Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 15

Escupió, dándose la vuelta con una violencia exagerada.

— Gustav, encárgate de este desperdicio. Si para cuando vuelva no ha terminado de mover las cajas, lánzalo a la Galería C para que se diviertan con él. ¡A la mierda todos!

Salió huyendo, casi corriendo, hacia la salida sin mirar atrás. Era la primera vez que veía a Tom Kaulitz retirarse de una pelea, y lo más irónico era que el arma que lo había hecho huir no era una punta de metal, sino una frase de dos palabras.

Gustav dejó de reír y se acercó a mí, dándome una palmadita en la espalda que casi me hace caer.

— Tienes huevos, Bill. Jodidos huevos de acero. — dijo, todavía con una sonrisa. — Nadie nunca lo había puesto así de nervioso. Muévete, termina esto antes de que recupere la cordura y regrese por tu cabeza.

Asentí dándome prisa. Cargaba con agilidad ya que no eran muchas. Terminé de mover la última caja cuando mis brazos ya no eran más que dos hilos de dolor y mis pulmones ardían por el esfuerzo. Gustav me miró con una mezcla de lástima y respeto mientras se alejaba con el resto de los hombres. El lugar quedó en silencio, sumergido en ese tono naranja del atardecer carcelario.

Sin pensarlo dos veces, ignorando el cansancio, me dirigí a su celda. Necesitaba saber qué había pasado tras su huida.

Cuando llegué a la Galería C, el ambiente estaba raro, pero al acercarme a la celda de Tom, el ruido de algo estrellándose contra el cemento me hizo dar un respingo. Un estruendo de metal y cristal roto.

Me asomé a los barrotes. La celda era un caos. La jarra de agua estaba abollada en un rincón, el pequeño escritorio de madera estaba volcado y los papeles que habíamos organizado anoche estaban esparcidos por el suelo como nieve sucia. En medio del desastre, Tom estaba sentado en el borde de su litera, con una botella de licor barato —seguramente contrabando de la Galería A— a medio terminar entre las manos.

Tenía la bandana de su frente desordenada y la camisa abierta, mostrando el pecho que subía y bajaba con violencia. Sus ojos, estaban inyectados en sangre y nublados por el alcohol.

— ¿Todavía no has tenido suficiente, Bill? — arrastró las palabras, su voz era un rugido herido. No levantó la vista, pero sus nudillos estaban ensangrentados, seguramente de golpear la pared. — ¿Viniste a ver el espectáculo? ¿A ver cómo el gran Tom Kaulitz se vuelve loco por las estupideces de un presidiario?

— Tom, yo… solo quería disculparme por lo de hoy. — susurré, dando un paso hacia el interior de la celda.

Él soltó una risotada amarga y vacía, y de un movimiento brusco, lanzó la botella contra la pared opuesta, justo al lado de mi cabeza. El vidrio estalló en mil pedazos, pero ni siquiera parpadeé.

— ¡No te disculpes! ¡No te atrevas! —rugió, poniéndose de pie con torpeza, tambaleándose hasta quedar frente a mí. — Me has jodido la cabeza, Bill. Me has dejado en ridículo frente a mis hombres. ¡Nadie me dice esas cosas! ¡Nadie me mira como si fuera alguien… alguien bueno!

Me agarró de los hombros con una fuerza desesperada, sacudiéndome. Su aliento apestaba a alcohol y su mirada bailaba entre el odio y algo que se parecía mucho al miedo.

— Soy un monstruo, ¿me oyes? —siseó, pegando su frente a la mía, su cuerpo temblando contra el mío… — Soy el tipo que te golpeó, el que te humilló, el que te hizo dormir en el suelo. Deberías odiarme. ¡Deberías querer matarme mientras duermo, no decirme que te gusto!

Sus manos bajaron de mis hombros a mi cuello, pero no apretaron para asfixiarme, sino que se aferraron a mí como si yo fuera lo único sólido en su mundo que se caía a pedazos. Estaba ebrio, estaba fuera de sí, y ese muro de acero se había derrumbado por completo.

— Dilo otra vez. — me retó en un susurro quebrado, sus labios rozando los míos. — Dilo para que pueda terminar de romperte y sacarte de mi sistema de una vez por todas. Dilo, maldito maricón… dímelo. Te voy a matar.

Joder.

Estaba viendo a Tom Kaulitz desmoronarse y, Dios, era la imagen más hermosa y aterradora que había visto en mi vida porque quizás yo puedo con esa bestia indomable.

Solo quizás.

— ¿Quieres que lo diga? — le espeté, sintiendo cómo la rabia y el deseo se mezclaban en mi garganta como un veneno dulce. — Me gustas porque eres tan patético como yo, Tom. Estás destrozando tu celda porque tienes miedo. Tienes miedo de que un maricón , como tú dices, tenga más poder sobre tus emociones que tú mismo.

Él apretó los dientes, soltando un gruñido que vibró en mi propio pecho.

— No, no. Cierra la boca… — siseó, pero no se alejó.

— ¡No! Abby no te importa, tus hombres no te importan… — continué, ganando terreno, pegando mi cuerpo al suyo a pesar de su hostilidad. — Solo te importa que yo te vea como eres, un cobarde que necesita emborracharse para no admitir que también siente algo por el juguete que intentó romper. ¡Mírame, Tom! ¡Mírame y dime que me odias y me quieres matar!

Tom rugió, un sonido animal, sordo, cargado de días de represión y alcohol. Sus manos volaron a mi nuca, enredándose en mi pelo con una violencia que me obligó a arquear la espalda. Sus labios colisionaron contra los míos con la fuerza de un choque de trenes.

No fue un beso, fue una declaración de guerra. Lo hizo con una necesidad tan oscura que me hizo gemir de dolor y placer al mismo tiempo. Tom me besaba como si quisiera arrancarme el alma, como si quisiera borrar con sus dientes cada una de las palabras que le acababa de escupir. Sus manos bajaron a mis caderas, apretando la carne a través del uniforme con una fuerza que me dejaría marcas por semanas.

— Te voy a destruir, Bill. — gruñó contra mi boca, su lengua invadiéndome con una posesividad enfermiza. —  Te voy a romper tanto que no vas a recordar ni cómo te llamas.

— Hazlo. — le desafié entre jadeos, rodeando su cuello con mis brazos, hundiendo mis uñas en su piel. — Rompe lo que queda de mí, pero hazlo aquí y ahora.

Me levantó, obligándome a rodear su cintura con las piernas mientras me estampaba de nuevo contra la pared. El cuaderno de cuentas, el dinero, el orgullo de Tom… todo estaba esparcido por el suelo, olvidado. En ese momento, en esa celda que olía a encierro y a furia, solo existía el roce de nuestras pieles y el sonido de nuestras respiraciones chocando.

Sus manos, expertas y crueles, empezaron a tirar de mi ropa, buscando el contacto directo, mientras sus labios bajaban a mi cuello para dejar marcas que ni mil uniformes podrían ocultar. Estaba perdiendo el sentido de dónde terminaba yo y dónde empezaba su locura. La pasión era tóxica, violenta, perfecta.

De repente, un golpe seco en la reja nos congeló.

— ¡Kaulitz! ¡Recuento de medianoche! ¡Aléjate de la reja!

Era la voz del guardia de turno. El mundo real se filtró por los barrotes como un balde de agua helada. Tom se quedó estático, con el rostro hundido en mi cuello, su pecho subiendo y bajando contra el mío. Sentí su corazón latir a una velocidad suicida antes de que, con un gruñido de frustración, me soltara bruscamente.

Caí de pie, tambaleándome, con los labios hinchados y el uniforme hecho un desastre. Tom se dio la vuelta, dándome la espalda mientras se pasaba las manos por la cara, tratando de recuperar esa máscara de hierro que yo acababa de hacer añicos.

— Arréglate esa mierda de ropa. —siseó sin mirarme, su voz volvió a ser ese susurro peligroso. — Y métete bajo la cama. Si el guardia te ve aquí, nos mandan al hoyo a los dos. Muévete, Bill… antes de que termine lo que el guardia interrumpió.

Me deslicé bajo la litera, con el pulso todavía en los oídos y el sabor de Tom en mi boca, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Habíamos cruzado la línea, y el infierno nunca se había sentido tan cálido.

El eco de las botas del guardia se fue alejando por el pasillo metálico, dejando tras de sí un silencio denso, solo interrumpido por el zumbido de las luces fluorescentes del corredor. Yo seguía allí abajo, en la oscuridad, con la espalda contra el cemento frío y los pulmones ardiendo. Mis labios estaban entumecidos, palpitando al ritmo de mi corazón, que se negaba a calmarse.

Escuché el colchón rechinar sobre mi cabeza. Tom se movía con brusquedad, soltando maldiciones en voz baja. Esperaba que se durmiera y me ignorara, o que soltara algún comentario hiriente para restablecer su dominio, pero el silencio se prolongó demasiado.

De pronto, escuché cómo se bajaba de la litera. Sus pies descalzos tocaron el suelo cerca de mi rostro.

— Sal de ahí. — ordenó. Ya no tenía la furia de hace un momento; ahora era un susurro ronco, pesado por el alcohol y algo que no supe identificar.

Salí gateando con cuidado, sintiéndome pequeño y expuesto. Tom estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared lateral, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Me miró de reojo, con una expresión de cansancio infinito, y dio un golpe seco en el espacio que había a su lado.

— No voy a decírtelo dos veces, pajarito. Ven aquí.

Me acerqué con cautela y me senté a su lado. Sin decir una palabra, Tom pasó su brazo por encima de mis hombros y me pegó a su costado con un tirón firme. No fue un movimiento delicado, pero tampoco buscaba hacerme daño. Me obligó a reclinar mi cabeza en su pecho.

Se deslizó por la pared hasta que ambos quedamos tumbados en el suelo de la celda, sobre la manta que él había tirado antes. Me rodeó con ambos brazos por la espalda, atrapándome en un abrazo posesivo, casi asfixiante. Sus manos se cerraron en puños sobre la tela de mi uniforme, como si tuviera miedo de que, si me soltaba, yo fuera a desaparecer o él fuera a despertar de ese trance.

— Duérmete de una puta vez. — gruñó cerca de mi oído, aunque sentí cómo hundía su nariz en mi cabello, inhalando profundamente. — Y si mañana le dices a alguien que hice esto, te juro que te corto la lengua y se la doy de comer a los perros de la entrada. ¿Me oyes?

— Te oigo, Tom. — susurré, cerrando los ojos.

Sentí su respiración pesada volverse más lenta contra mi nuca, no sentía frío. Su cuerpo era como una estufa, una de músculo y cicatrices que me protegía del resto del mundo, incluso de él mismo.

— Eres un puto desastre, Bill. —murmuró, ya casi dormido, con la voz pastosa. — Un error… mi error favorito.

Me quedé ahí, envuelto en sus brazos, escuchando los latidos de su corazón contra mi espalda. Era extraño. El hombre que me humillaba durante el día me sostenía como si fuera su tesoro más preciado en la oscuridad. Sabía que al amanecer volvería a ser el monstruo, volvería a gritarme y a tratarme como basura para salvar su orgullo frente a los demás, pero por unas horas, Tom Kaulitz era solo mío.

Alejando esos pensamientos traté de dormir. El frío de la madrugada se filtraba por las rendijas, pero yo estaba envuelto en un calor que no quería abandonar.
Me levanté antes de que sonara la chicharra de las celdas, con el cuerpo entumecido por la dureza del suelo, pero atrapado por el peso de Tom.

Sus brazos seguían rodeándome, sus manos aferradas a mi uniforme como si fuera un anclaje. Me moví poco para quedar frente a él, conteniendo el aliento. Tom estaba profundamente dormido. Sin esa máscara de indiferencia letal, sin la mandíbula tensa y los ojos inyectados en odio, parecía… humano. Su rostro estaba relajado, las facciones que usualmente eran duras y afiladas ahora tenían una suavidad casi irreal bajo la luz azulada que entraba por el pasillo. Tenía el labio inferior apenas partido por nuestro encuentro y un rastro de cansancio casi vulnerable.

Era el único momento en que podía mirarlo sin que él me hiciera sentir pequeño.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 15»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!