Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 23

— ¿Qué? — el no entendía nada. — ¡Bill! — rugió, y escuché el golpe de su puño contra la pared de hormigón. La impotencia lo estaba consumiendo. — ¡No me des la espalda! ¡Te estoy diciendo que te quiero, carajo! ¡Te estoy diciendo que me estoy volviendo loco! — me detuve, pero no me giré. El desinterés era mi nueva armadura, y ver cómo perdía los estribos por no obtener una reacción de mi parte me daba un poder embriagador.

— ¿Sabes qué es lo que más me gusta de Marc? — pregunté, mirando mis uñas sucias, las cuales se estaba borrando el pintauñas negro de a poco. — Que cuando habla, no tengo que adivinar si me va a echar al día siguiente. Es… refrescante.

El rugido que soltó Tom fue animal. En un segundo, estaba frente a mi de nuevo, pero esta vez no había súplica, sino una promesa de destrucción.

— ¡Si vuelves a mencionar a ese infeliz, juro que no llegará a la enfermería! — gritó, señalando hacia el comedor. — ¡Voy a hacer que se arrepienta de haber nacido! ¡Lo voy a quebrar, Bill! ¡Lo voy a convertir en mi perrita personal, lo voy a humillar delante de todo el bloque hasta que no le quede ni un gramo de dignidad! ¿Eso quieres? ¿Quieres ver cómo lo destruyo por tu culpa?

Lo miré a los ojos. No pestañeé. Si hubo un rastro de miedo porque lo creía capaz pero… no quería que lo notara, así que no hubo ruego, ni rastro de la angustia que él esperaba provocarme para sentirse en control.

— Haz lo que quieras, Tom. — respondí con un encogimiento de hombros tan natural que lo dejó mudo. — La verdad, me da un poco de sueño tu drama de rey herido. Si quieres romper a Marc, rómpelo. Si quieres matarlo, mátalo. Al final del día, todos aquí estamos de paso, ¿no?

Tom retrocedió un paso, como si mis palabras le hubieran dado un golpe físico en el estómago. Sus ojos se abrieron de par en par, buscando desesperadamente al Bill que lloraba por él, al Bill que rogaba por un poco de atención.

No encontró nada.

— No… tú no eres así. — susurró, con la voz temblorosa. — Estás mintiendo. Te importa.

— Me importaba. — le corregí, dándole una última mirada de arriba abajo como si fuera un extraño que me estaba bloqueando el paso. — Pero el vacío es mucho más cómodo que tú. Ahora, si me disculpas, el gas me ha dejado un dolor de cabeza terrible y quiero ir a dormir. Solo. — caminé hacia el pasillo principal, dejándolo plantado en la penumbra del área de servicio.

— ¡Bill! ¡Bill, mírame! — gritaba a mis espaldas, su voz estaba resonando en las paredes de piedra. — ¡No te atrevas a ignorarme! ¡Soy Tom Kaulitz! ¡Maldita sea, mírame!

No me detuve. Seguí caminando con la espalda recta y el corazón blindado, saboreando el silencio absoluto de mi propia indiferencia mientras escuchaba cómo el hombre que se creía dueño del infierno se desmoronaba por no ser más que una sombra en mi camino.

Y en efecto, estaba dandole una sopa de su propio chocolate.

Yo también lo quería con toda mi alma, lo era todo para mí pero no podía tratarme así.

No más.

Llegué a mi celda, una pequeña caja de concreto que compartía con otros tres hombres nuevos que apenas me dirigieron la palabra. Me tiré en la litera superior, ignorando el ardor en mis pulmones y el latido sordo en mi cabeza.
No estaba escuchando si los pasos en el pasillo se detenían frente a mi puerta. No me importaba si era Gustav, Georg, si era un guardia o si era la muerte misma.

Simplemente cerré los ojos y me obligué a no pensar en el brillo de desesperación que había visto en los ojos de Tom. Me dolía, claro que me dolía. Sentía un vacío en el pecho que amenazaba con succionarme las costillas, pero el orgullo —ese pequeño fragmento de dignidad que me quedaba— era lo único que me mantenía unido.

&

A la mañana siguiente, el bloque seguía en aislamiento parcial. Los guardias estaban nerviosos y el ambiente en las duchas era intenso. Me estaba lavando la cara con el agua helada, tratando de quitarme el rastro del gas y del cansancio, cuando el silencio del lugar se rompió.

— Tienes pelotas, Bill. — la voz de Gustav resonó contra los azulejos húmedos. Estaba apoyado en el marco de la entrada, con los brazos cruzados y una expresión de pura derrota. — Tom no ha dormido. Destrozó el camastro de su celda y mandó a tres tipos a la enfermería anoche solo porque lo miraron mal.

Mantuve la vista fija en el espejo rayado, observando cómo el agua resbalaba por mi cuello, algo preocupado pero no respondí.

— Bill, esto se va a salir de control. — Gustav se acercó un paso, bajando la voz. — Está obsesionado. Ha estado preguntando por Marc cada diez minutos. Si de verdad quieres salvar a ese tipo, tienes que hablar con Tom. Pídele perdón, dile que fue un error, lo que sea… pero para esta masacre antes de que empiece.

Me sequé la cara con una toalla áspera y, por fin, lo miré. Gustav retrocedió un poco ante la frialdad de mi expresión.

Desconcertado.

— Dile a Tom que si quiere matar a Marc, que lo haga. Ya se lo dije. — mi voz sonó aterradoramente tranquila. — Pero que sepa que cada golpe que le dé a él, es un clavo más en el ataúd de lo que alguna vez sintió por mí.

— Pero…

— Y dile otra cosa, Gustav… — interrumpí sus palabras.

— ¿Qué? — preguntó él, casi con miedo.

— Que deje de mandar a su mensajero. Si tiene algo que decirme, que aprenda a vivir con el hecho de que ya no tiene poder sobre mí. A menos que quiera rogar. Y los reyes no ruegan, ¿verdad?

Salí de las duchas dejando a Gustav con la boca abierta. Al llegar al patio central durante la hora de recreo limitada, lo vi. Tom estaba sentado en su lugar de siempre, rodeado de sus hombres, pero no estaba hablando. Su mirada estaba fija en la entrada del bloque, buscándome.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, él se puso de pie de un salto, apartando a uno de sus subordinados de un empujón. Sus ojos estaban hundidos, rodeados de ojeras profundas, y su mandíbula seguía tensa. Dio un paso hacia mí, esperando quizás que yo me detuviera, que bajara la cabeza, que cediera ante su presencia imponente.

En lugar de eso, caminé directamente hacia la dirección opuesta, hacia donde un grupo de presos jugaba a las cartas, y me senté de espaldas a él, riéndome de un chiste que ni siquiera había escuchado.

El silencio que cayó sobre el patio fue sepulcral. Todos sabían lo que eso significaba. Estaba ignorando activamente al sol alrededor del cual todos orbitaban.

Escuché sus pasos pesados acercándose por detrás. El aire se volvió denso, cargado de esa electricidad que siempre emanaba de él.

— Bill. — su voz era un gruñido bajo, una advertencia. Seguí barajando las cartas imaginarias, ignorándolo por completo. — Te estoy hablando. — me agarró del hombro para girarme, pero antes de que sus dedos se cerraran, me aparté con un movimiento fluido, como si hubiera sentido un insecto molesto.

— ¿Alguien escuchó algo? — le pregunté al preso que tenía enfrente, quien me miraba con los ojos como platos, aterrorizado. — Me pareció escuchar un ruido, pero debe ser el viento.

Tom soltó un jadeo de pura rabia contenida. Estaba ahí, a centímetros de mí, vibrando de furia, y yo lo estaba tratando como si fuera invisible. El castigo más grande para un hombre que vive de la adoración y el miedo era, precisamente, no ser nada.

El aire en el patio se congeló. Mi indiferencia era un insulto que Tom no estaba dispuesto a procesar frente a toda la población penal. Él, que se alimentaba del miedo y el respeto, no podía permitir que el mocoso que alguna vez fue suyo lo tratara como si fuera aire.

— Así que soy invisible, ¿eh? — siseó Tom, y una sonrisa perversa, carente de cualquier rastro de la vulnerabilidad de anoche, cruzó su rostro. — Vamos a ver cuánto dura tu ceguera, Bill.

Tom no necesitó gritar. Solo levantó un dedo y cerró el puño en una seña seca.

En un parpadeo, tres de sus hombres más pesados se abalanzaron sobre mí. No tuve tiempo de reaccionar; me arrancaron de la banca y me estamparon contra la mesa de metal. Sentí el frío del acero en mi mejilla y, antes de que pudiera soltar un insulto, sentí el pinchazo agudo y ardiente de una navaja presionando justo debajo de mi mandíbula.

— ¡Quieto! — rugió uno de ellos, tirando de mi pelo hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto al filo.

El patio entero se quedó inmóvil. Los guardias, convenientemente, miraron hacia otro lado; el dinero de los Kaulitz compraba más que cigarrillos, compraba ceguera oficial.

Tom caminó lentamente hacia mí, apartando a los presos que estorbaban en su camino como si fueran maleza. Se inclinó, apoyando las manos en la mesa, quedando a la altura de mis ojos. Su mirada ya no estaba rota; estaba inyectada en esa oscuridad posesiva que lo definía.

— Se acabó el juego del fantasma, Bill. — dijo, pasando un dedo por mi pómulo, justo encima de donde la navaja amenazaba con abrirme la piel. — Vas a volver a ser el Bill que me mira cuando hablo. El Bill que sabe perfectamente quién manda aquí.

— Vete al diablo. — mascullé, aunque el acero me cortó un poco al hablar.

— Oh, no. Al diablo vas a mandar a tu amigo Marcsito. —Tom hizo otra seña hacia la enfermería. Dos hombres más aparecieron arrastrando a Marc. Estaba pálido, con la mandíbula vendada y caminando a duras penas. Lo tiraron al suelo, a los pies de Tom, como si fuera un saco de basura. — A partir de hoy, Marc tiene un nuevo trabajo — anunció Tom en voz alta, para que todo el patio lo escuchara. —  Va a ser mi mascota. Va a limpiar mi celda, va a comer mis sobras y va a dormir en el suelo junto a mi cama.

Después se acerca a mi, para susurrarme al oído.

— Y si tú, Bill, vuelves a ignorarme o a intentar ser un fantasma, Marc va a perder un dedo, un ojo, el pene, la vida quizás… Todo dependerá de qué tan vacío te sientas ese día. — y se alejó.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. La mirada de Marc se cruzó con la mía; estaba aterrado, suplicándome con los ojos que hiciera algo. La burbuja de indiferencia que había construido se resquebrajó. Tom sabía exactamente dónde golpear: no en mi cuerpo, sino en mi conciencia.

— Gustav. — llamó Tom sin quitarme la vista de encima. — Lleva a Bill a mi celda. Asegúrate de que sus cosas estén ahí. No va a volver a salir sin mi permiso. Y tú… — miró a Marc, dándole una patada nada suave en el costado. — Empieza a lamer el suelo, mascota. Tenemos mucho que limpiar.

La navaja se retiró, pero el daño estaba hecho. Me obligaron a ponerme de pie, con los brazos retorcidos a la espalda. Tom me agarró del mentón, obligándome a mirarlo de frente.

— Bienvenido a casa de nuevo, Bill. —susurró con una victoria amarga. — Espero que ya no tengas sueño, porque hoy vamos a recordar viejos tiempos.

Oh, no.

El nudo en mi garganta se volvió de piedra. Antes de que Gustav pudiera tirar de mí para arrastrarme hacia el bloque de celdas, Tom se quedó inmóvil, esperando. No me quitaba los ojos de encima, saboreando el momento exacto en que mi armadura de hielo comenzaba a agrietarse.

— ¡Ha dicho que lamas, escoria! —rugió uno de los gorilas de Tom, pateando a Marc en las costillas, dónde lo hizo su jefe antes.

Marc soltó un quejido ahogado, un sonido animal que me caló hasta los huesos. Con manos temblorosas y la mirada perdida en el suelo de cemento mugriento, lleno de suciedad, escupitajos y el polvo de cientos de botas, Marc bajó la cabeza. Lo vi cerrar los ojos con fuerza antes de pasar la lengua por la superficie grisácea. Era la imagen más cruda de la degradación, y estaba ocurriendo por mi culpa. Por mi orgullo. Por mis ganas de hacerle sentir a Tom lo que yo sentí cuando me ignoró.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 23»
  1. neta pinches hombres estúpidos, qué les cuesta aunque sea inclinar la cabeza una puta vez? yo estaba teniendo simpatía por tom y me salió 3 veces más hijo de puta 😭

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