
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 30
El comedor de Stammheim en horas de la mañana era un ambiente de comida quemada. El ruido de las bandejas chocando contra los mostradores de plástico era lo único que lograba sacarme de la sensación del orgasmo que aún sentía en la pelvis. Caminaba al lado de Tom, tratando de ignorar cómo me escocía el trasero con cada paso, un recordatorio punzante y delicioso de la forma en que su polla me había embestido antes.
Mis uñas negras brillaban bajo las luces fluorescentes del comedor y no paraba de verlas con una sonrisa. Cualquier rastro de imperfección se fue hace un momento en el baño que tomé hace rato.
— Ya deja de mirarlas.
— Es que quedaron hermosas…
Al sentarnos en la mesa de siempre, junto a Gustav y Andreas, el ambiente cambió. El silencio se extendió desde el centro hacia las mesas de los alrededores. Sentía las miradas clavadas en mi nuca como agujas. Eran los hombres de Marc, los mismos que estaban aquella vez en la mesa donde me senté. Aunque su líder estuviera en la enfermería—o donde fuera que Tom lo hubiera mandado tras su último encuentro—, sus perros tenían ganas de venganza.
— Míralos. — masculló Andreas, dándole un sorbo a su taza de aguado de café. — Miran mucho.
— Y eso me pone enojado. — decía Gustav.
Uno de ellos, un tipo enorme con una cicatriz que le cruzaba la ceja, no dejaba de lamerse los labios mientras me miraba fijamente, haciendo gestos obscenos con la lengua que me revolvieron el estómago.
Tom lo notó al instante.
Dejó su cuchara con una calma que daba miedo y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos oscuros se clavaron en el tipo de la cicatriz con una intensidad asesina.
— ¿Tienes algún problema con mi comida, Jack? — preguntó Tom, y el comedor entero pareció contener la respiración.
— Ninguno, Kaulitz. — respondió el tipo con una sonrisa burlona. — Solo pensaba que ese chico tiene cara de que todavía tiene el culo caliente de anoche. Se le oía y se nota en cómo camina. ¿No compartes, mi rey?
Sentí que la sangre se me subía a la cara.
Iba a responder, pero la mano de Tom se cerró sobre mi muslo por debajo de la mesa.
— Lo que hay debajo de este uniforme es propiedad privada, ahí tienes a Klum. Te lo regalo. —dijo Tom, con una voz tan baja y peligrosa que Jack dejó de sonreír. — Y la próxima vez que…
— Espera. — interrumpí las palabras de Tom mientras me ponía de pie, muy seguro de lo que iba a hacer.
Gustav se tensó, listo para saltar si la situación estallaba y se levantó junto a Tom.
— Uy, viene hacia aquí. — dijo otro, haciendo que Jack volviera a sonreir.
— ¿Qué pasa, princesa? ¿Te dolió el comentario? — se mofó, provocando las risas de sus secuaces.
No le di tiempo a terminar la carcajada. Con toda la rabia contenida por lo que me había dicho y por el asco que me daba ese tipo, agarré mi bandeja de metal cargada con el café hirviendo y las bandejas, se la estampé directamente en la cara.
El sonido del metal chocando contra su hueso fue seco y satisfactorio.
— ¡No vuelvas a faltarme el respeto, pedazo de mierda! — rugí.
Jack cayó hacia atrás, volcando el banco, con el rostro cubierto de comida y sangre que brotaba de su ceja partida otra vez. El comedor explotó. Antes de que Jack pudiera levantarse, me lancé sobre él, dándole un puñetazo en la mandíbula que me hizo doler los nudillos, pero no me detuve. Él me devolvió uno cerca de los labios.
Hizo que me doliera la cabeza pero no me quedé así.
El estruendo de las bandejas cayendo al suelo fue la señal de salida. En un abrir y cerrar de ojos, la rutina del comedor se quebró y el instinto carcelario tomó el control. Los presos, hambrientos de cualquier distracción que oliera a sangre, no se lanzaron todos a la vez; en lugar de eso, formaron un círculo humano alrededor de nosotros, gritando, golpeando las mesas y silbando.
Era una arena de gladiadores improvisada.
Jack se limpió la mezcla de sangre y café de la cara, gruñendo como un animal herido. Se lanzó hacia mí, llevándome contra una de las mesas. El dolor en mi espalda fue agudo, pero la adrenalina era un anestésico perfecto. Lo golpeé en las costillas con los codos y logré zafarme, dándole una patada en la espina que lo hizo tambalear.
— ¡Dale, Trümper! ¡Mátalo! — gritaban desde el círculo.
Jack lanzó un gancho de derecha que me rozó el pómulo, cortándome la piel. Sentí el sabor metálico de la sangre en mi boca, pero eso solo me dio más rabia. Esquivé su siguiente golpe, agachándome con una agilidad que ni yo sabía que tenía, y conecté un puñetazo limpio en su nariz. El crujido del cartílago rompiéndose fue música para mis oídos.
Él retrocedió, aturdido, y yo no le di respiro. Me lancé sobre él, encajando una serie de golpes rápidos en su rostro y estómago. Jack intentó agarrarme del cuello, pero yo ya no era la víctima asustada del primer día. Le di un cabezazo que lo dejó viendo estrellas y, con un último empujón, lo mandé directo al suelo, donde quedó gimiendo y escupiendo par de dientes.
Me quedé de pie sobre él, jadeando, con el pelo revuelto y los nudillos ardiendo. El círculo de presos rugió, algunos celebrando la sorpresa, otros maldiciendo por haber perdido apuestas internas.
Tom, que había estado observando todo con los brazos cruzados y una sonrisa de orgullo feroz que no podía ocultar, dio un paso al frente. Su sola presencia hizo que el círculo se ensanchara por miedo.
— Suficiente. — sentenció Tom. Su voz no fue un grito, pero cortó el ruido del comedor como un cuchillo.
Se acercó a mí, ignorando a Jack que se retorcía en el suelo. Me tomó por la nuca con una mano firme, obligándome a mirarlo. Sus ojos brillaban con una mezcla de emoción y respeto.
— Ya demostraste que tienes agallas, Bill. — susurró para que solo yo lo oyera, mientras con el pulgar limpiaba la sangre de mi labio. Luego, miró a los demás con desprecio. — ¡Se acabó el espectáculo! ¡Cualquiera que tenga algo más que decir, que se lo meta por el culo!
Andreas y Gustav se acercaron para asegurarse de que los hombres de Marc se dispersaran. Tom me pasó un brazo por los hombros, apretándome contra su costado.
Había ganado mi primera pelea.
&
Tom empapó un trozo de tela limpia en agua fría y lo presionó con una firmeza delicada sobre el corte de mi pómulo. Sus ojos no se apartaban de la herida, recorriendo cada centímetro de mi piel como si estuviera evaluando los daños de su posesión más valiosa.
— Estoy sorprendido. — soltó de repente, rompiendo el silencio con esa voz ronca que me erizaba la piel. — Verte ahí fuera, rompiéndole la cara a ese imbécil… uff
— ¿Estuve bien?
— Uhm… — hizo una pausa, dejando que la tela se tiñera de rojo. Sus dedos, aún tensos, se hundieron en mi cabello para inclinar mi cabeza hacia atrás, dándole mejor acceso a mi labio partido. — Casi me haces perder el control frente a todos, Bill. Ver cómo te golpeaba… — susurró, y esta vez sus ojos se clavaron en los míos con intensidad. — Me daban ganas de arrancarle la cabeza, pero quería ver hasta dónde llegabas. Y me sorprendiste en serio.
— No iba a dejar que me humillara. —respondí, aunque el habla me costaba por la hinchazón. — Y tampoco quería sentirme una damisela en apuros.
Tom soltó un gruñido bajo, satisfecho. Tiró la tela ensangrentada al lavabo y me agarró de la cintura, pegándome violentamente contra su cuerpo. Mis nalgas chocaron contra el borde del mármol frío, recordándome con un latigazo de dolor el uso que les había dado horas antes.
— Fue hermoso. — murmuró, su mano bajó con rapidez para apretar mi trasero con fuerza, justo donde más me escocía. — Has marcado tu territorio hoy. A partir de ahora, nadie en este maldito agujero se atreverá a mirarte sin pensar en lo que eres capaz de hacer… y en lo que yo les haría si te rozan.
Acercó su rostro al mío, rozando mi nariz con la suya. Cerré los ojos suspirando profundamente.
— Tienes los nudillos deshechos y la cara marcada. — continuó, bajando la mirada a mi boca. — Pero nunca te habías visto tan jodidamente hermoso. Espero que luego de esto te animes a usar un arma.
— ¿Hablas en serio?
— Así es.
&
Esta vez yo tenía acorralado a Tom detrás de las máquinas de la lavandería, con mis manos formando un puño sosteniendo su uniforme mientras me lo comía la boca a besos. El calor y el vapor de las secadoras hacían que el ambiente fuera asfixiante, pero el contacto de nuestras lenguas era lo único que me permitía respirar. Estaba eufórico, con la adrenalina todavía corriéndome por las venas, y quería sentirlo todo.
Mis dedos se aflojaron para enredarse en sus trenzas, tirando de ellas hacia atrás para exponer su cuello, donde dejé unos mordiscos desesperados. Tom soltó un gemido ronco, su cuerpo vibrando contra el mío, mientras sus manos bajaban instintivamente a mis caderas para mantenerme pegado a él.
Sin dejar de mirarlo con una malicia juguetona, me deslicé lentamente por su cuerpo. Mis rodillas golpearon el suelo de baldosas calientes, quedando justo frente a su entrepierna, que ya marcaba un bulto considerable bajo el uniforme naranja. Levanté la vista, relamiéndome los labios, dispuesto a entregarme a él una vez más sin importar el dolor en mi trasero.
Me había vuelto un maldito masoquista y me gustaba.
Pero, para mi sorpresa, Tom reaccionó de una forma que nunca había visto.
Sus manos bajaron rápidamente, cubriéndose la zona con las palmas, y dio un pequeño paso hacia atrás, apretando las piernas. Sus mejillas se tiñeron de un rojo inusual y desvió la mirada, visiblemente incómodo.
¿Pero qué era lo que le pasaba, eh?
— ¿Qué? — murmuré sin dejar de mirarlo a los ojos.
— No, Bill… ahora no. — murmuró, evitando mis ojos.
— ¿Qué pasa? — pregunté con una ceja arqueada, soltando una risita incrédula. — ¿El gran rey de Stammheim me tiene miedo ahora, eh?
Tom soltó un suspiro pesado, rascándose la nuca con una mano mientras la otra seguía protegiendo su virilidad como si fuera un tesoro en peligro. — No es eso, carajo —soltó finalmente, con una mezcla de frustración y vergüenza—. Es que… joder, me duelen las pelotas de tanto cogerte, Bill. Me tienes seco. No me queda ni una gota de energía ahí abajo. Si llegara a eyacular, eyacularia pura sangre.
Me quedé congelado un segundo antes de estallar en una carcajada limpia y sonora que rebotó en las paredes de metal de la lavandería. Me senté en mis talones, señalándolo con un dedo mientras las lágrimas de risa empezaban a asomar por mis ojos.
Dios.
— ¡No puede ser! — exclamé entre risas. — ¿El semental de la prisión se quedó sin munición? ¡Pobrecito Tom! ¿Te lastimé mucho, bebé? ¿soy insaciable?
— ¡Cállate, maldita sea! — gruñó él, aunque una sonrisa avergonzada empezaba a asomar en su rostro. — Cualquier hombre estaría en la enfermería si tuviera que seguirte el ritmo. Eres una máquina, ojitos bonitos. Déjame recuperar el aliento antes de que me dejes inválido.
Me levanté, todavía burlándome de su expresión derrotada, y le di un beso rápido en la punta de la nariz.
— Está bien, te daré un descanso… por ahora. Pero no te acostumbres, maestro. Si me vas a tener para largo aquí espero que empieces a seguirme el ritmo porque me has vuelto adicto a ti.
— Oh, por dios. — masculló él, aunque me atrajo hacia su costado por la cintura, dándome un apretón. — Necesito una dieta de pura proteína si vas a seguir con estos ataques de ninfomanía.
Justo cuando Tom estaba tratando de recuperar su dignidad después de mi burla, la puerta de la lavandería se abrió pesadamente. Andreas entró con paso rápido, mirando hacia ambos lados con nerviosismo antes de fijar su vista en nosotros.
Su rostro estaba serio, con esa expresión de negocios que solo ponía cuando algo importante se estaba moviendo entre las sombras de la prisión.
— Tom, tenemos que movernos ya. — soltó Andreas, ignorando por completo el ambiente cargado de vapor y tensión sexual que había en la habitación. — El contacto de la cocina dice que el cargamento llegó en las cajas de harina. Necesitamos embolsar ese polvito mágico antes de que cambien el turno de los guardias o nos quedaremos sin nada para la distribución de la semana.
Tom suspiró irritado.
Continúa…
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