“Basai” de Gaja. Traducido por OuterSpace
Capítulo 3
Averiguar qué hacer en el último día de tu vida resulta ser increíblemente difícil. Tom quería dormir y así hacer que el día se pasara rápido, quería llegar al final del día y así poder dejar de esperar y pensar en el horrible destino lo advenía, pero parecía un desperdicio dejar que tu último día se escurriera sin hacer nada, así que dormir no era una opción.
Por un tiempo Tom miró a través de la ventana, preguntándose si podría saltar hasta el suelo sin lastimarse demasiado o si las cosas terminarían mejor o peor que con lo que le iba a suceder después. De todas formas, no se atrevió a arriesgarse y suspiró, observando a los guardias que estaban en los jardines.
Dándose vuelta, Tom miró a su alrededor por milésima vez esperando encontrar algo que no hubiera visto antes y que pudiera ayudarlo a entretenerse. Aparte de la cama, había un armario alto colocado contra una pared. Como un gesto desafiante, Tom se había puesto su propia ropa de nuevo; había hecho bola el atuendo color crema que Carlotta le había puesto y lo había lanzado dentro del armario. No tenía la intención de ponerse algo que ellos querían que usara y no iba a servir de nada de cualquier manera, así que no había razón para sentirse incómodo.
El día pasó lentamente, pero una vez que el guardia fue por Tom para llevarlo a conocer su sentencia pareció haber pasado demasiado rápido. Tom luchó contra su impulso de correr hacia la ventana y forzar a los guardias de sacarlo pateando y gritando de la habitación, se tranquilizó y se permitió ser guiado en silencio. Si tenía que enfrentar esto, entonces lo haría con valor.
El Emperador estaba sentado en su trono revestido en un profundo color azul tormentoso cuando Tom fue aventado dentro de la sala. Su guardia se retiró y cerró la puerta.
—Has vuelto a ponerte tus viejas cosas. —musitó el Emperador, levantando una ceja.
—No le vi nada malo. —dijo Tom a la defensiva, con las manos a sus costados.
El Emperador levantó una mano para detener a uno de sus guardias y meneó su cabeza.
—Hay mucho fuego en ti. Es casi poético, considerando que… —dijo, ensanchando una sonrisa con sus labios y desalentando la determinación de Tom—. ¿Estás listo para saber qué te depara?
Tom tragó saliva y recobró su compostura, asintiendo.
—Sí.
—Muy bien —dijo el Emperador, poniéndose de pie—. He pensado mucho en este asunto. Sin duda más de lo que merece, pero parece que me he encontrado con una tarde inesperadamente libre.
El Emperador le echó una mirada furtiva a Tom y sonrió ligeramente cuando Tom se crispó.
—He decidido que tú, frustrado impostor al trono… no vas a morir esta noche. Me intrigas, pequeño doble, y no estoy del todo listo para consignarte a las flamas. Así que por ahora, te quedarás aquí en el palacio. Al menos hasta que averigüe lo que quiero de ti.
Una oleada de alivio bañó a Tom. Sus rodillas se debilitaron al saber que iba a seguir con vida, al menos por un poco más de tiempo.
—Espera, ¿pero qué pasará cuando sepas lo que quieres saber? —preguntó y el pequeño nudo en su estómago comenzó a apretarse nuevamente.
—Eso depende de lo favorable que sea. —dijo el emperador simplemente, con sus manos detrás de su espalda mientras miraba a Tom.
—¿Y si no digo nada?
—Si te rehúsas a hablar, puedes estar seguro de que tu tiempo aquí se verá dramáticamente truncado. No me sirve tu silencio.
—Oh… —exclamó Tom suavemente, bajando la vista a sus pies.
—Por esta noche, permanecerás encerrado en tu habitación. Sin embargo, mañana se te permitirá el acceso debido al palacio. Tendrás un guardia a tu lado todo el tiempo. Si intentas escapar, tomar un arma o amenazar con dañarte a ti mismo o a cualquier persona que viva en este hogar, ellos están autorizaos a controlarte, incluso si eso requiere tu muerte. Te comportarás en este lugar. Te he extendido una gran amabilidad este día, no me hagas arrepentirme —dijo el Emperador, volviendo a su asiento y mirando a Tom desde arriba—. Mañana te vestirás como yo quiero. Nadie aquí puede vestir de rojo. Te vendrá bien recordar eso la próxima vez que vengas ante mí.
El Emperador movió su mano y uno de sus guardias avanzó para agarrar a Tom del brazo y escoltarlo fuera del salón del trono y de vuelta a lo que ahora serían sus aposentos de una forma ligeramente más permanente.
—Disfruta tu estadía, mientras dure. —dijo el guardia con una sonrisa burlona antes de cerrar la puerta.
Tom sabía que el otro hombre estaba intentando ponerlo incómodo, pero estaba demasiado aliviado por haber logrado, de alguna forma, recabar unos días más de existencia. Quizás si se le daba el tiempo suficiente, podría descubrir cómo había llegado aquí en primer lugar y, aún más importante, cómo volver a casa. Sólo ese pensamiento era suficiente para mantenerlo con ánimos.
Tom caminó hacia la ventana y miró a través del paisaje bañado por la luz de la luna. Allá afuera, en algún lugar, estaba su hogar. De alguna manera regresaría, y cuando lo lograra, estrellaría ese estúpido espejo en miles de pedacitos por haberlo enviado hasta aquí.
—Linda vista, ¿no es así? —preguntó Carlotta desde atrás al haber entrado por las puertas del baño.
—Lo suficiente —dijo Tom, girándose hacia ella—. ¿Por qué estás aquí?
Carlotta elevó un montón de telas de varios colores.
—Su Alteza pensó que sería mejor que tuvieras algo que ponerte si vas a quedarte por un tiempo. No podemos tenerte merodeando con eso todos los días. Me refiero a que… es rojo.
Tom jaló el frente de su camisa.
—¿Qué tiene de malo el rojo? Me gusta el rojo.
—Y después de un tiempo vas a tener que lavarlo así que no puedes rondar por ahí con todo eso —dijo Carlotta, ignorando su pregunta y colgando sus nuevas prendas en el closet. Se encorvó y tomó el atuendo arrugado que le había puesto la noche anterior, colocándolo sobre su brazo y enviándole a Tom un gesto de desaprobación—. Me alegra que te hayas salvado. Esperaba a que su Alteza pudiera ver lo que yo vi y te diera una oportunidad.
—Gracias por hablarle bien de mí. —dijo Tom, bajando la cabeza y levantando la mirada para verla a través de sus pestañas.
Carlotta se rio.
—Oh, no, no hagas eso. No le funciona a él y no te servirá a ti —dijo, moviendo un dedo a manera de advertencia—. Amara subirá pronto con tu cena y probablemente deberá llevarse tus cosas para asegurar que no repitas otro espectáculo como el de hoy. Te sugiero que te cambies antes de que llegue, pequeño y tímido Tom.
Tom arrugó su frente un poco.
—¿Tengo que aguantarla de nuevo?
—Desafortunadamente, deberás lidiar con ella bastante a partir de ahora. Te la han asignado mientras estás aquí. Sería gracioso, si no fuera tan horrible —dijo Carlotta, con una sonrisa—. Está completamente colérica por ello y ha estado intentando encontrar a alguien que esté dispuesto a cambiar lugares con ella durante todo el día.
—Pues espero que encuentre a alguien —dijo Tom, de malas—. Espera… ¿cómo que lo ha intentado todo el día? ¿Desde cuándo supieron que no me iba a ir? Yo me acabo de enterar.
—Oh… sí, eh, su Alteza lo decidió anoche, después de que lo rechazaras. De hecho, creo que eso lo intrigó más que haber tenido a otro doble sucumbiendo ante él. —dijo ella, con un pequeño levantamiento de hombros.
—Entonces qué bueno que no te hice caso —dijo Tom, con sequedad—. Probablemente ya estaría muerto.
—Tom, no seas difícil. Sé que es duro, pero…
—¿Cómo puedes saberlo? Me pasé todo el día pensando que iba a morir y que mi último día sería desperdiciado encerrado en este cuarto —dijo, haciendo una seña a su alrededor—. Así como están las cosas, sólo logré retrasar lo inevitable hasta que él se aburra de mí. ¿Quién sabe cuándo será eso? No tienes ni la más mínima idea de lo que es esto.
Carlotta frunció su entrecejo.
—Necesito tu camisa ahora.
Tom gruñó al quitársela y luego se la aventó.
—Me quedo con mis pantalones. No son de ese horrible color rojo, así que no hay razón para dárselos.
—Bien —dijo Carlotta, añadiendo la camisa a la pila de ropa y caminando rápidamente hacia la puerta. Se detuvo cuando levantó la mano a la perilla y miró a Tom, que estaba de pie con los brazos cruzados, sin camisa y mosqueado—. Deberías intentar disfrutar un poco, Tom. Denostar contra todo el mundo no te ayudará a mejorar las cosas.
Con una sonrisa triste, salió de la alcoba y entró al baño.
—¿Y tú qué sabes? La prisionera no eres tú —gruñó Tom al sentarse en la cama.
Contrariado consigo mismo, Tom dio un pequeño respingo cuando la puerta principal de la habitación se abrió. Amara apenas y le dirigió una mirada antes de colocar la bandeja sobre la mesa que estaba junto a la puerta y salir de nuevo.
—Oh, sí. Esto va a ser genial.
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Tom parpadeó contra la luz brillante que fluía a través de la ventana antes de murmurar adormilado:
—No tenemos una entrevista esta mañana, déjenme dormir. —dijo, colocando una almohada sobre su cabeza.
Casi había logrado quedarse dormido de nuevo cuando el peculiar olor de la tela lo alertó, cosquilleando en su nariz. Después de echar un vistazo desde debajo de su barricada improvisada, Tom gruñó.
—Mierda.
Se levantó de la cama a regañadientes y caminó hasta su closet donde eligió una camisa de color verde oscuro de la colección que había adentro y la pasó sobre su cabeza. Era más pequeña de lo que hubiera querido que fuera, pero no parecía que lo demás fuese más grande, así que decidió que tendría que conformarse. Después de todo, era eso o pasar todo el día sin camisa, y no le gustaba mucho la idea de toparse con el Emperador sin estar tan cubierto como pudiera estarlo.
Al abrir la puerta, levantó la vista a la cara del guardia que estaba ahí.
—Quiero ver el palacio —dijo, abiertamente, esperando a que el hombre asintiera antes de arriesgarse a dar un paso hacia el pasillo. Era agradable poder salir finalmente de la habitación sin tener la mano de alguien agarrándolo del brazo y jalándolo para un lado o el otro, aunque realmente no estaba seguro de a dónde ir sin ser instigado—. ¿Hay algo interesante que ver por aquí?
—A mí, personalmente, me gustan las horcas a esta hora del día. A veces los cuerpos siguen retorciéndose un poco. —dijo el guardia, sonriéndole a Tom.
Tom se estremeció, recordando que él hubiera podido estar retorciéndose allí afuera.
—¿Qué tal algo un poco menos… grotesco?
—Estoy aquí para asegurarme de que no metas a tu trasero impostor en problemas, no para entretenerte. —dijo el guardia, pasando su lanza afilada de un hombro al otro.
—Bueno… ¿hay algún… salón de música, quizás? —preguntó Tom. Habían pasado dos días desde que había puesto sus manos en torno al cuello de una guitarra y la mera idea de tener la oportunidad de hacerlo hizo que sus dedos picaran con anticipación.
El guardia negó con su cabeza.
—No, ninguna a la que puedas entrar.
Tom frunció el ceño.
—No estoy seguro de creerte.
—No es tu trabajo creerme. Su Alteza la cerró, ya nadie tiene permitido entrar. —dijo el guardia.
—¿Pero por qué?
—Porque es el Emperador y puede hacer lo que quiera. ¿Vas a ir a algún lado o sólo vas hostigarme todo el día en este pasillo?
Tom suspiró, pensando.
—¿Y una biblioteca?
El guardia asintió, señalando al fondo del corredor con su arma, balanceándola lo suficientemente cerca de la cabeza de Tom para hacerle dar un salto hacia atrás para conservar su piel.
—Por ahí. Empieza a caminar.
Siguiendo las repentinas indicaciones del guardia y logrando esquivar el abrupto barrido de su cuchillo, Tom finalmente se encontró caminando a tropezones a través del portal de la biblioteca. La sala era enorme, fácilmente tres veces más grande que su habitación y estaba apilada del suelo al techo con libreros llenos hasta donde Tom alcanzaba a ver.
—Bueno, al menos no tenemos esto también en común. —murmuró Tom, mirando las columnas de los libros con títulos que no conocía.
Después de mirar entre los estantes, finalmente encontró algo que parecía no ser demasiado aburrido y lo llevó hasta una de las sillas de apariencia cómoda que estaban cerca de la ventana. Abrió el libro y empezó a leer a regañadientes preguntándose cómo era posible que tuviera que rebajarse a encontrar entretenimiento de algo tan poco tecnológico como los libros.
Una hora después, Tom estaba cien por ciento metido en el mundo más allá de las páginas; sus ojos se movían sobre las palabras mientras se desconectaba de todo lo que lo rodeaba. Comenzaba a leer sobre el personaje principal estrangulando a su adversario cuando un par de brazos se enredaron sobre sus hombros, haciéndole saltar con un chillido de susto.
El Emperador se rio con gentileza mientras acariciaba con su nariz la oreja de Tom y lo sostuvo en su lugar cuando intentó liberarse.
—Nunca te hubiera imaginado como un estudioso, aunque me temo que no descubrirás mis secretos de Estado leyendo eso.
—No estoy intentando descubrir secretos de Estado —dijo Tom, removiéndose hacia abajo para intentar zafarse de los brazos del Emperador—. Sólo estoy intentando encontrar algo qué hacer para entretenerme. Deambular por pasillos de mármol no es interesante.
El Emperador lo siguió hasta abajo y su cabello cayó a su alrededor en forma de una cortina gruesa y oscura.
—Puedo pensar en muchas cosas que podría hacer para entretenerte.
—Eso no va a pasar.
El Emperador se rio de nuevo.
—De hecho, estaba pensando en una de las galerías del palacio o tal vez un recorrido por los jardines. Pero aprecio que yo haya sido lo primero en lo que pensaste —el Emperador deslizó sus manos sobre el pecho de Tom y se levantó, echando sus rastas atrás de sus hombros—. Tu servidora me dice que no estuviste en tu habitación para el desayuno. Asumo que debes tener hambre.
—No realmente. —dijo Tom, pero su estómago gruñó audiblemente para puntuar su mentira.

—Ven, no es mi intención matarte de hambre. Podemos comer el almuerzo juntos en el gran comedor y luego podría señalarte la dirección de otros lugares interesantes en el palacio. A menos que prefieras volver aquí por tus cuentos de hadas.
Tom miró su libro y luego lo cerró, colocándolo sobre una mesa cercana.
—Sólo voy a ir contigo porque tengo hambre, no por otra razón. —dijo, poniéndose de pie.
—Seguro que sí. —dijo el Emperador, haciendo una seña para que Tom saliera primero.
Al volver a caminar a través de una serie de corredores largos, Tom volteó para ver al Emperador.
—Oye, eh, aprecio eso de no haberme matado. —dijo, mordiéndose su aro.
—La mayoría lo haría. —dijo el Emperador, sonriéndole a Tom.
—Sí, pero la cosa es que, eh… ¿hay alguna manera de que puedas parar con eso de los toques también?
Tom se retrajo con dolor cuando el extremo de madera de la lanza del guardia lo golpeó sonoramente en la nuca, con fuerza suficiente para hacerle ver estrellas un momento.
—No puedes hacerle exigencias al Señor. —espetó el guardia.
—¡No es una exigencia, es una pregunta! —gritaron Tom y el Emperador al unísono, y después el Emperador miró con extrañeza a Tom.
—Si vas a tomarte esas libertades extremas con tus tareas, puedo conseguir a alguien más para vigilar al prisionero. —ladró el Emperador, fulminando con la mirada al guardia mientras tomaba la cabeza de Tom en sus manos.
—…Perdóneme, mi Señor. No sabía el grado de indulgencia que deseaba otorgarle al impostor. —dijo el guardia, arrodillándose sobre sólo una rodilla.
—No toleraré tus réplicas insolentes. —dijo el Emperador, tocando ligeramente el chichón que se formó en la nuca de Tom.
Entonces frunció el ceño.
—¿Estás bien? —preguntó con suavidad, acariciando el rostro de Tom con sus dedos mientras quitaba las rastas de su camino.
—Eso dolió. —dijo Tom, moviéndose hacia atrás para alejarse del Emperador un poco—. Pero creo que estoy bien.
—Bien —dijo el Emperador, jalando a Tom de vuelta a él y presionando un beso en sus labios cerrados—. La respuesta, por cierto, es no. Tarde o temprano, cederás. He doblegado hombres más fuertes antes que tú.
Retrocedió.
—Sin embargo, tendrás un nuevo guardia. Ahora, vamos a almorzar antes de que se enfríe.
—¿Mi Señor? —preguntó el guardia, poniéndose de pie.
—Me encargaré de ti después. —espetó el Emperador.
Tom volteó justo a tiempo para ver al guardia observándolo con una mirada mordaz. Dos días y ya había hecho el mismo número de enemigos. Agriamente, pensó que su vida estaba mejorando con cada minuto que pasaba.
—Pequeño doble, en ésta —dijo el Emperador, parándose ante una puerta que Tom acababa de pasar, mientras un sirviente la abría—. Después de ti.
Al entrar a la habitación, a Tom no le quedó duda de por qué había sido llamado el gran comedor. La mesa que estaba colocada al centro tenía que ser de al menos unos seis metros de largo y había varios candelabros colgando flojamente del techo.
—Vaya…
—Impresionante, ¿no? —preguntó el Emperador cerca de la oreja de Tom mientras su mano rozaba delicadamente su espalda—. Normalmente se usa sólo para visitas dignatarias y cosas por el estilo, pero parece un desperdicio tener una sala tan adorable y usarla en contadas ocasiones.
Siguió, tocando el respaldo tallado de una de las sillas.
—¿Te sientas?
Tom avanzó renuente, sin dejar de mirar al Emperador mientras estiraba un brazo hacia la silla que estaba a la derecha de la que estaba cerca del Emperador.
—Ahí no. —dijo el Emperador rápidamente, tomando la mano de Tom antes de que pudiera tocarla.
—¿Pero por qué? ¿Sabes algo? No importa. Nadie me quiere decir nada. —dijo Tom, moviéndose al otro lado y dejándose caer a la silla de golpe.
—Estoy seguro de que se te dice lo que necesitas saber —dijo el Emperador, deslizándose elegantemente en su propia silla y descansando su mentón en su puño para mirar a Tom—. Tienes mucho fuego en tu interior. No has hecho nada más que oponerte a mí desde el minuto en el que despertaste en el salón del trono y lo encuentro increíblemente interesante.
—Bueno, es un poco perturbador conocerte a ti mismo por casualidad —dijo Tom, dejando caer sus hombros cordialmente—. Y es más raro cuando no paran de intentar violarte y matarte.
—En primer lugar, no soy tú, y ciertamente tú no eres yo, sin importar cuánto te empeñes en insistir que tienes mi nombre. Y segundo lugar, no he intentado matarte. Si lo hubiera hecho, ya estarías muerto —dijo el Emperador—. Y en tercer lugar, ¿por qué mi deseo es raro?
—Porque te pareces a mí.
—Querrás decir que tú te pareces a mí. Y de nuevo, ¿por qué es eso perturbador?
—Es sólo que… es… —Tom titubeó, intentando pensar en un argumento decente—. Sólo lo es. No quiero acostarme conmigo mismo, ¿por qué querrías hacerlo tú? Especialmente si planeas matarlos después.
El Emperador arregló su cubertería, alineándola de una forma más pareja.
—Ya te lo dije, me gusta ver sus caras, mi cara, durante el acto. Lo disfruto. Ellos lo disfrutan. Y en cuanto a lo que sucede después… son ellos o yo. Estoy poco dispuesto a exponerme a mí mismo a un asesinato sólo porque tuve la oportunidad de usar a alguien para copular.
—Pero es perturbador.
El Emperador se estiró sobre la mesa, colocando una mano sobre la mejilla de Tom.
—¿Con quién, que haya llevado tu rostro, te has involucrado?
Tom parpadeó.
—Bueno, con nadie, por supuesto.
—¿Entonces cómo puedes estar seguro de cómo es? —preguntó el Emperador, acariciando el pómulo de Tom con su pulgar.
—No sabía que cenaría con invitados esta tarde —dijo Carlotta, acercándose a la mesa y colocando un plato ante el Emperador—. Tendré que ir por otro plato a la cocina. Pero es agradable ver que los dos se están llevando bien.
—Lotta, cuidado con lo que dices. —dijo el Emperador, bajando su mano y girándose hacia la chica.
—Perdóneme, mi Señor. —ella se disculpó rápidamente, reverenciándolo.
El Emperador asintió, dándole una caricia gentil al brazo de la chica.
—Sólo recuerda cuál es tu lugar. Ahora vete, mi invitado necesita alimento también.
Carlotta salió de la habitación después de hacer otra reverencia.
Tom sonrió.
—Te gusta.
—Es una chica agradable. —dijo el Emperador.
—¿Y por qué no copulas con ella? Obviamente no le molestaría. —dijo Tom.
El Emperador se le quedó viendo, un poco consternado.
—Es una servidora. No puedo arriesgarme a llevar a un sirviente a mi cama.
—¿Pero con los esclavos está a la mar de bien? ¿Qué no se supone que eso es mucho más bajo que ella? —preguntó Tom, arrugando su entrecejo.
—Los prisioneros comunes, sí, pero tu índole es algo distinto. Tú eres especial. —dijo el Emperador.
—¿Y Lotta no?
El Emperador suspiró.
—Es una chica y es una servidora en mi hogar. Por el momento, está fuera de los límites.
—¿Pero por qué? —preguntó Tom, cansándose de no obtener una respuesta directa de nada.
—No puedo arriesgarme a esparcir progenie con quien sea que me llame la atención hasta que esté casado y tenga mi primer heredero varón. Muchos pretendientes al trono ocasionan peleas, y no expondré a mi Imperio a la guerra sólo porque no pude controlarme. —explicó el Emperador.
—¿Y después de eso qué?
—Espero que Lotta tenga mis hijos algún día. Me ha servido de buena forma en los últimos años y se ha ganado ese derecho, pero no hasta que tenga un sucesor apropiado en su lugar.
Tom meneó la cabeza.
—Este lugar es tan raro.
—Tengo la sensación de que las relaciones interpersonales son muy distintas en donde tú vives —dijo el Emperador, levantando una ceja—. Rechazas a mi asistenta de baño, me rechazas a mí, dices que recompensar a una sirvienta por sus años de servicio es raro. ¿Qué constituye lo normal en tu Imperio?
—No lo sé, pero embarazar a una chica no se considera realmente la mejor forma de decirle a alguien que han hecho un buen trabajo. Usualmente vas y le regalas una tarjeta o algo. Tal vez flores. —dijo Tom, moviéndose ligeramente con nerviosismo.
—Pero es tan…. impersonal. Es un honor parir al hijo del Emperador, es quizás uno de los más altos honores que puedo concederle a alguien. Darle una flor a la pobre chica sería un insulto. —dijo el Emperador, confundido.
—Dios, ¿por qué todo lo que involucra tu pene es un puto honor por aquí? ¿Acaso tiene poderes mágicos o algo? —murmuró Tom, exasperado.
El Emperador se rio.
—De verdad no eres de por aquí, ¿verdad? En este lugar soy considerado un dios viviente. Soy el ser más poderoso que existe. Es un puesto peligroso, pero ofrece ciertas ventajas, así que no me quejo. —dijo, sonriendo cuando Lotta volvió con un plato para Tom.
—Perdóneme por tardar tanto tiempo —dijo ella, con una pequeña reverencia, colocando el plato frente a Tom—. Espero que disfruten su comida.
Hizo otra inclinación y salió de la sala tan rápido como había entrado, dejándolos solos de nuevo.
—Cuéntame más sobre tu Imperio mientras comemos —dijo el Emperador, haciendo una seña al plato de Tom con su tenedor—. Me parece interesante.
Tom removió la masa en su plato, intentando averiguar qué era y preguntándose si esta comida iba a estar drogada también.
—Bueno, para empezar no tenemos un Emperador, ni un dios viviente o nada de eso. Tenemos un presidente y se elige con una votación.
—¿No nace destinado para su puesto? ¿Cómo puedes estar seguro de que nacieron para esa tarea?
—Supongo que sólo nos queda esperar que sea así. Además, ¿quién dice que nacer para ese puesto es tan genial? Podríamos terminar con un malcriado egoísta al que no le importa nada más que sí mismo. Eso no estaría muy bien. —señaló Tom, probando un poco de comida de su tenedor.
—O podrían tener a alguien que ha sido educado para estar en esa posición desde que nació y sabe lo que está haciendo.
—Como tú.
El Emperador sonrió.
—Exacto.
—De todas formas, tú no podrías ser presidente. Eres demasiado joven. —dijo Tom.
—¿Y cómo sabes mi edad si no sabes nada de mí o de mi Imperio? —preguntó el Emperador con una sonrisa sagaz.
Tom levantó sus hombros perezosamente.
—No lo sé, pero probablemente no tienes 40 todavía. Sólo supuse que tienes 19, igual que yo. Te ves como yo justo como estoy ahora, así que imaginé que sería acertado.
—Tus habilidades deductivas son buenas, entonces —dijo el Emperador con un pequeño asentimiento—. Incluso si eres tú el que se parece a mí, en vez de lo contrario.
Tom rodó los ojos.
—Está bien, como sea… yo me parezco a ti.
—Excelente. Y hablando de ti, ¿por qué no me cuentas un poco sobre ti mismo? ¿A qué te dedicas? No pareces un peón. —dijo el Emperador, echándole un vistazo minucioso e incómodo a Tom.
—Estaba en una banda. Estoy… Estoy en una banda. De donde vengo, soy alguien famoso. Todos quieren vernos tocar y no puedo ir a ningún lado sin ser acosado. —dijo Tom, sorprendiéndose a sí mismo al echar de menos un poco de acoso.
El Emperador asintió levemente, tomando un pequeño trago de su bebida.
—¿Qué es lo que tocas?
—La guitarra —Tom suspiró, picando su comida mientras se deprimía pensando en sus guitarras que probablemente estaban solas y sin amor en su casa—. No tengo hambre. ¿Puedo volver a mi habitación ahora?
—No —dijo el Emperador, sin dudarlo—. Ya te has saltado el desayuno y ahora estás intentando saltarte el almuerzo. Si te dejo seguir así, te enfermarás, y yo…
El Emperador se detuvo y bajó la vista a su plato, torciendo fijamente su tenedor en el pequeño montículo de fideos dorados por un segundo.
—Me resisto a dejar que eso ocurra —levantó la mirada de vuelta a Tom y le ofreció una sonrisa amable—. Sólo un poco más, por mí. Y luego te mostraré los jardines. Estoy seguro de que no te importaría salir de nuevo al sol.
Tom miró de reojo al Emperador, sigilosamente.
—¿En serio?
—En serio. Incluso hay un laberinto de setos, por si te sientes aventurero. —dijo el Emperador, levantando una ceja con una pequeña sonrisa.
—Bueno, sólo porque hay un laberinto. —concedió Tom, devolviéndole la sonrisa.
Continuará…
El Emperador ve algo especial en Tom… ¿qué será? :3
Linda semana para todos.