Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 6

— No puedes hacerme esto… delante de ellos. — susurré, sintiendo que el mundo se desmoronaba.

— ¿Que no puedo? — Tom soltó una risa negra, cargada de una crueldad infinita. — Mira, perrita, en este agujero yo soy el que decide si respiras o si te conviertes en el juguete de toda la galería C. Si quisiera, podría cobrar entrada por verte llorar y me haría más que tres mil euros. ¡Venga! ¡De rodillas, ahora! No me hagas perder el tiempo, que la paciencia se me acaba más rápido que la virginidad en una cárcel de hombres.

Antes de que pudiera reaccionar, uno de los gorilas me pegó una patada en la parte trasera de las rodillas, obligándome a caer sobre el cemento frío. El dolor fue agudo, pero la humillación fue peor.

— Eso es. Ahí es donde perteneces, mirando mis botas. — siseó Tom, inclinándose hacia adelante para agarrarme del cabello con una fuerza bruta. — Mírenlo bien, muchachos. El gran asesino, el que se las daba de valiente defendiendo al travesti. Miren cómo tiembla la perrita. ¿No les dan ganas de adoptar una así?

Los hombres soltaron una carcajada coral, lanzando comentarios vulgares sobre mi aspecto y lo que harían conmigo si Tom se descuidaba.

— Quítate la camisa, Bill. — ordenó Tom, pasando su lengua por sus labios de forma lasciva. — Vamos, enséñales a estos animales por qué me gasto la mercancía en ti. Y hazlo despacio, que aquí no tenemos televisión y esto es lo más parecido a un show erótico que van a ver en meses. Si te da vergüenza, piensa que es como un striptease… solo que al final, el único que va a disfrutar soy yo y tú vas a terminar pidiendo que te maten para no volver a verme la cara mañana.

Me quedé allí, de rodillas, con las manos temblando sobre el primer botón de mi uniforme, escuchando las burlas obscenas de sus guardias mientras Tom disfrutaba de mi destrucción moral como si fuera la mejor broma del mundo.

Con las manos vibrando como si tuviera electricidad bajo la piel, empecé a desabotonar la camisa de mi uniforme. Mis dedos no acertaban, torpes y nerviosos, mientras el eco de las carcajadas de los gorilas de Tom rebotaba en las paredes de concreto.

— ¡Mírenlo! Si hasta para desvestirse es una inutilidad. — soltó Tom, soltando una bocanada de humo que me envolvió la cabeza. — Vamos, perrita, muévele. Que mis hombres tienen cosas que hacer y yo tengo ganas de estrenar esa montaña que te cargas. ¿O es que quieres que Gus te arranque la ropa con los dientes? Él no tiene problemas, ¿verdad, Gus?

Gustav soltó una risotada ruda, ajustándose el cinturón. — Por mí no hay problema, jefe. Se ve que sabe a fresita.

— ¿Oíste eso, Bill? — continuó Tom, inclinándose hacia adelante para darme un toquecito humillante con el pie en el pecho, obligándome a arquearme. — Estás a un bostezo mío de que te conviertas en el buffet de toda la Galería C. Así que abre esa camisa de una puta vez y deja de lloriquear, que tus lágrimas solo me sirven para que la fricción sea más suave.

Finalmente, la camisa cayó de mis hombros, dejándome expuesto de la cintura para arriba bajo la luz amarillenta y sucia de la celda. El frío del lugar se me coló por los poros, pero nada quemaba tanto como la mirada de Tom, que recorría mis clavículas con un hambre animal.

— Vaya, vaya… — murmuró Tom, con un sarcasmo que me hacía querer desaparecer. — Miren qué piel tan blanca. Parece que nunca te ha dado el sol, Bill. O mejor dicho, parece que estás pidiendo a gritos que te pongan un par de marcas nuevas para que combinen con ese morado que te dejaron en la mejilla. ¿No les parece, muchachos, que se ve muy vacío ese pecho? Le falta la firma del dueño junto a ese tatuaje.

— Dios mío… basta… — susurré, cerrando los ojos con fuerza para no ver cómo sus hombres me devoraban con la vista.

— ¡Basta nada! — rugió él, soltando una carcajada burlona. — Aquí el basta lo digo yo cuando ya no se me pare, y créeme, viendo cómo tiemblas, tengo cuerda para rato. Mira esa carita… si pareces una virgen a punto de ser sacrificada. Qué lástima que aquí no haya dioses, solo estoy yo, y yo soy un demonio muy malvado cuando me caliento.

Tom se levantó de su catre con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Caminó alrededor de mí, que seguía de rodillas, y me agarró del cabello desde atrás, tirando con tanta fuerza que mi cuello se tensó dolorosamente.

— ¿Saben qué es lo más gracioso? —dijo Tom dirigiéndose a sus hombres mientras me obligaba a mirar el techo. — Que el pobre imbécil pensó que hoy su tía lo iba a sacar de este lío con un puñado de billetes. ¡Como si yo fuera una puta de bar barato! Bill, mi amor, ni con todo el dinero de Alemania compras la cara que vas a poner cuando termine contigo esta noche.

Se giró hacia sus hombres con un gesto perezoso de la mano.

— Ya vieron suficiente, cabrones. Largo de aquí. Vayan a jalársela a otro lado imaginando lo que voy a hacerle a la perrita. Y tú, Gus, asegúrate de que nadie pase por este pasillo en la próxima hora, a menos que quieran escuchar cómo un asesino de pacotilla aprende a cantar como soprano.

Los hombres salieron entre chiflidos y comentarios obscenos que me hicieron desear que el suelo se abriera. La pesada reja se cerró con un estruendo metálico que resonó en mis huesos.

Me quedé a solas con Tom. El silencio que siguió fue mil veces peor que las burlas. Tom terminó su cigarrillo, lo aplastó con la bota justo al lado de mi mano y se desabrochó el primer botón de su pantalón con una sonrisa que no prometía nada más que mi absoluta destrucción.

— Ahora sí, Bill… — susurró, su voz volviéndose peligrosamente grave 6 caliente. — Vamos a ver si en privado eres tan valiente como para decirme imbécil otra vez, o si solo te queda aire para gemir mi nombre.

Lo que pasó a continuación no estaba dispuesto a decir porque era más que obvio.

&

La luz mortecina de la mañana se filtraba por los barrotes, dibujando sombras rayadas sobre el cemento. Desperté con el cuerpo pesado, sintiendo cada centímetro de mi piel como si hubiera sido arrastrado por gravilla. No era solo el dolor físico; era el peso de la piel de Tom contra la mía, el calor de su brazo rodeando mi cintura con una confianza que me daba náuseas.

Me moví un poco, tratando de zafarme sin despertarlo, pero el agarre se tensó de inmediato.

— ¿Ya te quieres ir, perrita? — su voz sonó ronca, cargada de ese sueño pesado de quien ha descansado después de un festín. — Qué mal agradecido. Con lo bien que te portaste al final, pensé que me prepararías el café… ah, cierto, que esto es una cárcel, no un hotel de cinco estrellas, joder.

Y sonrió.

Se incorporó sobre un codo, mirándome con esos ojos oscuros que no guardaban ni un ápice de arrepentimiento por lo de anoche. Al contrario, se veía radiante, con esa malicia que le salía por los poros.

— Joder. — soltó con una risotada seca, recorriendo con la mirada las marcas rojas en mis hombros y el hematoma de mi rostro que había proporcionado anoche en el acto, muy cerca del que ya tenía. — Si pareces un cuadro abstracto de esos que cuestan una fortuna. Aunque, siendo honestos, Bill, tienes una cara de tragedia que hasta a mí me da ganas de reír. ¿Qué esperabas? ¿Que te despertara con flores y una disculpa?

— Déjame levantarme. — susurré, evitando su mirada. Sentía la garganta seca, irritada de tanto tragarme los gritos.

— ¡Uy, qué humor! — se burló Tom, dándome un palmetazo sonoro en la pierna que me hizo respingar. — Pues levántate, muévete. Que hoy tienes que lucir mi marca por todo el patio. Quiero que cuando Anthony te vea, se le quite la maña de interrumpir, y que Müller sepa que si te toca un pelo, le voy a cobrar el centímetro de piel a precio de oro.

Se estiró con una parsimonia insultante, rascándose la nuca mientras me observaba tratar de recoger los jirones de mi uniforme del suelo.

Era el segundo que rompía.

— Eres un asco, Tom. — dije, finalmente mirándolo a los ojos, aunque mis manos no dejaban de temblar.

— Y tú eres mi asco favorito ahora. — respondió él, soltando una carcajada sonora mientras se ponía de pie, totalmente cómodo en su desnudez. — Ahora, camina hacia la reja. Los muchachos están a punto de pasar lista y quiero que vean que mi mascota sobrevivió. Intenta no cojear mucho, perrita, que me arruinas la reputación de amante delicado.

Yo no lo obedecí, solo caminé un poco y después salí corriendo de su celda. Él no iba a seguirme porque estaba desnudo y era una gran ventaja para mí.

Corrí.

Corrí con el cuerpo gritándome en cada paso, ignorando el roce doloroso de la tela rota de mi uniforme contra las marcas frescas que Tom me había dejado. El eco de su carcajada, ronca y cargada de esa prepotencia que lo hacía sentir dueño del aire que yo respiraba, me perseguía por el pasillo de la Galería C.

Llegué a mi antigua zona con el corazón vuelto loco. Al doblar la esquina, me detuve en seco. Georg estaba allí, apoyado contra la pared frente a nuestra celda, con una expresión que pasó de la esperanza al horror puro en un segundo.

— ¡Bill! — exclamó, acercándose para sostenerme antes de que mis rodillas cedieran. — Por Dios, te ves… te ves destrozado.

— No digas nada, Georg. No lo digas. — jadeé, aferrándome a su brazo. No quería su lástima, no quería que confirmara con palabras lo que yo sentía: que me habían arrancado la poca humanidad que me quedaba en esa cama mugrienta.

Él me guió hacia adentro. Abby estaba sentada en su litera, con los ojos hundidos y las manos temblorosas. Al verme entrar en ese estado, con la camisa hecha jirones y el rostro marcado, soltó un sollozo seco que sonó más a culpa que a compasión.

— Bill… — empezó ella, estirando una mano.

— ¡Ni se te ocurra! — rugió Georg, interponiéndose entre nosotros. — ¡Míralo! ¡Míralo bien, Anthony! Esto es lo que compraste con tu maldita dosis. ¡Espero que el viaje te haya valido la pena, porque lo que le hicieron a él no tiene retorno!

— ¡Él dijo que de todas formas lo iba a tomar! — chilló Abby, perdiendo los papeles mientras se rascaba los brazos con desesperación. — ¡Solo aceleré lo inevitable! ¡Yo no quería que lo humillaran así!

Me dejé caer en mi litera, hundiendo la cara en las manos. El silencio que siguió fue interrumpido por el silbato de los guardias. Hora del recuento. Hora de salir al patio. Hora de ser la mascota de exhibición que Tom quería.

Mierda.

&

El patio estaba más gris que de costumbre. Caminaba entre Georg y Abby, tratando de mantener la espalda erguida, aunque cada paso era un recordatorio de la noche anterior. Los cuchicheos empezaron apenas pisamos el asfalto. Las miradas de los demás presos eran como agujas; algunos se reían, otros simplemente observaban con esa curiosidad morbosa de quien ve un accidente.

— ¡Adivinen quién salió de la suite real! — gritó uno de los hombres de Müller desde el otro lado del rectángulo de cemento.

Georg me apretó el hombro, pero yo solo podía mirar al frente. De repente, la multitud se abrió. Tom Kaulitz entró al patio, ya vestido, con su paso perezoso y esa aura dominante. Se detuvo a unos metros de nosotros, rodeado de sus sombras de siempre. Gustav me guiñó un ojo con una malicia que me revolvió el estómago.

Tom se sacó un cigarrillo de la boca y exhaló el humo lentamente mientras me recorría de arriba abajo con una sonrisa de absoluta suficiencia.

— ¡Vaya, perrita! — exclamó, lo suficientemente alto para que media galería escuchara. — Pensé que después de lo de anoche estarías pidiendo asilo en la enfermería. Veo que tienes más aguante del que aparentas. Me gusta, eso significa que hoy podemos repetir con más ganas.

Se acercó a mí, ignorando la tensión de Georg, y me agarró de la mandíbula con firmeza, obligándome a mostrar el hematoma de mi rostro a los presentes.

— Mírenlo bien, hijos de puta. —soltó Tom con una risotada cargada de victoria. — Para que vean que no soy un egoísta. Aquí tienen a la perrita de Kaulitz. Si alguno tiene ganas de tocar, que sepa que el alquiler se paga en sangre… y yo soy un cobrador muy exigente.

Se inclinó hacia mi oído, rozándome con los labios de una forma que me hizo temblar de asco puro.

— ¿Creíste que salir corriendo te iba a salvar, Bill? — susurró. — Solo hiciste que el juego fuera más divertido.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 6»

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