
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 13

Metió la mano en un pequeño compartimento oculto bajo su litera y sacó un paquete mucho más grande. Lo sostuvo frente a mis ojos por un momento.
— Mañana empezamos de verdad. Ahora lárgate antes de que te penetre ese culo hermoso, perrita.
No me moví. El aire en la celda se volvió una carga de la estática que siempre nos rodeaba cuando estábamos a centímetros de distancia como la última vez.
— ¿Perrita? — repetí en un susurro, ladeando la cabeza con una pizca de esa altanería que él creía haber matado. — ¿Tan rápido te cansaste del muñeco de plástico que tienes por juguete que ya estás pensando en mi culo otra vez?
Él soltó una carcajada ronca, una que no llegaba a sus ojos pero que hacía vibrar el aire entre nosotros. Se acercó un paso más, apretando el paquete de polvo contra mi pecho, justo encima del corazón.
— No te equivoques, pajarito. — siseó, su voz bajando. — Abby es útil, pero tú… tú tienes ese sabor a traición que me encanta aplastar. Aunque ahora mismo hueles a miedo y a barniz barato, sigues teniendo esa mirada de querer que te rompa en dos. ¿O me vas a decir que no lo extrañas?
— No, para nada. — provoqué, aunque mi respiración se estaba volviendo errática. Me pegué más a los barrotes, obligándolo a sentir mi calor. — ¿Sabes? Parece que tu cerebro se mudó a tus pantalones desde que me reemplazaste por esa aspiradora humana.
Tom dejó caer el paquete sobre su litera sin apartar la vista de la mía, quizás ofendido. En un movimiento tan rápido que ni siquiera pude pestañear, sus manos se cerraron sobre mis muñecas, tirando de mí hacia la reja con una fuerza que me hizo chocar contra el metal.
— Estás muy valiente hoy, ¿no? —susurró contra mi boca. — ¿Crees que porque te llevé un puto chocolate anoche ya volví a ser tu dueño? Que no se te olvide que eres un juguete defectuoso, Bill. Una mercancía usada que nadie quiere.
— Entonces deja de mirarme como si quisieras devorarme. — le reté, sintiendo el roce de su erección contra mi muslo a través de los barrotes.
Tom soltó un gruñido, una mezcla de odio y una necesidad animal que ya no podía contener.
— Cierra la boca, maldito maricón. —soltó antes de estrellar sus labios contra los míos.
Fue una invasión. Sus dientes chocaron contra los míos llenos de furia que me hizo jadear. Sus manos soltaron mis muñecas solo para subir a mi cuello, apretando lo justo para recordarme quién tenía el control siempre. Le devolví el beso con la misma desesperación, mordiendo su labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de su sangre, alimentándome de su rabia.
Él metió su lengua en mi boca con una violencia posesiva, como si quisiera arrancar de raíz cualquier rastro. Sus manos bajaron con brusquedad hacia mis glúteos, apretándolos a través del uniforme con una fuerza que me hizo soltar un gemido ahogado contra sus labios.
— Nadie va a tocarte como yo, pedazo de mierda. Ni siquiera Marc. — me separé apenas unos milímetros, jadeando, con los labios hinchados y el corazón a punto de explotar.
— Pruébalo — le desafié, con los ojos brillando de una locura compartida.
Tom me miró con una mezcla de desprecio y un hambre insaciable. Se pasó la lengua por el labio que yo le había partido, saboreando su propia sangre, y volvió a lanzarse sobre mí, sellando nuestro pacto de autodestrucción con otro beso que me hizo olvidar, por un momento, que estábamos en el infierno.
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Estaba tomando una ducha ya más tranquilo en medio de la mirada de todos esos tipos morbosos ya que las duchas eran compartidas. En mi cabeza tenía bien grabado el beso que me dió Tom, estaba por sobrepasar sus límites pero no era posible por la intervención de sus hombres llevando su dinero.
El agua fría golpeaba mi espalda, pero no lograba apagar el calor que todavía sentía en los labios. Ignoraba las miradas lascivas de los tipos de la Galería B; después de lo de Tom, el resto del mundo se sentía como ruido lejano. Estaba pasando el jabón por mis hombros, cerrando los ojos por un segundo, cuando el sonido de unos pasos rápidos y el eco de un metal chocando contra el suelo me obligaron a abrirlos.
No era un guardia. Era Abby.
Entró en el área de duchas como un torbellino de furia y desesperación. Tenía el cabello pegado a la frente por el sudor y los ojos rojos, desencajados. Los presos que estaban cerca se apartaron, formando un círculo de morbo puro.
— ¡Hijo de puta! — gritó. En su mano derecha brillaba una punta casera, un trozo de metal afilado y oxidado. — ¡Me lo dijo! ¡Tom me lo dijo todo mientras se reía! — me quedé paralizado bajo el chorro de agua, desnudo y vulnerable. — Dijo que te habías arrastrado como la perra que eres. — siguió él, acercándose peligrosamente, con la punta temblando en su mano. — Dijo que te besó solo para saborear lo patético que eres y que besas mejor que yo.
— Pero ¿de qué hablas? — traté de negarme buscando con la mirada la toalla para cubrir mi cuerpo. — Tranquilo, yo no me he besado con nadie.
— ¡No te creo! ¡no vas a volver a tocarlo! ¡Él es mío!
— ¡Abby, basta! — la voz de Georg sonó detrás de ella. Él apareció justo a tiempo, agarrándole la muñeca antes de que lanzara la primera estocada hacia mi pecho. — ¡Estás drogada, suéltalo!
— ¡Déjame, Georg! — chillaba ella, forcejeando con una fuerza inhumana producto del subidón.
La escena era un caos de vapor, gritos y el roce del metal. Yo retrocedí hasta chocar con la pared fría de la ducha, viendo cómo Georg intentaba desarmarla sin salir herido. Fue entonces cuando el ambiente cambió drásticamente. El aire se volvió pesado, y un silencio cayó sobre los baños.
Tom estaba en la entrada, con los brazos cruzados y esa expresión de aburrimiento letal que me helaba la sangre. Observó el espectáculo durante unos segundos antes de caminar hacia nosotros con una calma insultante.
— ¿Qué carajos es este circo? — soltó Tom, su voz cortando el aire como una cuchilla. Abby se soltó de Georg, intentando correr hacia él con la punta todavía en la mano dispuesta a clavarle de lleno.
— ¡Eres un im..! — no pudo terminar la frase. Tom, con un movimiento rápido y seco, le cruzó la cara con una bofetada tan fuerte que el sonido resonó en todo el lugar. Abby cayó al suelo mojado de rodillas, soltando el arma blanca, que tintineó en el cemento.
— Cierra la puta boca, Anthony. — siseó Tom, inclinándose sobre ella con una mirada de puro asco. — Estoy harto de que hagas el ridículo frente a todo el bloque. Eres un adicto estúpido. ¿De verdad crees que puedes decidir sobre mí? eres un perro más aquí.
Tom levantó la vista y me miró a mí, que seguía bajo el agua, temblando. Sus ojos recorrieron mi cuerpo desnudo con una lentitud obscena que sentí frente a todos los presentes como me marcó.
Salí huyendo de las duchas sin mirar atrás, ignorando los sollozos de Abby y la mirada pesada de Tom. Me vestí con una rapidez frenética en mi celda, abrochando el uniforme con dedos mojados.
El resto del día fue un despliegue de eficiencia. Me moví por los pasillos de la Galería B con la mercancía oculta, entrando y saliendo de las sombras con una agilidad que sorprendió incluso a los hombres de Tom. Vendí cada gramo. Los presos me buscaban; sabían que conmigo el trato era directo y sin los dramas erráticos de sus hombres. Recuperé el respeto de los pasillos, moviéndome con una altanería nueva.
Al caer la noche, durante el recuento, vi a Tom observándome desde lejos. No estaba con sus hombres, simplemente estaba apoyado en la barandilla del segundo piso, viéndome pasar. No había burla en su rostro, solo una atención silenciosa y analítica, como si estuviera redescubriendo una pieza de su tablero que creía haber perdido.
Cuando las puertas se cerraron, me escabullí hasta su celda para rendir cuentas. Él ya estaba sentado en su litera, con un cuaderno de notas y un fajo de billetes sobre la mesa.
— Llegas un minuto antes. — dijo sin levantar la vista, aunque noté cómo sus hombros se relajaban apenas un milímetro al verme entrar. — No me digas que el susto de la tarde te dio alas.
— Nop. — solté, dejando caer una cantidad considerable de dinero sobre su mesa. — Ahí tienes. Todo vendido. Sin faltantes, sin quejas y sin nada…
Tom dejó el cuaderno y se levantó, caminando hacia mí con esa elegancia depredadora. Se detuvo frente a mí y, en lugar de arrebatarme el dinero, se quedó mirando mi rostro. Sus dedos, callosos y grandes, se acercaron a mi barbilla y me obligaron a levantar la cara hacia la luz.
— Ya no tiemblas. — observó en un gruñido bajo, examinando mis labios con atención. — Pensé que después de lo de las duchas te esconderías debajo de la cama de Georg o Marc a llorar como la nena que eres.
— Quizás es que ya me acostumbré al estilo de esta asquerosa prisión. — le respondí, sosteniéndole la mirada con un descaro que le sacó una media sonrisa torcida.
Tom soltó mi barbilla, pero no se alejó. Su mirada bajó por mi cuello, recorriendo la línea de mi uniforme, deteniéndose en mis manos. Había algo distinto en su forma de mirarme; ya no era solo la mirada del dueño sobre su propiedad, era algo más agudo. Me confundía.
— Tienes talento para el negocio, Bill. No sé si es que eres muy listo o simplemente demasiado estúpido para hacer esto. — metió la mano en su bolsillo y sacó unos billetes que me los puso directamente en la mano, dejando que sus dedos rozaran los míos un segundo más de lo necesario. — Es tu pago y si sigues trayendo estos números, quizá deje de tratarte como a un estorbo y empieces a serme útil de verdad.
— ¿Útil para qué, Tom? — pregunté, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio. Él me miró con una mezcla de fastidio.
— Para que dejes de darme lástima, para empezar. — siseó, dándome un empujón suave hacia la salida. — Ahora lárgate, que tu olor a sudor y trabajo me está quitando las ganas de dormir. Mañana te quiero en la zona de carga a primera hora. No hagas que me arrepienta de no haber dejado que Abby te abriera un agujero nuevo, quizás más grande que el de tu culo.
— No quiero. — suspiré ganándome una mirada asesina.
— ¿Qué dijiste? — la voz de Tom bajó dos, volviéndose un murmullo que prometía violencia. Se dio la vuelta lentamente, dejando el dinero sobre la mesa, y caminó hacia mí hasta que su pecho chocó contra el mío obligándome a retroceder contra la reja de la celda.
— He dicho que no quiero irme. —repetí, sosteniéndole la mirada a pesar de que sabía que no debía. — No quiero volver a esa celda a esperar a que Abby me mate.
Tom soltó una carcajada seca, sin una pizca de gracia, y me agarró del cuello del uniforme, tirando de mí hacia arriba hasta que tuve que ponerme de puntillas para no ahogarme.
— Te estás volviendo demasiado respondón otra vez para lo poco que pesas, pajarito. — y no me importó, su rostro a milímetros del mío me estaba poniendo muy nervioso. — ¿Qué pasa? ¿Ahora que te di un par de billetes te crees que eres el dueño del bloque? ¿O es que ese beso de ayer te dejó el cerebro más frito de lo que ya lo tenías?
— Quizás. — respondí, jadeando, sintiendo la presión de sus dedos. — O quizás es que prefiero estar aquí, donde sé que las intenciones son claras, aunque sean una mierda.
Tom me soltó bruscamente, dejándome caer sobre mis talones. Me miró de arriba abajo, evaluando mi insolencia con una mezcla de fastidio y una curiosidad que empezaba a ganarle la batalla a su desprecio. Se pasó la mano por las trenzas, frustrado, y soltó un gruñido.
— Eres un dolor de cabeza, Bill.
Continúa…
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iiihhh puto te está comenzando a gustar de verdad y no andas soportando