“Basai” de Gaja. Traducido por OuterSpace
Capítulo 5
El Emperador picó el montón de fideos aceitosos y los trozos de tomate con su tenedor, levantando una ceja al mirar a Tom.
—Se parece un poco —dijo Tom, picando su propia comida—. Normalmente el tomate está más… cocinado que este, y un poco más molido. Supongo que no lo expliqué muy bien.
—Pero no está mal. Es un poco diferente, pero no es malo. —dijo el Emperador, enredando algunos fideos en su tenedor.
—Pero el real es mucho mejor. —Tom suspiró, cortando un tajo de tomate y metiéndolo en su boca.
—Tendré que decirles que lo intenten de nuevo otro día. Con el tiempo lo harán bien. —Sonriendo, el Emperador comió otro bocado, masticando con aire pensativo.
—Sí, tal vez. —dijo Tom con un ligero ceño fruncido. Silenciosamente esperaba no tener que estar en ese lugar tanto tiempo como para que en la cocina averiguaran cómo hacer una salsa de spaghetti apropiada.
El Emperador estiró un brazo y le dio un suave apretón a la mano de Tom.
—Está bien, sólo es pasta. —dijo con suavidad.
—No es el spaghetti. Es sólo que… —Tom se detuvo, haciendo un puchero—. No es nada. No importa.
—Cuéntame.
Tom levantó la vista para ver al otro hombre.
—Quiero ir a casa.
El Emperador suspiró, alejando su mano de Tom mientras sacudía su cabeza.
—Sabes que no puedo dejarte ir. Sabías el riesgo que estabas tomando antes de venir. No importa lo que ha pasado, ahora estás aquí. Necesitas acostumbrarte a ese hecho.
—No quiero acostumbrarme. —dijo Tom de mal humor en voz baja.
—Vamos, vamos, pequeña ave —dijo el Emperador, levantando con un dedo el rostro de Tom—. No más ceños fruncidos. Después del almuerzo te llevaré a la gran galería. ¿Te gusta el arte?
Tom se encogió de hombros.
—No está mal.
—Eso es un comienzo. ¿O prefieres otro viaje a los jardines?
Tom frunció el ceño.
—¿Por qué estás siendo tan amable conmigo? Hace tres días estabas tramando mi muerte y ahora me muestras el palacio pidiéndome que le enseñe a las cocineras nuevas comidas. No entiendo tu razonamiento en absoluto.
El Emperador parpadeó lentamente, ladeando su cabeza un poco hacia un lado.
—¿Preferirías estar muerto?
—No, es que…
—Entonces te sugiero que no te quejes. —interrumpió el Emperador.
Tom gruñó y levantó las manos, exasperado.
—No me estoy quejando. Sólo quiero saber; es que no tiene sentido.
—No tiene por qué tener sentido para ti.
—Bien, sé enigmático. Yo me voy a mi habitación —dijo Tom, impulsándose lejos de la mesa y poniéndose de pie.
—No, no lo harás. Estamos a la mitad del almuerzo y te sentarás hasta que terminemos —dijo el Emperador, fijando a Tom con una mirada feroz.
Tom se mofó, cruzándose de brazos.
—¿O qué? ¿Harás que me maten?
—Te quitaré la guitarra y te mandaré a las mazmorras hasta que aprendas algunos modales —dijo el Emperador con calma—. Ahora siéntate.
—No.
—Siéntate, impostor.
—Tengo un nombre y no es impostor, o doble o pequeña ave. Mi nombre es Tom. No me importa si también es tu nombre, así son las cosas. —respondió Tom mirándolo igual de furioso.
El Emperador se levantó, poniéndose de nuevo al mismo nivel.
—No me importa cuál nombre afirmes tener, eso no cambia el hecho de que eres un impostor al trono. ¡Ahora siéntate! —ordenó, señalando la silla.
—¡No! —dijo Tom, rebelándose.
—¡¿Por qué insistes en pelear conmigo?! Estábamos teniendo una comida perfectamente adorable, planeando otro día agradable y lo convertiste en una discusión. ¿Por qué no puedes ser feliz? —preguntó el Emperador, frunciendo el ceño.
—¿Podrá ser porque soy un prisionero aquí? ¿O porque no puedo ir a ningún lado sin tener a alguien atrás de mí? ¿O quizás porque sigues mencionando que tienes mi vida en tus manos? A la gente no le gusta que le recuerden que están bajo peligro de una ejecución potencial, ¿sabes? —dijo Tom, gruñonamente—. Hice una simple pregunta, sólo quiero saber por qué.
Se miraron fijamente por un largo momento y al final el Emperador bajó la vista y sacudió su cabeza.
—Tengo mis razones. No tienes por qué saberlas.
—Pero es mi vida.
—Y así deberá seguir. —dijo el Emperador silenciosamente.
—¿Hasta?
De nuevo, el Emperador meneó su cabeza.
—No lo sé.
Tom se dejó caer de nuevo en su asiento, exhalando un suspiro.
—¿Podemos dejar de mencionar eso del asesinato? No estoy interesado en matarte; y tal vez tú también podrías pretender que no te interesa matarme a mí. Podría ayudar a aligerar las cosas un poco.
—Si eso te hace feliz —aceptó el Emperador con un destello de sonrisa—. ¿Vamos a la galería?
—Está bien, pero no prometo que me guste algo. —dijo Tom, sintiéndose honestamente un poco mejor tras su arrebato.
—No esperaría más de ti —dijo el Emperador. Dio una palmada con sus manos, ordenando que los platos fueran recogidos y que Aaron volviera para escoltarlos—. Daremos un paseo por la gran galería. ¿Podrías mostrarle el camino a…Tom? Los alcanzaré en unos minutos.
—…Como usted guste, milord —dijo Aaron, enviándole al Emperador una breve mirada de confusión—. Entonces por aquí, eh, Tom.
Señaló el camino con su lanza y guio a Tom fuera del salón; entretanto, Tom se tomó un momento en la puerta para sonreírle al Emperador.
Después de algunos giros, Aaron guio a Tom a través de una nueva sección del palacio, haciendo que Tom se preguntara qué tan grande era el lugar realmente y qué tan tanto podría perderse si no tenía un guardia a su lado todo el tiempo. Aunque pensándolo bien, no podría ser la peor cosa que pudiera pasarle. Al final encontraría el camino de regreso a algún lugar conocido y sería algo que podría hacer con otro largo día.
Tom se congeló con un pequeño jadeo al dar vuela en otro corredor; sus ojos instantáneamente se fijaron sobre la mujer que estaba caminando hacia ellos en el pasillo.
—¿Mamá? —susurró; su voz tembló ligeramente. Rápidamente cerró la distancia entre ellos y envolvió a Simone con sus brazos, abrazándola fuertemente antes de que Aaron tuviera tiempo de reaccionar—. Oh por dios, mamá.
Simone se encogió, tensándose ante su toque.
—¡Quítamelo de encima! —ordenó bruscamente. Tom levantó la vista al escuchar su tono cuando Aaron lo alejó—. ¡¿Cómo te atreves a tocarme?!
—Pero yo… —empezó Tom, con los brazos sujetos en su espalda por su guardia.
Simone lo miró encolerizada y lo abofeteó fuertemente.
—No tienes el permiso de dirigirme la palabra, impostor. Nunca entenderé por qué Tom pierde su tiempo con algo semejante como tú.
—¡Madre! —masculló el Emperador, caminando a zancadas por el pasillo y tocando el hombro de Aaron para que soltara a Tom—. ¿Qué crees que estás haciendo?
—Estaba enseñándole a esta pequeña monstruosidad algunos modales. —dijo ella, mirando de reojo a Tom como si fuera poco digno de limpiar la tierra en sus zapatos.
El mentón de Tom tembló por un momento antes de que pudiera detenerlo y luego puso una cara de fría indiferencia. El Emperador le dedicó un puchero empático y acarició su cabello con suavidad.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, apoyando una mano en la espalda de Tom.
Tom asintió una vez, manteniendo su mirada en el suelo.
—En serio, Tom, ¿qué pensaría tu padre si te viera así? —preguntó Simone, negando con su cabeza desaprobando las acciones de su hijo.
—No creo que pudiera pensar mucho, madre, considerando que está muerto. —escupió el Emperador, inconscientemente acercando a Tom contra su cuerpo de forma protectora.
Simone alternó su mirada entre los dos jóvenes que estaban frente a ella frunciendo el ceño profundamente.
—No puedo aprobar esto. Manchas su memoria por el bien de este impostor y me duele hasta el alma. Me alegraré mucho cuando éste se marche. —con una última mirada desaprobatoria, Simone pasó de ellos y salió del pasillo.
El Emperador se inclinó pesadamente contra Tom por un minuto después de que se fuera, hundiéndose contra él al bajar la mirada al suelo. Instintivamente, Tom envolvió su cintura con un brazo hasta que el otro hombre se enderezó.
—Debes perdonar a mi madre. Nunca ha aprobado mi interés en mis dobles. —dijo serenamente, echándose su cabello hacia atrás por costumbre.
—Está bien. La entiendo —dijo Tom, reclamando su brazo—. Imagino que tu papá tampoco estaba muy de acuerdo.
El Emperador lo miró confundido.
—Cuando estaba vivo nunca… —empezó, deteniéndose cuando una idea se formó en su cabeza—. No. No, tampoco le agradaba. De hecho, pensaba que era extraño, igual que tú.
El Emperador frunció el ceño ligeramente y tocó el costado del rostro de Tom.
—Creo que nuestro paseo tendrá que esperar, parece que te cortó con uno de sus anillos —dijo, alejando un dedo levemente manchado de sangre—. Es sólo un pequeño rasguño, pero debemos limpiarlo. Ven.
Con el guardia detrás de ellos, el Emperador y Tom se hicieron camino a través de otra serie de pasillos desconocidos, deteniéndose ante una puerta grande y afiligranada.
—Puedes irte, Aaron —dijo el Emperador, mirando sobre su hombro brevemente antes de empujar la puerta y entrar. Aaron hizo una pequeña reverencia y se alejó cuando Tom siguió al Emperador.
—Así que… supongo que ésta es tu recámara —dijo Tom mirando la habitación bien iluminada y decorada de color azul a su alrededor
El Emperador asintió, jalando una cuerda de una pared.
—Supones bien. Tendré que recordarle a Aaron que te lleve por el camino largo a tus aposentos esta tarde para asegurarme de que no puedas encontrarlo de nuevo. —dijo, inclinándose contra un pequeño escritorio lleno de papeles y observando a Tom con cuidado.
—No creo que pudiera encontrarlo de nuevo aunque quisiera, así que no tienes que preocuparte de que pueda venir aquí a la mitad de la noche o lo que sea —respondió Tom con una sonrisa burlona, inclinándose contra uno de los postes de la cama.
—¿Ése es un motivo para preocuparse? —preguntó el Emperador con una propia sonrisa de satisfacción.
Tom dejó salir una risa ligeramente incómoda, alejándose de la cama velozmente. Se alegró muchísimo cuando la puerta se abrió de nuevo y Carlotta entró.
—¿Me llamó, su Alteza?
El Emperador asintió.
—Necesito que atiendas a mi doble. Ha sido lastimado —dijo, señalando hacia el otro extremo de la habitación en donde estaba Tom.
Carlotta se volteó rápido y Tom le ofreció un incómodo saludo con su mano antes de que se volteara de nuevo al Emperador.
—¿Milord?
—No te preocupes, está bien, y es sólo un rasguño. Nada serio.
—Si usted lo dice, Milord —dijo Carlotta, vacilante—. Por aquí, To… pequeño doble.
—Puedes llamarlo por su nombre. —dijo el Emperador yendo detrás de ellos mientras Carlotta empujaba a Tom hacia el baño.
—Como usted desee, Milord. —concordó, humedeciendo un trapo y limpiando el pequeño paño de sangre de la herida de Tom.
Tom se mantuvo en silencio mientras Carlotta lo limpiaba con cuidado, observando al Emperador que estaba removiendo varias botellas y jarros que estaban sobre una de las muchas mesas pequeñas colocadas alrededor de la habitación.
—¿Y puedo preguntar qué le pasó a tu padre? —preguntó desde detrás de la cabeza de Carlotta cuando el silencio lo desesperó un poco.
—Fue asesinado, de hecho —dijo el Emperador, pasando sus dedos sobre un jarrón alto—. Por un doble. No sabíamos que había muerto hasta casi tres días después. Ahí fue cuando la máscara del otro hombre se desgastó. Parece que las máscaras mágicas nunca duran más de tres días.
—Oh —exclamó Tom, haciendo una mueca de dolor cuando Carlotta le untó un astringente que ardía—. Supongo que eso le da a tu madre incluso más razones para odiarme.
—Tiene muchas razones, desafortunadamente. No tenía planeado que ustedes dos se encontraran —dijo el Emperador, con aire de disculpa.
—Ya está mejor. —dijo Carlotta de repente, embarrando una crema fragante sobre el rasguño de Tom.
El Emperador asintió.
—Gracias, Lotta. Puedes irte.
—¿Está seguro, su Alteza? —preguntó, alternando su mirada entre el par.
—¿Me estás cuestionando?
—Por supuesto que no, su Alteza, perdóneme. —dijo Carlotta rápidamente, haciendo una pequeña reverencia. Miró a Tom y sonrió suavemente, articulando un “¿qué hiciste?” silencioso y obteniendo un encogimiento de hombros a cambio.
Carlotta meneó la cabeza un poco y salió de la habitación, dejando que el tenue susurro de la puerta principal cerrándose señalara su salida.
El par quedó de pie mirándose mutuamente a través de los extremos de la bañera enorme por varios largos minutos. Tom estaba sin palabras.
—¿Y ahora qué? —se atrevió finalmente.
—Puedo pensar en algunas cosas que podríamos hacer, pero los precedentes me dicen que es muy probable que digas que no —dijo el Emperador, apoyando sus manos en el frío borde de la bañera.
Tom se estremeció, dando un paso hacia atrás.
—Tendrías razón. Aunque hay muchas otras cosas que podríamos hacer.
El Emperador suspiró delicadamente, frotando el mármol suave de la tina de baño.
—Quiero… —empezó silenciosamente, a penas con el volumen suficiente para que Tom escuchara—. Te quiero en esta bañera, conmigo. No tenemos que hacer nada más que estar juntos… aquí, piel contra piel. Solamente juntos.
El Emperador frunció el ceño para sí mismo y levantó la vista, como si acabara de darse cuenta de que Tom seguía ahí.
—Yo…
—Vete ya. Vuelve a tu habitación. —dijo el Emperador, dándole la espalda y alejándose y jalando de otra cuerda para llamar a Aaron para que viniera a llevarse a Tom.
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Tom se despertó a la mañana siguiente ante el sonido de la lluvia golpeando contra la parte exterior de los muros mientras la luz que entraba a través de la ventana pintaba todo de un opaco color gris. Bostezó, mirando a la mesa que estaba cerca de la puerta sorprendiéndose al no encontrar otro desayuno frío y abandonado que él no quisiera comer y luego salió de la cama perezosamente. Sacó otra de las camisas de colores fríos del gabinete y se dirigió a la puerta, abriéndola.
—Hola de nuevo. —dijo amablemente antes de darse cuenta de que nadie estaba haciendo guardia.
Por un momento, Tom se quedó de pie confundido, mirando el banco donde el guardia siempre estaba sentado en la mañana pensando que era irreal que no estuviera ahí. Ya se había convertido en aditamento para Tom en el palacio que fue hasta después de voltearse y medio cerrar la puerta cuando pensó la gran oportunidad que esto era. Tom salió al pasillo, sonriendo para sí mismo y cerrando la puerta detrás de él, yendo a explorar libremente el palacio.
Algunas horas, varias docenas de habitaciones, salas y comedores después, Tom comenzó a tener hambre y a aburrirse con la repetición de una habitación blanca y sosa después de la otra. Abrió la próxima puerta y sus ojos se ampliaron, asimilando el disturbio que presentaba el color mientras entraba.

Todo en esa habitación, desde las cortinas que colgaban sobre las ventanas, hasta el rico caoba de la cama, era de un vibrante e intenso color rojo. Desde el día que Carlotta se había llevado su camisa, Tom no había visto ni una gota accidental de color rojo en nada dentro del palacio, pero esta habitación rebosaba de él, irrestricto por la prohibición del Emperador.
Tom caminó silenciosamente por la habitación, sintiendo la fina calidad de la colcha color rubí, arrodillándose para examinar más de cerca el delicado patrón incrustado de color rojo brillante en el estribo. Se detuvo un momento para pasar sus dedos a través de la superficie suave de un hermoso jarrón que estaba en frente de un florero alto que contenía rosas a medio marchitar y su base estaba cuidadosamente envuelta con un espiral de cuerda café. A donde quiera que mirara, los ojos de Tom encontraban cosas hermosas: un set de caparazones de tortuga tallados complejamente y algunos peines estaban situados ante un espejo cubierto con una tela, un pequeño montón de brazaletes de plata estaban descuidadamente apilados en el borde de la mesa, empalmados con un pequeño grupo de anillos.
Tom cerró la puerta de la habitación y tomó uno de los anillos, dándole vuelta en sus manos y preguntándose distraídamente qué significaba el grabado sobre su superficie, si es que significaba algo. Casi sonrió al dejarlo en su lugar, pensando en lo mucho que a Bill le gustaría el enorme anillo y luego se dio vuelta para ver qué más tenía la habitación para ofrecer; su respiración se atascó en su garganta cuando de repente se encontró cara a cara con Bill.
Le tomó un momento componerse ante la sorpresa; el cuadro alto había estado escondido detrás de las telas que colgaban de los postes de la cama cuando entró, pero pronto se encontró acercándose a la imagen. Incluso sin los jeans y el extremo cabello negro al que Tom estaba acostumbrado, no había manera de que pudiera confundir el rostro de su hermano. Estaba vestido completamente de rojo, usando el mismo tipo de ropa que el Emperador vestía, y sus ojos estaban igual de delineados con color negro como el Bill que conocía. Su cabello era más largo, mucho más largo y colgaba en forma de largas olas color café por su espalda; un mechón estaba colocado cuidadosamente detrás de una oreja y estaba apenas sonriendo; era una ligera media sonrisa que Tom conocía muy bien.
—¿Qué estás haciendo aquí —preguntó una voz repentinamente desde la puerta, haciendo que Tom diera un salto y volteara.
—Yo… so-sólo estaba echando un vistazo —dijo Tom rápidamente, debilitándose un poco ante la mirada furiosa del Emperador.
—No tienes permiso de estar aquí —gruñó el Emperador, moviendo el gran ramo de rosas frescas y vivas que llevaba en los brazos—. Tienes que irte.
—¿Dónde está? —preguntó Tom rápidamente, señalando la pintura.
El Emperador siguió superfluamente el brazo de Tom, mirando el cuadro por un momento extenso.
—Aquí. —dijo en voz baja, dándole la espalda a Tom y sacando las rosas viejas de su florero.
—¿Y por qué no lo he visto?
—Porque ya no es parte de este mundo.
Tom se detuvo, alternando su mirada entre la espalda del Emperador y el cuadro de Bill.
—¿Está…? ¿Está muerto? —preguntó Tom con suavidad; su interior se retorció dolorosamente ante la idea. El Emperador asintió delicadamente y arregló las nuevas flores con cuidado—. Pero… ¿Cómo? ¿Por qué?
—Se enfermó —dijo el Emperador, descansando las puntas de sus dedos en la urna de plata que tenía la trenza con el cabello de Bill, enroscada alrededor de la base.
—Lo lamento. Sé lo difícil que debió ser. —dijo Tom gentilmente, moviéndose con cuidado hacia el Emperador.
El Emperador se volteó con furia miserable en sus ojos.
—¿Cómo? ¿Cómo podrías saber lo duro que fue? —espetó, caminando a zancadas a través de la habitación hacia Tom—. Era mi mundo y el destino me lo arrebató. ¿Cómo puedes pretender saber lo que fue?
Tom retrocedió un paso, mirando la pintura una vez más.
—Yo también tengo un Bill —dijo.
El Emperador lo fulminó con la mirada.
—Tus mentiras no tienen lugar en esta habitación.
—No estoy mintiendo. Es mi hermano, mi gemelo, justo como supongo que era para ti. Puedo probarlo —dijo Tom, metiendo la mano en su bolsillo.
—¿Qué, con otra de tus pequeñas pinturas? —preguntó el Emperador desdeñosamente.
—No, mira, sólo dame un segundo.
Tom abrió su teléfono y rápidamente fue a las fotos, desplazándose por ellas hasta que encontró una de Bill.
—Aquí. Éste es mi hermano, mi Bill —dijo, volteando el teléfono para que el Emperador pudiera ver.
El Emperador miró con el ceño fruncido la pequeña y brillante imagen de Bill destellando una de sus sonrisas masivas con sus ojos perfectamente pintados y su cabello arreglado en su melena de siempre. El Emperador ladeó su cabeza hacia un lado y su entrecejo se suavizó cuando estiró una mano y tocó la pantalla.
—¿Cómo…?
Tom presionó un botón, cambiando a otra foto de Bill mientras el Emperador miraba confundido.
—No sé cómo funciona. No sé por qué hay dos de nosotros o cómo terminé aquí, pero él es real y es mi hermano —dijo Tom, moviéndose al lado del Emperador para poder ver la cara del teléfono mientras se desplazaba rápidamente por las opciones—. Canta en nuestra banda.
Lo dijo en voz baja y presionó la tecla de reproducción, dejando que la pequeña muestra de In Die Nacht sonara.
El Emperador colocó una mano sobre su boca y bajó la cabeza; una lágrima corrió por su mejilla sin poder contenerse.
—También cantaba aquí, ¿verdad? —preguntó Tom, cerrando su teléfono y metiéndolo de vuelta a su bolsillo—. Por eso el cuarto de música está cerrado.
El Emperador asintió.
—Y esto… por esto nadie puede usar color rojo. Era su color.
—Sí —dijo el Emperador suavemente, secando las lágrimas de su rostro.
Tom miró con tristeza al otro hombro y colocó una mano ligeramente sobre su hombro, queriendo consolarlo, pero sin saber cómo hacerlo.
—Eran… más que hermanos, ¿cierto?
—Era mi mundo —dijo el Emperador, antes de sorberse la nariz—. Era todo para mí; mi hermano, mi gemelo, mi mejor amigo, confidente, amante, compañero. Era todo para mí.
—Por eso lo de los dobles. No es porque tengamos tu cara, es porque…
—Tienen la suya —el Emperador secó otra lágrima y se envolvió a sí mismo con sus brazos, mirando la pintura—. Lo extraño tanto. Nunca pensé que podría echar de menos a alguien tanto como lo extraño a él.
Tom se posicionó frente al Emperador y abrazó a su doble, acercándolo y ofreciéndole seguridad.
—Lo sé —susurró tristemente, apoyando su cabeza contra la del otro hombre—. Yo también echo de menos a mi Bill.
El Emperador hizo un pequeño sonido sollozante al enterrar su cara en el cuello de Tom.
—Lo lamento tanto. —susurró de vuelta, aferrándose a Tom con fuerza.
—Yo también —dijo Tom, acariciando el cabello del Emperador.
—¿Podemos… ir a otro lado? No creo poder estar aquí más tiempo el día de hoy —dijo el Emperador, forzándose a alejarse de Tom, al menos lo suficiente para verlo a la cara.
Tom asintió.
—Está bien —dijo, retrocediendo.
Con una sonrisa débil, pero agradecida, el Emperador recogió las rosas marchitas velozmente y se detuvo para darle un pequeño beso a la urna de Bill antes de guiar a Tom a la puerta y cerrándola firmemente detrás de ellos. El par se dirigió con rapidez a la cocina y el Emperador se tomó un momento para tirar las flores y ser evasivo.
—No sé qué deberíamos… —comenzó, moviéndose con nerviosismo ligeramente al cruzarse de brazos.
—No te preocupes. Ven conmigo —dijo Tom, tomando la mano del Emperador e intentando recordar el camino de vuelta a su propia habitación.
Aaron seguía ausente cuando volvieron; sin duda a este punto estaba buscándolo, así que no había nadie ahí cuando Tom guio al Emperador al interior.
—¿Qué…?
Tom jaló al Emperador a la cama y se sentó, moviéndose hacia atrás y atrayendo al Emperador vacilantemente a su lado. Se estiró y se acurrucó contra la espalda del otro hombre, abrazándolo con uno de sus brazos.
—Cuando éramos pequeños y Bill estaba triste o asustado, hacíamos esto. Decía que lo hacía sentir seguro y feliz nuevamente —dijo Tom, apoyando su cabeza en la nuca del Emperador—. No es mucho, pero siempre nos funcionaba a nosotros.
El Emperador entrelazó ligeramente sus dedos con los de Tom y se hizo para atrás, un poco más cerca.
—Gracias. —dijo en voz baja, rozando el reverso de la mano de Tom con sus labios.
—No te preocupes. —contestó Tom con una sonrisa gentil.
Continuará…
Este capítulo me fascina. :'(
El Emperador es una lindura de hombre y Tom se portó de maravilla con él al final, ¿no creen?
Linda semana a todos.

Tan hermoso *-* la idea de dos Toms consolandose por no tener a sus bills me es sumamente tierna