
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 8
Miré a Abby a los ojos y, por un segundo, vi el rastro de la persona que solía ser mi mejor amiga, pero el asco y el miedo fueron más fuertes. Ella me había vendido por esa misma mierda; ahora, si yo no cumplía con la entrega, Tom me desollaría vivo.
— Quítate. — le dije con una frialdad que me caló en los huesos. La empujé con el hombro, ignorando su quejido lastimero, y seguí caminando.
La Galería B era un hervidero de tipos que me miraban con una mezcla de envidia y lascivia. Al ser «el de Kaulitz», nadie se atrevía a ponerme una mano encima, pero sentía sus ojos clavados en mi nuca. Fui directo a las celdas del fondo, entregando las bolsas a los contactos que Tom me había indicado. El intercambio fue rápido: mercancía por fajo de billetes arrugados. Mis manos no dejaban de temblar, sintiéndome sucio, como si el polvo azul se me estuviera filtrando por los poros.
Cuando terminé, regresé a los generadores. Tom estaba esperándome solo, apoyado contra una de las máquinas, jugando con su navaja.
— Vaya, pero si la perrita tiene talento para los negocios. — soltó Tom con una risotada cuando le extendí el dinero. — Y yo que pensaba que te ibas a poner a llorar en un rincón. — contó el dinero con una rapidez experta y me miró con una chispa de maldad pura.
— Falta de una bolsa, Bill, ¿o se la regalaste al travesti..?
— No le di nada. — le interrumpí, tratando de sostenerle la mirada. — Se la vendí al tipo de la celda 14. Me dio esto. — le entregué un último billete que tenía guardado en el otro bolsillo. Tom arqueó una ceja, sorprendido por mi tono respondón. Caminó hacia mí, acorralándome contra el generador vibrante. El calor de la máquina me quemaba la espalda, pero el calor de su cuerpo era peor.
— Ay, Bill. — siseó, guardando el dinero y la navaja. — No aprendes. — me agarró del cuello de la camisa rota, pegándome a él. — Me gusta que seas eficiente, perrita. Me ahorras trabajo. Pero no te equivoques. — su mano bajó con una lentitud obscena hacia mi entrepierna, apretando con fuerza. — Sigues siendo mi juguete, que no se te olvide y ahora que demostraste que sirves para algo más que para gemir, te voy a tener el doble de ocupado.
— ¿Qué más quieres de mí, Tom? —pregunté con rabia, sintiendo las vibraciones de la máquina en todo mi cuerpo.
— Todo. — respondió él con una sonrisa. — Quiero que seas mi mula de día y mi puta de noche. Y si te portas bien, mañana quizá deje que veas a Georg cinco minutos antes de que lo mande a la lavandería a trabajar doble turno.
Se inclinó y me mordió el lóbulo de la oreja con una agresividad que me hizo soltar un jadeo.
— Ahora, muévete a la celda. Tengo que celebrar que mis ganancias subieron gracias a tu cara de ángel y prepárate, porque hoy quiero probar algo nuevo… y dudo mucho que te guste.
Me di la vuelta para marcharme, con el estómago revuelto y las piernas pesadas, tratando de poner toda la distancia posible entre su cuerpo y el mío antes de que perdiera los papeles. Pero no llegué ni a dar dos pasos.
Sentí un tirón violento en el brazo que me hizo girar sobre mis talones, y antes de que pudiera soltar un insulto, Tom me estampó contra la estructura metálica del generador. El golpe me sacó el aire, pero lo que me dejó sin aliento fue su boca estrellándose contra la mía.
No fue un beso tierno de los que estaba acostumbrado, fue una invasión. Sus labios, que siempre soltaban veneno y órdenes vulgares, se movieron sobre los míos con una voracidad que me quemó. Me agarró de la nuca, hundiendo sus dedos en mi cabello para que no pudiera apartarme, mientras su lengua reclamaba mi boca como si fuera otra de sus posesiones en Stammheim.
Contra toda lógica, contra todo el odio que le juré hacía apenas unos minutos, sentí una chispa recorriendo la columna. Solté un jadeo sordo, una mezcla de sorpresa y un placer traicionero que me hizo odiarme más que nunca. Mis manos, que deberían estar empujándolo, se quedaron suspendidas en el aire, temblando, debatiéndose entre golpearlo o aferrarse a su camiseta.
Tom se apartó solo unos milímetros, lo justo para mirarme con esos ojos que brillaban con una inteligencia sádica. Había sentido mi reacción. Él siempre lo sentía.
— Joder… —susurró contra mis labios, su aliento caliente estaba mezclándose con el mío. — ¿Viste eso, perrita? Tu boca es mucho más honesta que tu cuerpo. Me odias, pero te mueres por mis besos.
— No… — hablé dudoso aunque mi respiración errática me delataba. — Me das asco, Tom. Fue… fue el susto.
— ¡Claro, el susto! — soltó él con una carcajada ronca, dándome un palmetazo juguetón en la mejilla. — Y yo soy la Madre Teresa.
— Te crees con el complejo… eso nada más.
— Holly shit… ahora, camina a la celda antes de que decida que el generador es un lugar lo suficientemente privado para seguir con esto.
Me soltó y empezó a caminar delante de mí, silbando una melodía demente, con las manos en los bolsillos y ese contoneo de quien sabe que ya ganó la guerra. Yo me quedé un segundo atrás, limpiándome la boca con el dorso de la mano, tratando de borrar la sensación de su beso y, sobre todo, tratando de ignorar la reacción que había sentido probablemente debido al trauma.
Llegamos a la Galería C justo cuando el ruido de las celdas cerrándose empezaba a sonar en las otras alas. Tom entró y me señaló el colchón, pero esta vez no con desprecio, sino con una mirada que me puso los vellos de punta.
— Quítate la ropa, Bill. Y hazlo bien, sin que te tiemblen tanto las manos. No quiero que me arruines el humor con tus nervios de monja. — dijo, sacando una pequeña botella de cristal oscuro de debajo de su almohada. — Vamos a brindar por tus ventas de hoy, te voy a coger y después te vas a tu celda, ¿de acuerdo?
Me quedé estático junto a la reja.
Mis dedos se cerraron sobre la tela de mi uniforme roto. ¿Irme? ¿Después de todo lo que había hecho para marcarme, para vigilarme, para hacerme su sombra, simplemente me estaba ofreciendo una salida después de usarme una vez más?
— ¿Irme? — repetí con la voz sonando como un eco vacío. — ¿Me vas a dejar volver con Geo y Abby?
Tom soltó una carcajada ronca mientras le quitaba el tapón a la botella con los dientes y escupía el corcho al suelo. Me miró de arriba abajo con un desprecio divertido, dándole un trago largo al líquido ámbar que desprendía un olor a alcohol barato y quemante.
— No te me pongas sentimental, culo rico. — soltó, limpiándose la boca con el dorso de la mano. — No es que te dé la libertad porque me caes bien. Es que hoy me has hecho ganar mucho dinero y me apetece un poco de silencio cuando termine contigo. Además… — se acercó a mí, rodeándome con ese aura depredadora que me hacía sentir pequeño. — No, olvídalo.
Me agarró del brazo y me empujó hacia el centro de la celda.
— ¡Venga! No tengo toda la noche y el alcohol no se va a beber solo. Quítate esa mierda de uniforme. Muéstrame qué tan agradecido estás por mi generosidad. — dijo, sentándose en el borde de su catre y abriendo las piernas con esa imponencia que era su marca registrada.
Empecé a desvestirme, sintiendo cómo el frío de la celda se filtraba en mis huesos, pero el calor de la vergüenza era mucho más intenso. Sabía que debía odiarlo, sabía que ese placer traicionero del generador era una aberración, pero mientras sus ojos oscuros devoraban cada centímetro de mi piel expuesta, sentí de nuevo esa chispa eléctrica.
Me decía a mí mismo que lo hacía para volver con mis amigos, para sobrevivir.
Tom me observaba con una sonrisa sádica, dándole otro trago a la botella.
— Joder, Bill… si no fueras un maldito asesino, juraría que eres un modelo de revista. — soltó muy sincero. — Lástima que esa carita solo sirva para que los tipos como yo descarguen su furia. Ven aquí. De rodillas.
Me acerqué sintiendo el suelo frío bajo mis pies descalzos. Me arrodillé entre sus piernas, justo donde él quería. Tom me agarró del cabello, obligándome a levantar la vista para que viera el brillo de deseo en sus ojos.
— Hoy vas a trabajar por esa libertad que te voy a dar. — siseó, acercando la botella a mis labios. — Bebe. Quiero que estés tan mareado que no sepas si me estás besando a mí o al mismísimo diablo.
Bebí. El líquido me quemó la garganta, haciéndome toser, mientras Tom se reía de mi desgracia.
— Eso es… — susurró, dejando la botella a un lado y volviendo a hundir sus manos en mi pelo. — Ahora, demuéstrame que eres una buena mula y paga tu cuota de hoy. Hazlo bien, perrita, o te juro que te encadeno a la pata de esta cama y no vuelves a ver el sol en una semana.
Y bueno, Tom no perdió el tiempo con sutilezas. Me obligó a participar en un juego de poder donde cada caricia era una orden. Sus manos, callosas y expertas, recorrieron mi cuerpo con una brusquedad que me hacía jadear, alternando entre la violencia y una posesividad que me confundía los sentidos. Me sentía pequeño bajo su peso, atrapado entre el colchón áspero y su cuerpo sólido, mientras él se aseguraba de que cada segundo se quedara grabado en mi memoria.
Juro que por un momento creí que me haría chuparle el pene…
— Eso es, perrita… gime para mí. —susurraba contra mi piel, su voz era una vibración baja que me erizaba los vellos. — Que se enteren todos en este bloque de quién es este cuerpo, culito rico.
El acto fue un torbellino de sensaciones contradictorias. Había dolor, sí, pero también ese placer traicionero que me hacía odiarme a mí mismo cada vez que mi cuerpo respondía a sus provocaciones. Tom se movía con una cadencia animal, ignorando mis intentos débiles de resistencia y transformándolos en sumisión a base de palabras vulgares y agarres firmes. Fue una coreografía de humillación donde él era el director y yo el instrumento; un intercambio donde mi dignidad era la moneda y su satisfacción el único resultado aceptable.
Cuando terminó, el silencio que cayó sobre la celda fue casi ensordecedor. Tom se apartó con la misma parsimonia de siempre, estirándose como un felino saciado, mientras yo me quedaba allí, temblando y tratando de recuperar el aliento.
— No estuvo mal, pero creo que lo hubiera disfrutado mucho más si hubieras llorado o algo así. — soltó él, encendiendo un cigarrillo con manos firmes. — Ahora, lárgate antes de que me arrepienta y decida que quiero otra ronda en la cual te haga llorar por lo brusco que puedo llegar a ser, hermoso.
No, eso no quería.
No me apetecía y no lo soportaría.
Me vestí torpemente, sintiendo el cuerpo como si fuera de cristal a punto de romperse. Caminé por los pasillos oscuros de Stammheim, con las piernas flojas y el sabor de su tabaco aún en mi lengua. No estaba tan borracho como el quería ponerme y lo agradecía demasiado.
Al llegar a mi antigua celda, la reja se abrió con un gemido metálico.
Georg dio un salto desde su litera y salió—él era el chico de la celda de enfrente—, con los ojos muy abiertos por la preocupación, pero fue Abby quien se levantó primero y me abrazó. Estaba pálida, con ojeras profundas y una mirada que oscilaba entre la culpa y una necesidad desesperada.
Maldita hipócrita.
— Bill… volviste. — susurró ella, dando un paso hacia mí.
Yo no dije nada. Me quedé en la entrada, apoyado contra el marco de metal, dejando que vieran las marcas frescas en mi cuello y el estado desastroso de mi uniforme aunque extrañamente tranquilo.
Continúa…
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ay bill, ya comenzaste a caer 😭😭😭 puto síndrome de estolcomo 😭