El trato de la máscara

Administración: Aquí tienen otro corto de Tollscene. Que lo disfruten 😉
«El trato de la máscara»
(Drabble de Tollscene)
En la penumbra de la sala privada, el aire olía a humo de incienso y a algo más antiguo, como si las paredes hubieran absorbido demasiados secretos. La máscara de cuero negro me cubría desde la frente hasta la boca, dejando apenas una ranura para los ojos. Nadie podía hablar. Nadie podía quitarse la máscara. Esas eran las reglas de la fiesta. Y yo las había aceptado en el segundo que crucé la puerta.
Lo vi por primera vez apoyado contra el marco de la ventana, la espalda recta, la silueta alta y delgada envuelta en una capa oscura que caía hasta los tobillos. Su máscara era negra, lisa, sin adornos. Solo dos agujeros negros donde debían estar los ojos. No dijo nada. No hizo ningún gesto. Simplemente me miró.
Y yo sentí que me desnudaba con la mirada.
Avancé. El suelo de madera crujía bajo mis botas. Alrededor, otras parejas se movían en silencio, manos explorando cuerpos desconocidos, respiraciones contenidas, el roce de telas caras y pieles calientes. Nadie se atrevía a hablar. La voz era la última frontera. Quien la cruzara quedaba expulsado.
Me detuve a un metro de él. Su pecho subía y bajaba despacio. Pude ver el contorno de su garganta bajo el cuello alto de la capa. Sin pensar, levanté la mano y toqué el borde de su máscara con la yema de los dedos. Él no se apartó. En cambio, inclinó apenas la cabeza, como ofreciéndome más superficie.
El contacto era eléctrico. Piel contra cuero. El calor de su mejilla se filtraba a través del material. Mi pulgar rozó el borde inferior de la máscara, justo donde la mandíbula se unía al cuello. Él tembló. Un temblor pequeño, casi invisible, pero lo sentí.
No sabía quién era. No importaba. O quizás importaba demasiado.
Sus manos subieron hasta mi cintura. Lentas. Seguras. Los dedos se hundieron bajo el borde de mi camisa, tocando la piel desnuda de mi espalda. Yo cerré los ojos un segundo. El mundo se redujo al peso de esas manos y al silencio denso que nos envolvía.
Avanzamos hacia el rincón más oscuro de la habitación, donde las cortinas de terciopelo negro formaban una especie de alcoba improvisada. Allí el ruido de la fiesta se volvía lejano, como si viniera de otro piso. Él me empujó suavemente contra la pared. Su cuerpo se pegó al mío. Pude sentir la dureza de su erección a través de la tela de sus pantalones. Yo ya estaba igual de duro.
Sus dedos bajaron hasta el cierre de mi pantalón. Lo abrió sin prisa. Yo no me moví. Dejé que me tocara. Que me sacara. Que me rodeara con la mano y empezara a moverla con una lentitud deliberada, casi cruel. Cada caricia era una pregunta. Cada apretón, una respuesta que no podía dar con palabras.
Le devolví el gesto. Metí la mano bajo su capa, encontré la hebilla de su cinturón, la desabroché. Su polla era gruesa, caliente, ya húmeda en la punta. La acaricié con el mismo ritmo lento que él usaba conmigo. Nuestros frentes se tocaron a través de las máscaras. Respirábamos el mismo aire viciado.
En algún momento me giró. Me puso de cara a la pared. Escuché el sonido de algo siendo abierto. Luego sentí sus dedos, resbaladizos, presionando entre mis nalgas. Uno. Dos. Me abrió con paciencia, mientras su otra mano seguía masturbándome. El contraste era brutal: la suavidad de sus dedos dentro de mí y la firmeza de su puño alrededor de mi polla.
Cuando se metió, lo hizo de un solo empujón profundo. Un gemido ahogado se me escapó contra la pared. Él se quedó quieto un segundo, respirando pesado detrás de la máscara. Luego empezó a moverse. Lento al principio. Después más fuerte. El sonido de nuestra piel chocando era obsceno en el silencio. Yo me aferraba a la pared, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo.
Sus manos me rodearon la cintura. Me jaló hacia él con cada embestida. Yo podía sentir el borde de su máscara rozando mi hombro cada vez que se inclinaba. Quería quitarle esa maldita cosa. Quería ver su cara. Quería oír su voz. Pero las reglas eran claras.
El reloj de la sala principal marcaba las once y media. Quedaban treinta minutos.
Él aceleró. Sus embestidas se volvieron más cortas, más urgentes. Su mano volvió a mi polla, masturbándome al mismo ritmo. Sentí el orgasmo construir desde la base de la espalda, subiendo como una ola. Cuando me corrí, lo hice en silencio, mordiéndome el interior de la mejilla hasta saborear sangre. Él se corrió segundos después, enterrado hasta el fondo, temblando contra mi espalda.
Nos quedamos así un momento. Él todavía dentro de mí. Mi frente apoyada en la pared fría. El semen escurriendo por el interior de mi muslo.
Luego se retiró con cuidado. Escuché el sonido de su cinturón siendo abrochado. Yo me acomodé la ropa con manos que aún temblaban. Cuando me giré, él ya estaba a un paso de distancia. La máscara negra me miraba sin expresión.
Levanté la mano. Quise tocarle la mejilla otra vez. Él se inclinó apenas, permitiendo el contacto. Mis dedos rozaron el borde inferior de la máscara. Por un segundo pensé en levantarla. En romper la regla. En ver quién había estado dentro de mí.
El reloj dio las primeras campanadas de medianoche.
Él dio un paso atrás. Luego otro. Sin prisa. Sin mirar atrás. Se disolvió entre las cortinas y el humo y las otras siluetas enmascaradas.
Me quedé solo en el rincón oscuro, con el olor de él todavía en la piel y el sabor metálico de la sangre en la boca.
Nunca supe su nombre. Nunca escuché su voz.
Pero cada noche, cuando cierro los ojos, sigo sintiendo el peso de esa máscara negra contra mi hombro.
F I N
¿Y bien? ¿Les gustó?

por admin

Traductora del fandom

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