
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 12
«Él cree que me rompí.»—pensaba moviendo mi cuerpo de adelante hacia atrás mientras me abrazaba a mi mismo, sentado en el rincón más oscuro de mi celda. El frío del suelo se filtraba en mis huesos, pero no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.
Mis dientes castañeaban.
La abstinencia me estaba regalando alucinaciones sutiles: las sombras en las esquinas parecían dedos largos que intentaban alcanzarme, y el goteo de una tubería lejana sonaba como el conteo regresivo de mi propia vida. Mis pupilas, todavía enormes, buscaban algo que no existía.
De pronto, un ruido de llaves metálicas contra la reja me hizo saltar. No era el guardia. Era un paso que conocía demasiado bien, uno que mi cuerpo reconocía antes que mi cerebro. Tom estaba allí, de pie, observándome a través de los barrotes. No traía a Abby. No traía su cigarrillo. Solo traía esa mirada oscura que no me dejaba descifrarlo.
— Sigues vivo. — soltó, y su voz no tenía la crueldad de un par de días, sino una seca, casi plana. — No te vi en el desayuno y mucho menos en el almuerzo.
No respondí.
Me pegué más a la pared, escondiendo mi rostro entre mis rodillas. Quería que se fuera, pero quería que se quedara. Quería que me matara, pero quería que me salvara. Mi cordura pendía de un hilo tan fino que juraría haberlo oído romperse cuando él entró en la celda.
Tom caminó hacia mí con una lentitud exasperante. Se puso de cuclillas a un metro de distancia. Extendió la mano, y por un microsegundo, sus dedos dudaron en el aire, rozando casi mi cabello desordenado antes de cerrarse en un puño.
— Estás sudando frío, Bill. Pareces un cadáver que se olvidó como moverse. — dijo. Sus ojos recorrieron mi cuerpo tembloroso y, por un instante fugaz, menos de un parpadeo, la comisura de su boca se tensó. No fue una sonrisa. Fue una mueca de… algo parecido a la irritación por verme tan desecho.
Sacó algo del bolsillo. No era la bolsa de polvo blanco que tanto necesitaba. Era una pequeña tableta de chocolate y un frasco de agua limpia. Lo dejó en el suelo, deslizándolo hacia mis pies.
— Cómetelo. — gruñó, aunque el tono carecía de su habitual sadismo. Se quedó un segundo más de lo necesario, observando cómo mis dedos, como garras, se estiraban hacia el agua.
— Tom… — susurré, levantando la vista. Mis ojos estaban inyectados en sangre, perdidos. — ¿Por qué?
— ¿Por qué que, imbécil? — se puso de pie bruscamente, recuperando su máscara de hierro. Se ajustó la chaqueta y me miró desde su altura, recuperando ese 97% de pura indiferencia letal. — No te acostumbres, pajarito. Solo odio el desperdicio. Y tú todavía tienes que durar lo suficiente para ver cómo Abby se consume en tu lugar. Duerme, antes de que me arrepienta de no haber acabado con tu vida yo mismo con mis propias manos. Me dejaste una deuda enorme y hagas lo que hagas no te voy a perdonar.
Salió de la celda sin mirar atrás, pero dejó la puerta sin echar el cerrojo del todo. Me quedé allí, con el chocolate en la mano, preguntándome si ese pequeño gesto era una cuerda para salir del pozo o simplemente un lazo para ahorcarme con más fuerza mañana.
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El simple hecho de que Tom Kaulitz me haya ido a buscar y dejarme dos cosas que para mí ya eran mucho me dio ánimos para presentarme en el almuerzo y los talleres. Aunque mis manos seguían vibrando y la luz me hería los ojos, me obligué a mantenerme en pie. Necesitaba que él viera que todavía había algo en mi que pudiera llamar su atención.
Al llegar al taller de pintura, el olor a barniz me golpeó como un muro, pero apreté los dientes, sentándome junto a Georg.
— Marc te está buscando.
— No me importa Marc. — lo interrumpí, buscando con la mirada por todo el lugar a alguien en específico.
Lo encontré al fondo. Tom estaba supervisando la carga de unos muebles restaurados, rodeado de sus hombres. Abby estaba a su lado, aferrada a su brazo como un parásito, pero él parecía no notar su presencia. Sus ojos recorrieron el lugar con una indolencia hasta que se detuvieron en mí.
Se quedó estático un segundo. Sus cejas se arquearon apenas un milímetro, una señal imperceptible de sorpresa al verme allí, de pie y trabajando, después del estado patético en el que me había dejado anoche.
Él caminó hacia el centro del taller, apartando a Abby de un empujón suave pero firme, como quien se quita una pelusa de la ropa. Se detuvo a unos metros de mi puesto de trabajo.
— Miren quién decidió salir de la tumba. — dijo en voz alta, para que todos lo oyeran. Su voz recuperaba ese tono de mando que me hacía encoger los hombros. — El pajarito tiene más vidas de las que pensaba.
Se acercó a la mesa donde yo estaba y, con una lentitud deliberada, pasó un dedo por la madera que yo acababa de pulir. Luego, clavó sus ojos en los míos. Por un instante, el ruido del taller desapareció. Su mirada bajó a mis labios, quizás buscando algún rastro del chocolate que me había dejado, antes de volver a endurecerse.
— Sigue trabajando, Bill. — me siseó, inclinándose lo suficiente para que solo yo lo escuchara. El calor de su aliento me erizó la piel. — Si fallas en un solo golpe de lija, te juro que te devuelvo al hoyo de una patada.
— No voy a fallar, Tom. — respondí, sosteniéndole la mirada con la misma altanería del principio. Él soltó una risa seca, casi un gruñido. Antes de darse la vuelta, su mano se cerró con fuerza sobre mi hombro, apretando el músculo con una presión que rozaba el dolor, pero que se sentía extrañamente como un anclaje. Fue un segundo, una fracción de tiempo donde su control vaciló y dejó escapar esa extraña fijación que todavía lo ataba a mí.
— Más te vale. — sentenció.
Se alejó hacia donde estaba Abby, quien me lanzaba dagas con los ojos, pero Tom ya no la miraba a ella. Se encendió un cigarrillo y, mientras hablaba con sus hombres, sus ojos volvían a mí cada tanto, vigilando mis movimientos con una posesividad que me quemaba más que la abstinencia.
Iba bien y como yo tampoco dejaba de verlo.
El peso de la mirada de Tom era como una quemadura constante en mi, pero logré desviar la vista cuando noté a Gustav. Estaba apoyado contra una de las columnas observándome con una mezcla de curiosidad y respeto mal disimulado. Con un movimiento casi imperceptible de la cabeza, me hizo una seña para que me acercara a la zona de los secaderos, un laberinto de maderas apiladas donde el ruido de las lijadoras amortiguaba cualquier conversación.
Dejé la lija sobre la mesa y, bajo la vigilancia silenciosa de Tom, caminé hacia él con cuidado.
— Te ves menos muerto que ayer, Bill. — dijo Gustav, cruzándose de brazos. — Eso es bueno. Las noticias vuelan y Tom no ha dejado de gruñir toda la mañana porque el sistema de distribución se ha vuelto un caos.
— ¿Un caos? — pregunté, tratando no sonar interesado. — Tiene a Abby. Tiene a media Galería C lamiéndole las botas, ¿cómo va a ser un caos?
Gustav soltó un bufido de desprecio.
— Abby es una aspiradora, no una vendedora. Se consume la mitad de lo que tiene que entregar y la otra mitad la pierde porque no sabe ni en qué día vive. Tom está furioso, aunque no lo diga. Dice que eras el único con la cabeza lo suficientemente fría el negocio… hasta que te metiste esa porquería.
— Tú también lo haces.
— No estamos hablando de mí. — me quedé en silencio, procesando sus palabras. La oportunidad estaba ahí, servida en bandeja de plata. — Necesitamos que vuelvas a mover las bolsas, Bill. — continuó Gustav, bajando la voz. — Tom no deja de repetir que fuiste su mejor inversión antes de volverte defectuoso. Si vuelves a repartir, recuperarás tu estatus. Y lo más importante… tendrás que reportarle directamente a él cada noche.
Un escalofrío me recorrió la espalda. No era solo por la droga; era la idea de tener una excusa estúpida para entrar en su celda, para que sus ojos volvieran a fijarse en mí por algo más que lástima o asco. Era mi entrada de regreso a su órbita.
— Acepto. — dije sin dudarlo, sintiendo una chispa de adrenalina. — Pero quiero que él mismo me entregue la mercancía. No quiero intermediarios, y mucho menos a Abby cerca de mis rutas.
— De acuerdo, pero la de ahorita te la voy a entregar yo. La vendes, vas en la noche, se lo entregas diciéndole que me ayudaste a vender y quieres más.
Gustav metió la mano en el bolsillo de su mono de trabajo y, con un movimiento rápido y experto, deslizó un fardo pequeño envuelto en plástico hacia mi mano. Sentir el peso de las bolsitas de anticipación me puso feliz; era poder, era moneda de cambio, era mi billete de vuelta al juego de Tom.
— No me hagas quedar mal, Bill. —advirtió Gustav con voz ronca. — Si Tom se entera de que te di esto sin su permiso antes de la reunión de la noche, nos corta el cuello a los dos. Véndelo todo. Que no quede ni un rastro de polvo en tus bolsillos cuando cruces su puerta.
Asentí, guardando la mercancía con una agilidad que mi cuerpo parecía haber recordado por instinto. El resto de la tarde fue un borrón de adrenalina y sigilo. Me moví por los rincones del taller y los pasillos durante el cambio de turno como una sombra. Sabía a quién acudir: los clientes de la Galería B estaban desesperados tras los días de desorden. Para cuando sonó el timbre del recuento nocturno, mis bolsillos ya no pesaban por el producto, sino por los billetes arrugados.
Tras el cierre de las celdas, aproveché el breve momento antes de que los guardias hicieran la ronda final. Caminé hacia la celda de Tom apresurado.
Al llegar, me detuve frente a la reja. Tom estaba solo, de espaldas, quitándose la camiseta negra. Sus músculos se tensaban bajo la luz mortecina, mostrando las cicatrices y la fuerza bruta que lo definían. Abby no estaba; probablemente andaba perdida en algún rincón.
— Gustav me dijo que el negocio era un caos. — solté rompiendo el silencio de la celda.
Tom se giró lentamente. Al verme ahí, con la ropa sucia de aserrín pero con la mirada encendida, una sombra de curiosidad cruzó su rostro. Se acercó a los barrotes. Su presencia llenó el espacio de inmediato.
— ¿Y qué haces aquí, pajarito? ¿Viniste a suplicar de nuevo por un poco de atención?
— He venido a traerte esto. — saqué el fajo de dinero y lo golpeé contra el metal de la reja. — Lo he vendido todo en tres horas.
Tom entrecerró los ojos, observando el dinero y luego mi rostro. No lo tomó de inmediato. Se quedó allí, estudiándome, como si estuviera decidiendo si castigarme por mi insolencia o premiar mi utilidad. Metió la mano por entre los barrotes y agarró el dinero, pero también atrapó mis dedos en el proceso, apretándolos con una fuerza que me obligó a pegarme a la reja.
— Así que decidiste trabajar por tu cuenta. — siseó y dios, su rostro está a centímetros del mío. — No recuerdo haberte dado permiso de hacerlo, te quiero lejos de mi porquería.
— No quería esperar a que te dieras cuenta de que me necesitas más que a ella. — respondí ignorando el dolor en mis dedos. — Quiero más, Tom. Quiero volver a mover la Galería B y la C. Quiero que tú me des las órdenes…
Él soltó una risa seca, pero sus ojos no se apartaron de los míos. Esa chispa de posesividad y ese algo que no era odio, brilló con más fuerza.
— Tienes agallas para ser alguien que ayer estaba llorando en el suelo. —soltó mis dedos para acariciar, casi con desprecio pero sin apartarse, la línea de mi mandíbula. — Está bien. Si quieres ser mi perro de presa otra vez, lo serás. Pero recuerda las reglas: cada gramo cuenta, y cada noche vendrás aquí a rendirme cuentas. A solas.
Continúa…
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nah bueno, a la verga el amor propio pero a la vez puto tom sabes bien que quieres a bill más allá de la «utilidad» que tiene él