Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 20

La voz de Tom salió como un crujido de hielo, una sola palabra que cargó el ambiente a uno incómodo. Dió un paso hacia adelante, saliendo de la oscuridad del umbral, y el reflejo del cristal me permitió ver cómo sus ojos se clavaban en Leo con una curiosidad sanguinaria, como si estuviera diseccionando a un insecto.

Leo, al otro lado del vidrio, se puso rígido. La confusión en su rostro se transformó rápidamente en un instinto de protección que, en este lugar, era equivalente a una sentencia de muerte.

— ¿Quién es este tipo, Bill? —preguntó Leo, la voz le estaba temblando no solo por el miedo, sino por la indignación al ver la confianza con la que aquel hombre se situaba detrás de mí.

Antes de que pudiera responder, sentí la mano de Tom aterrizar con firmeza sobre mi nuca. Sus dedos se hundieron en mi piel, justo encima de donde los moretones de sus besos y mordiscos todavía estaban frescos. El contraste era atroz, Leo me miraba con una devoción pura y dolorosa, mientras Tom me reclamaba con una soberbia animal.

— ¿Así que este es el amor que te espera fuera? — se burló Tom, ignorando por completo a Leo para hablarme directamente al oído. Su aliento caliente me quemó la oreja. — Tiene las manos muy limpias para alguien que dice que va a sacarte del infierno, ¿no crees, pajarito?

— Suéltalo… ¡Suelta a mi novio ahora mismo! — gritó Leo, golpeando el cristal con el puño. El sonido retumbó en la pequeña sala, atrayendo la mirada de un guardia que estaba al fondo, pero Tom ni siquiera se inmutó.

Tom soltó una risita ronca, una que Leo no podía oír del todo, pero que yo sentí vibrar en cada uno de mis huesos. Se inclinó sobre mi hombro, apoyando su barbilla cerca de mi sien para que Leo tuviera una vista perfecta de la escena.

— Mira qué tierno, Bill. Cree que tiene derecho a reclamar. — siseó Tom, y de repente, su mano bajó de mi nuca para deslizarse bajo el cuello de mi uniforme, rozando con el pulgar la marca de sus dientes de anoche. — ¿Le has contado ya que ahora duermes conmigo? ¿O prefieres que se lo demuestre yo mismo aquí, frente a su cara de niño bueno?

Me quedé helado, atrapado entre dos mundos.

Leo gritaba promesas de libertad, de abogados y de una vida que ya me parecía un cuento de hadas, mientras Tom, con su cuerpo pegado al mío, me recordaba con cada caricia agresiva que mi realidad olía a sudor y sangre.

— Tom, basta… — supliqué en un susurro apenas audible, un poco destruido por la mirada de mi novio.

— ¿Basta? — Tom ladeó la cabeza, fijando sus ojos oscuros en los de Leo sonriente. — Recién estamos empezando. Dile quién soy, Trümper. Dile quién es el que te cuida cuando las luces se apagan y quién es el que te deja estas marcas que tanto intentas esconder.

— ¿Q-qué…?

— ¡Vete, Leonardo! ¡Lárgate de una puta vez! — el grito me desgarró la garganta, dejando a Leo mudo y con la mano congelada contra el cristal.
Leo me miraba como si no me conociera, con los ojos muy abiertos, buscando desesperadamente al Bill que dejó fuera. Pero ese Bill ya no existía; ese Bill no tenía el cuerpo marcado ni el olor de Tom impregnado en los pulmones.

— Bill, ¿qué estás diciendo? He venido a ayudarte… — balbuceó Leo, con la voz rota.

— ¡No necesito tu ayuda! — volví a rugir, sentí la mano de Tom en mi nuca, pero esta vez no intenté zafarme; al contrario, me eché hacia atrás, buscando el contacto con su pecho frente a la mirada horrorizada de mi novio.

Tom soltó una carcajada vibrante, una que rebosaba triunfo. Sus dedos se cerraron en mi nuca con una fuerza posesiva, enterrándose en mi pelo mientras pegaba su pecho a mi espalda, exhibiéndome como su trofeo más preciado.

— Ya lo has oído, mi rey. — soltó Tom con una arrogancia que me hacía hervir la sangre y la piel al mismo tiempo. — Tú amorcito se ha dado cuenta de que tus promesas no sirven para nada aquí dentro. ¿Por qué no te vas a casa a jugar a los abogados y nos dejas a los adultos en paz?

— ¡Bill, por favor! — suplicó Leo, pegando la frente al vidrio, ignorando a Tom y mirándome solo a mí. — Ese hombre te está manipulando, te tiene aterrorizado…

— No me tiene aterrorizado, el me cuida… — le corté, acercándome al cristal con una mirada de puro desprecio que nunca creí ser capaz de fingir. — Solo vete y no vuelvas. No quiero volver a ver tu cara por aquí.

Vi cómo el alma de Leo se desmoronaba en ese instante. Bajó la mano del cristal, derrotado, mientras las lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas. Pero yo no sentí lástima; sentía la adrenalina de la violencia de Tom recorriéndome, la excitación de haber destruido lo último que me unía a la moralidad.

Tom aprovechó mi arrebato para inclinar mi cabeza hacia atrás, obligándome a exponer el cuello lleno de marcas frente al cristal.

— Es suficiente  — su voz cargada de una lujuria oscura mientras me arrastraba hacia la salida me había enojado. — Ya hemos tenido suficiente drama por hoy. Tenemos cosas pendientes en el bloque, ¿verdad, bebito?

Me sacó de la sala casi a rastras mientras Leo gritaba mi nombre por última vez. En cuanto cruzamos la puerta pesada y estuvimos fuera de la vista de las cámaras del locutorio, Tom me estampó contra la pared del pasillo, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza.

— Me ha encantado ese espectáculo, Bill. — murmuró con esa mirada encendida, devorándome. — No sabía que tenías tanta mala leche dentro de ese cuerpo tan fino. Me pone muy duro que le hayas escupido en la cara a tu ex novio.

— Ex novio. — repetí con la respiración entrecortada, sintiendo cómo el frío de la pared contrastaba con el calor abrasador que emanaba el cuerpo de Tom. Mis muñecas dolían bajo su agarre, pero el dolor era solo combustible para la adrenalina que me quemaba por dentro.

Tom se rió y hundió su rostro en el hueco de mi cuello, justo donde las marcas de anoche todavía palpitaban. Aspiró con fuerza, como si quisiera borrar cualquier rastro del perfume de Leo que pudiera haber quedado en el aire de la sala de visitas.

— Eso es, Billy. Ex. — siseó contra mi piel, dejando un beso húmedo y fugaz.  — Ya no hay nada fuera que te pertenezca. Solo este pasillo, esta celda y yo.

— Eres un animal, Tom. — susurré, pero en lugar de empujarlo, arqueé el cuerpo hacia él, provocándolo. — Has disfrutado cada segundo de verlo llorar y me ha molestado como no tienes idea.

— ¿Y a mí que? He disfrutado verte elegirme a mí. — corrigió él, soltando mis muñecas solo para bajar sus manos hacia mis nalgas y apretarlas  levantando mi cuerpo un poco del suelo. — Me pone jodidamente enfermo de deseo que seas tan cruel. Ese imbécil no sabría qué hacer con la oscuridad que tienes ahora en los ojos. Pero yo sí.

Me lamió la mandíbula hasta llegar a mi boca, pero antes de besarme, se detuvo a milímetros de mis labios, con las pupilas tan dilatadas que sus ojos eran dos pozos negros.

— Vamos a las duchas. — ordenó con una voz ronca que no admitía réplicas. — Ahora mismo no hay nadie. Quiero quitarte ese uniforme que él miró tanto y quiero recordarte, de una forma mucho más sucia que anoche, a quién le abres las piernas realmente.

— Ay, Tom. ¿Por qué…?

— ¿De qué? Vamos.

Me sujetó del brazo y me arrastró por el pasillo lateral. El eco de nuestras botas sobre el cemento era lo único que se escuchaba. Yo iba en silencio, sabiendo que lo que acababa de hacer con Leo era el punto de no retorno. Ya no era la víctima de Tom; era su cómplice, su puta…

Al llegar a las duchas, Tom pateó la puerta y la cerró con el pestillo. El lugar olía a humedad y a cloro. Sin mediar palabra, me empujó bajo uno de los cabezales y abrió la llave del agua fría. El impacto del agua helada me cortó la respiración, pegando la tela del uniforme a mi cuerpo.

— Quítatelo. — mandó Tom, mientras él empezaba a desabrocharse el cinturón con una urgencia violenta. — Quiero que el agua se lleve cualquier recuerdo de ese niño bueno. Aquí solo vas a oler a Tom… y… a Tom… solo Tom y Tom.

El agua helada golpeaba mis hombros, pero el calor que desprendía Tom al desnudarse frente a mí hacía que el frío fuera una anécdota. Se quitó la ropa con una rapidez animal, dejando caer su uniforme al suelo mojado. Su polla ya estaba fuera, completamente dura, apuntando hacia arriba que me hizo humedecer mis propios bóxers al instante.

— Ponte de rodillas, Bill. Límpiame. — ordenó, sujetando mi nuca con fuerza.

Me desplomé sobre los azulejos húmedos. Mis manos temblorosas guiaron su pene, grueso y venoso, hacia mi boca. Al probarlo, el sabor  salado de Tom me invadió. Empecé a lamerle la banana con desesperación, succionando su cabeza mientras él soltaba gruñidos roncos que resonaban en toda la estancia. Metí su miembro hasta el fondo de mi garganta, sintiendo cómo me llenaba, mientras Tom empujaba su pelvis contra mi cara, dándome arcadas de puro placer.

— Eso es… trágatela toda, putona. — siseó él, enredando sus dedos en mi cabello empapado para marcar el ritmo. — Uff, que boca. Me encantaría quedarme un rato pero no hay tiempo.

Me puso de pie y me giró bruscamente contra la pared fría. Me bajó los pantalones y los bóxers de un tirón, dejándome expuesto. Me obligó a doblarme, apoyando las manos contra los azulejos resbaladizos.

— Sube ese culo, que lo voy a dejar bien marcado. — dijo, antes de bajar su cabeza.

Sentí su lengua caliente y áspera recorriendo la raya de mis nalgas hasta llegar a mi ano. Empezó a lamer mi entrada con una voracidad que me hizo soltar un grito que el eco devolvió multiplicado. Metió la lengua con fuerza, explorándome, saboreando el resto de semen de anoche que todavía se mezclaba con el agua. El contraste de su lengua caliente y el agua helada me estaba volviendo loco.

— Estás tan abierto para mí, Bill… —murmuró entre lamidas. — Me encanta lo mucho que te gusta que te use como un juguete.

Sin previo aviso, Tom se posicionó detrás. No hubo preparación, no hubo suavidad. Escupió en su mano, lubricó su polla y la hundió de un solo golpe seco en mi culo. El impacto fue tan violento que mi frente chocó contra la pared. Mi ano se estiró hasta el límite, ardiendo mientras su polla entraba hasta la raíz, llenándome las entrañas.

— ¡Ah! ¡Tom, joder! — gemí, con la voz rota.

— Cállate y goza, que esto es lo que querías. — respondió él, empezando a embestirme con una fuerza salvaje.

Cada estocada era como un martillazo. Sus huevos golpeaban contra mi entrada con un sonido húmedo y caliente que se mezclaba con el ruido del agua cayendo. Tom me agarraba de las caderas, clavando sus dedos en mi piel, mientras me rompía por dentro. Sentía cómo su polla golpeaba mi próstata una y otra vez, haciéndome ver chispas blancas.

El placer era tan intenso que mi propia polla empezó a soltar líquido preseminal sin que nadie la tocara. Tom aceleró, sus movimientos se volvieron duros, llenos de una rabia sexual que me dejó sin aliento. Me sujetó del pelo, tirando de mi cabeza hacia atrás para que pudiera ver su rostro desencajado por la lujuria en el reflejo.

— ¡Mírate! ¡Estás chorreando por mi!— rugió, susurró y gritó, dándome una última estocada tan profunda que sentí que me llegaba al estómago.

Tom soltó un grito y se corrió con una violencia increíble. Sentí las oleadas de su semen caliente disparándose dentro de mi recto, llenándome, hinchándome por dentro. El calor de su leche era tan real que casi podía sentir cómo me llenaba el interior de mis órganos. Casi al mismo tiempo, sin poder aguantar más la fricción y el placer, yo me vine a chorros contra la pared, mi semen mezclándose con el agua fría y resbalando por los azulejos.

Nos quedamos así, jadeando, con su cuerpo pesado aplastándome contra la pared y su polla todavía enterrada y palpitando dentro de mi culo, mientras el agua de la ducha terminaba de limpiar nuestros pecados superficiales, aunque por dentro, ambos sabíamos que estábamos más sucios que nunca.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 20»

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