Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 27

Me quedé ahí, con los brazos cruzados, sintiendo cómo la bilis me subía por la garganta. La mención de ese tal Jaid Klum había transformado a Tom; era como si le hubieran inyectado adrenalina pura. Tenía esa mirada calculadora, la misma que ponía cuando planeaba hundir a alguien en la miseria, y honestamente, me irritaba que un desconocido le causara tanta emoción.

Pero traté de no hacer caso.

— Tom… — empecé a decir, tratando de sonar casual. — Necesito que hables con los guardias, por favor. Mis uñas son un desastre, mi cabello está perdiendo el color y estas ojeras no se van a quitar solas. Necesito mis cremas faciales, tinte de cabello negro vegetal, un kit para uñas y pintauñas…

Tom ni siquiera parpadeó. Tenía la vista clavada en un punto inexistente de la galería C, probablemente imaginando cómo iba a torturar al hijo del alcalde. Suspiró con una sonrisa macabra, ignorándome por completo.

— Va a ser divertido… — murmuró para sí mismo. — El hijo de Klum en mi territorio. Esto es poesía.

— ¡Tom! — repetí, pero nada. Estaba en su propio mundo de venganzas y estrategias. La paciencia se me agotó. Me puse justo frente a él y chasqueé los dedos repetidamente frente a su cara, con fuerza, logrando que por fin enfocara sus ojos en mí. — ¡Hola! ¿Hay alguien ahí? — solté con sarcasmo. — Te estoy hablando de mi crisis estética y tú estás ahí babeando por el nuevo. ¿Qué pasa? ¿Acaso el hijo del alcalde es más importante que yo? ¿Ya te aburriste de mi nariz de Rodolfo y ahora quieres ir a ver si el tal Jaid tiene la piel más suave?

Tom parpadeó un par de veces, saliendo de su trance, y me miró con una mezcla de sorpresa y diversión absoluta. Una de sus cejas pobladas se arqueó mientras una sonrisa ladeada empezaba a asomarse.

— ¿Me estás haciendo un show de celos por un preso que ni siquiera he visto, Bill? — preguntó con voz ronca, tratando de contener una carcajada.

— ¡No son celos! Es prioridad. —exclamé, haciendo un ademán dramático con las manos. — Estoy aquí contándote que parezco un muerto viviente y tú estás tipo ¡oh, Jaid Klum, qué emoción, vamos a la galería C! Si tanto te urge verlo, vete, pero no me pidas que te reciba con una sonrisa cuando vuelvas con tu nuevo amiguito.

Tom soltó una carcajada limpia y sonora que hizo que varios presos voltearan a vernos. Se acercó a mí y me tomó de la cintura, pegándome a su cuerpo sudado por el juego, ignorando mis intentos de zafarme.

— Dios, Bill… eres increíble. — dijo entre risas, pegando su frente a la mía. — Ese tipo es el hijo del hombre que me quería ver muerto. Solo estoy pensando en cómo voy a usarlo para terminar de quebrar a su padre. No me importa si es Klum o el Papa, nadie me va a distraer de ti.

— Pues no parecía. — refunfuñé, aunque el calor de su cuerpo ya estaba bajándome los humos.

— Tendrás tu tinte, tus cremas y hasta un maldito spa si quieres. — susurró, dándome un beso corto y rudo. — Pero no me chasquees los dedos así de nuevo, gatito, a menos que quieras que te castigue frente a todo el patio por insolente.

Se había enojado.

Tom me dio un último apretón en la cintura, uno de esos que te dejan sin aliento y te recuerdan quién manda, antes de soltarme con una sonrisa de suficiencia. Sus ojos ya no estaban en mi crisis estética, sino de nuevo en ese objetivo lejano que tanto lo excitaba.

— Andreas, Gustav, conmigo. —ordenó Tom sin mirar atrás, su voz recuperó ese tono autoritario de líder. — Vamos a darle la bienvenida al heredero del alcalde. Quiero ver qué cara pone cuando sepa que su padre lo mandó directo a mi boca… por cierto, no se olviden de Marc.

Gustav y Andreas dejaron lo que estaban haciendo de inmediato. Gustav me lanzó una mirada de «lo siento, Bill», mientras que Andreas simplemente se limitó a seguir los pasos pesados de Tom obligando a Marc a ir con ellos. Me quedé ahí parado, en medio del patio, con los brazos cruzados y un sentimiento de indignación que me hacía hervir la sangre.

— ¡Claro, vete! — grité, aunque ya estaban a varios metros. — ¡Vete a jugar a los gánsters! ¡A ver si ese Jaid es más guapo que yo, idiota!

Tom solo levantó una mano en el aire, sin detenerse, haciendo un gesto despectivo pero divertido a la vez. Lo vi desaparecer por el pasillo que llevaba a la galería C, rodeado de su séquito, dejándome solo con mi grano en la nariz y mis raíces asomando.

Me sentía como un estúpido, abandonado por un hijo de alcalde que ni siquiera conocía. Estaba a punto de patear un balón de baloncesto de pura rabia cuando Jonas, el preso que le había dado la noticia a Tom, se acercó a mí con una caja de cartón entre las manos.

— Señor Bill… — murmuró Jonas, evitando mirarme a los ojos por respeto (o miedo a Tom).

— ¿Qué quieres, Jonas? — respondí de mal humor.

— El jefe ordenó esto antes de irse, se lo entrego lo más pronto posible. Dijo que si no se lo entregaba rápido me cortaría las manos. — abrí la caja con desconfianza y mi corazón dio un vuelco. Ahí estaba todo. Mi tinte negro vegetal, un kit de manicura profesional con limas de cristal, botes de esmaltes de mis colores favoritos y esas cremas coreanas que tanto me gustaban. No sé cómo lo había hecho tan rápido, pero ahí estaba mi spa de emergencia.

— Maldito Tom… — susurré, sintiendo cómo mi enfado se disolvía un poco ante el detalle. Sabía exactamente cómo comprar mi silencio y mi paciencia.

— ¿Me puedo retirar?

— No.

— Pero tengo que ir con el señor p-para…

— Que el señor espere, maldición. — tomé la mano de Jonas para llevarlo al interior del salón de uno de los talleres casi arrastrándolo, el iba quejándose, diciendo las cosas que Tom podría llegar a hacerle pero no me importó.

— …y me cortará el pene, se lo dará de comer a alguno de mis compañeros y… y…

— No lo hará, yo le diré. — lo obligué a sentarse en el banco de golpe. Jonas estaba muy nervioso pero en ningún momento dejó de ver el suelo. Saqué el kit de uñas y lo miré con determinación. — Bueno, Jonas. — dije, sin mirarlo, mientras probaba el filo de una lima. — Hablaremos mientras vamos a tener una tarde de belleza. Tú te quedas ahí respondiendo lo que quiero saber y yo voy a intentar que mis manos no parezcan las de un asesino en serie, ¿de acuerdo?

— Ujum.

— Okay. — empecé a limar mis uñas mientras me arrimaba en la mesita. — ¿Qué hace Tom cuando llega un presidiario nuevo?

— No sé.

— Vamos, Jonas, no te hagas el difícil. — dije, pasando la lima con una precisión quirúrgica sobre el borde de mi uña. — O le diré que no me entregaste ese paquete para que haga lo que te prometió.

— ¡No! No, no, no.

— ¿Entonces?

Jonas tragó saliva tan fuerte que juraría que lo escuché desde mi asiento. Sus manos temblaban sobre sus rodillas.

— El señor Kaulitz… bueno, él suele marcar territorio, señor Bill. Si el nuevo tiene algo que le sirve, lo usa. Si es un enemigo, como este Klum, suele humillarlo frente a todos para que quede claro que en Stammheim el apellido y el dinero de afuera solo sirven para limpiarse el… bueno, usted entiende.

— ¿Y es guapo? — solté de la nada, deteniéndome para examinar el brillo de mi uña.

— ¿Quién? ¿El hijo del alcalde? — Jonas me miró de reojo, aterrado. — No lo sé, dicen que es joven, rubio… de esos que parecen que nunca han roto un plato. Por eso el jefe está tan interesado.

Sentí una punzada de algo que no quise llamar celos, pero que me quemaba el estómago. Rubiecito, joven y con piel de porcelana. Justo el tipo de juguete que a Tom le encantaría destrozar pieza por pieza mientras yo me quedaba aquí poniéndome crema en las ojeras.

— Yam… — murmuré guardando la lima de golpe en la caja. — No puedo concentrarme con esta duda. Jonas, levántate.

— ¿Señor Bill? Ya me puedo ir, ¿verdad? Tengo que reportarme con Andreas o…

— Te vas a reportar conmigo. — lo agarré de la manga de su uniforme, obligándolo a ponerse de pie. — Me vas a llevar a la galería C. Ahora mismo.

— ¡No! ¡Me va a matar! El jefe fue muy claro, dijo que usted debía quedarse poniéndose bonito. — exclamó Jonas, casi al borde del llanto. — Si lo llevo allá y lo ve en medio del lío, me va a colgar de los pulgares.

— Escúchame, Jonas. — me acerqué a él, usando ese tono frío que lo había aprendido a Tom cuando quería ser intimidante. — Si no me llevas, yo mismo le diré a Tom que tardaste, que intentaste sobrepasarte conmigo mientras trataba de ponerme guapo. ¿Quién crees que morirá más rápido en ese escenario?

El pobre hombre se puso pálido, casi gris. Sabía que no estaba bromeando.

— Por aquí… — susurró con voz quebrada, guiándome por los pasillos laterales para evitar a los guardias principales.

Caminamos sigilosamente, esquivando las miradas de otros presos que devoraban sus sobras de comida hasta que llegamos a la entrada de la galería C. El eco de unas risas crueles y el sonido de algo golpeando el metal nos indicó que habíamos llegado. Me pegué a la pared de hormigón, justo antes de doblar la esquina, y asomé la cabeza con cuidado.

Ahí estaba Tom.

Estaba sentado de espaldas a mí sobre una mesa, con una pierna colgando y la otra apoyada, mientras Gustav y Andreas rodeaban a un chico que estaba de rodillas en el suelo, esposado. Marc estaba a un lado, mirando la escena con esa cara de perro apaleado.

El chico nuevo, Jaid, tenía el cabello rubio revuelto y la camisa del uniforme impecable, aunque manchada de algo que parecía café. Tom se inclinó hacia él, levantándole el mentón con la punta de su bota, malicioso.

— Así que… — escuché la voz de Tom, arrastrada y peligrosa. — Eres el orgullo de papá. ¿Sabes lo mucho que he esperado para tener a un Klum bajo mi bota?

— V-vete al diablo. — escupió el chico, aunque su voz temblaba.

Tom soltó una carcajada que me revolvió las tripas.

— Oh, me va a encantar esto. —dijo Tom, pasándole la mano por la mejilla al chico rubio. — Tienes una piel muy fina, Jaid. Casi me da pena pensar en lo rápido que te vas a marchitar aquí dentro si no encuentras a alguien que te proteja.

Apreté los puños contra la pared. Mi grano de la nariz palpitaba de rabia. Una puta rabia que nubló mi vista cuando vi a Gustav meterse la mano en el bolsillo y sacar un sobre cuadrado y brillante. No era un cigarrillo, no era una nota; era un preservativo. Lo sostuvo en el aire con una naturalidad que me dio ganas de vomitar, mientras Tom, con una lentitud desesperante y cínica, empezaba a desabotonarse el uniforme frente al rubiecito.

— A ver si así aprendes a pedir clemencia, Klum. — gruñó Tom, soltando el primer botón mientras su mirada recorría el rostro aterrado de Jaid.

No esperé un segundo más.

Salí de detrás de la pared con la elegancia de una reina herida, haciendo que mis botas resonaran contra el metal del suelo.

— ¡Joder! — exclamé con una voz cargada de un sarcasmo tan afilado que Andreas y Gustav se tensaron al instante. — ¿Interrumpo algo, Tom? ¿O es que ahora también te dedicas a la caridad con los hijos de políticos?

Tom se detuvo en seco, con la mano aún sobre su camisa a medio abrir. Se giró lentamente, y por un microsegundo vi una chispa de sorpresa genuina en sus ojos, que rápidamente fue reemplazada por esa diversión malvada que siempre le causaba mis ataques de celos.

— Bill… — dijo él, arrastrando las palabras. — Pensé que estarías ocupado eligiendo el color de tus uñas.

— Lo estaba. — respondí, caminando directo hacia él, ignorando al chico rubio que me miraba como si fuera un ángel bajado del cielo. — Y como ví que tenías tanta urgencia en irte, te seguí.

— Ah.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

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