Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 16

Sentí un impulso estúpido, una valentía que solo nace en el silencio de las cuatro de la mañana. Me acerqué poco a poco, sintiendo su aliento con olor a alcohol residual sobre mi piel. Quería robarle algo que él nunca me daría por voluntad propia estando despierto, un gesto de paz.

Rocé sus labios con los míos. Fue un beso casto, casi un toque de aire, un contraste absoluto con la violencia con la que me había besado horas atrás. Sabía a rendición. Por un segundo, sus pestañas temblaron y soltó un suspiro bajo, apretándome más contra él por puro instinto, sin despertar.

Me separé con el corazón en medio de una taquicardia. En pocos minutos, el timbre del recuento iba a sonar y este Tom, el que me abrazaba en el suelo, iba a morir para dejar paso al monstruo que me escupiría frente a todos.

— Ojalá fueras así siempre. — susurré sabiendo que no podía oírme.

Me levanté con cuidado, intentando no hacer ruido, y me senté en el rincón a esperar lo inevitable. Vi cómo empezaba a removerse, cómo su mano buscaba el vacío donde yo estaba hace un momento y cómo, de repente, sus ojos se abrieron de golpe, recuperando ese brillo oscuro y calculador en menos de un segundo.

Se sentó bruscamente, mirándose las manos y luego mirándome a mí. Se pasó la mano por la cara, borrando cualquier rastro de la noche, y se puso de pie con agilidad.

— ¿Qué haces ahí sentado mirándome como imbécil? — escupió volviendo a ser ese rugido cargado de desprecio. — Levántate de ese suelo mugriento. Tienes cara de que te pasó un camión por encima.

— Buenos días para ti también, Tom. — respondí, poniéndome de pie y tratando de ocultar la sonrisa triste que quería escapárseme.

— Cierra la boca. — gruñó, ajustándose el cinturón con violencia. — Prepárate. Hoy vamos a la Galería A a recoger el cargamento nuevo. Y si te veo con esa mirada de cordero degollado frente a mis hombres, te juro que yo mismo te daré una razón para llorar de verdad. Lárgate a tu celda antes de que el guardia abra las puertas.

Era oficial: el monstruo había vuelto. Pero el sabor de ese beso robado seguía en mis labios, recordándome que debajo de toda esa mierda, Tom Kaulitz era bueno en la oscuridad.

&

El cargamento en la Galería A fue un infierno de tres horas. Tom no me quitó el ojo de encima, pero no de la forma en que lo hizo anoche; hoy me miraba como si fuera un estorbo que lamentaba haber recogido del suelo. Me hizo cargar los sacos más pesados, gritándome órdenes contradictorias frente a los presos de máxima seguridad solo para reafirmar que lo de la celda no había significado nada a pesar de su estado de embriaguez.

Para cuando terminamos, mis manos estaban en carne viva y mi uniforme empapado en sudor. Me aparté hacia uno de los bancos de cemento del patio de luces, tratando de recuperar el aliento, mientras Tom se quedaba a unos metros hablando con Gustav, dándome la espalda con esa indiferencia que tanto le gustaba fingir.

— Bill… por Dios, mira cómo te dejaron las manos.

Esa voz…

Cerré los ojos con fastidio. Marc se acercaba con un pequeño maletín médico, su rostro reflejando una culpa que me revolvía el estómago.

— Vete, Marc. No es un buen momento. — murmuré sin mirarlo.

— Solo quiero disculparme. — insistió él, sentándose a mi lado con una audacia que me sorprendió. Me tomó una mano con delicadeza, examinando las ampollas. — Siento lo de las duchas, siento no haber podido detener a Abby… y siento lo que pasó entre nosotros. No debí presionarte cuando estabas tan vulnerable. Déjame al menos curarte esto.

Marc sacó una gasa con antiséptico y empezó a limpiar mis heridas. Su cercanía era clínica, pero desde lejos, cualquiera juraría que estábamos compartiendo un momento íntimo. Y ese cualquiera era exactamente quien menos quería que lo viera.

Sentí la sombra antes de escuchar los pasos.

— Pero si el doctorcito vino a lamerle las heridas a mi mascota. — la voz de Tom goteaba veneno. Marc soltó mi mano de un tirón, poniéndose de pie de un salto, pero Tom ya estaba encima. Lo empujó por el hombro con tal desprecio que Marc casi pierde el equilibrio.

— Solo estaba curando su…

— ¡Lárgate de aquí antes de que te rompa la otra mano, médico de pacotilla! — rugió Tom. Marc, pálido como un papel, recogió sus cosas y huyó hacia la enfermería sin mirar atrás.

Tom se giró hacia mí. Sus ojos estaban negros de pura furia, una vena le latía con violencia en la sien. Me agarró del cuello del uniforme y me levantó del banco, arrastrándome hacia el rincón más oscuro del patio, lejos de la vista de Gustav.

— ¡Eres increíble! — siseó, estrellándome contra la pared e hizo que mi espalda se golpeara tan fuerte. — ¡Un puto genio de la manipulación!

— ¿De qué hablas, Tom? Él solo estaba…

— ¡Cierra la boca! — me interrumpió poniendo su rostro a milímetros del mío y su aliento golpeándome con rabia. — Anoche me sueltas esa mierda de que te gusto… me haces quedar como un imbécil nervioso, me haces dormir en el suelo abrazado a ti como si fueras algo que vale la pena proteger… ¡y a la primera de cambio ya tienes al doctorcito acariciándote las manos!

Me sacudió con una fuerza que me hizo castañear los dientes.

— ¿Qué pasa? ¿Te estás burlando de mí? ¿Ese es tu jueguito? — soltó una risa amarga y cruel. — Me dices que te gusto para tenerme manso y luego te vas con el primero que te habla bonito. Eres una zorra, Bill. Una zorra que sabe perfectamente qué cuerdas tocar para que yo no te vuele la cabeza.

— Tom, tú me echaste esta mañana… me humillaste de nuevo… — traté de defenderme, pero él me apretó más el cuello.

— ¡Porque no sé qué carajos hacer contigo! — gritó, perdiendo el control por un segundo. — Pero no te equivoques. No vuelvas a decirme que te gusto si vas a andar restregándote con otros hombres a mis espaldas. No soy un juguete como tú, Bill. Y si vuelves a hacerme sentir como el estúpido que se creyó tus palabras de anoche, te juro que desearás no haber entrado aquí.

Me soltó con asco, pero antes de irse, me miró con una mezcla de celos y dolor que no pudo ocultar.

— Mañana no sales de la celda. Te quiero encerrado. Si te veo cerca de Marc otra vez, le cortaré los dedos para que no pueda volver a tocarte. ¿Entendido?

— Al menos Marc si me trata bien. — susurré.

— ¿Qué has dicho?

— No, nada. — Tom dudó pero al final se fue.

Después de ese roce con Tom decidí enfocarme en mi.
Me encontraba en la lavandería, un lugar asfixiante lleno de vapor y el estruendo constante de las máquinas industriales. Era mi turno extra, el que me había asignado para mantenerme alejado de la vista de Tom mientras él terminaba de procesar su rabia. Estaba solo frente a una de las grandes piletas, restregando el uniforme naranja con los nudillos ardientes, sumergido en el sonido del agua y mis propios pensamientos amargos.

De pronto, el vello de mi nuca se erizó. El ruido de las máquinas pareció distorsionarse y una sombra se proyectó sobre el agua jabonosa.

No tuve tiempo de girarme.

Sintió un brazo rodeando mi cuello con una fuerza desesperada, asfixiándome al instante. Antes de que pudiera soltar un grito, un dolor agudo, frío y profundo me atravesó el costado, justo debajo de las costillas.

— Si no eres de él, no eres de nadie, amigo. — la voz de Abby fue un susurro histérico en mi oído, cargado de una locura que ya no tenía retorno.

Solté un gemido ahogado mientras sentía el metal entrar y salir de mi carne. Una, dos veces. El calor de mi propia sangre empezó a empapar mi uniforme, mezclándose con el agua de la pileta. Mis piernas flaquearon y la vista se me empezó a nublar, viendo cómo el agua blanca se teñía de un rojo intenso y brillante.

Abby me soltó y caí de rodillas al suelo de cemento, sujetándome el costado mientras el aire se me escapaba en burbujas de dolor. Ella se quedó de pie frente a mí, con la punta ensangrentada temblando en su mano y una sonrisa desencajada en el rostro.

— Ahora veamos si te sigue encontrando hermoso cuando seas un cadáver. — siseó, justo antes de que el sonido de las pesadas puertas de metal de la lavandería se abrieran de par en par.

— ¡Bill! — el grito no fue de un guardia. Fue un rugido desgarrador que reconocería en cualquier infierno.
Tom estaba en la entrada. Su rostro pasó de la confusión a una máscara de puro terror y furia ciega al ver la escena: Abby con el arma y yo, desplomado en un charco de mi propia sangre.

El mundo se inclinó violentamente. El techo de la lavandería, con sus luces parpadeantes y manchas de humedad, empezó a girar hasta convertirse en una mancha negra. El dolor agudo en mi costado desapareció de golpe, reemplazado por un frío entumecedor que me subía desde los pies hasta el pecho.

El rugido de Tom sonó lejano, como si estuviera gritando desde el fondo de un pozo, distorsionado por el agua que se me metía en los oídos.
Hubo fragmentos. Destellos de conciencia en medio de la negrura.

El olor a tabaco.

Unos brazos fuertes levantándome como si no pesara nada.

«— ¡Muévete, mierda! ¡Abran paso o los mato a todos! —» la voz de Tom, rota, desesperada, vibrando contra mi oreja.

El sonido de botas corriendo por el pasillo. La presión de una mano grande contra mi herida, apretando tanto que dolía más que la puñalada.

— ¡No te duermas, Bill! ¡Mírame, maldita sea! ¡No tienes permiso para morirte!

Luego, el silencio blanco.

&

Cuando volví a abrir los ojos, no había rejas. Había una luz fluorescente que zumbaba sobre mi cabeza y el olor inconfundible a antiséptico y medicamentos. Intenté moverme, pero un latigazo de dolor en el abdomen me obligó a soltar un gemido ronco.

— Ni se te ocurra moverte, imbécil.

Giré la cabeza lentamente, sintiendo el cuello rígido. Tom estaba allí.

Pero no era el Tom de siempre. Estaba sentado en una silla plástica incómoda, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Su camisa negra estaba empapada de sangre… mi sangre. Tenía cabello saliendo de sus trenzas, como si se hubiera pasado las manos por el mil veces, y cuando levantó la vista hacia mí, vi algo que me heló la sangre más que el frío de la muerte.

Miedo.

Tom Kaulitz tenía los ojos rojos y brillantes, rodeados de ojeras profundas. Parecía haber envejecido diez años en unas pocas horas.

— Tom… — mi voz salió como un graznido, seca y débil.

Él se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás con el movimiento brusco. Se acercó a la camilla, pero no me tocó. Sus manos se quedaron suspendidas en el aire, temblando ligeramente, como si tuviera miedo de romperme si ponía un dedo sobre mí.

— Cállate. — susurró, pero no había veneno en su voz, solo un alivio tembloroso. — Cierra la puta boca y respira. El doctorcito dijo que perdiste mucha sangre. Casi… casi no la cuentas.

Tragó saliva, desviando la mirada hacia la vía intravenosa que tenía en el brazo, evitando mis ojos.

— Abby… — empecé a preguntar, recordando la locura en su mirada.

La expresión de Tom se endureció de golpe. Una sombra letal cruzó su rostro y sus puños se cerraron hasta que los nudillos se pusieron blancos.

— No te preocupes por esa perra —dijo con una calma terrorífica. — Ya no es un problema. Nadie toca lo que es mío y sigue respirando en mi bloque. Georg se encargó de que los guardias la encontraran… inhabilitada. No volverá a acercarse a ti. Nunca.

Se inclinó sobre mí, apoyando las manos en los bordes de la camilla, acorralándome incluso en mi estado de debilidad. Su rostro estaba a centímetros del mío, y pude ver el rastro de sangre seca en su mejilla.

— Me asustaste, maldito infeliz. —gruñó, juraba que su voz se quebró en la última sílaba. — Cuando te vi ahí tirado… con toda esa sangre… pensé que…

Se detuvo, incapaz de terminar la frase. El monstruo estaba grietado. El hombre que controlaba la prisión con puño de hierro estaba ahí, temblando porque yo había dejado de respirar por un minuto.

Continúa…

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por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 16»

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