
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 19

El calor en la celda se volvió sofocante, no era la fiebre de la herida; era un incendio que nosotros mismos habíamos provocado. Tom se deshizo de mi pantalón de uniforme con una brusquedad que hizo saltar un botón, pero no me importó. Sus manos recorrieron mis muslos con una posesividad que me hacía arquear la espalda, sus dedos trazando líneas de fuego sobre mi piel pálida.
Se restregaba en mis boxers oscuros, entre besos y caricias que trataba de darlas suaves aunque le fuera imposible. Sus besos descendieron a mi cuello, haciéndome inclinar la cabeza hacia arriba dándole más acceso.
— Uhm. — yo me mordía el labio inferior para luego aferrar mis manos en su espalda. Tom me obligó a sostenerle la mirada mientras se deshacía del resto de su ropa. Bajo la luz azulada de la luna que se colaba por los barrotes, Tom parecía una deidad de la guerra tallada en bronce y cicatrices. Se posicionó entre mis piernas, su peso presionándome contra el colchón fino, y cuando nuestras pieles desnudas finalmente chocaron por completo, solté un gemido que él se apresuró a ahogar con un beso profundo, hambriento.
Sus manos bajaron para sujetar mis muslos con fuerza, abriéndome para él, mientras sus labios abandonaban mi boca para atacar mi cuello. Sentí sus dientes rozando la piel sensible justo encima de mi clavícula, dejando marcas que sabía que tardarían días en borrarse.
— Eres mío, ¿lo entiendes? — gruñó contra mi piel. — Y eres lo que está bien en este mundo de mierda.
Tom me tomó de las caderas con una fuerza que me dejó claro que no había vuelta atrás. Con un movimiento decidido, bajó mis bóxers hasta mis tobillos, dejando mi desnudez expuesta a la luz de la celda. Su mirada bajó, recorriéndome con un hambre que me hizo estremecer, deteniéndose en mi entrada, que palpitaba de pura anticipación.
Sin decir una palabra, Tom llevó su mano hacia abajo. Mojó sus dedos con su propia saliva y los presionó contra mi esfínter, estirándome con una lentitud tortuosa que me hizo jadear.
— Relájate, bebito… — susurró, aunque su propia voz temblaba por el esfuerzo de no perder el control. — Quiero que me sientas bien.
Sentí el primer dedo deslizarse dentro de mi ano, rompiendo la resistencia inicial. El contraste entre el frío de la celda y el calor invasivo de su tacto me hizo arquear la espalda, buscando más. Metió un segundo dedo, expandiéndome, buscando ese punto que me hacía soltar gemidos entrecortados contra su hombro. Mientras tanto, su propia erección, gruesa y caliente, se presionaba contra mi muslo, recordándome el tamaño de lo que estaba por venir.
Lo veía mucho mejor que las anteriores veces.
Su penecito rico me parecía muy rico.
Cuando consideró que estaba lo suficientemente preparado, Tom se posicionó. Su pene, vibrante de venas y cargado de necesidad, rozó mi entrada, humedeciéndola antes de empujar. Solté un grito ahogado que él devoró con un beso cuando empezó a hundirse en mí. Fue una invasión masiva; sentía cómo cada centímetro de su miembro reclamaba espacio dentro de mi recto, estirando mis paredes hasta el límite.
— Dios, Bill… estás tan apretado, mierda. — gruñó Tom, con la frente perlada de sudor y los ojos en blanco por la sensación de mi interior abrazándolo.
Se quedó inmóvil un segundo, dejando que mi cuerpo se acostumbrara a su grosor nuevamente, antes de empezar a embestir. Cada estocada era profunda y certera, golpeando mi próstata con una precisión que me hacía ver estrellas. Mis manos se aferraron a sus glúteos, instándolo a ir más rápido, más fuerte. El sonido de su sexo chocando contra el mío, rítmico y húmedo, llenaba el silencio de la celda, mezclándose con el roce de nuestras pieles sudadas.
— Más… Tom, por favor. — supliqué, con las piernas temblando sobre sus hombros.
Él no se contuvo más. Agarró mis muñecas y las clavó contra el colchón, acelerando el ritmo hasta que la litera empezó a chocar contra la pared de piedra. Su pene entraba y salía de mi ano con una ferocidad animal, llenándome por completo, mientras yo me deshacía en espasmos de puro placer. Podía sentir cómo mi propio miembro goteaba contra mi abdomen con cada embestida suya, hasta que la tensión se volvió insoportable.
Tom no tenía intención de ser civilizado; en la oscuridad de esa celda, la fachada de socio se había quemado y solo quedaba el animal de siemp. Me soltó las muñecas solo para sujetarme de la cintura y, con un movimiento brusco, me obligó a ponerme a cuatro patas sobre el colchón mugriento.
— Pon el culo en pompa, Bill. — siseó, dándome un azote sonoro en la nalga que me hizo soltar un chillido de sorpresa y excitación. — Quiero ver cómo te abres para mí, quiero ver cómo mi polla entra y sale de ese agujerito tan rico que tienes.
No esperó a que asintiera. Se posicionó detrás de mí y se hundió de un solo golpe, enterrando toda su entrepierna en mi culo hasta que sus testículos chocaron contra mi entrada. El impacto me dejó sin aire, obligándome a clavar la cara en la almohada mientras él empezaba a embestirme como un desquiciado. El sonido era obsceno: el chapoteo de su semen mezclado con el lubricante natural de mi interior y el golpe seco de su pelvis contra mis nalgas.
— ¡Míralo, joder! — gruñó, sujetándome del pelo para obligarme a mirar por encima del hombro cómo su pene desaparecía dentro de mí una y otra vez. — Estás bien abierto, chorreando por mi culpa. Eres una puta delicia, mi bebito.
Me sentía completamente ultrajado y adorado al mismo tiempo. Tom me giró de nuevo, esta vez dejándome al borde de la litera con las piernas colgando, y me penetró con un ángulo que me hacía sentir su polla raspando cada nervio interno. Sus estocadas eran rápidas, grotescas, sin ninguna clase de ritmo más que el de su propia lujuria.
— Te voy a llenar tanto que mañana no vas a poder ni caminar derecho. —susurró, bajando la voz mientras me masturbaba con una mano y me seguía rompiendo el culo con la otra. — Vas a oler a mi leche todo el día y te vas a acordar de que Tom te tiene bien domado.
Me sentía al borde del colapso. Mi polla goteaba sin parar, rozando mi propio abdomen, mientras el interior de mi ano se contraía desesperadamente alrededor de su miembro caliente. Tom soltó un gruñido fuerte, acelerando el ritmo hasta que sus embestidas se volvieron espasmódicas y violentas.
— ¡Ya voy, Bill! ¡Tómalo todo, puta! —rugió, hundiéndose una última vez hasta el fondo y quedándose ahí mientras se corría a chorros dentro de mí.
Sentí el calor de su semen llenándome las entrañas, una sensación de plenitud que me hizo soltar un grito mudo. Un segundo después, yo también me vine, manchándome las manos y el pecho mientras mis paredes anales ordeñaban su polla hasta dejarlo seco.
Tom no se apartó de inmediato; se quedó un momento respirando con dificultad sobre mi espalda, sintiendo cómo nuestros cuerpos todavía temblaban por la descarga.
Finalmente, se deslizó fuera de mí con un sonido húmedo que me hizo estremecer. Me giró con una delicadeza que no encajaba con la brutalidad de hacía unos minutos y me acomodó en el estrecho espacio de la litera.
— Ven aquí, mi vida… — murmuró, su voz de a poco iba recuperando ese tono meloso que solo existía en la oscuridad.
Se estiró para alcanzar una camiseta vieja que usábamos para limpiar los desastres y, con una paciencia infinita, empezó a limpiar el semen que resbalaba por mis muslos y el que me manchaba el abdomen. Lo hacía con cuidado, como si estuviera puliendo la pieza más valiosa de su taller.
— Estás hecho un desastre por mi culpa. — dijo con una sonrisita ladeada, dejando la tela de lado para besarme la punta de la nariz. — Pero eres el desastre más hermoso que he visto en toda mi puta condena.
Me atrajo hacia su pecho, envolviéndome en sus brazos tatuados. Empezó a dejar besos suaves por todo mi rostro: en la frente, en las mejillas, en mis labios hinchados. Sus manos, que alguna vez me habían sujetado con violencia, ahora acariciaban mi cabello con una lentitud que me daba ganas de llorar.
— Bill… — susurró, pegando su frente a la mía. Sus ojos brillaban con una honestidad que daba miedo. — Te lo digo en serio. He pasado años aquí pensando que lo único que me quedaba era el odio. Pensando que moriría en este agujero sin sentir nada que no fuera ganas de romperle el cuello a alguien.
Me acarició la mejilla con el pulgar, recorriendo el rastro de una lágrima de placer que se había secado.
— Pero llegaste tú con esa carita de ángel y esos ojos de «sálvame», y me jodiste la cabeza. — soltó una risita suave. — Eres lo mejor que me ha pasado… lo único real. Por eso no me importa si tengo tres cadenas perpetuas o cien; mientras estés en la celda de al lado, o mejor aún, aquí conmigo, este lugar no me parece tan infierno.
Enterró su rostro en mi cuello, aspirando mi aroma, y sentí un beso húmedo justo en la comisura de mis labios.
— Duérmete ya, bebito precioso. Mañana tendré que volver a ser el de siempre y tratarte como un trapo frente a los demás para que no sospechen.
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El timbre del recuento rasgó el silencio de la celda, y sentí cómo el cuerpo de Tom se tensaba al instante. En menos de un segundo, el hombre que me había llamado bebito y me había limpiado con ternura desapareció. Se levantó de la litera con una agilidad felina, vistiéndose con movimientos bruscos mientras su rostro recuperaba esa máscara de odio y desprecio que mantenía a raya a toda la prisión.
— Levántate ya, pedazo de basura. —escupió, dándome una patada suave en la bota para que reaccionara. — Limpia ese suelo y quita esa cara de idiota antes de que el guardia abra la puerta. No quiero que nadie piense que estuviste divirtiéndote mientras yo te disciplinaba.
Me puse de pie con dificultad, sintiendo el escozor entre mis piernas y el recordatorio líquido de su marca dentro de mí. Le sostuve la mirada un segundo, buscando un rastro del Tom de anoche, pero sus ojos estaban negros, vacíos.
Era el de nuevo.
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El día transcurrió en una neblina de dolor y tensión. Sin embargo, a media mañana, un guardia me golpeó el hombro con la porra.
— Trümper, tienes visita. Locutorio 4.
Me extrañó. Yo no esperaba a nadie porque no había hecho anotar a nadie más que mi tía y posiblemente mi mamá pero ambas personas eran ocupadas. Al entrar en la sala de visitas, mi corazón se detuvo. Al otro lado del cristal, sentado con una expresión de angustia total, estaba Leo. Mi novio de afuera, el chico que se suponía debía estar esperándome en una vida que ya sentía como un sueño lejano.
— ¡Bill! Dios mío, mira cómo estás… —Leo pegó las manos al cristal, sus ojos llenándose de lágrimas al ver los moratones en mi cuello y mis manos vendadas. — He estado moviendo cielo y tierra para venir. Me dijeron que hubo una pelea, que te habían herido. Bill, mírame… voy a sacarte de aquí, lo juro.
— Leo… ¿qué haces aquí? — mi voz salió débil. Me sentía sucio, no por la prisión, sino por el calor de Tom que todavía sentía en mi piel.
— He conseguido un nuevo abogado, mi amor, dice que podemos apelar por tu seguridad. No puedes seguir aquí, Bill. Este lugar te está destruyendo. Te extraño tanto… sueño cada noche con el día en que vuelvas a casa y nos olvidemos de este infierno.
Ese momento, sentí una presencia pesada a mis espaldas. No necesité girarme para saber quién era porque lo veía por el cristal. Tom estaba de pie en el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa letal en el rostro. Había pedido permiso para supervisar a los presos de su bloque en las visitas, pero todos sabíamos que quizás era curiosidad.
— ¿Mi amor?
Continúa…
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WEY VETE A LA ROÑA, CÓMO QUE TENÍA NOVIO???? NO MAMES, ÍBAMOS BIEB Y AHORA TODO OTRA VEZ SE FUE ALV