
Fic de WifesKaulitz. Temporada III
Capítulo 34
— ¿¡Qué haces aquí!? — le pregunté en medio de un susurro un poco alarmado.
— Bill, hijo… — trató de soltarse del agarre pero no se lo permitió el guardaespaldas.
— ¿Dónde has estado?
— Jörg me secuestró, Bill. — le creí porque ese hombre es capaz de hacer muchas cosas. — Me obligó a irme con él…
— Mamá. — le abracé con un poco de temor. Ella solo recostó su cabeza en mi pecho y luego se separó tensa al oirla.
— ¿Simone? — preguntó Sam bajando las escaleras a paso rápido para posicionarse en frente de nuestra mamá.
— Nos vemos en la obligación de comunicarle al señor Kaulitz y a la policía para que puedan tomar las medidas que crean necesarias.
— No. — hablé sin pensarlo.
— ¿Qué mierda dices, Bill?
— Es que…
— Haga lo que tenga que hacer. — el guardaespaldas asintió y salió afuera para hacer la llamada. Mi hermana me jaló hasta un cierto punto lejos del guardia que tenía a mi madre esposada solo con sus manos. — ¿¡Qué putas te pasa!? — susurró/gritó mirandome. — Esa mujer trató de matarte.
— Sam, es nuestra mamá… Me dijo que el señor ese la obligó a irse.
— ¿Y tú le creiste? — asentí agachando la cabeza.
— Es nuestra mamá. — le volví a repetir para ver si se doblegaba un poco.
— Tuya dirás, porque la mía sigue sin aparecer. Ya hasta estoy creyendo que está muerta.
— Como sea. — me crucé de brazos. — Esa mujer te cuidó desde pequeña y no debes portarte así.
La verdad es que no quería ver a mi madre tras las rejas. Me iba a poner demasiado mal aunque su comportamiento conmigo no fue el mejor, estaba dispuesto a disculparla y olvidarme de todo si tomaba terapia pero no en la cárcel.
Eso no.
— Su esposo, el señor Kaulitz está viniendo aquí junto con la policía.
— Gracias. — Sam levantó su dedo pulgar hacia el sujeto y volvió a verme. — Le voy a decir a Kaulitz lo que trataste de hacer y espero que te de un buen regaño.
— Pues si le dices no voy a dudar en romperte esa perfecta y hermosa nariz, Sam.
— Estoy dispuesta a defenderme de la misma forma, Bill: voy a romperte la nariz también para que se te meta de una vez en la maldita cabeza que la persona que tienes por madre es lo más lejos de ser llamada mamá. — dejé caer ambos brazos derrotado.
Yo no tenía el mismo pensamiento que tenía Sam.
Nos miramos con una chispa de odio sintiendo las repulsivas ganas de agarrarnos a golpes pero no sucedió. Mi hermana salió de la casa hacia la calle.
Yo me acerqué otra vez donde se encontraba mi madre para abrazarle de nuevo.
Por el reflejo de la ventana pude ver las luces rojas y azules del patrullero. Mi madre lloró mucho más en mis brazos.
— No dejes que la policía me lleve, Billie.
— Mamá, yo… — suspiré con pesadez y me alejé de ella.
— Ahí está. — Sam le señaló al agente y este entró de inmediato. Simone se puso como una loca histerica tratando de huir de las garras de la policía. Me dolía no poder hacer nada.
— ¡Bill! — gritó pataleando. — ¡No dejes que me lleven!
— ¡Con cuidado! — el agente estaba siendo muy tosco con sus otros compañeros solo para ponerle las esposas. Caminé un poco hacia ellos pero un oficial no me lo permitió.
Empezaba a hiperventilar.
— ¡Auxilio! ¡No! ¡Basta! ¡Soy inocente! — lloraba sin parar. — ¡AHHHH! ¡BILL, AYUDAME!
Tom entró mirando a mi madre con el ceño fruncido y lo frunció aún más cuando me miró. No le hice caso y seguí mirando a mi mamá en el suelo ya más calmada. Le tuvieron que poner una inyección para ello.
— Bill. — Tom me tomó del antebrazo sacandome de la casa, tampoco me resistí. No quería seguir mirando. — ¿Por qué no querías que llamen a la policía?
— ¡Porque tu papá le obligó a irse con él y porque no quiero que la metan a la cárcel!
— ¡Mierda! — gruñó molesto. — Mi amor, date cuenta lo que te hizo esa mujer.
— Es mi mamá, Tom, ¡me duele!
— ¿Crees que a mi no me duele, Bill? — me quedé callado mirando al suelo. — Ese hombre al que yo admiraba con toda mi vida me decepcionó de una manera tan despiadada… ni siquiera le importa hacerme sufrir con tal de que su posición social sea la mejor. Estuve a punto de suicidarme alrededor de tres veces solo por su culpa pero mírame. — me tomó de las mejillas y levanté la mirada conectando con la suya. Me descompuso por completo saber que Tom no estaría conmigo. — Sigo aquí. Amándote como un loco. — me dió un beso suave en la boca. — Fuiste tú quien me dió todas las ganas de vivir.
— Estoy muy mal. — me tapé la boca y cerré los ojos aguantandome. Formé un puño en mi mano con fuerza. Las uñas se me estaban clavando en la palma de la mano por apretar tanto. Abrí los ojos y parpadeé tres veces mirando a mi esposo.
— No vayas a llorar. Mañana es tu sesión de fotos y te quiero ver con toda la actitud del mundo posando frente a esas cámaras. — me sonrió coqueto y yo me reí también. — Me voy a quedar con todas las fotos que te hagan y las colocaré como si fuera un museo en mi biblioteca.
— Maldición. — murmuré riendome como un loco. — Quiero ver eso.
— Ya nos vamos, señor Kaulitz. ¿Desea acompañarnos a la comisaría?
Tom me miró.
— ¿Quieres ir?
— ¿Podemos? — asintió no muy convencido.
— Nos vemos allá.
— Gracias. — los autos empezaron a desfilar uno por uno. Saqué de mi bolsa la llaves y caminé hasta mi auto con Tom a mi detrás. Lo abrí y me subí en el.
— Voy contigo, Kaulitz. No quiero que Bill vaya a matarme. — sin esperar una respuesta corrió a la camioneta blanca.
Claro que iba a matarle.
Pero en la noche cuando todos duerman.
— ¿Voy contigo? — me lo preguntó agachandose y mirandome de una forma tan melosa. Imposible de no robarle un beso.
— No, quiero ir solo.
— Te seguiré atrás. — asentí mirando como se subía a su auto. Bajó la ventana. — Después de ti.
Con una sonrisa encendí el auto. Me puse bien mis lentes de sol y lo eché a andar siguiendo al patrullero que iba casi a unos cien kilómetros de mi.
Estaba muy concentrado en darle la delantera al auto que me seguía.
Al llegar hice rechinar las llantas de un frenon. Estacioné bien el auto y me bajé del mismo sintiéndome una perra empoderada.
— Ese es mucho auto para ti, flaco.
— Ah, no pedí tu opinión, gorda.
Sam me miró ofendida.
Ignorándola tomé la mano de Tom y entramos a la comisaría.
— Yo solo pienso en que debo comprar unos nuevos neumáticos de emergencia.
— ¿No estás exagerando?
— No. — nos paramos detrás de la vitrina como nos indicó un hombre viejo y nos quedamos parados observando.
— ¿Dónde está Jörg Kaulitz? — preguntó el agente mirando a mi mamá con seriedad. Ella no respondió. — ¿Por qué huiste con él? — tampoco respondió. — Simone, estamos hablando contigo.
Miraba al agente con una expresión un poco perturbadora para mi, me aferré al cuerpo de Tom buscando apoyo.
— Quiero ver a mi hijo.
El agente se acercó a la vitrina. Pulsó un botón y su voz se hizo escuchar más cerca.
— Gomez, que pase el hijo de la señora.
— Sin miedo. — Tom me alentó y yo caminé hasta la puerta. Se abrió para dejarme entrar y estar a solas con ella. El ruido de mis botas de tacon abundaba en la sala de interrogatorios. Me senté frente a ella temblando.
— Mami.
— A veces llego a pensar que no eres mi hijo, Bill.
— Pero lo soy, mamá.
— Siempre estuve confundida cuando traté de robarle el hijo a Emma.
No estaba entendiendo nada ahora sí.
Creo que mejor hubiera sido no entrar aquí.
— ¿Qué hablas? Si yo si soy tu hijo. — mi mamá se rió por lo bajo.
— Verás… ese Tom y tú nacieron el mismo día pero solo con diez minutos de diferencia, puedo decir con certeza que es mayor que tú pero lo que no puedo decir con seguridad es que si es hijo de Emma.
— Mamá…
— Shhh, Bill. Siempre rogaste por la verdad y te estoy diciendo la verdad. — las orejas se me pararon como a los perros. — Tom se parece un poco a mi, ¿no lo has visto? — miré a la vitrina esperando encontrarme con Tom en ella pero solo me vi a mi mismo. — Puede ser mi hijo.
— No, Tom no es tu hijo.
— La cosa es que traté de robarlo para huir contigo y con él, criarlos como a mis hijos pero la maldita policía no me lo permitió. Me quitó a mi bebé y se lo dió a Emma.
— Tú estás mal. — me levanté de mi asiento tragado de aguantar lagrimas, a si que solo le sonreí. — Tom y yo nos hicimos unas pruebas de resultados negativos.
— ¡Es mi hijo! ¡Los dos son mis hijos!
— Simone… no porque los dos nacimos el mismo día quiere decir que…
— Te juro por lo que más quieras que no te miento… pero ahí tú si quieres seguir con esa relación.
— No es una relación cualquiera, Simone. Tom y yo… Estamos casados.
— Me das mucha vergüenza, Bill.
— Tus palabras me tienen sin cuidado. — volví a sentarme frente a ella. — Mejor hablame de la maldita relación que tienes con el padre de Tom o mucho mejor… de la madre de Samanta.
— Esa estúpida. — escupió con asco. — Nunca llegué a sentir cariño por Samanta y no sabes cuanto disfruté junto a Jörg arrebatarla de los brazos de su madre, ¡esa perra quería quedarse con mi hombre! Le quiso hacer creer que era su hija. — se rió con gracia. — Gracias a Dios lo descubrimos a tiempo y le hicimos llorar de largo. — giró su vista a la vitrina. — A si que Sam, si estás aquí déjame decirte una cosa… primero me matas antes de saber quien es tu madre. ¡Debes sufrir lo mismo o peor!
Una sonrisa maliciosa se apareció en mi boca.
— Quizás no necesitas estar muerta, solo me lo acabas de confirmar.
— ¿Qué? — se sorprendió bastante. — No eres tan tonto, Bill.
— Y tú no eres tan reservada, Simone. — me incliné un poco hacia ella. — Confiesalo y puede que te den menos años. — su rostro se iluminó un poco y me sonrió. — Dilo.
— María. María Fischer es su nombre.
Mi corazón golpeó como loco gritando que siempre tuve la razón.
— Aunque no te sirve de nada, quizás ya está muerta. — entrecerró los ojos. — Hace casi venticuatro años que no la veo, ya debe ser cenizas.
— Asustate. — me reí más.
— ¿Por qué?
— María está trabajando en mi casa y como te dije… — me levanté de la silla de plástico. — Solo confirmaste algo que ya sabía y preparate que vas a estar aqui toda tu maldita vida. — caminé hasta la puerta dejandola ahí mientras lloraba. Me detuvo lo último que dijo.
— Jörg muy pronto irá por ti, te matará junto a su hijo y te juro que voy a bailar sobre tu maldita tumba, Bill. Jörg está más cerca de lo que parece y ni tú, ni la maldita policía lo encontrará… Solo se enteraran de sus muertes y ya. Punto final.
— Estás loca. — murmuré saliendo de ese lugar, sentí mis piernas doblarse y caí al suelo rodeado de los brazos de Tom.
— ¿Tú lo sabías? — Samanta yacía en un mar de lagrimas mirandonos a ambos.
— Lo descubrí yo. — ella lo miró con dolor. — Hace poco hablé con mi mamá y ella me lo dijo, solo no sabía como decirte… es algo muy delicado.
— Simone, hija de puta. — le pegó al cristal. — ¡Ojalá de pudras en esa maldita cárcel! ¡Perra! ¡Te odio!
— Está claro que la señora tiene problemas mentales.
— Vamonos de aquí. — en medio de quejidos Tom me ayudó a levantarme. Uno de los guardias ayudó a Sam a salir hasta afuera y la subió a la camioneta. Yo abrí el auto para subirme también.
El agente le dijo unas cosas a Tom antes de despedirlo y abrió la puerta de mi lado.
— No estás en condiciones de manejar a si que hazme el favor y mueve ese lindo trasero al asiento de más allá.
Continúa…
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