
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 3

Heidi no era una mujer con filtros.
No lo había hecho antes, pero cuando llegó a las tribunas y encontró a ese chico ahí, solo, mirando la cancha con esa expresión de idiota enamorado…
Lo reconoció de inmediato.
Bill. El estudiante raro de tercer año. El que se pintaba los labios y usaba medias bajo la rodilla como si eso fuera normal.
Lo miró un momento con el ceño fruncido, preguntándose que rayos hacía ahí cuando todos los estudiantes estaban en sus respectivos clubs.
El chico no la había visto. Tenía los ojos fijos en el campo, y en su cara había algo que a Heidi le resultó insoportablemente familiar.
Lo llamó con una voz más seca de lo que pretendía.
—Oye tú.
Bill giró la cabeza despacio. La miró sin pestañear.
—¿Qué haces aquí? ¿No estás en ningún club?
El pelinegro parecía examinarla más de lo normal.
—No— Respondió, no seco ni suave; normal.
—Entonces no tienes nada que hacer aquí.
El azabache no puso resistencia como Heidi creyó que haría.
Se levantó con calma y la siguió hasta llegar a la oficina del director sin protestar ni una sola vez, lo que a Heidi le resultó, por alguna razón, todavía más irritante.
El director Mars era un hombre de pocas palabras. Escuchó a Heidi con la misma expresión: levemente aburrida, levemente resignada.
—Estaba en las tribunas del campo cuando debería estar en su club— Dijo como si fuera más que una queja.— Pero, ¿qué cree, director Mars? Me ha dicho que no está en ningún club— Mencionó como si eso fuera un crimen de cierta gravedad.
Mars miró a Bill por encima de sus lentes.
—¿Es correcto?
—Sí— Respondió el pelinegro sin emociones.
—¿Y qué hacías ahí?
—Ver
El director exhaló por la nariz. Heidi abrió la boca para añadir algo, pero Mars comenzó a hablar.
—Bien. Ya que te gusta tanto ese espacio… a partir de mañana te encargas de mantenerlo limpio. Las tribunas, el área perimetral de la cancha y el cuarto de equipamiento. Todos los días en el horario de club, hasta el campeonato.
Bill asintió.
—Después de eso— Continúo— Vas a elegir un club. El que sea. Pero uno.
—Entendido.
—Puedes irte a casa.
Heidi lo vio salir sin decir nada más, con esa calma que no le correspondía a alguien que acababa de ser castigado, y sintió que algo en la escena no había salido como esperaba. No supo identificar qué.
Bill esperó a doblar la esquina del pasillo.
Entonces sonrió. Amplio, genuino, sin molestarse en controlarlo.
Qué extraordinariamente estúpida.
Había ido al campo a verlo. Eso era obvio. Y en lugar de quedarse callada y seguir con su patética rutina de señora puberta/enamorada, lo había arrastrado con el director por el delito de estar viendo al chico que le gustaba.
El mismo que ella deseaba. Pero Heidi no tenía por qué enterarse que Bill sabía eso.
En algún momento, no muy lejano, se lo diría en su cara. Bill no sabía de eso.
Desde otra perspectiva, la «llamada de atención» de la profesora, no había sido solo su trabajo.
En pocas palabras: celos.
Los dos los sabían con exactitud. Heidi sabía a quién miraba Bill. Bill sabía el por qué de su llegada al campo.
Entre algo lejano de ellos, había comenzado aquello llamado «rivalidad». Aunque era algo ridículo entre un alumno y una señora casada con más de un hijo.
Bill llevaba la ventaja; él tenía acceso legítimo. Todos los días. Hasta el campeonato.
Heidi había sido tan ridícula que sus acciones terminaron lanzando al chico con su objetivo.
El pelinegro siguió caminando por el pasillo, con la sonrisa todavía en la cara.
Esa era otra de tantas que le debía.
&
Al día siguiente, Bill llegó al campo diez minutos antes que empezara el entrenamiento.
Recogió el rastrillo del cuarto de equipamiento, salió a la cancha y empezó a trabajar despacio, sin apuro. El sol todavía no pegaba fuerte. El pasto olía bien.
Escuchó las voces antes de verlos. El equipo llegó desde el pasillo lateral, con las mochilas al hombro y el ruido habitual de quince chicos que se empujan entre sí.
Bill no alzó la vista, no quería. Siguió rastrillando.
Pero sabía exactamente en qué momento Tom Kaulitz cruzó la puerta de la cancha.
El primero en verlo fue McKagan.
No dijo nada, solo dejó de hablar a la mitad de una frase y se quedó mirando hacia la cancha con una expresión rara. El de al lado lo notó, Adler, siguió su mirada, y en cadena, uno por uno, el equipo entero fue girando la cabeza hacia el mismo punto.
Un chico delgado, de cabello negro, con medias largas y un rastrillo casi más alto que él, limpiando el perímetro de la cancha con una «calma» absoluta como si llevara años haciéndolo.
Nadie dijo nada por un momento.
Georg fue el primero en reaccionar. Paró en seco en medio del pasillo lateral, que Tom, que venía detrás con la vista en el suelo y los audífonos puestos, chocó directo contra su espalda.
—¿Qué haces?— Gruñó Tom, quitándose un audífono.
Georg no respondió. Levantó el brazo despacio y señaló hacia la cancha.
Tom siguió la dirección de su dedo.
Y se quedó quieto.
Bill rastrillaba con movimientos lentos y parejos, completamente ajeno, o eso aparentaba, a los quince pares de ojos clavados en él.
—¿Ese no es…?— Empezó Saul desde atrás.
—Sí— Afirmó Georg, con una sonrisita que Tom ya conocía demasiado bien.— Es él.
Tom sintió algo moverse en su pecho. No supo qué era.
—¿Qué… qué hace aquí?
—Esa es exactamente la pregunta, capitán.
Georg le dio una palmada en el hombro que era mitad empujón. El de rastas se la sacó de encima con un gesto automático, pero ya estaba caminando.
Se acercó despacio. El ruido del equipo detrás de él fue bajando, porque todos seguían mirando, claro, como si fuera entretenimiento.
El azabache no notó a Tom venir.
Tom se detuvo justo al borde del área que Bill estaba limpiando.
—Hey… hola…
El menor dio un pequeño salto.
—¡Ah…!— Se le escapó, llevándose instintivamente una mano al pecho, mirando al responsable de repentino saludo.
Su corazón latía rápido, fuerte, contra su palma. Más al ver quién era.
Tom se disculpó de inmediato.
—Perdón…— Dijo, bajando un poco la voz.— No quería asustarte…
Bill tragó saliva, todavía recuperándose del susto, y luego negó suavemente con la cabeza.
—No… no pasa nada…— Respondió bajito.
Apartó la mirada por un instante, claramente nervioso. Cuando volvió a mirar a Tom, lo hizo con timidez, apenas levantando la vista.
—Hola…— Añadió, más suave todavía, casi como si le diera vergüenza.
Sus hombros estaban un poco tensos. Y en su rostro, había esa mezcla de susto reciente y una dulzura tranquila, sosteniendo la mirada lo justo antes de volver a bajarla.
—¿Qué… qué haces aquí?— Preguntó el capitán después de su pequeño trance con el rostro del pelinegro.
—Me pusieron a limpiar el área del campo. Hasta el campeonato— Murmuró ya más tranquilo, pero sin dejar la timidez a un lado.
Tom frunció el ceño.
—¿Te castigaron?
—Sí…
—¿Por qué?
Bill dudó un momento.
—La profesora Heidi me encontró en las tribunas en el horario de club…— Confesó avergonzado, porque no sabía con certeza si su amor platónico lo había visto aquel día.— Y me llevó con el director Mars…
El silencio no fue largo, pero fue denso.
El capitán sintió algo apretarse en su mandíbula.
Heidi. Por supuesto. La misma que le sonreía con esa sonrisa particular. La misma que lo llamaba por su nombre de una forma que no usaba con ningún otro estudiante.
Y había ido al campo por una razón que sabía con claridad. Había visto a ese pequeño sin hacerle daño a nadie, y lo había arrastrado con el director.
—¿Solo por eso?— La voz le salió más seca de lo que pretendía. Bill lo notó.
Asintió. Sus ojos bajaron un momento al pasto; no podía sostener la mirada «furiosa» de su Tom.
Muy intimidante y guapo…
Sus mejillas se pusieron levemente rojas.
—El director dijo que ya que me gustaba tanto este espacio, que lo limpiara…
Tom soltó un sonido que era mitad risa y mitad otra cosa, mirando hacia el edificio principal como si Heidi fuera a aparecer ahí para que él pudiera decirle algo.
No apareció, obvio.
—Es una idiotez— Formuló el de rastas.
Algo en la comisura de los labios de Bill se movió apenas, tan rápido que Tom no habría podido jurar que lo vio.
—Bueno…— El capitán cambió el peso de un pie al otro, sin moverse del sitio.— ¿Necesitas algo? ¿Sabes dónde está el cuarto de equipamiento, el área, todo eso?
—Ya lo encontré, sí…— Dijo Bill, con una voz que seguía siendo tímida, un poco baja.— Gracias…
—Bien…
Ninguno de los dos dijo algo por un momento.
Desde el centro de la cancha, Georg tosió de forma completamente artificial. Tom no se dignó a mirarlo.
—Pues… cualquier cosa me dices— Habló el de rastas, y en cuanto las palabras salieron, supo que sonaron raras, pero ya estaban dichas.
Bill lo miró. Un segundo completo, con esos ojos grandes que Tom no podía dejar de ver sin evitar caer en un «hechizo» de nuevo.
—Gracias…— Repitió el azabache.
Tom asintió una vez, se dio la vuelta y volvió hacia la cancha.
Bill esperó a que Tom estuviera suficientemente lejos antes de permitirse soltar el aire que había estado conteniendo.
Le temblaban un poco las manos en el mango del rastrillo. Solo un poco.
El equipo entero fingió de golpe que había estado haciendo estiramientos, mirando el cielo o cualquier cosa que no fuera observarlos fijamente durante los últimos tres minutos.
—Ni una palabra— Ordenó Tom pasando entre ellos.
Georg levantó las manos con una sonrisa enorme y no dijo absolutamente nada, lo cual era peor.
El entrenador pitó. Todos se dispersaron.
Y Tom, mientras empezaba a trotar hacia su posición, no pudo evitar girar la cabeza una sola vez.
Bill había vuelto a rastrillar. Despacio, con calma, con el sol pegándole en el cabello azabache que hasta brillaba.
Como si siempre hubiera estado ahí.
Tom volvió la vista al frente e intentó concentrarse en el balón.
Continúa…
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