Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 21

Esa noche no me había permitido estar con Tom y no porque él no lo quisiera, sino por dos razones.

La primera era que necesitaba respuestas. Quería ir a hablar con Abby y que me dijera a la cara por qué me había apuñalado; por qué alguien a quien consideraba, si no una amiga, al menos una aliada en este infierno, decidió abrirme la carne. La segunda razón era más amarga: necesitaba sufrir la pérdida de mi relación con Leonardo. Haberle gritado de esa forma, haberle escupido su amor en la cara para después revolcarme en la oscuridad de Tom… me había dejado un hueco en el pecho que ninguna caricia podía llenar todavía.

Logré escabullirme hasta el área de enfermería y celdas transitorias, sobornando a un guardia con un par de billetes, mismos que Tom me había dado. Abby estaba sentada en el borde de su camilla, con las manos esposadas a la barra de metal. Al verme, no se inmutó. Sus ojos, antes chispeantes, ahora estaban apagados.

— Abby…

— ¿Viniste a burlarte de mí? —preguntó ella con una voz ronca, más varonil de lo normal. — ¿A decirme que ganaste o algo así, Bill? ¿o quién te mandó?

— Vine por mi cuenta. — respondí, acercándome a la reja con cuidado. — ¿Por qué, Abby? ¿Por qué me hiciste eso? — ella soltó una risa seca, que terminó en una tos dolorosa.

— Porque te envidio, Bill. Porque yo llevaba días intentando que Tom se fijara en mí, y llegaste tú con tu carita de niño perdido y él se volvió loco. —me miró con odio puro. — Te apuñalé porque quería ver si sangrabas igual que el resto de nosotros, o si eras tan especial como él cree… hasta cuándo me besaba susurraba Bill y estaba cansado de eso… harto.

Me quedé helado. No había sido un plan maestro, solo un arrebato de celos y desesperación de alguien que ya no tenía nada que perder.

— Yo lo amo, Bill. Me gusta muchísimo y tú lo sabías.

— A mí también.

— ¿Y qué hay de Leonardo, eh?

— Terminamos.

— Pfff. Lo que tienes con él no es nada más que sexo, Bill. — escupió ella. — Son tan diferentes, él te va a consumir hasta que no quede nada de ese chico que suspira por su novio de afuera.

Sus palabras me golpearon donde más me dolía. Me di media vuelta sin decir nada más, sintiendo cómo el peso de la realidad me aplastaba. Me alejé de las celdas y me refugié en un rincón oscuro del pasillo de la lavandería, donde el vapor ocultaba mis lágrimas.

Saqué del bolsillo una pequeña foto de Leo que llegó entre mis cosas y quien había dejado útiles de aseo, más ropa interior entre mis cosas hace unas horas. Estaba arrugada y olía a él. La miré hasta que su rostro se volvió borroso por el llanto. Había matado lo único bueno que tenía. Había elegido a un hombre que me quemaba, que me trataba como una propiedad y que disfrutaba de la maldad pura.

— Adiós, Leo… — sollocé, rompiendo la foto en pedazos minúsculos y dejándolos caer al suelo mugriento. — Perdóname por preferir el infierno.

Me quedé allí sentado un largo rato, abrazando mis rodillas, dejando que el luto por mi vida anterior me consumiera. Pero el silencio no duró mucho. Las botas pesadas resonaron en el cemento, y antes de que pudiera limpiarme la cara, esa sombra alta, acosadora y conocida se proyectó sobre mí.

Tom estaba allí, con los brazos cruzados y una expresión de pocos amigos.

Tom no dijo nada de inmediato. Se quedó de pie, como una gárgola de cemento observando los restos de la fotografía rota esparcidos entre mis pies. La mandíbula le temblaba, una señal clara de que estaba conteniendo su furia. Sus ojos escanearon mis mejillas húmedas y luego bajaron a los pedazos de papel.

— Así que aquí es donde te escondes… — soltó, y su voz era un látigo de puro sarcasmo. — Andas llorando por los rincones por el niño bueno de afuera. Qué conmovedor, Bill.

— Tom, ahora no… — susurré, tratando de cubrirme la cara, pero él se agachó bruscamente, obligándome a mirarlo al sujetarme de la barbilla con una fuerza que me hizo daño.

— Me importa una mierda tu ahora no. Te di todo, Bill. Te di mi protección, mi dinero y te abrí la puta puerta de mi realidad. — siseó, y vi el brillo de una decepción violenta en sus pupilas. — Pero ahí sigues, guardando pedacitos de una vida que ya no existe.

Esperé que me gritara, que me arrastrara de vuelta a la celda para marcarme de nuevo y borrar el rastro de Leo, pero para mi sorpresa, me soltó con un desprecio absoluto. Se puso de pie y se sacudió las manos como si hubiera tocado algo sucio.

— Quédate con tus muertos, entonces. — dijo fríamente. — Si tanto lo extrañas, disfruta de tu soledad en este rincón asqueroso. No me busques esta noche. Ni mañana, ni nunca. No quiero estar con alguien que no sabe lo que quiere.

Se dió la vuelta y se marchó sin mirar atrás, dejándome con el sonido de sus botas alejándose y el frío del pasillo calándome los huesos.

Ahora sí tenía tanta razón para llorar.

&

A la mañana siguiente, el comedor era un hervidero de ruido aumentando el dolor de cabeza que tenía.

Entré con el cuerpo pesado, buscando instintivamente la mesa del fondo donde Tom siempre reinaba. Él estaba allí, rodeado de Georg y un par de tipos más, riendo de algo que decía uno de los guardias corruptos. Cuando pasé por su lado, mi corazón dio un vuelco. Esperaba una mirada, un insulto, incluso un empujón dominantes, algo que me confirmara que seguía existiendo para él.

Pero Tom hizo algo mucho peor, me ignoró.

Me senté a unas mesas de distancia, removiendo la avena rancia sin apetito. Levanté la vista un par de veces para verle; estaba de espaldas a mí, concentrado en su conversación, gesticulando con esa seguridad arrogante que lo caracterizaba. Georg me miró de reojo, con una expresión de duda, pero Tom ni siquiera giró la cabeza cuando pasé de nuevo cerca de él para dejar la bandeja.

Era como si yo fuera un fantasma. Como si el bebito de la noche anterior hubiera muerto junto con la foto de Leo. El vacío que me dejó su indiferencia fue más doloroso que cualquier apuñalada de Abby. Tom me estaba dando el espacio que no pedí, y lo estaba haciendo con una frialdad que me recordaba que, para un hombre que ha matado a treinta y cinco personas, borrar a una más de su lista de prioridades era lo más fácil del mundo y a mí me estaba borrando de la forma más cruel.

Salí del comedor, quería pensar, quería respirar aire fresco.

Quería… quería salir de aquí y no ver a nadie.

Quería… quería drogarme también.

Pensé en la celda de Tom, justo en el lugar secreto donde guardaba su mercancía y… por supuesto que no la iba a robar, la iba a comprar desde mi dinero sin que él lo sepa.

Me dirigí al bloque de Tom con el corazón casi en la garganta. Sabía que era una misión suicida; entrar en su celda sin su permiso era romper la regla de oro, pero la desesperación por apagar el ruido en mi cabeza era más fuerte que el miedo a su castigo. Mis manos temblaban mientras cruzaba los pasillos, evitando las miradas de los guardias que ya conocían mi cara como la del protegido de Kaulitz.

Si tan solo supieran que ahora era uno más.

La celda estaba vacía. El olor de Tom —tabaco, perfume caro y ese aroma metálico que siempre lo seguía— me golpeó como una bofetada nada más al entrar. Me arrodillé rápidamente junto a su litera, con los dedos torpes buscando la rendija en el muro, justo detrás de una de las patas metálicas donde sabía que escondía el polvo de ángel y las pastillas que movía por todo el penal.

— Vamos, vamos… — susurré sintiendo el sudor frío bajar por mi nuca.

Mis dedos rozaron una bolsa pequeña. La saqué con una mezcla de triunfo y asco. Solo quería una dosis, algo que me hiciera olvidar el cristal roto de la sala de visitas y la espalda de Tom en el comedor.

— ¿Buscando algo, Trümper?

— Ay, no.

Ay, no. Ay, no.

Esa voz.

Seguía sin ser melosa, sin ser agresiva. Era una línea plana de pura decepción aún.

Me giré lentamente, todavía de rodillas y con la bolsa en la mano. Tom estaba apoyado en el marco de la puerta, con las manos en los bolsillos. Gustav y Georg están justo detrás de él, observándome con una mezcla de lástima y sorpresa. Tom no parecía enojado, y eso era lo más aterrador. Tenía esa mirada analítica que describió cuando hablaba de sus crímenes.

— Te dije que no me buscaras, pero no pensé que vendrías a saquearme. — dijo Tom, dando un paso lento hacia el interior de la celda. Georg y Gustav se quedaron fuera, cerrando la puerta para darnos privacidad, aunque el sonido del cerrojo sonó como una guillotina.

— No iba a robarte… — balbuceé, escondiendo la bolsa detrás de mi espalda, aunque ya era tarde. — Iba a dejarte el dinero. Solo… solo necesito que el mundo se detenga un momento, Tom. Por favor.

Tom se agachó frente a mí, imitando mi posición, pero con una elegancia que me hacía sentir como una rata de alcantarilla. Me arrebató la bolsa de la mano con un movimiento rápido y la guardó en su bolsillo sin apartar sus ojos de los míos.

— ¿Así de poco vales? — preguntó en un susurro. — ¿Un par de gramos para olvidar que mataste a tu novio y que yo ya no te quiero? Te creía más fuerte, Bill. Te creía especial. Pero resulta que eres igual de patético que los demás adictos de este bloque.

— ¡Tú no lo entiendes! — exploté y mierda, las putas lágrimas traidoras estan volviendo a nublar mi vista. — Me ignoraste como si no fuera nada… ¡como si no hubiera pasado algo entre los dos!

— Lo que pasó entre los dos no significa una mierda si todavía lloras por tu relación afuera. — respondió él, levantándose y dándome la mano, no para ayudarme, sino para obligarme a ponerme de pie con un tirón brusco. — Quieres drogarte para no sentir, ¿verdad? Pues lárgate de aquí. No voy a ser yo quien te venda el veneno para que te termines de hundir. No desperdicio mi mercancía en gente que ya está muerta por dentro.

Me empujó hacia la salida pero no me fui, al contrario, aproveché su mano para tomarla y apegarme a su cuerpo, rodeandole el cuello con ambas manos. Apagué mi cabeza al hueco que formaba su hombro y cuello, con los ojos cerrados.

— No es así, solo… estoy confundido, Tom. Yo…

Sentí cómo los músculos de Tom se ponían rígidos bajo mi contacto, tan duros como el concreto de las paredes que nos rodeaban. Por un segundo, una milésima de segundo que me dio una esperanza falsa, creí que sus brazos me rodearían la cintura y que me escondería en su pecho hasta que el mundo dejara de doler.

Pero no fue así.

Tom soltó un suspiro tembloroso y, con una firmeza que me dolió más que cualquier golpe, puso sus manos en mis hombros y me empujó hacia atrás, rompiendo mi abrazo. Sus dedos se clavaron en mi uniforme, manteniéndome a una distancia prudente, marcando una frontera que antes no existía.

— No, Bill. No me vengas con confusiones ahora. — su voz se quebró ligeramente al final, y cuando levanté la vista, me quedé sin aliento.

Sus ojos oscuros estaban vidriosos. Una capa fina de lágrimas, que se negaba a dejar caer por puro orgullo, brillaba bajo la luz amarillenta de la bombilla de la celda. Ver a Tom Kaulitz con los ojos así, fue como si el suelo se abriera bajo mis pies.

— Estás confundido porque todavía tienes el olor de ese tipo ahí. Estás confundido porque no sabes si quieres ser el niño bueno que él amaba o la puta que yo necesito. — siseó, y una lágrima traidora se le escapó, rodando rápida por su mejilla antes de que se la limpiara con un movimiento brusco y furioso de su mano. — Yo no soy un consuelo, Bill. No soy el lugar donde vienes a lamerte las heridas cuando extrañas tu vida de afuera.

— Tom, por favor, escúchame… —intenté acercarme de nuevo, pero él retrocedió hasta chocar con su litera.

— Vete. — esta vez su voz recuperó esa violencia que me hacía temblar, pero cargada de un dolor que me desgarró. — No quiero tu lástima y no quiero ser tu segunda opción. Si quieres hundirte, húndete solo. Yo ya tengo suficiente con mi propia condena como para cargar con tus dudas.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 21»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!