Administración: Demos la bienvenida a Der Rote Engel, quien se une a nuestro staff de escritores con este One-Shot. No olviden dejar su amor en los comentarios 😉

«Toll por un juego»

(One-Shot de Der Rote Engel)

La caja estaba ahí, sobre la mesa de centro, como una provocación implícita que invitaba a caer en la tentación.

Tom la había encontrado al fondo de su armario mientras hacía espacio para más gorras. Aquello había sido un regalo broma por su cumpleaños, que Georg le había dado hacía meses: Jenga Sexual. Una torre de bloques de madera, cada uno con un reto explícito o una provocación erótica.

En su momento lo había guardado, riéndose, sin tomarlo en serio, incluso hasta lo había olvidado, Pero ese día había aparecido como si fuera una invitación. En el momento en que la caja apareció, Tom solo pensó en una única persona para jugar.

Ahora… Ahora la tensión con Bill era distinta.

Las últimas semanas habían sido un desfile de miradas indiscretas, de choques «accidentales» en la cocina, de silencios provocadores en la sala cuando quedaban solos mirando el televisor. No hablaban del tema, lo evitaban haciendo como si nada sucediera, pero ambos sabían lo que ocurría, lo que hervía entre ellos era deseo puro, peligroso y prohibido.

Y tal vez esa noche sería la noche en que sin necesidad de hablarlo dejarían que sus deseos gritaran.

Tom armó la torre en el centro de la mesa, aprovechando que su hermano estaba en la ducha, se sentía un poco nervioso. Pero sabía que debía tomar la iniciativa, pues Bill por más descarado que pareciera, en realidad era demasiado tímido. 

Solo necesitaba un pequeño empujón para soltarse.

—¿Qué es eso? —preguntó Bill, entrando en la sala con una camiseta larga que claramente no era suya. —Bill había cogido la costumbre de ponerse las camisetas de Tom y el de rastas sabía que aquello era una provocación—. Su cabello estaba suelto, un poco húmedo, y olía a shampoo de vainilla. Tenía los labios aún mojados por la cerveza que bebía directo de la botella.

Tom tragó saliva por semejante imagen, no podía negar que deseaba a su gemelo, por muy enfermo que sonara,  tal vez era el morbo de lo prohibido lo que hacía que aquello fuera aún más excitante.

—Jenga. Pero… no uno común.

Le lanzó la caja, y Bill la atrapó, con una ceja arqueada leyó las instrucciones y una sonrisa torcida junto a un ligero color rosado en las mejillas, se dibujaron en su perfecto rostro.

—¿Estás insinuando que lo juguemos tú y yo?

—¿Por qué no? —respondió Tom, recostado en el sillón, con los brazos detrás de la cabeza—. ¿Tienes miedo?.

Quería sonar lo más relajado posible, como si aquello no tuviera mucha importancia. Pero por dentro su pulso estaba acelerado.

Bill rió nervioso, pero algo brilló en su mirada. Algo peligroso. Pues sabía lo que aquello significaba.

—¿Y si terminamos desnudos y jadeando sobre esta alfombra?

—Entonces, ganó el juego.

Ambos sabían que no era solo una broma.

Sabían que, si ponían las manos sobre la torre, ya no habría vuelta atrás.

Y aún así, comenzaron explorando lo prohibido.

Se sentaron uno al lado del otro, tomando cerveza. Aparentando tranquilidad. 

Tom sacó el primer bloque. Lo giró y leyó con voz provocadora:

—»Lame cualquier parte del cuerpo del otro jugador.»

Su mirada felina se deslizó lentamente sobre el cuerpo de Bill. —Mientras que el pelinegro reía con nerviosismo—. Tom finalmente eligió la clavícula. 

Relamiéndose los labios. Se tomó su tiempo y su lengua salió con calma, caliente, dejando un rastro húmedo que hizo estremecer a su hermano de pies a cabeza.

Bill tragó saliva. Su respiración ya era distinta, no podía negarlo, Tom le ponía y muchísimo.

Cuando le tocó a él, el bloque decía: «Susurra en el oído del otro una fantasía que tengas con él.»

Se acercó al oído de Tom, tan lento, tan cerca, que su aliento le acarició la piel.

—A veces imagino que me tomas desde atrás mientras veo nuestras caras reflejadas en el espejo… —susurró Bill, con una voz baja y oscura que lo hizo sonrojarse.

Tom apretó los puños sintiendo cada parte de su cuerpo erizarse. Suspiro profundamente y cuando Bill se separó notó que su hermano lo miraba diferente, era un deseo puro, contenido.

El siguiente bloque que sacó Tom, lo animó bastante, tanto que solo pensar en hacerlo le había provocado una erección. 

—»Lame, chupa y muerde las nalgas de tu pareja».

Leyó aquello en voz alta y Bill se quedó quieto, mirando a Tom sin saber si debía dejarlo llegar a tanto. El rastudo, sonrió al ver la duda en el rostro de su hermano y lo retó.

—¿Qué pasa Bill, te rindes?

— Quisieras— le contestó desafiante.

Se levantó y se puso frente a Tom, se dió la vuelta, pero justo cuando iba a bajarse los pantalones de chándal, Tom lo rodeo de la cintura y lo atrajo más a su rostro, bajó de un movimiento rápido los pantalones de Bill y le dió una mordida suave en su nalga izquierda. El pelinegro suspiró, pero entonces sintió la lengua de Tom que empezaba a explorar, entre sus nalgas. Un gemido se escuchó salir de la boca del menor. El rastudo podía notar la respiración de Bill que se aceleraba.

Entonces lo soltó, antes de que perdiera el control y terminará el dichoso jueguito para empotrar a Bill contra la pared. El morbo de imaginar hasta donde llegarían lo motivaba para soportar un poco más.

—Tu turno Bill.

Bill tragó saliva apretando los ojos, respirando más rápido. Se levantó el pantalón para sentarse de nuevo al lado de Tom, que descaradamente se acomodaba abriendo las piernas para dar espacio a su dura erección.

Bill se relamió los labios y también acomodo su propia dureza.

Alargó su brazo y sacó otro bloque. 

— «Restriega tu culo en la intimidad de tu pareja».

Para ese punto ambos ya no pensaban en otra cosa más que: «penetración».

Volvió a levantarse y sin más fue directo al pene despierto de Tom.  Lo recibió acariciando su cintura, y tomó con ambas manos su cuerpo para dirigirlo hasta su pene. Bill inicio entonces con el rose, disfrutando de como Tom lo acomodaba.

Los movimientos eran cada vez más lentos. No por dificultad, sino por el deseo de alargar el juego, de provocarse, de empujar los límites sin romperlos aún.

Los bloques los hacían tocarse, susurrarse, sentarse en el regazo del otro, morderse, retarse con los ojos llenos de ganas.

Bill se mordía los labios. No quería admitir cuánto había deseado ese momento. No solo esa noche, llevaba semanas soñando con Tom, con su olor a madera y tabaco, con su cuerpo fuerte, con su voz ronca llamándolo «Billy» con intención sexual…

Cada vez que lo veía sin camiseta, cada vez que salía de la ducha con la toalla cubriendo su cadera se lo imaginaba encima de él, adentro, rompiéndolo de placer.

Tom también estaba al límite. Se obligaba a mantener la calma, pero cada vez que Bill lo miraba desde debajo de esas pestañas largas, quería empujarlo contra la mesa y arrancarle la ropa.

Para besar sus muslos delgados. Su vientre plano. Su boca…

Y entonces, Bill sacó el bloque definitivo.

—»Deja que el otro te use como quiera durante cinco minutos.»

Se quedaron en silencio. Solo se oía su respiración. La torre temblaba. Los ojos de ambos se encontraron. Y entonces… ya no hubo juego.

Tom lo alzó en brazos sin aviso, y Bill lo rodeó con las piernas. El beso fue como una explosión, húmedo, desesperado, sucio y lleno de necesidad.

Al llegar a la cama, Bill ya estaba desnudo. Tom lo tiró sobre las sábanas, desnudándose sin dejar de mirarlo. Se mordía los labios, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

—Eres tan malditamente hermoso…

susurró.

—Y tú, estás tan malditamente bueno.

Tom se arrojó sobre él. Lo devoró, besó su pecho, mordió sus costados, bajó lento, tan lento que Bill arqueó la espalda solo con el aliento que le rozaba el sexo.

Y cuando lo tomó con la boca, Bill gritó.

Tom lo disfrutó. Lo saboreó como si lo necesitara para vivir. Lo llevó al borde, y cuando Bill quiso correrse, lo detuvo.

—No todavía.

Lo preparó con los dedos, con la lengua, con paciencia. Y cuando entró en él, Bill gimió su nombre.

La cama crujía, los cuerpos sudaban. Los jadeos eran húmedos, constantes. Tom empujaba lento, profundo, con una mano en la garganta de Bill y la otra en su cadera.

—Eres mío —murmuró—. Mío desde antes de este maldito juego.

Bill le clavó las uñas en la espalda.

—Si, si Tomy hazme tuyo de verdad.

Tom lo hizo, lo montaba, lo nalgueaba, lo mordía y lo penetraba como Bill le exigía, ambos estaban cumpliendo su fantasía. Hasta que los dos explotaron juntos, con gemidos largos, con los cuerpos temblando, con el deseo cumplido y la piel marcada.

Horas después, entrelazados en la cama, la torre seguía intacta sobre la mesa.

—¿Quién ganó? —preguntó Bill, acariciando su pecho.

Tom rió suavemente, besando el cuello de su hermano.

—Creo que perdimos los dos… la ropa, la dignidad, el juego.

Bill lo miró.

—Yo no lo llamaría perder.

mientras volvía a subir sobre su gemelo que ya estaba duro otra vez. Entonces supieron que esa noche no acabaría con una sola partida.

F I N

¿Qué les pareció? Vamos a darle ánimos a la escritora a través de los comentarios 🙂

por admin

Traductora del fandom

Un comentario en «Toll por un juego»

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