“Basai” de Gaja. Traducido por OuterSpace
Capítulo 1
Tom gruñó por lo bajo intentando mantener su concentración en su videojuego y así ignorar el golpeteo en la puerta. No quería, pero estaba empezando a pensar que iba a tener que hablar con David para pedirle algún tipo de seguridad en su casa. Bill y él casi nunca estaban en su apartamento, pero lo último que quería cuando estaban ahí era sentarse a escuchar a las fans más atrevidas que iban a tocar a su puerta principal.
El sonido se detuvo por unos minutos y Tom dejó escapar un suspiro de alivio. A algunas personas les tomaba siglos comprender la indirecta de que “no había nadie” en casa.
Tom sacó su rifle francotirador, regresando toda su atención al juego; se agachó y apuntó cuidadosamente a su enemigo que estaba al otro lado del puente. Estaba a punto de disparar cuando los golpes empezaron de nuevo.
—¡Mierda! —maldijo.
Su disparo se desvió y alertó al enemigo, dándole su posición. Un momento después, su personaje estaba muerto y Tom estaba arrojando su control al sofá y caminando enojado hacia la puerta principal, yendo en contra de todo lo que su manager les había advertido.
—¡¿Qué?!
El pequeño y viejo hombre que llevaba un portapapeles en la mano lo miró sorprendido.
—Eh… entrega para Kaulitz. —dijo, ofreciéndoselo a Tom para que firmara.
Tom suspiró.
—No aceptamos entregas en este domicilio —dijo, a secas—. Tienes que llevarlo a la disquera y ellos nos lo mandarán a nosotros. Lo siento.
Tom se encogió de hombros a modo de disculpa y dio un paso atrás para cerrar la puerta, pero el hombre lo detuvo.
—No tengo el domicilio de una disquera, señor —contestó—. Tengo esta dirección y un paquete para Bill Kaulitz. ¿Es usted?
—No, no soy yo —dijo Tom, sacudiendo la cabeza—. Y él no está aquí.
—Bueno, pero sí hay alguien en casa y tengo la autorización de dejar el paquete aquí, con o sin firma. Que tenga un buen día, señor. —dijo el hombre, reclinando una caja alta y estrecha contra la pared de afuera y quitándose su gorra a forma de despedida antes de alejarse.
Tom frunció el ceño, cerró la puerta y volvió al sofá. Había grandes probabilidades de que alguien pasara por su casa y robara lo que fuese que el repartidor había dejado si Tom no lo metía, pero David les había dicho repetidamente que no debían aceptar entregas ahí, a menos que supieran de quién provenían. Paquetes de parte de su mamá estaban bien, y ella siempre llamaba cuando les enviaba algo para que estuvieran al tanto. Tal vez esta vez se le había olvidado llamar.
Nervioso, Tom miró hacia donde estaba la puerta. Odiaría que el regalo de Bill se perdiera sólo porque mamá hubiera olvidado llamar en esta ocasión. No sería justo para ninguno de ellos, sin mencionar que Bill se molestaría con él por ser tan paranoico y perderle su regalo. Ciertamente, Tom no quería lidiar con Bill si se ponía de mal humor. Gruñendo de nueva cuenta, volvió a la puerta y miró por el visor antes de abrir y arrastrar la caja para adentro.
El paquete resultó ser más pesado de lo que pensó que sería, considerando lo delgado que era. Era más alto que él y tenía un poco más de medio metro de largo, pero tenía apenas de unos diez centímetros de anchura.
—De seguro es una pintura. —musitó.
Su madre ya les había mandado dos de sus cuadros para que su nuevo apartamento se sintiera más como un hogar. Uno más sería agradable y así Tom podría tener uno para su habitación también; incluso si lo había mandado específicamente para Bill.
—Lo que no sepa, no le hará daño.
Dejó que su curiosidad lo consumiera y fue por un cuchillo a la cocina; acostó la caja sobre el suelo y cortó la cinta para poder sacudir el cuadro y sacarlo. La pintura se atoró un par de veces, forzándolo a usar su pie de forma incómoda para intentar quitar la caja mientras jalaba de su contenido, pero después de unos minutos logró extraerlo.
Tom colocó el cuadro contra la pared, se hizo para atrás y… se miró a sí mismo.

—Debí adivinar que sería un espejo si era para Bill. —se dijo a sí mismo, tomándose un momento para arreglar una rasta que amenazaba con soltarse de su banda.
Sin embargo, debía admitir que era un espejo bonito. Era largo, como a Bill le gustaban, con un bonito y simple marco color plata en los bordes; era sin duda algo que a Bill le gustaría, incluso aunque había una mancha de moho en una de las esquinas.
Tom jaló el dobladillo de su camisa y lo frotó contra el pequeño defecto de la superficie, pero sólo logró esparcirlo más.
—Maldición.
Se inclinó más cerca del espejo y estiró una mano para tocar la mancha ligeramente aceitosa, preguntándose qué era eso exactamente. Las puntas de sus dedos acababan de rozar el espejo frío cuando todo se apagó por un segundo. Se alejó rápidamente del espejo con un salto y cuando levantó la vista, el espejo había desaparecido.
Todo su apartamento se había esfumado tras ese breve destello y había sido reemplazado con un mar de hombres y mujeres que caminaban a su alrededor entre puestos encortinados con telas y todos ellos charlaban ruidosamente entre sí. Los ojos de Tom se abrieron ampliamente mientras retrocedía para alejarse de la escena y miró hacia atrás para intentar encontrar el sofá que Bill y él habían elegido, o el pasillo que llevaba a sus habitaciones, cualquier cosa que no fuera esto.
—¡Ay! ¡Fíjate por dónde caminas! —le gritó una mujer cuando chocó contra ella, tirando su canasto de frutas al suelo.
—Lo… lo lamento. —tartamudeó, alejándose mientras ella se agachaba a recoger su mercancía.
—Deberías. Mira que tambalearse de esa manera… —lo regañó la mujer, levantando la vista sólo por un pequeñísimo instante para fulminarlo con la mirada antes de continuar recogiendo sus cosas.
Sin embargo, su mano se paralizó antes de tomar una naranja y sus ojos volvieron a mirarlo al mismo tiempo que inhalaba un pequeño jadeo de sorpresa.
—¡Oh, mi lord! Lo lamento, no me di cuenta de que se trataba de usted. —exclamó la mujer, presionando su frente contra la tierra.
Tom sólo parpadeó, envolviéndose con sus propios brazos de forma protectora.
—No sé de qué está hablando. ¿Dónde estoy?
—Está en el mercado, señor —dijo ella, con una voz ensordecida por la posición en la que estaba—. Es inusual verlo salir sin sus guardias. Estoy segura de que ésa es la verdadera razón por la que no pude reconocerlo de inmediato.
La multitud a su alrededor comenzó a detenerse, la charla cacofónica de hace un momento descendió a murmullos cuando la gente comenzó a señalarlos, dejándolos en medio de una muchedumbre de ciudadanos que empezaron a retroceder. Tom sonrió por costumbre y estiró su mano hacia atrás para tomar su marcador para autógrafos, pero entró en pánico internamente cuando no pudo encontrarlo.
—Hola. —dijo, haciendo una pequeña seña de saludo con su mano.
En un instante, toda la multitud se echó al suelo; la gente se postró ante él en círculos a su alrededor. Una vez más, Tom se abrazó a sí mismo, deseando que Tobi o cualquier otro miembro de seguridad llegara y lo sacara rápidamente de ese desastre. De pronto, alguien lo tocó en el hombro para darle vuelta y eso casi lo hizo gritar.
—Ven conmigo, rápido —susurró la mujer de cabello oscuro, tirando de él y alejándolo rápidamente de la multitud para llevarlo a una taberna cercana—. No sé quién eres, o por qué estás aquí, pero puedo asumir que eres muy ignorante si crees que puedes caminar por el mercado tal como hiciste.
Al estar lejos de la multitud, los nervios de Tom pudieron se suplantados fácilmente con irritación por las palabras de la mujer y un entrecejo fruncido se instaló en su rostro.
—No soy ignorante, gracias —espetó, fulminándola con la mirada—. ¿Qué tiene de malo ir al mercado?
La mujer sacudió su cabeza y apuntó hacia un espejo tiznado que colgaba cerca de la chimenea.
—¡Mírate! ¿Cómo es que siquiera has durado tanto tiempo ahí afuera luciendo como él? —preguntó, mirándolo a la cara con asombro—. Es verdaderamente escalofriante.
—¿Lucir como quién?
—Creí que habías dicho que no eres ignorante —dijo ella con una sonrisa—. No debes ser de estas tierras si no lo sabes. Aunque tus singulares ropajes lo testifican.
Ligeramente, la mujer pasó un dedo sobre el estampado de la camisa de Tom cerca de su hombro.
—Es muy inusual.
—No lo soy. No soy de aquí, para nada. ¿Dónde estoy? —preguntó Tom y un tinte de desesperación se filtró a su voz.
—Ahora mismo, estás en la taberna Sol de Cielo, un nombre brillante para un lugar sin gracia —dijo ella, enderezándose y estirando sus brazos para mostrar el lugar—. No es precisamente el lugar más seguro en el mundo para ti, pero es mejor que estar allá afuera. Ése es el Impero de Basai, y se extiende en todas direcciones hasta donde los ojos alcanzan a ver. Has recorrido un largo camino para arriesgar tu vida, pequeño.
—Nunca he oído hablar de Basai. —dijo Tom con un entrecejo fruncido, mirando la taberna a su alrededor mientras la mujer se alejaba furtivamente, recolectando comida en una pequeña bandeja.
La taberna estaba casi vacía a esa hora, sólo unos pocos borrachos de toda la vida estaban tendidos sobre sus mesas de siempre, murmurando cosas para ellos mismos en la penumbra generalizada del lugar. En aparente burla a la oscuridad, casi toda superficie estaba decorada con al menos una pintura de un sol brillante, un pequeño punto de brillo debajo de toda la mugre.
—Por alguna razón, eso no me sorprende —dijo la mujer cuando volvió con Tom, forzándolo a sentarse y situando la bandeja frente a él—. ¿Por qué estás aquí? ¿Cómo llegaste? Alguien debió advertirte antes de que te acercaras tanto al palacio, si es que llegaste a pie.
Tom miró la bandeja sospechosamente y levantó la cuchara sólo hasta que la mujer le hizo una señal para que comiera.
—No te puedo responder porque no lo sé. En un segundo estaba en mi casa y al siguiente estaba aquí. No vine a propósito —dijo, probando la porción más pequeña que pudo tomar—. ¿Por qué es tan peligroso este lugar para mí?
—Tu cara —dijo ella con simpleza—. Tienes un rostro peligroso. Ahora, come bien. Necesitarás energía. Te sacaremos de aquí después del anochecer y no tendrás que preocuparte más por esto.
Tom revolvió su cuchara distraídamente.
—Pero yo no quiero huir, sólo quiero ir a casa.
—Tal vez estando lejos puedas encontrar el camino a tu casa —dijo ella, colocando sobre la mesa un tarro de agua para acompañar su comida—. Come y sé fuerte para que podamos llevarte a casa de nuevo.
—Lo dudo.
Tom comenzó a comer su comida de mala gana, picando los variados grumos de vegetación y arrugando la nariz antes de probarlos. La sopa estaba extrañamente especiada, pero no era particularmente mala. Una vez que se acostumbró al sabor, resultó de hecho bastante buena. Ni siquiera se dio cuenta de lo cansado que estaba de repente, hasta que fue demasiado tarde.
—Oye… —murmuró aturdido, cayendo hacia adelante sobre la mesa.
—Perdóname. —susurró la mujer suavemente, acariciando el cabello de Tom antes de llevarse los platos con comida drogada.
Continuará…
¡Hola! Linda semana para todos.
Les traigo una (no tan) nueva traducción de una historia muy original. ¿Pero por qué digo que no tan nueva? Porque ya había sido traducida antes.
Sí, eso me dijo la autora.
Honestamente no tenía idea, de lo contrario ni siquiera hubiera considerado hacer la traducción, pero después de enterarme hice una búsqueda y no encontré ningún resultado. Imagino que la traducción se perdió… De cualquier manera, la autora me dijo que no le molestaba que fuera traducida de nuevo y me dio el permiso, así que aquí está.
Espero que les guste tanto como a mí, vale mucho la pena. 🙂
Gracias por leer.
