Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 17

— Dijiste que te gusto. — soltó de repente, mirándome con una intensidad. — Pues ahora te aguantas. Porque no te vas a ir a ningún lado. Vas a quedarte aquí, vas a sanar, y vas a seguir siendo mi dolor de cabeza hasta que yo diga lo contrario. ¿Entendido?

— Ujum.

Levantó una mano y, con una delicadeza que contrastaba con sus palabras, me apartó un mechón de pelo sudado de la frente. Sus dedos estaban fríos, pero su toque quemaba.

— No te vuelvas a morir en mis brazos, Bill. — susurró, casi como una súplica. — Porque no sé si pueda soportarlo.

El momento, suspendido en una intimidad frágil y sangrienta, se rompió como un cristal con el chirrido metálico de la puerta de la enfermería abriéndose.
Tom retiró su mano de mi frente al instante, como si lo hubieran descubierto cometiendo un crimen. Su espalda se tensó, los músculos de sus hombros se endurecieron bajo la camisa manchada de mi sangre y esa vulnerabilidad que me había mostrado se evaporó, reemplazada por una muralla de hostilidad instantánea.

Era Marc. Entró con pasos vacilantes, sujetando una tabla con historial médico contra su pecho como si fuera un escudo. Se detuvo en seco al ver a Tom sentado allí, montando guardia como un perro de presa.

— Yo… necesito revisar sus constantes y cambiar el vendaje. — dijo Marc. Sentía su voz temblando ligeramente. Intentó mirarme, buscando algún tipo de conexión. — Bill, ¿cómo te sientes?

Antes de que pudiera abrir la boca, Tom se puso de pie. Se interpuso entre la camilla y el médico, bloqueando su visión de mí con su cuerpo ancho y amenazante.

— Se siente como alguien a quien casi matan, ¿cómo más? — escupió Tom, cruzándose de brazos. La vena de su cuello volvió a latir peligrosamente. — Haz bien tu trabajo, matasanos. Pero si intentas alguna de tus estupideces de amigo preocupado, te juro que te rompo los dedos uno por uno antes de que toques su piel.

Marc tragó saliva, pálido, pero avanzó con cautela.

— Es mi paciente, Tom. Tengo que tocarlo para curarlo.

— Toca lo justo y necesario. — advirtió Tom, dando un paso atrás a regañadientes, pero sin quitarle los ojos de encima. Se quedó de pie junto a mi cabeza, observando cada movimiento de Marc con una intensidad matadora.

Marc se acercó a la camilla. Pude ver el sudor en su frente. Levantó la sábana con cuidado para revisar el vendaje en mi costado. Sus manos eran profesionales, pero temblaban. Cuando sus dedos rozaron mi piel cerca de la herida, sentí cómo Tom se tensaba a mi lado, soltando un gruñido bajo, casi imperceptible, que hizo que Marc retirara la mano por reflejo.

— La… la herida está limpia. No hubo daños en órganos vitales, por suerte. — murmuró Marc, tratando de ignorar la presencia asfixiante de Tom. — Bill, tuviste mucha suerte. Si la hoja hubiera entrado dos centímetros más arriba…

— Si, si, si, si. Ya. — interrumpió Tom bastante cortante. — Uf, suertudote.

Marc levantó la vista, encontrándose con los ojos de Tom. Hubo un segundo de silencio tenso, cargado de todo lo que no se decían: los celos, el desprecio, la competencia absurda por alguien que estaba medio muerto en una camilla.

— Solo quiero que esté bien. — dijo Marc en voz baja, mirándome con esa lástima que tanto odiaba Tom quien se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal del médico hasta obligarlo a retroceder.

— Él va a estar bien porque yo lo digo. — siseó Tom, señalando la puerta con la cabeza. — Ya revisaste lo que tenías que revisar. Ahora lárgate. Me enferma verte la cara y a él le sube la presión tenerte cerca. Fuera.

Marc me miró una última vez, impotente, y asintió levemente antes de darse la vuelta y salir casi corriendo de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Tom se quedó mirando la madera cerrada unos segundos más, asegurándose de que la amenaza se hubiera ido. Luego, soltó un suspiro furioso y se volvió hacia mí.

— Imbécil. — murmuró, volviendo a sentarse en la silla con brusquedad, pero esta vez acercándola más, pegando su rodilla contra el borde de mi camilla. — ¿Ves lo que provocas? Hasta medio muerto tienes a los buitres rondando.

A pesar de sus palabras duras, su mano volvió a buscar la mía sobre la sábana. La apretó con fuerza.

Posesivo.

&

El efecto de la adrenalina estaba desapareciendo, dejando en su lugar un dolor punzante y rítmico que me robaba el aliento. Sentía cómo la fiebre empezaba a subir, envolviéndome en una neblina pegajosa donde la luz de la enfermería quemaba mis ojos. El costado me ardía como si la punta de Abby todavía estuviera enterrada ahí, removiéndose con cada uno de mis latidos.

— Tom… — susurré, y mi propia voz me sonó ajena, rota por la debilidad.

Él, que no me había soltado la mano, se inclinó hacia delante de inmediato. Sus ojos, antes cargados de rabia hacia Marc, ahora solo reflejaban una preocupación cruda que no sabía cómo ocultar.

— Aquí estoy, Bill. No te esfuerces. — dijo en un tono inusualmente bajo, casi suave.

— Me duele… me duele mucho. — gemí, cerrando los ojos con fuerza. Empecé a temblar, no de frío, sino por la reacción de mi cuerpo al trauma y a la fiebre que me hacía delirar. En mi mente, las sombras de la lavandería se mezclaban con el rostro de Tom. —  Siento frío… Tom, tengo mucho frío.

Él maldijo entre dientes, buscando una manta extra en el armario de la habitación, pero cuando me cubrió, mis temblores no cesaron. Me sentía solo en medio de ese dolor, vulnerable de una forma que me aterraba.

— Sube… — balbuceé, extendiendo mi mano libre hacia él bastante débil.

— ¿Qué? Bill, no digas estupideces, la camilla es pequeña y apenas puedes…

— Por favor. — le interrumpí, abriendo los ojos, que brillaban por la fiebre. — Sube conmigo. Ayúdame a que se detenga… solo un momento.

Tom se quedó estático, mirando la estrecha camilla y luego mi rostro suplicante. Vi la lucha interna en sus ojos. Quería mantener la distancia pero a la vez no.

— Bien dije yo que era un manipulador. — yo reí.

Se quitó las botas con un movimiento rápido y se deslizó con cuidado extremo en el pequeño espacio que quedaba a mi lado. La camilla crujió bajo su peso, pero él se las arregló para rodearme con un brazo sin presionar mi herida, permitiendo que mi cabeza descansara en el hueco de su hombro.

— Si alguien entra y nos ve así, juro que nos mato a los dos. — gruñó contra mi sien, pero sus brazos me envolvieron con una firmeza que fue el mejor analgésico que pude recibir.

Su calor corporal empezó a filtrarse a través de mi uniforme de hospital, calmando los escalofríos. Enterré mi rostro en su cuello, respirando su olor, aferrándome a su camiseta manchada como si fuera mi único salvavidas. Poco a poco, el dolor punzante se volvió un eco sordo bajo el ritmo constante de su corazón latiendo contra mi oído.

— No me dejes solo… — hablé demasiado lento como su estuviera muerto de sueño.

Su respuesta se hizo esperar una eternidad.

— No te voy a dejar solo, Bill. —susurró él, creyendo que yo ya me había hundido en el sueño de la fiebre. Su mano grande empezó a acariciar mi brazo lento. — Maldita sea… ¿qué me has hecho? Se supone que yo no debería sentir esto por nadie aquí dentro.

Me quedé dormido así, acunado entre sus brazos viviendo en este instante nuestra propia versión del infierno pero… en ese abrazo era lo más parecido al cielo que iba a encontrar.

&

La luz de la mañana me hizo arrugar el entrecejo por la manera que entraba, bañando la habitación con una claridad que me molestaba. La fiebre había remitido, dejándome una sensación de vacío y cansancio extremo, pero el dolor en mi costado ya no era ese incendio insoportable; ahora era solo una punzada que me recordaba que seguía en vida.

Por desgracia.

Me moví apenas un centímetro, sintiendo el cuerpo de Tom todavía pegado al mío. No se había movido en toda la noche. Su respiración era profunda y constante contra mi cuello. Me quedé quieto, disfrutando de ese minuto de tregua donde las jerarquías de la prisión no existían.

— Sé que estás despierto… — la voz le sonó más ronca de lo habitual, vibrando directamente en todo mi ser.

No se alejó. De hecho, apretó un poco más su brazo alrededor de mis hombros, con una cautela casi tierna para no rozar los puntos de sutura.

— Me siento mejor. — susurré, girando un poco la cabeza para verlo. Tenía los ojos entreabiertos, desenfocados por el sueño. — Gracias, Tom.

Él soltó un bufido despectivo, intentando recuperar su fachada, pero no se bajó de la camilla. Se quedó mirando el techo con una expresión pensativa.

— No me des las gracias. Solo lo hice para que dejaras de temblar y no me despertaras con el ruido de tus dientes chocando, pendejito. — mintió, aunque sus dedos seguían trazando círculos distraídos en mi brazo.

El silencio que siguió no fue incómodo. Era el momento. Aprovechando que todavía no se había puesto su armadura completa para el recuento matutino, me atreví a preguntar lo que nadie en este bloque se atrevería jamás.

— Háblame de afuera, Tom. — sentí cómo su cuerpo se tensaba por un segundo. Sus dedos se detuvieron en mi brazo.

— No hay nada que contar. Este es mi mundo ahora. — respondió cortante.

— No te creo. Nadie nace sabiendo cómo manejar una prisión así. ¿Qué hacías antes de que todo esto se fuera a la mierda? ¿Tenías a alguien? —insistí, buscando sus ojos.

Tom guardó silencio durante tanto tiempo que pensé que me iba a mandar a callar con un grito. Pero luego, soltó un suspiro largo y cerró los ojos.

— Tenía un taller. — soltó de repente, con una voz que parecía venir de muy lejos. — Coches, Bill. Me gustaba el olor a grasa y el sonido de un motor que vuelve a la vida. No había guardias, ni soplones, ni idiotas intentando apuñalarse por un gramo de polvo. Solo era yo, las herramientas y la velocidad.

Se quedó callado un momento, y por un segundo vi una chispa de nostalgia en su mirada, algo tan puro que me dolió.

— ¿Y qué pasó? — pregunté casi en un susurro.

— Pasó que soy un Kaulitz, y en mi familia la sangre siempre tira más que la razón. — dijo con una amargura que le deformó el gesto. — Un mal negocio, un favor que no debí hacer, y terminé aquí dentro cubriendo la espalda de gente que ya se olvidó de mi nombre. Por eso soy así, Bill. Porque si dejas que vean que te gusta arreglar cosas, terminan rompiéndote a ti.

Se giró para mirarme, y esta vez no había odio, solo una honestidad cruda que me dejó sin respiración.

— Afuera no era este animal. Pero aquí… aquí tengo que serlo para que tú puedas seguir respirando. Así que no me vayas a pedir que sea bueno. Lo más parecido a la bondad que me queda es asegurarme de que nadie te vuelva a tocar.

Me quedé mudo, procesando la confesión. Sus dedos, que antes trazaban círculos en mi brazo, se cerraron en un puño que hizo crujir la tela de mi uniforme.

— Gerard era mi medio hermano. —soltó de repente. Las palabras salieron de su boca como un proyectil, secas y cargadas de un veneno que me heló la sangre. No hubo preámbulos, no hubo suavidad. Se quedó mirando al vacío con una fijeza aterradora.

Casi quería alejarme de Tom y salir corriendo porque el pensamiento de que podría asesinarme invadió mi cerebro.

— Ay. — se me escapó de los labios sin poder retener.

— Y no sabes lo jodidamente feliz que estoy de que se haya muerto. —continuó, y esta vez soltó una risotada ronca que me hizo vibrar el pecho, pero no era una risa de alegría, sino de un triunfo. — Por fin ese bastardo dejó de respirar mi aire.

Me quedé paralizado, sin atreverme siquiera a parpadear. Sentía el calor de su aliento en mi frente, pero sus palabras eran como hielo.

— Toda la vida fue el hijo de oro, el que caminaba limpio mientras yo me hundía en la mierda para sacarnos adelante. — siseó, y sentí cómo su mandíbula se apretaba contra mi sien. — Me hicieron sentir menos cada puto día de mi existencia. Sé como Gerard, Gerard no haría eso, Gerard es mejor que tú…

Se giró bruscamente, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran pozos de un resentimiento antiguo que finalmente encontraba salida.

— Me alegro de que esté bajo tierra, Bill. Me alegro de que se pudra. Ojalá hubiera podido verlo morir… su noticia fue como si por fin me quitaran una soga del cuello. —susurró. — Así que no me mires con esa cara. No me importa el luto, no me importa la sangre o si estoy acostado con su asesino. Ese tipo era un cáncer…

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 17»

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