bill deslizó sus cinturones a través de las trabillas, ajustó sus badanas, desplegó cada rasta atrapada en el cuello de sus hoodies, y en general adoró cómo había vestido a Tom, y lo hizo desvestirse.

El estilo de Bill era llamativo -mírame a mí, préstame atención a mí, enfócate en mí, dame tu tiempo a mí – con camisetas y chalecos, e incluso algunos pares de pantalones cortos por el verano. Tom era diferente. Su ropa era más suave, con enfoque en la comodidad y la calidez; hoodies holgados, camisas grandes, y camisas de manga larga bajo ellas.

Tom sentía el frío más que cualquier otro chico que Simone conociera, desesperadamente buscando abrazos y mantas adicionales a mediados de septiembre, más aún en invierno. Bill, obviamente, había tomado esto en cuenta con la ropa que le había escogido – ella había planeado comprarles algunos pantalones cortos y camisetas para su próximo año escolar, y… bueno. Ella era su madre, y aun así no había pensado acerca de la necesidad de más abrigo para Tom. Pero Bill lo hizo. Él escogió ropa que podía ser separada en capas: camisetas largas que podían ser puestas debajo de las camisas superiores, jumpers gruesos grandes y hoodies con tibia lana por dentro, y bufandas con borlas para los inviernos duros. Tom confiaba en él, tomando la ropa que Bill le pasaba con aprobación ciega.

Después de que los llevó a pagar, se dio cuenta de que todo en la canasta de Tom había sido escogido por Bill, cada par de vaqueros, cada camiseta, cada jumper, incluso cosas tan pequeñas como las badanas y la ropa interior habían sido escogidas concienzudamente por su hijo más joven, pero no podía decirse lo mismo en la otra dirección. Todo en la canasta de Bill había sido escogido por Bill y solamente Bill.

Ella no tenía influencia sobre nada, realmente.

De regreso a casa, los chicos se esfumaron hacia lo alto de las escaleras después de agradecerle por la avalancha de compras y cuando fue a verlos algunos minutos después, encontró a Tom doblando prolijamente su nueva ropa en sus cajones mientras Bill lo miraba, sujetando el nuevo tarro de cera y apuntando con el dedo autoritario al piso en frente de él, que estaba sentado sobre la cama. Y así exactamente, el deseo de Bill fue cumplido cuando Tom dobló la última camisa, cerró el cajón y fue a sentarse en el piso; vio las manos de Bill atravesar esas blandas sogas rubias de pelo, enterrando sus dedos en el cuero cabelludo de Tom para aliviar la tensión del proceso de atadura ajustada.

La expresión de dichoso placer de Tom la dejó preocupada, pero no tanto como la sonrisa suave, dulce y posesiva de Bill que decía mucho más.

Su pequeña banda hizo que sus hijos pasaran más tiempo juntos, casi cada hora del día, pero Simone creyó que la adición de un baterista y un bajista ayudarían a mostrarle a Bill que no podía tener a Tom siempre para él y, al mismo tiempo, darle a Tom algunos amigos. No le gustaban sus actuales amigos -eran tan descuidados, y a menudo olfateó hierba y cerveza en la ropa de los gemelos la mañana después de una fiesta, y ella sabía que algunos de los chicos en el grupo habían tenido problemas con la policía. Sabía que sus hijos habían estado en problemas antes, pero no eran chicos malos, no del mismo modo que esos pandilleros con los que andaban por ahí.

Georg y Gustav, por el contrario, eran chicos buenos, muy para su placer, y se adaptaron a Bill y Tom casi inmediatamente; Georg adoraba reírse y tenía a su disposición las bromas más obscenas en el planeta, lo que causó que Tom gravitara a su alrededor y Gustav tenía un completamente perverso sentido del sarcasmo que los dejaba a todos con puntadas a menudo. Eran muy buenos en mantener a Bill y Tom interesados y enfocados, en vez de permitir que ellos se replegaran en su método acostumbrado de esconderse del mundo.

Sus uno o dos años adicionales también querían decir que tanto Gustav como Georg eran un poco más conscientes de las normas sociales de hermandad y un mayor entendimiento con respecto a la naturaleza inusual de los gemelos, pero ella esperaba que por tenerlos cerca todo el tiempo (y en verdad era todo el tiempo; era como repentinamente hubiese adquirido dos hijos adicionales si sumaba la cantidad de veces que se quedaron a dormir en su casa) Bill se vería forzado a replegarse y relajar su micro-control de Tom.

No cambió nada realmente.

Cuando Bill quería ensayar, Tom iba por su guitarra y punteaba las cuerdas hasta que sus dedos sangraban, a menos que Bill se diera cuenta primero y pusiera un alto a la sesión. Y esto no era una exageración, tampoco. A la edad de catorce, mucho después de que Georg y Gustav llegaran a este escenario, ella encontró una escena del crimen en la sala. La guitarra cubierta de gotitas de sangre de Tom, una mancha de sangre sobre la mesa de centro, y voces en el baño.

Simone había encontrado a Tom sentado sobre la repisa del baño, sus manos sobre su regazo sobre una toalla, mientras Bill las limpiaba cuidadosamente con gasas antisépticas y las cubría con vendas plásticas; todo el rato, hablando calmadamente. Los dedos de Bill eran rápidos y gentiles cuando tomaba las manos de Tom para cuidar de ellas. Ella había mirado todo desde la entrada, con sus brazos abrazándose a sí misma hasta que Bill aplicó la última venda y luego ofreció abrazos y besos, y no eran besos y abrazos normales.

Ella habría esperado un beso en broma sobre los dedos para “que te pongas mejor pronto” pero Bill lo había besado en la frente; un beso tierno, uno al que Tom había inclinado su cabeza y aceptado, sus ojos parpadeando para cerrarse mientras se aferraba con sus dedos vendados en la camisa de Bill y rodeando con sus piernas la cintura de Bill, atrayendo a su hermano más cerca. Se habían quedado de ese modo por mucho tiempo, Bill acariciando con sus dedos la parte baja del cuello de Tom mientras él… mientras él besaba el pulso en el cuello de Tom, con un movimiento pequeño pero con un gran significado.

Los había dejado allí, abrazados en el baño, mientras se iba abajo, pasó un trapo a la mesa de centro, lanzó el almohadón ensangrentado a la lavadora, pero no tocó la guitarra ensangrentada. En vez de eso, la dejó en la cama en el dormitorio de Bill -la cama matrimonial grande que Bill había exigido cuando los había mandado a habitaciones separadas, preocupada al encontrarlos compartiendo una sola cama a los once años.

Quince minutos después de que los dejó en el baño, escuchó dos juegos de pasos sobre las escaleras – unos dirigiéndose hacia arriba, a la habitación de Bill, y otros yendo hacia la planta baja; Tom apareció en la sala para recoger su guitarra que él creía estaba en la sala, y Simone quería hablarle, preguntarle qué había ocurrido.

«Me lastimé los dedos.» Largos dedos delicados con venditas de Spiderman sobre todos ellos fueron presentados para inspección. Cuando ella había tratado de sacarle más, preguntando cómo, por qué, qué ocurrió, Tom se encogió de hombros. «Bill me pidió que tocara y supongo que me olvidé de parar.»

«¿Quieres un beso y un abrazo?». Ella lo deseaba tanto, necesitaba estar cerca de Tom; todo lo que consiguió fue una cabeza inclinada y una dulce sonrisa.

«Te quiero, mamá.»

«Te quiero, también.» Cuando Tom no se movió, y solo señaló a la mesa, ella suspiró. «Tu guitarra está sobre la cama de Bill.»

«Gracias, mamá…» Tom se alejó de ella, de vuelta a Bill, a la habitación de Bill, y a la cama de Bill.

Cuando Bill se apresuraba corriendo por las escaleras para ir a escribir más letras de canciones, Tom guardaba su tarea, decía buenas noches a ella y a Gordon antes de trepar por las escaleras y ella podía oír sus pisadas tranquilas siguiendo un sendero familiar hasta la puerta de Bill antes de que el ruido sordo de la puerta al cerrarse pudiera ser escuchado por ella en la cocina.

Cuando Bill estaba aburrido con sus vagamente amigos-no-amigos y quería ver una película con Tom, él tomaba una expresión en su cara que le decía a Simone que él estaba haciendo contacto con su hermano en su modo de gemelos y Tom, inevitablemente, volvería a casa desde el parque para patinar y sus propios amigos-no-amigos, llegaría a la puerta en cuestión de un minuto, casi sin aliento por el esfuerzo de correr la milla que lo separaba de la casa solo para enrollarse junto a su gemelo sobre el sofá y mirar una película ligera de chicas que él se había negado categóricamente a ver con su mamá veinticuatro horas antes.

Bill mantenía a Tom en un agarre ajustado y Simone se halló a sí misma preguntándose dónde debía dibujar la línea.

Continuará…

por ladyaradia

Escritora del Fandom

2 comentario en “Caminar por la línea 1”
  1. Awww … me encantó …. amo las historia de ellos de cuando eran pequeños …. bellisimo primer capitulo . Gracias por la traducción, besos. Muakkk ! Espero impaciente el próximo.

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