“Basai” de Gaja. Traducido por OuterSpace

Capítulo 2

Tom gruñó intentando levantar su cabeza de su hombro. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que se quedó dormido hasta que finalmente volvió a concientizarse.

—Ugh, qué sueño tan raro. —balbuceó, levantando una mano a sus ojos para despabilarse el sueño sólo para darse cuenta de que no podía porque sus brazos estaban sujetados con firmeza.

Tom se despabiló repentinamente y levantó la vista encontrándose con que efectivamente sus brazos estaban asegurados por los firmes agarres de dos hombres que fácilmente duplicaban su tamaño. Estaba posicionado entre los dos y ellos miraban de frente a un trono barroco.

—¿Qué…? ¿Ustedes quiénes son? ¡Suéltenme! —dijo, forcejeando débilmente mientras su cuerpo combatía a la droga que le habían dado.

—Así que el impostor finalmente se digna a despertar. —dijo una voz casi familiar desde uno de los extremos de la sala real donde estaba el trono.

Tom intentó voltear hacia un lado para ver quién estaba hablando, pero la corpulencia del guardia le impidió ver algo.

—Ni siquiera te hiciste bien el cabello. Es muy liviano. —dijo el hombre, tirando con fuerza de una de sus rastas.

—¡Au! —chilló Tom, removiéndose para intentar mirar hacia atrás.

—Sin mencionar los ropajes, ¿qué es esto? —preguntó, jalando de la camisa de Tom—. Ya no visto color rojo.

Los pasos estables del hombre resonaron mientras caminaba alrededor del guardia que estaba a la derecha de Tom hasta que finalmente se presentó a sí mismo frente a él.

—Aunque debo decir que sí hiciste un trabajo espeluznante con la cara.

Tom se echó impulsivamente para atrás contra el agarre de sus captores cuando se encontró cara a cara consigo mismo. Todo era idéntico, con la única excepción de que este hombre no tenía un aro en el labio; desde los lunares en su mejilla y cuello, hasta las dos pequeñas cicatrices que tenía, una en su mejilla y la otra en su ceja. Incluso pudo ver que tenía los mismos dientes ligeramente chuecos que él cuando sonrió.

—Miren cómo la pequeña ave ahora intenta escapar —dijo el otro hombre, pasando sus dedos desde el lunar en la mejilla de Tom, hasta el que estaba en su cuello—. ¿Quién te ha enviado?

—Nadie me envió.

—Las mentiras no te salvarán. Los localizaremos con o sin tu ayuda —dijo el hombre, cruzando sus brazos sobre su pecho—. ¿Cuál es tu nombre?

—Tom Kaulitz.

El hombre suspiró, cerrando sus ojos y negando con su cabeza.

—Aprecio la dedicación que le pones a tu papel, de verdad lo hago, pero no vas a llegar a ningún lado mintiéndome —dijo el hombre. Tomó el mentón de Tom con fuerza y su pulgar y su dedo índice se incrustaron en su mandíbula para mantenerlo en su lugar—. ¿Cuál es tu nombre?

—Ya te lo dije —dijo Tom, intentando liberarse—. Mi nombre es Tom Kaulitz.      

—No, no lo es —dijo el hombre, acercando más el rostro de Tom al suyo—. Yo soy Tom Kaulitz, Emperador de Basai. Ahora deja tus mentiras y te permitiré vivir un poco más.

Si el Emperador no hubiera estado enterrando sus dedos en su mandíbula, Tom hubiera abierto su boca por la sorpresa.

—Pero ése es mi nombre —dijo a la defensiva—. Si me sueltan, puedo comprobarlo.

El Emperador sonrió burlón, soltó a Tom y retrocedió con los brazos cruzados.

—Eso me gustaría verlo. Suéltenlo, pero alisten sus cuchillos. —instruyó a los guardias.

Cuando los guardias lo soltaron, Tom se tambaleó brevemente con sus piernas todavía inestables. Escarbó en su bolsillo para sacar su billetera y la abrió para mostrar su licencia de conducir.

—¿Ves? —dijo, dándosela al Emperador y señalando su nombre—. Tom Kaulitz, aquí dice.

El Emperador observó la tarjeta de plástico, impasiblemente.

—Esto no prueba nada. Hasta donde sé, pudiste haber pintado esto ayer —dijo, rascando suavemente las letras—. La permanencia de la tinta es impresionante, eso te lo concedo.

Hizo una pausa y le entregó la identificación a uno de los guardias, quien rápidamente la metió en su bolsillo.

—Como es costumbre, te conservaré por los próximos dos días mientras decido cómo quiero darte muerte. Llévenlo a los baños a que lo limpien y le quiten esos ridículos harapos. Iré por él en la noche.

El Emperador hizo un gesto con una mano para despedirlos y se alejó. Sus propias rastas de color rubio oscuro se balancearon detrás de su cintura al salir del salón del trono.

—Vamos entonces, pequeño impostor —dijo uno de los guardias, agarrando a Tom del brazo y arrastrándolo a zarandeos por otra puerta—. Vamos a que las chicas te limpien para el Señor feudal esta noche.

—¿Qué va a pasar esta noche? —preguntó Tom, haciendo un esfuerzo por seguirle el paso a la rapidez del otro hombre.

El guardia sonrió siniestramente.

—El privilegio de su majestad.

—¿Y eso qué significa?

—Supongo que lo averiguarás esta noche, ¿no es así, pequeño impostor? —dijo el guardia con una sonrisa inquietante al abrir una puerta alta. Jaló a Tom a través de una habitación elegante y bien amueblada para dejarlo en un baño que era fácilmente más grande que la cocina de Tom en su casa. Las dos chicas que estaban llenando la bañera levantaron la vista ante la intrusión, con calma, y sus ojos se pasearon por el cuerpo de Tom con curiosidad—. Hagan su magia con éste, chicas. A ver si pueden hacerlo lucir presentable. Y en cuanto a ti, no intentes escapar. Habrá guardias plantados afuera y su Alteza se enojará mucho si se ven forzados a matarte antes de tiempo.

Ladeó su cabeza brevemente hacia las chicas del baño y se hizo camino hacia la salida, silbando una melodía alegre al cerrar las puertas tras él.

Tom y las chicas se miraron mutuamente en silencio por lo que pareció una eternidad y Tom se removió incómodamente. Entretanto, ellas continuaron llenando la bañera y observándolo mientras caminaban entre la fuente y la gran tina. Tomó otra docena de viajes, pero al final la bañera se llenó y las chicas sólo pudieron quedarse de pie a esperar.

—No puede calentarse más de lo que ya está. —se atrevió a decir una de ellas, una rubia, después de otro tenso minuto de silencio.

—No quiero que me bañen. —dijo Tom, apuñando sus manos en el dobladillo de su camisa.

—Y a nosotras no nos agrada particularmente la idea de bañarte, pero ésas son las órdenes que nos han dado —dijo la otra chica, una morena que apoyó sus manos en sus caderas—. Así que, o te metes en la bañera por tu cuenta, o llamamos de nuevo a Reuben para que te desvista y te meta. ¿Qué prefieres?

Tom palideció un poco.

—¿No hay una tercera opción?

—Podríamos meterte vestido en la bañera y esperar que el peso no te ahogue. —dijo la morena, irritada.

—¿Podrías ser un poco más amable, Amara? —susurró la rubia, dedicándole a la otra chica una mirada furiosa—. Ya lo van a ejecutar, no tenemos por qué hacer sus últimos dos días peores de lo que ya van a ser.

La rubia le ofreció a Tom una sonrisa compasiva y se acercó a él vacilantemente.

—Ven, déjame ayudarte con tu ropa. Cuando terminemos y te dejemos limpio, podrás ir a tu habitación y estar solo.

Tom frunció el ceño y se echó para atrás cuando la rubia tocó su gorra.

—¿No puedo hacerlo yo solo?

—Me temo que no. Es sólo un baño, no va a dolerte —dijo ella, intentando tomar su gorra nuevamente—. ¿Por favor?

Enfurruñado, Tom la dejó quitarle la gorra antes de tomar con vacilación el borde de una de sus camisas y sacársela por la cabeza.

—Normalmente no hago esto frente a una audiencia.

—Tu timidez es trágicamente encantadora. —dijo la rubia, tomando su camisa para que pudiera quitarse la que llevaba debajo. La colocó sobre un brazo y tomó la otra, seguidas por sus voluminosos pantalones.

Luego esperó… Y esperó. La chica contuvo una sonrisa y caminó hasta donde Amara estaba recargándose contra el muro, sacó una pequeña toalla de mano de una pila alineada y regresó a él.

—Aquí tienes, pequeño y tímido doble, puedes cubrirte con esto. —dijo, ofreciéndosela y girando su cabeza hacia otro lado.

—Gracias —Tom volteó a ver hacia dónde estaba mirando Amara y rápidamente se despojó de sus bóxers, tomando la toalla que le daba la rubia y cubriendo lo que pudo con ella—. Eh… listo.

La rubia lo miró furtivamente antes de decidir que estaba lo suficientemente decente para ser visto.

—Entonces, vamos a la bañera —dijo ella, dándole un pequeño empujón hacia el agua—. Será tu propia culpa si está fría ahora.

Tom sonrió ligeramente al avanzar hacia la bañera mientras mantenía un firme agarre en su toalla protectora. Logró levantar una pierna incómodamente sobre el borde y proteger su modestia al mismo tiempo, brincando levemente para meter su otro pie y adentrarse en el agua que, por fortuna, seguía tibia.

—Eso es. —dijo la  rubia, moviéndose para arrodillarse junto a la bañera.

—No entiendo por qué te molestas en ser tan amable con él —llamó Amara desde el otro extremo de la habitación—. Es un traidor del Emperador y ni siquiera va a vivir más de dos días. Estás perdiendo tu tiempo completamente.

—No soy un traidor. No hice nada malo —respondió Tom con una mirada enojada—. Ni siquiera soy de aquí.

—No importa. Has venido en otro intento destinado al fracaso para derrotar al Emperador y pagarás por eso. Esta noche pagarás tu penitencia por ello ante el Emperador y mañana decidirá si te deja ir fácilmente o no. —dijo Amara.

—¡Silencio, Amara! —gritó la rubia, dándole una palmadita de consolación a Tom en el hombro mientras lo enjabonaba—. Perdónala, parece haber olvidado su tacto el día de hoy.

Amara resopló con mofa desde el otro extremo de la habitación.

—Todos siguen burlándose de mí por lo de esta noche. ¿Qué diablos va a pasar? —preguntó Tom, atrapando su toalla que intentó alejarse flotando.

—Sí, cuéntale lo que le va a pasar esta noche, Carlotta. Después de todo, estoy segura de que merece saberlo, o alguna tontería como ésa, ¿no? —incitó Amara, doblando nuevamente una toalla que se había caído de la pila.

—Ahora respira profundo —dijo Carlotta, metiendo la cabeza de Tom rápidamente al agua y fulminando con la mirada a Amara de nuevo—. ¡Deja de ser una vaca venenosa!

Tom salió del agua, chisporroteando por aire.

—Un poco más de advertencia hubiera estado bien. —jadeó, sacudiendo un chorro de agua de sus rastas.

—Lo lamento, pequeño doble, pero necesitaba mojar tu cabello —dijo Carlotta, aplicando un puñado de jabón entre las cuerdas de su cabello, lavando cada rasta cuidadosamente antes de hundir sus dedos en ellas y frotar el jabón en su cuero cabelludo. Casi en contra de su voluntad, Tom se sintió derretir en la bañera; todo el mundo quedó olvidado por unos minutos dichosos mientras los dedos hábiles de Carlotta lo masajeaban. Normalmente odiaba que le tocaran su cabello, odiaba que manos incómodas lo trabajaran, haciéndole hacer muecas de dolor cuando las hebras eran arrancadas de su piel, pero era un asunto completamente diferente cuando la persona sabía lo que estaba haciendo.

Su toalla se había alejado hasta sus pies cuando Carlotta lo sacó de su dulce trance.

—Abajo de nuevo, debemos enjuagarte. —dijo ella en voz bajita, empujando su hombro hacia el agua.

Tom la obedeció a regañadientes, deslizándose dentro del agua hasta que sólo su rostro sobresalió de la superficie, cerrando los ojos contra cualquier jabón errante que pudiera salpicar sobre ellos.

—Sabes que no se van a secar en todo el día, ¿verdad? —dijo, con voz alta desde debajo del agua.

—No te preocupes —respondió Carlotta, jalándolo de vuelta desde las profundidades del agua—, tenemos mucho tiempo para dedicarles. Te tendremos seco y perfecto para el atardecer. Ahora voltéate para poder limpiar tu cara.

Tom se giró y descansó sus codos en el borde de la bañera, levantando ligeramente su rostro.

—Parece que empiezas a disfrutar esto —dijo ella, riendo suavemente cuando se dispuso a frotar las burbujas sobre su piel, prestando atención casi indebida a sus lunares—. Tus magos realmente hicieron un trabajo increíble contigo. Es espeluznante.

Toda la tensión que el masaje había aliviado volvió de golpe con esas palabras.

—No conozco a ningún mago —dijo, alejándose y enjuagando su rostro por su cuenta—. No intento parecerme a nadie.

—Y aun así, aquí estás. —dijo Amara.

Encrespándose, Tom agarró su toalla de mano enjabonada y se la lanzó. La toalla empapada colisionó contra el muro.

—¡No quiero estar aquí!

Un segundo después, Carlotta lo había envuelto con sus brazos, sujetando los suyos a sus lados y susurrando palabras suaves en su oído.

—Amara, ve a traerle a nuestro pequeño doble algo que pueda ponerse cuando termine su baño. —ordenó, sin dejar de sujetar a Tom con gentileza.

—No puedo dejarte a solas con él y lo sabes —contestó Amara, aventando la toalla lejos de donde estaba—. Especialmente si se pone violento.

—Cualquier acto de violencia de su parte es culpa tuya. Así que ve. Puedo hacerme cargo de él mientras no estás. —Carlotta fulminó con la mirada a la otra chica y Amara rodó los ojos, poniéndose de pie.

—Bien, pero si vuelvo y te encuentro estrangulada, me aseguraré de decirle a los guardias que fue tu idea que yo me fuera. —dijo, dándose vuelta y saliendo del cuarto.

—Perdónala —susurró Carlotta, soltándolo lentamente—. Este trabajo la pone incómoda y tiende a desquitarse con los prisioneros. No es justo, pero no hay mucho que pueda hacer con ella.

Tom suspiró, esperando hasta que estuvo libre antes de voltearse hacia la rubia y agarrarla como ella lo había hecho.

—¡Dime qué está pasando! —le exigió en su cara de sorpresa, dándole una sacudida—. Deja de intentar tranquilizarme y dime lo que sucede.

Carlotta frunció el ceño tristemente.

—Eres un impostor al trono. Por una brujería u otra, has imitado el rostro de su Alteza, el Emperador, y has venido a la capital de Basai en un intento por usurparlo. Por eso morirás, incluso si no fue tu intención como dices. Nadie luce tan idéntico al Emperador como tú sin hacer uso de medios nefarios. Esta noche, él vendrá y… tendrá relaciones contigo. Tu desempeño y voluntad a participar ayudará a determinar tu destino final. —explicó.

Las manos de Tom se aflojaron y cayeron de vuelta en el agua.

—¿Hablas en serio?

—Completamente en serio, pequeño doble. Y es triste, pues tu falta de conocimiento de todo esto parece muy genuina. No significa nada, pero me inclino a pensar que no estás hecho con magia —dijo ella, tocando ligeramente lo lunares en su mejilla—. Lo único que puedo ofrecerte es un consejo. Entrégate al Emperador con fervor y te dejará ir en paz.

Tom se rio amargamente.

—Eso no va a suceder. Ese bastardo enfermo no se me va a acercar.

—No es tu elección —dijo Carlotta, negando con su cabeza—. Tu agua se ha enfriado. Déjame terminar de bañarte para que puedas salir, ¿sí? Lo último que necesitas es un resfriado.

—Bien. —Tom suspiró.

Arrugó su frente al permitirle a la mujer terminar su trabajo y se rindió ante un tarareo tenso mientras ella lavaba lugares que él no pensó que tocaría. Tom salió de la bañera, reluciente de limpio de cabeza a los pies, lamentando haber lanzado lejos su toalla de la modestia y Carlotta envolvió su cabello rápidamente con un trapo suave antes de secar el resto de su cuerpo.

—Siéntate aquí. —instruyó, poniendo un pequeño banco frente a él y alejándose por un momento. Luego volvió con una botella ovalada.

—¿Eso para qué es? —preguntó Tom, ojeando la botella con sospecha cuando Carlotta quitó el corcho del cuello de ésta.

—Estás limpio y ahora es tiempo de aceitarte. —dijo ella, calentando una pequeña cantidad en su palma para él.

Tom se echó para atrás, arrugando la nariz cuando Carlotta intentó tocarlo.

—¿Por qué? Ya estoy limpio, ¿para qué arruinarlo?

Carlotta dudó por un momento

—Porque el Emperador lo disfruta.

—Entonces olvídalo. —dijo Tom, negando y cruzándose de brazos desafiantemente.

—Por favor, pequeño doble.

—Mi nombre es Tom, no “pequeño doble”. —masculló, envolviéndose más seguramente con su toalla.

—Por supuesto que sí, peque- …Tom. Ya casi terminamos, sólo esta última cosa, después tu cabello y luego serás libre —dijo Carlotta, escabulléndose detrás de él y frotando su hombro antes de que pudiera alejarse de nuevo—. Si lo deseas, puedo asegurarme de que disfrutes esta parte.

—No creo que sea posible —dijo Tom haciendo una mueca al sentir la babosa textura del aceite—. Espera… ¿disfrutarlo? ¿Cómo?

Carlotta se rio.

—De verdad eres adorable, ¿eh? —preguntó, rasguñando ligeramente otro lunar familiar en su espalda. Puso más aceite en sus manos y lo expandió sobre sus costados y lentamente hacia su estómago, deteniéndose en la línea de la toalla—. Puedo aceitarlo con mucho cuidado, si lo deseas.

Tom entendió el significado y saltó del banco retrocediendo un poco.

—Eh… no, gracias. Sé lo que has escuchado sobre mí, pero de hecho prefiero conocer primero a la persona. Lo siento. —dijo, con aire de disculpa, apretando la toalla alrededor de su cintura.

—…no sé nada sobre ti. —dijo Carlotta, confundida.

—Oh, cierto. Supongo que no… Todo esto es muy extraño y no me gusta. —hizo un puchero.

—No te culpo, Tom —dijo ella, acercándose para llevarlo de vuelta al banco—. Todo estará bien.

—¿Cuándo? ¿Cuándo esté intentando evitar que el Emperador me viole o cuando me cuelguen?

Carlotta suspiró, aceitando una de sus piernas subiendo rápidamente por su muslo y bajando por el otro.

—Es un honor aceptar a su Alteza y no deberías negarte si tienes la dicha. —dijo ella, frotando aceite en su pecho.

—No es un honor, es jodidamente aterrador y eso es lo que es. No quiero que me pongan bonito para ser el juguetito de alguien que luce igual a mí, sólo para que después pueda darse la vuelta y ahogarme o lo que sea que tenga planeado. No quiero morir. —dijo en voz baja.

—Por dios, ¿sigue quejándose? —preguntó Amara, volviendo finalmente con un montón de ropa.

—Sólo está asustado. —dijo Carlotta, frotando los hombros de Tom consoladoramente antes de desenvolver su cabello y empezar a secarlo, apretando las rastas para exprimirlas.

—Y no has acabado. Ya casi oscurece, ¿quieres meternos en problemas?

—Si nos metemos en problemas, puedo informarle a su Alteza que tú me dejaste sola trabajando. —respondió Carlotta, encontrando un espacio seco en la toalla y tomando otra rasta.

Amara retrocedió, ofendida.

—Tú me dijiste que me fuera.

—De todas maneras, fuiste tú quien se fue, lo cual está en contra de todas las reglas —contraatacó Carlotta con una sonrisa, logrando sacarle una risa a Tom—. Ya casi termino con él, así que sé útil y tráeme su ropa nueva.

Mascullando, Amara le llevó las prendas pálidas color crema y las dejó en una encimera cercana.

—Tienes suerte de ser una favorita, de lo contrario estaría forzada a avisarle a alguien sobre esto. —murmuró, doblando la camisa otra vez.

Tom volteó brevemente.

—¿Eres una favorita?

—Soy la asistente de baño personal de su Alteza. ¿Por qué crees que soy tan buena con cabello como el tuyo? —preguntó Carlotta, dándole a su cabeza una pequeña sacudida—. He estado con él desde antes de que tomara el trono.

—Entonces, supongo que conoces de primera mano el honor de “aceptarlo”. —dijo Tom, de forma amarga.

—Eso estuvo fuera de lugar, Tom. Y no, no tengo ese honor. —dijo Carlotta cortantemente, tomando otra rasta.

Amara levantó la visa desde donde estaba, doblando la ropa de Tom, con una sonrisa en el rostro.

—¿Acabas de llamarlo Tom?

—Es su nombre.

—Los impostores no tienen nombre, Carlotta. Y definitivamente menos el de nuestro Señor.

Carlotta le quitó a Tom el cabello de su rostro y lo acomodó en una coleta.

—Pues éste sí —dijo en voz baja, rozando su hombro una vez antes de tomar su nueva ropa—. Puedes irte, Amara. No requiero más de tu asistencia o de tu lengua.

—Bien. De todas formas, a las chicas de la cocina les interesará escuchar todo esto —dijo Amara, de mal humor—. Adiós, farsante. Disfruta tu velada.

Tom se tensó cuando la morena abandonó la sala y Carlotta rápidamente volvió a envolverlo con sus brazos a modo de consolación.

—Ignórala, sólo lo dice para provocarte. —dijo, apoyando su frente contra su mandíbula.

—¿Siempre eres así de amable con los impostores? —preguntó Tom con actitud de viejo cascarrabias.

Carlotta se rio delicadamente.

—Para ser honesta, no. Pero creo que tú eres dulce y eres diferente a los demás. O eres un actor maravilloso o en verdad no perteneces aquí —Carlotta lo soltó y se arrodilló frente a él para tomar una de sus manos entre las suyas—. No puedo prometerte nada, pero intentaré rogarle al Emperador por tu caso. Querrá ser bañado antes de ir por ti, así que tendré un tiempo a solas con él. Sólo puedo decir que espero que no seas un actor.

—Definitivamente no lo soy, te doy mi palabra. —dijo Tom, dándole a su mano un ligero apretón.

—Lo cual, por supuesto, es lo que un actor diría —dijo Carlotta, dándole un pequeño pellizco a su mejilla—. Puedes volver a vestirte. Luego tendré que dejarte si he de hablar con su Alteza. Probablemente está esperándome ahora mismo.

Mordió su labio inferior en señal de preocupación y le llevó a Tom su ropa.

—Primero la camisa. Es lo suficientemente larga para cubrir el resto, lo cual seguramente te gustará.

Rápidamente, Carlotta lo vistió con su nueva ropa, cosa que le resultó muy extraña a Tom y luego la rubia lo miró.

—Hice un buen trabajo —dijo con una sonrisa y un asentimiento—. Oh, sólo una última cosa antes de que me vaya.

Se dio vuelta hacia la encimera y tomó un pequeño pomo que estaba medio escondido debajo de otras prendas. Volvió con Tom y presionó el pequeño frasco en su mano.

—Sé que no lo quieres, pero hará las cosas… más fáciles para ti esta noche —dijo, sin poder mirarlo a los ojos antes de alejarse—. Te deseo lo mejor.

—Gracias… —Tom la vio salir y el sonido de la otra puerta de baño cerrándose detrás de ella hizo eco en la enorme sala.

Tom se adentró en lo que sería su habitación por los próximos días y se sentó en la cama, dándole vuelta el frasco que tenía en sus manos. A juzgar por el color y la forma en la que fluía dentro del tubo, se trataba de otra cantidad del mismo aceite que había sido utilizado sobre su piel.

Tom frunció el entrecejo y lanzó la pequeña botella contra la pared. Decepcionado de que no se hubiera quebrado. Al final, Tom enterró su rostro en sus manos.

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No se había dado cuenta de que se había quedado dormido hasta que sintió el suave toque de unos dedos en su cara, sacándolo de su sueño y haciéndole alejarse, escurriéndose sobre la cama.

—Ciertamente eres muy asustadizo —dijo el Emperador con una risa suave, cruzando sus piernas bajo su propio cuerpo en la cama—. Puedes volver. No voy a lastimarte.

—Sí, eso no es lo que he estado oyendo todo el día. —dijo Tom presionándose contra la cabecera con una mirada de advertencia.

El Emperador meneó la cabeza y la tenue luz de la luna brilló en las finas cintas de oro y plata que habían sido colocadas entre su cabello para mantenerlo amarrado y alejado de su rostro.

—¿Entonces creerías si te aseguro que no pretendo lastimarte? Honestamente preferiría no hacerlo, pero si me fuerzas, eso corre por tu cuenta.

—No voy a dejarte tocarme. Para nada.

—¿Por qué no? —preguntó el Emperador, ladeando su cabeza a un lado—. La mayoría de la gente vería como un honor tener mi atención.

—Yo no soy la mayoría de la gente. Y no soy gay. —dijo Tom, colocando unas cuantas almohadas entre el Emperador y él.

—Me temo que no conozco ese término —dijo el Emperador, frunciendo el ceño—. ¿No eres qué?

—No soy gay. No hago… eso con otros hombres. Nunca. —explicó.

—¿Nunca? Eso es un poco difícil de creer —dijo el Emperador con una sonrisa, gateando a través de la cama hacia Tom mientras éste intentaba retroceder más contra la cabecera de la cama hasta que se encontró atrapado por su mala planeación—. Es conveniente. El placer, ya sea obtenido de una mujer o un hombre, sigue siendo placer.

Tocó la mejilla de Tom, pero el contacto se rompió rápidamente cuando Tom se apartó.

—Actualmente, para mí tiene más sentido tomar placer de los hombres. En mi posición, no puedo permitirme tener docenas de hijos ilegítimos regados por ahí, y sin importar lo mucho que me esfuerce, no puedo embarazar a un hombre —el Emperador se acercó, llevando su rostro nariz a nariz con Tom—. Es así de simple.

—Justifícalo como se te dé la gana, pero yo no voy a ser tu “placer”. —dijo Tom, levantando sus rodillas contra su pecho y aferrándose a ellas.

—¿Por qué no? —preguntó el Emperador susurrando, acarició el costado del cuello de Tom con su nariz, haciéndole estremecerse incómodamente—. Puedo ser cuidadoso contigo. Puedo hacerte disfrutar.

Entonces, el Emperador lamió el lóbulo de la oreja de Tom.

—¡Gah! —chilló Tom, pasando debajo del brazo del Emperador y saliendo de la cama, frotando su oreja fuertemente con su mano—. No. Simplemente no. No quiero.

Recostándose sobre su costado y apoyando su cabeza sobre una mano, el Emperador miró a Tom.

—Puedo llamar a un guardia y hacer que te sostenga mientras tomo lo que quiero. No es gran cosa, pero si insistes en resistirte a mí, a eso vamos a llegar. Tengo a dos hombres esperando afuera para ese tipo de situaciones. Uno sostendrá tus brazos y el otro tus piernas.

Los ojos de Tom se abrieron ampliamente, alternando entre el Emperador y la puerta.

—No lo harías.

—¿Qué te hace estar tan seguro de eso? Voy a hacer que te maten. ¿Honestamente crees que me importa si disfrutas o no? —preguntó, enarcando una ceja.

Tom palideció.

—¿No puedes sólo dejarme ir si prometo irme muy, muy lejos y nunca más volver?

—¿Y qué lección le enseñaría eso al pueblo? ¿Qué si me lo piden muy amablemente voy a dejarlos ir para que puedan volver e intentarlo de nuevo? —el Emperador negó con su cabeza, sentándose y luego poniéndose de pie—. No lo creo. Los Imperios no se gobiernan dejando ir a los criminales libremente.

—¡No soy un criminal! —gritó Tom, estampando su pie contra el suelo, irritado y causando que el Emperador lo mirara con curiosidad—. Sólo quiero irme a mi casa.

—Entonces no debiste venir a mi imperio —dijo el Emperador, cerrando la distancia rápidamente entre Tom y él mismo. Lo atrapó fuertemente por la garganta, lo tiró sobre la cama y lo sujetó antes de que tuviera la oportunidad de alejarse—. Deja de resistirte y hazte las cosas más fáciles a ti mismo.

—Deja de intentar forzarme y dejaré de resistirme. —respondió Tom, forcejeando.

—Depende de ti si esto es forzado. —dijo el Emperador, presionando sus labios contra los de Tom. Al instante, Tom cerró su boca, intentando voltear su cabeza aunque el Emperador lo sostenía con fuerza y su lengua rozaba sus labios con pequeños toques vacilantes. Luego rompió el beso y miró a Tom, quien lo fulminó con la mirada.

—¿Por qué me haces esto? —gruñó Tom, subiendo las manos en un intento por quitarse al Emperador de encima.

—Disfruto ver la expresión de placer en aquellos que llevan mi rostro. —dijo el Emperador, su voz tomó un tono más gentil por un momento.

Tomó las manos de Tom y las sujetó casi dolorosamente debajo de sus rodillas, manteniéndolas fuera del camino mientras pasaba las puntas de sus dedos sobre su rostro.

—Nunca antes había visto uno tan parecido como tú. Sin embargo, no entiendo esto —hizo una pausa, dándole al aro de Tom un toquecito—. ¿Por qué poner tanto esfuerzo en copiar mi piel y luego arruinar la ilusión con joyería?

Tom hizo una mueca de dolor cuando el Emperador se movió ligeramente y los huesos de su mano rechinaron infelices.

—¿Cuántas veces debo decírselos? No hice nada. No intento parecerme a nadie que no sea yo. No es mi culpa que tú te veas como yo —dijo, volteando su cabeza para alejar su piercing de los toques del Emperador y que así dejara de deslizar sus dedos por su piel curiosamente—. Piénsalo. En serio. ¿Por qué arruinaría todo a propósito si estuviera intentando ser tú?

—Lotta mencionó que eras un actor maravilloso. Ahora veo a qué se refería —dijo el Emperador, tomando el rostro de Tom para verlo nuevamente—. Creo que podrías ser el impostor más peligroso que he visto. O…

—¿O qué? —preguntó Tom, un chispazo de esperanza se encendió en él.

—No importa —dijo el Emperador, sacudiendo la cabeza. Se inclinó y presionó otro beso en los labios cerrados de Tom, lamiendo el aro tiernamente antes de volver a levantarse—. Bien, pequeña ave, será a tu manera.

Se alejó de Tom y bajó de la cama.

—De cualquier manera, hubiera preferido escucharte cantar a escucharte gritar. Te veré mañana, una vez que haya decidido tu sentencia. Desafortunadamente, no esperaría bondad de mi parte si fuera tú. —el Emperador se dio una vuelta que sacudió su cabello y salió de la habitación de Tom.

—Mierda. —maldijo Tom, golpeando la cama con un puño cuando las lágrimas saltaron a sus ojos. Tal vez debió haberse entregado y dejar que el Emperador lo poseyera. Rodó boca abajo y enterró su rostro en las almohadas dejando que sus lágrimas cayeran en un silencio causado por el susto. Iba a morir aquí. Iba a morir dolorosamente.

Iba a morir y Bill nunca iba a saber qué le había pasado.

—Sólo quiero ir a mi casa. —sollozó en su almohada.

Continuará…

🙁

Tom y su muralla de almohadas… ¿no es lindo?

¿Y bien? ¿Qué piensan del Emperador? ¿Será que le perdona la vida a Tom o lo manda a matar? :s

Gracias a las personas que comentaron el capítulo anterior.

Saludos.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

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