
Administración: Este fic fue eliminado de wattpad con la primera censura, luego la autora lo rescató, ahora también estará aquí, junto con el resto de sus obras, en caso de que lo vuelvan a censurar. OJO es una historia de cárcel y habrá momentos incómodos, lean con responsabilidad.
When the night has come
And the land is dark
And the moon is the only light we’ll see
No, I won’t be afraid
Oh, I won’t be afraid
Just as long as you stand
Stand by me

Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 1
Si me hubieran dicho que al regresar de la universidad, en el departamento que vivía con Abby—que era una chica trans y mi roomie— me estaba esperando una escena de terror, no lo hubiera creído. No lo hubiera creído porque quizá nuestra rutina de terror solía limitarse a las resacas de los lunes, exámenes reprobados, un ojo mal delineado o a que el dinero no nos alcanzara para el delivery.
Pero el silencio de esa tarde se sentía distinto. Al abrir la puerta, el olor a tabaco barato y sudor me golpeó de frente. En el centro de la sala estaba Gerard. Todo el mundo en la facultad lo conocía como el tipo de las influencias, el que siempre tenía dinero para regalar junto con la mejor mercancía y que mantenía a Abby atada a su red porque ella era su mejor cliente, y él se creía su dueño por eso.
La vi en el suelo, con la mirada perdida y la ropa desgarrada, llorando mientras Gerard intentaba abusar de ella, murmurando que «ya que no podía pagar la última dosis con dinero, lo haría de otra forma». Ella lloraba sin consuelo, una imagen que me quemó las pupilas con rabia.
No hubo advertencias o palabra alguna de mi parte. Mi mano derecha encontró el jarrón de cerámica de la entrada, ese que Abby siempre decía que era demasiado feo para existir. Resultó ser perfecto en la ocasión.
Corrí de lleno y el primer impacto le abrió la cabeza. Gerard cayó sobre la alfombra diciendo un «Auch» seguido de no sé cuántas maldiciones e intentó atacarme, pero yo no me detuve. Lo golpeé una, dos, tres veces. Descargué en ese jarrón cada gramo de odio que le tenía, a su familia rica que se creía con todo el poder del mundo, a su negocio de drogas y a la forma en que miraba a Abby como si fuera cualquier cosa. Yo gritaba mientras le estallaba el jarrón y cuando este finalmente se hizo añicos, Gerard ya no era más que un cadáver rodeado de sangre y restos de cerámica.
Me dejé caer al lado de Abby exhausto.
Ella me abrazó, temblando, con ese rastro de polvo blanco aún en la mesa y la tragedia en los ojos.
Ahí caí en cuenta de lo que había hecho.
— Por dios, Bill… ¿qué hiciste, joder? — susurró, recuperando ese toque de realismo ácido que la caracterizaba. — S-su padre no va a querer justicia, va a querer una ejecución. ¡Nos van a matar!
— Lo sé. — respondí, limpiándome la cara con la manga de la chaqueta y embarrando mi rostro con un poco del líquido color carmesí. — Pero no te iba a dejar sola, no iba a permitir que te hiciera eso… asqueroso. — miré su cadáver con rencor.
— Tenemos que llamar a la policía.
— Sí… — susurré con los ojos cerrados. Entonces fue Abby quien tomó el teléfono armada de valor, yo no hubiera podido. Ella marcó el número con una calma que daba escalofríos y taquicardia.
Por un instante se me pasó por la cabeza la idea de limpiar y tirar su cadáver por algún lugar para simular su muerte como un robo pero hubiera sido más arriesgado a que nos vean o delaten.
Entregarme estaba bien.
— Hola, policía… si… ahm… estaba con un hombre, su nombre es Gerard, él… intentó abusar de mi y un amigo vino a defenderme y… se nos pasó la mano… lo matamos. — dijo Abby al borde del llanto. — Vengan por nosotros, no puedo seguir mirándolo. Me da mucho miedo.
Y vaya que no se hicieron esperar.
El azul y el rojo de las patrullas empezaron a rebotar contra las paredes del departamento, filtrándose por las cortinas entreabiertas. Ese juego de luces transformaba la escena en algo irreal, como si todo lo sucedido hubiera sido un jodido sueño. Abby no me quitaba la vista de encima luego de aquella llamada. Estaba encogida, hecha un ovillo en el sofá, pero me miraba con una lealtad que nunca imaginé.
Era como si me estuviera diciendo: «estamos juntos en esto.»
Escuché los pasos pesados subiendo las escaleras. Ellos decían: «¡Policía, abran la puerta!» a lo lejos, pero no hacía falta; la puerta estaba abierta, invitándolos a pasar a nuestro infierno personal. Tres oficiales irrumpieron en el cuarto con las armas desenfundadas, apuntando.
— ¡Manos arriba! ¡Al suelo, ahora!
No pusimos resistencia.
Nos dejamos caer de rodillas sobre los restos del jarrón, sintiendo la humedad de la sangre y los pedazos de cerámica fría sobre nuestros pantalones. El frío del suelo me resultó extrañamente reconfortante contra mis rodillas calientes. Mientras un oficial me presionaba la cara contra el piso y sentía el metal frío de las esposas cerrándose en mis muñecas, mi mirada quedó fija en el rostro inerte de Gerard.
Ese tipo ya no haría daño a nadie más.
— Está muerto, llamen a la ambulancia de todas formas. — dijo uno de los policías por el radio con tal naturalidad como si ver esto para él fuera lo más normal del mundo.
Nos levantaron con brusquedad. Al pasar junto a Abby, la apreté un poco con el codo. Ella me devolvió la mirada con una sonrisa torcida, traumada y hasta un poco abrumada.
Bajamos las escaleras escoltados, viendo por última vez la sala iluminada, la mesa revuelta y el rastro de polvo blanco. Afuera, el aire de la noche nos golpeó la cara, pero ya no nos despejó como antes. Los vecinos se asomaban por las ventanas, susurrando, señalando a los roomies rebeldes del piso de arriba que ahora salían encadenados.
Nos metieron en el asiento trasero de la patrulla, separados por un oficial. El oficial cerró la puerta con un golpe seco.
Apoyé la frente contra el cristal frío y vi cómo se alejaba mi casa, nuestra vida y lo que quedaba de nuestro futuro.
Mierda.
El trayecto a la comisaría pareció muy corto, pero ¿qué importaba a estas alturas? Yo no sentía nada en verdad. Ni arrepentimiento, ni miedo; solo un vacío del tamaño de un agujero negro donde antes latía mi corazón. Mis manos, ahora envueltas en bolsas de papel para preservar las pruebas de ADN, pesaban como si fueran de plomo sobre mi regazo y dolía.
Al llegar el proceso fue una ráfaga de humillaciones. Nos quitaron los cordones, los cinturones y nos obligaron a desnudarnos para buscar marcas de la pelea. Cada flash de la cámara forense me recordaba que nuestra vida privada, nuestros secretos y nuestra dignidad habían muerto en ese departamento junto a Gerard.
— No habrán buenas noticias para ustedes, infelices asesinos. — sentenció un oficial mientras cerraba la celda preventiva de Abby y luego la mía. — El padre del difunto le está pidiendo fiscal sangre. Mataron a un tipo de alguien sumamente importante y se entregaron confesando el crimen. Están jodidos.
— ¿Y qué pretendías? — caminé hasta estar cerca de los barrotes y puse mis manos en estos. — ¿Dejar que ese asqueroso abusara de mi amiga y que luego huya como una rata?
— Quizás.
— ¡Pues no! — chilló Abby enojado. — ¡Pues está mejor muerto! ¡usted no sabe a cuántas ya hizo… eso… — terminó en voz baja y luego se refugiaba en su misma, abrazándose.
El oficial se burló. — Siempre son los raros causando problemas, par de anormales.
Sin más se fue.
Tiempo después lo que siguió no fue el proceso legal que uno ve en las películas. No hubo un juicio largo con abogados elocuentes defendiendo nuestro honor y justificando nuestras acciones. El sistema judicial alemán, presionado por la brutalidad del crimen y la influencia de la familia del fallecido —quien resultó ser alguien con más contactos de los que imaginaba—, decidió acelerar nuestro traslado.
Debido a nuestro alto riesgo de inestabilidad y la saña demostrada gracias a la corta discusión con aquel policía gordo de cara grasosa, asquerosa, llena de granos, el juez firmó una orden extraordinaria. Sin esperar a que se dictara una sentencia definitiva en un juicio con jurado, fuimos clasificados como REOS de alta peligrosidad.
«Genial.»—pensé con ironía.
— Van a Stammheim. — susurró un guardia mientras nos escoltaba, a Abby y a mí, hacia el furgón blindado a las cuatro de la mañana. De lo adormitados que estábamos nos despertamos de una con una cara de susto.
Nuestra sangre se heló.
Stammheim no era una prisión cualquiera; era la penitenciaría de máxima seguridad más temida de toda jodida Alemania. Un búnker de hormigón diseñado para contener a terroristas, líderes de mafias y psicópatas. Un lugar donde el sol se divide en cuadrados por los barrotes reforzados y donde la esperanza se queda en la puerta de entrada.
Uy, ahí yo ya no tenía esperanza de vida y siento que Abby tampoco.
Estábamos fritos.
El viaje duró horas, mismas que fueron martillando mi cabeza de pensamientos que causaban el pánico en todo mi ser. Abby, a mi lado, parecía tan inquebrantable como siempre, aunque sabía que por dentro también estaba procesando el infierno en el que nos estaban por meter.
Cuando las puertas de acero de la prisión se abrieron con un chirrido hidráulico, el corazón me dio un vuelco. El edificio se alzaba como un monolito gris contra el cielo plomizo, amenazando con caer una de las fuertes lluvias. Al bajar del furgón, rodeados de guardias con armas largas y perros que ladraban con furia, sentí que estábamos entrando en nuestra propia tumba.
«rip para Bill Trümper»
— Bienvenidos al infierno. Aquí a comportarse como hombres, no como nenas. — se burló uno de los oficiales de ingreso mientras nos empujaba hacia el área de procesamiento.
Nos quitaron nuestra ropa de sangre seca y nos entregaron los uniformes naranjas, ásperos y sin alma. Demasiado feo y colorido para mí gusto.
Nos asignaron números, borrando nuestros nombres de los registros. Al caminar por los pasillos de hormigón, el sonido de nuestras sandalias de plástico contra las paredes era un eco, pero fue opacado por los gritos y los golpes en las puertas de hierro de las celdas laterales con hombres urgidos.
Muchos hombres nos estaban gritando obscenidades y cosas como: «Esta no es la cárcel de mujeres», «qué lindas señoritas», «guapas», entre otras cosas más.
Se me revolvió el estómago de puro asco.
Abby, con su historia trans, atraía miradas y comentarios aún más venenosos. Pero ella se mantuvo firme, su barbilla en alto, desafiando a cada uno de ellos con la mirada.
Muy en el fondo quizás… solo quizás… pensaba que estaba encantada de ver tanto hombre bueno con distintos tamaños de pollas como a ella le gustaba.
Era una bandida que a pesar de estar en las peores situaciones su humor era de lo mejor.
Cuando la puerta de nuestra nueva celda se cerró tras de nosotros con un golpe final y definitivo —sí, nos habían puesto en la misma celda, una pequeña victoria en medio de la derrota—, nos quedamos solos. Cuatro paredes grises, dos camas de metal atornilladas al suelo y un pequeño agujero que servía de ventana.
Nos sentamos en el borde de las literas.
Yo miraba mis manos. Ya no estaban manchadas de sangre, pero el rojo carmesí se había quedado grabado en mis pupilas… severo trauma.
En la penitenciaría más peligrosa del país, éramos la presa nueva. Y sabíamos que, en un lugar lleno de lobos, un buen chico con el corazón roto y una chica trans preciosa no sobrevivirían mucho tiempo…
Sí, eso estaba mejor.
— Ay, Bill. — ella se sentó junto a mi rodeando mi cuerpo entre sus brazos y yo hice lo mismo, ambos mirando a un punto fijo. Los dos teníamos un miedo que no estaba ni para contarlo. — Estoy feliz por dos cosas…
— ¿Cuáles? — susurré acariciando su cabello en un gesto de cariño.
— Una que estamos juntos y la otra porque… — dejó de abrazarme para caminar por la celda hasta pararse frente a los barrotes y sostenerlos. Delante de nosotros habían dos chicos también que nos miraban atentos y me incomodé de inmediato. — La otra porque voy a poder ver todos los penes del mundo, Bill. ¡Estoy en el paraíso! ¡me encanta!
Y sonrió. Bastante alegre, eh.
¿Qué dije yo?
Continúa…
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