Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 10

La mañana se sentía distinta. Tom seguía sin aparecer por nuestra galería, pero su ausencia pesaba más que su presencia. Georg y yo fuimos asignados al taller de pintura, un galpón enorme con techos altos donde se restauraban muebles viejos de la prisión. El olor a laca y barniz era tan fuerte que mareaba, pero al menos servía para ocultar el rastro de miedo que todavía emanaba de mis poros.

— Tienes que moverte con cuidado, Bill. — me susurró Georg mientras lijábamos una mesa de madera. — Marc dice que Tom está limpiando la casa. Müller perdió a dos de sus mejores hombres anoche. Tom está marcando territorio, y tú eres el responsable de todo.

— No quiero ser el responsable de nada, Georg. — respondí con amargura. — Es solo su instinto de chango primitivo.

Georg rió por lo bajo.

De pronto, la puerta del taller se abrió. No era Tom. Era Marc. Llevaba una bata blanca impecable sobre su uniforme y una carpeta bajo el brazo, moviéndose con una seguridad que hacía que los guardias ni siquiera lo detuvieran. Se acercó a nuestro rincón con paso lento.

— He venido a supervisar el estado de mi paciente. — dijo Marc en voz alta para que cualquiera pudiera oírlo, aunque sus ojos solo estaban fijos en mí. — Bill, ven conmigo a la zona de mezclas. Necesito revisar cómo va esa inflamación en tus costillas.

Georg me dio un empujoncito con el hombro, con una mirada que mezclaba esperanza y advertencia. Seguí a Marc hacia el fondo del taller, un área oculta detrás de unos grandes lienzos de plástico que colgaban del techo. En cuanto estuvimos fuera de la vista de los demás, Marc soltó la carpeta y se giró hacia mí.

— Te ves mucho mejor.

Me quedé ahí parado, con la lija todavía en la mano y el polvo de madera ensuciándome los dedos, mientras Marc me observaba con una calma que me ponía nervioso. El lugar estaba sumido en un calor pegajoso, y el sonido de los otros presos lijando a lo lejos se sentía como un ruido blanco, dándonos una burbuja de falsa privacidad.

— Te ves mucho mejor. — repitió él, dando un paso lento hacia mí. No me acorraló, simplemente se situó en mi espacio personal, obligándome a oler esa fragancia limpia que no pertenecía a este lugar. — El uniforme nuevo te sienta bien, Bill. Te da un aire de… dignidad recuperada.

— Es solo ropa, Marc. — respondí en un susurro, bajando la vista. Me sentía cohibido bajo su conocimiento clínico pero innegablemente cálido.

— No, no lo es. Es cómo lo llevas. —Marc estiró la mano y, con una lentitud que me hizo contener el aliento, rozó el cuello de mi camisa, acomodándolo. — ¿No has visto a Tom?

Me quedé en silencio, procesando la pregunta de Marc. Lo cierto era que la ausencia de Tom me estaba carcomiendo los nervios de una forma que no quería admitir. Era una ironía cruel: cuando estaba cerca, deseaba que se pudriera en el infierno, pero ahora que me ignoraba, sentía un vacío inquietante, como si me faltara el aire, aunque fuera un aire contaminado.

— No lo sé, Marc. Quizá simplemente se aburrió del juguete roto. — contesté, tratando de sonar indiferente, aunque por dentro la curiosidad me quemaba.

Marc me observó un segundo más, con una sonrisa enigmática que parecía leer mis pensamientos más oscuros, y luego me dejó volver al trabajo. Pero la semilla ya estaba plantada.

Al terminar el turno en el taller, en lugar de ir directo a mi celda con Georg, mis pies tomaron un camino que mi cerebro gritaba que evitara. Caminé hacia la Galería C. Me decía a mí mismo que quería ver si el ambiente estaba tranquilo, o si Müller había contraatacado, pero la verdad era que necesitaba saber qué estaba haciendo él. Necesitaba saber por qué el dueño del bloque ya no reclamaba su propiedad o no me estaba humillando frente a todos.

Me escabullí entre las sombras de los pasillos, aprovechando que los guardias estaban distraídos con el recuento previo. Al llegar a la celda de Tom, me detuve en seco. La puerta no estaba cerrada del todo, y el sonido que salía de allí me golpeó como un bofetón físico.

Jadeos. Risas rotas. El sonido del metal chillando contra el suelo de cemento.

Me asomé apenas unos centímetros, con el corazón martilleando contra mi pecho. Tom estaba sentado en su litera, con el torso desnudo y esa expresión de suficiencia sádica que tanto odiaba. Pero no estaba solo. Abby estaba sobre él, con el uniforme desaliñado y una mirada perdida, entregándose con una desesperación que daba asco.

— Eso es, Anthony… mucho mejor que el pajarito, ¿verdad? — siseó Tom, agarrándola del cabello con la misma fuerza con la que solía agarrarme a mí. — Tú no me hablas de asco, tú solo quieres tu dosis, gánatela.

— Lo que quieras, Tom… por favor, solo dámela. — gemía ella, restregándose contra él sin rastro de dignidad.

Sentí una náusea violenta, pero no era solo asco. Era algo más ácido, algo que me quemaba la garganta y me hacía apretar los puños. Odiaba que ella estuviera ocupando el lugar que, hasta hace dos días, era mi infierno personal. Odiaba que Tom la estuviera usando para darle lo que ella tanto necesitaba. Me sentí reemplazado, como una herramienta que se tira cuando encuentra otra que no se queja.

Me quedé paralizado, viendo cómo Tom le susurraba cosas al oído mientras ella se deshacía en sus brazos. Él levantó la vista de repente, como si pudiera oler mi presencia, y por un segundo juraría que sus ojos se clavaron en la rendija de la puerta donde yo estaba escondido.

Di media vuelta y eché a correr. Corrí por los pasillos húmedos hasta llegar al baño de la Galería B, donde me desplomé frente a un lavabo sucio. Me eché agua fría en la cara, tratando de borrar la imagen de Abby con él.

¿Qué era eso?

¿Celos?

¿Cómo podía estar celoso de un monstruo? ¿Cómo podía dolerme ver a mi amiga con el hombre que me había destruido?

— ¿Bill?

Me tensé al escuchar esa voz. Era Marc. Estaba apoyado en la entrada de los baños, observándome con una ceja arqueada y esa expresión de médico que acaba de diagnosticar una enfermedad terminal.

— Tienes una cara terrible. — dijo Marc, acercándose lentamente. —  Déjame adivinar… fuiste a buscar lo que no se te ha perdido en la Galería C, ¿verdad? — no le respondí, solo empecé a llorar sin control. — Mira… — decía sacando una bolsa de las que yo vendía para Tom.  — Te va a ayudar…

Yo jamás me había metido una de esas en mi vida y no la quería ahora.

— Dejaras de sentirte así solo con una probada.

— No lo entiendes. — logré articular entre hipos, tratando de apartar la mirada de la bolsa.

— Lo entiendo mejor que tú. Entiendo que necesitas que el ruido se detenga. Entiendo que necesitas olvidar lo que te hizo Kaulitz. — Marc dio un paso más, invadiendo mi espacio hasta que su pecho rozó mi cuerpo. Levantó la bolsa frente a mis ojos insistente. — Solo un poco. No es un pecado querer dejar de sentir, Bill. Es una medicina.

— No… yo no uso eso, Marc. Yo solo… — la frase se quedó a medias cuando él giró mi rostro con una delicadeza firme, obligándome a mirarlo.

— Tú solo quieres paz y yo puedo dártela. — su pulgar acarició mi labio inferior, que todavía temblaba. — No dejes que el asco te gane. Deja que el vacío te cure. Solo esta vez.

La insistencia de Marc no era violenta como la de Tom; era una invitación lógica, una salida de emergencia en un edificio en llamas. El contraste entre el sudor de la Galería C y el aroma a desinfectante de Marc me mareaba. Ver la droga ahí, ofrecida por el hombre que se suponía debía sanarme, rompió la última barrera de mi resistencia.

Él vertió una pequeña cantidad sobre el dorso de su mano y la acercó a mi nariz.

— Inhala, Bill. Haz que el mundo desaparezca.

Cerré los ojos y obedecí. El ardor fue inmediato, seguido de una explosión que me recorrió la columna vertebral. El llanto se detuvo en seco. Los colores del baño parecieron ganar nitidez y, al mismo tiempo, las imágenes de Tom y Abby comenzaron a alejarse, como si fueran una película vieja que se queda sin cinta.

Marc guardó la bolsa y me sostuvo por los hombros mientras mis pupilas se dilataban. El miedo se transformó en una euforia extraña, una ligereza que me hacía sentir que mis pies apenas tocaban el suelo.

— ¿Ves? — susurró él cerca de mi oído. — Ya no duele.

Lo miré y, por primera vez, no vi al doctor. Vi a un hombre que me poseía de una forma más sutil y peligrosa que Tom. No era fuerza bruta, era control absoluto. Marc sonrió, una sonrisa cargada de triunfo, y acortó la distancia final.

Sus labios se posaron sobre los míos. Fue un beso lento, técnico al principio, pero que pronto se volvió demandante. Sabía a menta y a una frialdad calculada. Le devolví el beso con una desesperación química, aferrándome a su bata blanca como si fuera lo único que me impedía flotar lejos de la realidad. En ese momento, en la oscuridad del baño de la Galería B, no me importaba quién me usara, siempre y cuando el silencio en mi cabeza continuara.

&

Yo no sabía ni siquiera donde estaba, simplemente la cabeza me daba vueltas y la voz de Tom se hizo presente en ese instante. El eco de sus pasos pesados rebotó contra los azulejos del baño, cortando el aire como un látigo y separándome del abrazo de Marc de un solo golpe de realidad.

— Vaya… — la voz de Tom era un rugido contenido, cargado de una vibración peligrosa. — El doctorcito está aplicando terapias intensivas, ¿o es que ahora la farmacia de la prisión también incluye servicios de consuelo?

Me aparté de Marc, tambaleándome. Mis pupilas, dilatadas por la sustancia que él me había dado, intentaban enfocar la figura de Tom recortada en la puerta. Se veía inmenso, con los nudillos todavía rojos y esa mirada de tiburón que indicaba que había olido sangre. Marc, sin embargo, ni siquiera se inmutó; se ajustó la bata con una parsimonia insultante, manteniendo esa sonrisa profesional que ahora me parecía una máscara de porcelana.

— Solo estoy estabilizando a un paciente en crisis. — respondió Marc, era una respuesta que se sentía como un desafío. — Bill estaba teniendo un episodio de ansiedad. Mi deber es ayudar.

Tom soltó una carcajada seca, carente de humor, y caminó hacia nosotros. El olor a sexo y a tabaco que traía de la Galería C chocó con el aroma a antiséptico de Marc. Yo estaba atrapado en medio, con el corazón martilleando a una velocidad antinatural por la droga y el terror.

— ¿Estabilizando? — Tom se detuvo frente a mí, tomándome de la barbilla con una fuerza que me hizo gemir. —  Mira sus ojos, Marc. Están tan abiertos que puedo ver mi reflejo en su cerebro. Le has dado de lo mío.

— ¿Y qué? — susurró Marc, sin retroceder ni un centímetro. — Tú lo has roto, yo lo pego con cosas simples.

— La droga no es para que el la consuma, imbécil.

— Pero si un juguete roto deja de ser divertido.

Tom no dijo más y me soltó bruscamente, empujándome contra el lavabo. Me miró con un desprecio que me dolió más que cualquier golpe, como si supiera que acababa de traicionar mi propia dignidad.

— Sal de aquí, Bill. — ordenó Tom, sin apartar la vista de Marc. — Vuelve a tu celda antes de que decida que Abby no fue suficiente para quitarme el mal humor. Tengo que hablar con el doctor sobre ética profesional.

Salí del baño tropezando, con el sabor de Marc todavía en mis labios y el efecto de la droga haciéndome sentir que las paredes se cerraban sobre mí. Al cruzar el pasillo, vi a Georg esperándome en la sombra, con una expresión de horror que me confirmó que lo que acababa de pasar no era un mal sueño.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 10»
  1. CHINGA TU MADRE TOM CHINGA TU MADRE ABBY, CHINGA TU MADRE HUEVOS YA ALV DEJEN A BILL EN PAZ 😭😭😭

    SIEMPRE UTILIZAN A MI POBRE BEBÉ 😭

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