
Fic de WifesKaulitz. Temporada III
Capítulo 26
— ¡Yo lo sabía! — chilló Sam apareciendo de la nada con la morena moviendo la cabeza en negación.
Me reí mirando a ambas chicas y me levanté de mi asiento.
— Luego hablamos de esto, ¿dónde están todos?
— Ya mismo llegan.
— Yo me voy. Tengo que tomar el primer avion para disfrutar mis vacaciones en… Agh, mejor no lo digo. — ese hombre salió corriendo por su vida hasta la puerta de la salida y solo lo miré aun divertido.
— No quiero estar presente cuando el nuevo Bill te arranque los huevos, Kaulitz. — me dió un toque en el hombro y empezó a caminar. La morena seguía mirandome con desaprobación a si que no tuve más remedio que encogerme de hombros y ver como seguía a su novia.
La verdad de todo esto es que no me iba a divorciar de Bill, tan solo quería llamar su atención e incentivar sus ganas de salir de ese lugar porque por como lo veía y me informaban los guardias, empezaba a gustarle ese lugar.
Pero no podía.
¡No podía gustarle un lugar así si no era apto para él!
Pobre mi Billie.
Ha sufrido tanto por mi culpa pero la vida nos está recompensando dándonos mucho más de lo que parece.
— Heidi. — llamé a la rubia para obtener su atención. — Si deseas irte le pides a Joel que te lleve sin ningún problema, ¿está bien?
— Sí, gracias. — respondió con una sonrisa sin dejar de comer.
— No, que se quede. — propuso Sam.
Ay no.
— Estoy segura que Bill la va querer conocer también.
— Tranquilo Tom, tu buen amigo Misael cuidará de… ¿cómo te llamas?
— Heidi.
— Cuidará de Heidi.
— Ajá. — entrecerré los ojos mirando a todo el grupo de mis amigos. — Cómo sea, debo salir.
Me giré en dirección al estacionamiento donde se encontraban algunos de los autos de lujo que compré recordando todos los que quería de pequeño y todos negros.
Me subí al chevrolet camaro ~ que por cierto pensaba regalárselo a Bill ~ de ventanas polarizadas y lo puse a andar corriendo como una fiera en dirección a la prisión donde se encontraba la persona que nunca dejaría de ser mi esposo.
.
By BILL
— ¿Todo está aquí? — asentí mirando como guardaba el canasto del que era mi uniforme hace unos minutos. — Entonces buena suerte. — me mordí el labio inferior recostando mi brazo en la tabla que nos separaba. — ¿Qué?
— ¿Aún está en pie la oferta que me hiciste cuando llegué aquí?
— Ah. — me relamí los labios con lentitud solo para que mirara el piercing. — Sí…
— Bueno linda, ¿qué esperas para darme tu número?
Buscó un papelito pequeño, anotó su número en él con agilidad. Me lo extendió con una sonrisa.
— Esperaré tu llamada.
Levanté mi otra mano y besé mis dedos dejando un poco de saliva en ellos. Acerqué los mismos a su boca la abrió de una forma provocativa lamiendolos.
— Carajo, eres muy ardiente.
— Lo sé, nena. — saqué mis dedos de su boca bajandolos por su cuello hasta sus pechos con la única intención de limpiar su saliva en ella misma. — Adiós.
— ¡Llámame!
Salí por las grandes puertas de aquel lugar que fue mi casa por un tiempo derrochando felicidad. El sol iluminaba mi rostro haciendome achinar los ojos.
Pensando en lo que haría desde hoy.
Si de algo estaba seguro era que no volvería a casa de mis padres y tampoco a la de Samanta aunque mis cosas estén ahí.
Entonces, ¿a dónde iría?
«Compré una maldita hacienda para ti y para mí…»
«Así se llama el hogar que compré pensando en ti…»
Claro, que tonto soy.
Me coloqué la mano en la frente tapándome del sol, empezaba a ponerme acalorado. Y ahí fue cuando lo vi recargado en su nuevo auto cruzando de brazos y piernas mientras me veía sonriente.
Yo solo sentí ganas de romperle la boca.
Caminé hasta acercarme a él dandole la sonrisa más hipócrita de mi vida. Ya estaba frente a él dispuesto alzar mi mano formando un puño en ella pero me besó.
Me quedé quieto.
Tieso.
Le respondí el beso de la misma forma sintiendo que mi corazón iba a explotar de la emoción. Latía con fuerza sintiendose cada vez más vivo. Rodee su cuello con mis brazos profundicé para que mi lengua le entre cada vez más a fondo.
Me sentía con toda la maldad.
Le mordí el labio, ni siquiera se quejó de dolor. Me devolvió la mordida con más intensidad, sentí el sabor de la sangre en mi boca.
Considerando que no son mariposas lo que sentía en el estómago si no ganas de vomitar, lo alejé de mi.
— Billie…
Hijo de puta.
En un golpe certero en la nariz lo tumbé al suelo. Soplé mi puño como si hubiera salido humo de el después de ser usado y sonreí mirando al cuerpo tumbado al suelo.
— No te vas a divorciar de mi nunca, ¿oiste? — este ni siquiera se movió del suelo cuando le hablé. Molesto por no obtener su respuesta me agaché para tomarlo de la ropa y zamarrearlo. — ¿¡Oiste!? — grité pero ni así. — ¿Tom?
No me contestó.
— Dios mío. — murmuré acomodándome en el suelo mientras recostaba su cabeza para mayor comodidad en mis piernas. — Ay…
Lo había desmayado.
— Tom. — le di palmaditas en la mejilla. — ¿Hola?
Miré para todos los lados rogando porque ninguna persona pasara y malinterprete la situación en la que me encontraba.
— Padre cielo, que estás en el nuestro… — comencé a rezar con los ojos cerrados desesperandome porque no se levantaba.
— ¿Padre qué? — susurró medio atontado, abrí los ojos emocionado porque ya despertó. Mis ojos cafés se encontraron con los suyos. — Mierda, Bill. — lo ayudé a sentarse en el suelo. Yo quedé hincado sin dejar de mirarlo. — ¿Desde cuando tienes las manos tan duras?
— Desde que dejé de cuidarme las uñas, Tom.
— Joder. — suspiró. — Tengo que comprarte un par de cremas y azucar para que se ensucien.
Llevé mi mano a mi boca para tragarme la risa tan escandalosa que apareció mientras lo miraba.
Tom se rió junto conmigo pero con más moderación e igualmente sin dejar de mirarme.
— Te juro que no me importaría gastar miles con tal de que tus manos vuelvan a ser las suaves de antes, Bill.
Oh.
Continúa…
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