Disclaimer: Hace rato mis musos no venían a mí, pero hoy volvieron con este songfic basado en “Left to My Own Devices” de mi grupo favorito, Pet Shop Boys, también tuve inspiraciones clásicas de tres de mis piezas clásicas favoritas.

No es necesario escucharlas para leer la historia, pero acompañan su ritmo y atmósfera.

Pet Shop Boys — Left to My Own Devices

Antonio Vivaldi — Winter (Las cuatro estaciones)

Claude Debussy — Clair de lune

Ravel – Bolero

Otras canciones de Pet Shop Boys (los jefes del Tom en este songfic), por si tienes curiosidad

The view from your balcony.

Love comes quickly

Shameless

«Left to my own devices»

(Fic TOLL de Crazy4Bill)

Tom nunca había sido de levantarse tarde. Lo fue después de Bill.

Como si algunas personas tuvieran la capacidad de alterar incluso los horarios más firmes sin proponérselo.

Parte 1

Vivaldi y Debussy

Tom era un exitoso productor musical de Parlophone Records; un prodigio de la producción desde que trabajaba en la extinta Spaghetti Records, que le dio la oportunidad de hacer versiones bailables y pegajosas para sus jefes, el mejor dúo británico del synth‑pop.

Era un chico solitario, de pocas salidas; le gustaba pasar los fines de semana en su apartamento, que tenía una vista estupenda al río Támesis y desde el cual podía apreciar todo Londres. Siempre estuvo de acuerdo con una frase de una de las canciones de sus jefes y la tarareaba: “Look at the view from my balcony, London through your eyes…”.

Añoraba poder compartir esa frase con la persona que amara, pero no tenía a nadie con quien compartir esa linda vista, y esa noche era una más de pensamientos similares. Tom solo suspiró, dio el último sorbo a su cerveza y acarició a su amado Durkas, su perro.

Finalmente aceptó la invitación de uno de sus colegas a una de esas fiestas algo clandestinas, en el sur de Londres, donde su amigo le prometía música hasta el amanecer, abundantes bebidas, carreras clandestinas de autos y quizá encontrar buena compañía. No quería verlo más triste y siempre le decía que eso era justo lo que le hacía falta.

Llegaron al lugar del encuentro, un punto que se revelaba solo el mismo día y se compartía con pocos participantes —aunque decir “pocos” era quedarse corto: solían ser entre cien y doscientas personas—. Y entonces Tom lo vio: el ser más hermoso que sus ojos avellana habían contemplado jamás.

Su amigo sonrió, feliz, pues notó de inmediato que Tom había sido flechado por el alma de la fiesta. Lo empujó suavemente para presentarlos; se sentía como Cupido.

Un tímido Tom extendió la mano cuando lo presentaron al hermoso Bill: alto, delgado, rubio “californiano”, como él mismo Bill se describió. El amigo de Tom sonrió aún más al notar que el rubio también había quedado flechado por su compañero; estaba seguro de que Tom era muy guapo debajo de esa gran barba y el cabello largo.

Tom sonreía desde el instante en que conoció a Bill, aunque la barba lo disimulara; sus ojos, en cambio, sonreían todavía más. Bill se movía como un pavo real, luciéndose ante él.

La música empezó y la fiesta fue un éxito, seguida de la carrera clandestina de autos, que llenó a Tom de adrenalina: la posibilidad de que la policía apareciera y los arrestara no hizo más que aumentar la emoción. Pasó toda la noche bailando, sonriendo y charlando junto a Bill; desde ese momento, no se separaron.

El sol de la mañana se coló por las persianas, acariciando el rostro de Tom. Los rayos le hicieron cosquillas en los ojos avellana y lo obligaron a levantarse. Tomó su celular y notó que eran las 10:30 a. m., una hora inusual para que estuviera apenas despertando.

Los recuerdos de la noche anterior volvieron en flashes: lo bien que la había pasado con Bill le dibujó una sonrisa que ni siquiera notó, y ese pensamiento lo hizo saltar de la cama.

Marcó el número que ahora encabezaba su lista de contactos.

—¡Hola, Bill! Soy Tom —dijo en cuanto el rubio contestó.

Hicieron planes para la tarde y Bill logró convencerlo de acompañarlo a otra fiesta. Trabajaba como relacionista público de algunos clubes; era conocido en ese medio y por mucha gente de la alta sociedad, así como por personas famosas. A veces incluso aparecía colado en alguna foto de los diarios, como The Sun o The Daily Mirror. Sus amigos más cercanos lo llamaban “party animal” porque podía permanecer hasta muy tarde en fiestas y eventos que él mismo organizaba, y rara vez se pasaba de copas. Siempre era muy profesional.

Tras despedirse, Tom suspiró y tomó The Sun. Le gustaba chismear sobre la farándula y el jet set, los shameless, como cantaban sus jefes en una de sus canciones. Vio un breve artículo en el que se hablaba del rubio que había estado acompañado de alguien la noche anterior. Soltó una carcajada, aliviado al notar que el fotógrafo no había logrado un buen ángulo y que su rostro no se distinguía.

Terminó de leer, sonrió con un dejo de sarcasmo y tiró el periódico a la basura. Bebió su té y se dirigió al baño.

—Bill es como Winter, de Vivaldi, y yo un Clair de Lune, de Debussy —murmuró.

Habían quedado en ir a Harrods a hacer algunas compras y reunirse con los amigos de Bill para planear otra de esas carreras.

Después de las miles de compras y de haber dejado todos los paquetes en el apartamento de Tom —porque estaba más cerca del sitio de la reunión—, partieron en el auto de Tom, ya que a Bill no le gustaba manejar, aunque comenzaba a gustarle hacerlo si Tom estaba a su lado.

Tom observaba cómo Bill hablaba con clientes y amigos, para él, no era un crimen mirarlo en la forma en que lo veía. Le encantaba verlo desenvolverse en ese ambiente en el que él aún no se sentía cómodo; estaba ahí solo por él. En su interior libraba una batalla: no quería ilusionarse ni permitir que le rompieran el corazón otra vez, y todo era demasiado reciente.

¿De verdad podía sentir todo eso tras solo tres días de conocerlo?

La angustia lo envolvió. Si se dejaba llevar, si quedaba a sus propios recursos, quizá podría decirle lo que sentía… o tal vez podría decirle adiós.

Suspiró mientras daba un sorbo a la cerveza fría, sin apartar la mirada del rubio.

—Sí, probablemente lo haría.

.

Parte 2

Bolero

Pasaron muchos días, semanas y algunos meses, y Tom era otro: más alegre, siempre tarareando alguna canción en la que estaba trabajando y produciendo. Su colega, de vez en cuando, lo molestaba e insistía en que se le declarara a Bill, pero Tom siempre evadía el tema; sentía que el rubio no compartía los mismos sentimientos.

Se sentía frustrado por no poder expresarse y empezaban a despertarse en él las ganas de estar a solas con el rubio, de probar esos labios provocativos. ¿Acaso las cercanías de Bill y perderse ambos en la mirada del otro eran una señal… o solo imaginación del de barba?

Tom seguía acompañando a Bill a la mayoría de sus eventos y fiestas. Muchos de los conocidos del rubio ya lo distinguían, lo saludaban y daban por sentado que eran pareja. Pero ninguno de los dos daba el primer paso.

Se estaba acostumbrando a verse fotografiado de vez en cuando con Bill y ya leía las notas de The Sun o The Daily Mirror como una más; solo estaba ahí por él. Aun así, no lograba encajar del todo. Siempre había sido un chico solitario, al que le gustaba ser héroe en su propia soledad: armar historias, jugar con su perro o simplemente quedarse en su apartamento, contemplando Londres, donde era el rey de su mundo. Aunque ese rey deseaba reinar con su “príncipe”.

Con el paso de los días, Tom comenzó a poner excusas para no asistir a las fiestas, alegando que trabajaba en la producción de un artista muy exigente. Aun así, Bill pasaba algunas tardes con él: le hablaba de su trabajo, de sus fiascos y de sus éxitos, mientras acariciaba a Durkas, que ahora amaba a Bill. Tom solo quería besarlo.

De nuevo se encontraba a sus propios recursos: decirle que lo amaba… o tal vez decirle adiós.

—Sí, probablemente lo haría—.

Tom empezó a evitar a Bill. El miedo de enfrentar ese sentimiento —y que fuera solo suyo— lo empujó a tomar distancia. No sabía qué sentía el rubio, ni se atrevía a preguntar o a decir lo que llevaba dentro. Se sentía un cobarde. Pero Bill tampoco se atrevía. Evitarse parecía la mejor defensa contra lo inevitable.

Una noche fría y lluviosa en Londres, Tom llegó a casa más tarde de lo habitual. El día de trabajo había sido largo; esta vez sí, un artista verdaderamente exigente lo había dejado agotado. Agradecía, en el fondo, no haber tenido tiempo para pensar en Bill.

En casa retomó la rutina de antes: saludó a su perro, recordó una discusión de pareja en la calle —celos, reproches—, encendió la televisión, se preparó una comida rápida, luego un té, retomó la lectura de ese best seller que le habían recomendado hacía más de un año, cambió el agua y la comida de Durkas. Todo para evitar pensar en el rubio.

Lo extrañaba demasiado. Y, de nuevo, la misma batalla interior.

De nuevo se encontraba a sus propios recursos: decirle que lo amaba… o tal vez decirle adiós.

—Sí, probablemente lo haría—.

La lluvia arreciaba; los truenos resonaban. Tom se sentía cada vez más inquieto, con la necesidad urgente de ver a Bill. Seguía luchando contra lo inevitable.

Sooner or later, this happens to everyone, recordó, y no pudo evitar admitir que sus jefes tenían razón.

En medio de su pelea interna, sonó el timbre. Durkas movió la cola con entusiasmo, reconociendo a quien estaba del otro lado. El corazón de Tom dio un salto.

Se levantó de golpe, cruzó el apartamento y abrió la puerta de un tirón. Allí estaba Bill, empapado por la lluvia, vestido justo como a Tom le encantaba verlo: jeans, camiseta, tenis. El rubio también parecía librar su propia batalla interna. (Par de idiotas).

Se miraron en silencio. Entonces Bill dio un paso al frente y lo besó: un beso urgente, profundo, cargado de todo lo que había callado.

Un trueno retumbó en el cielo y, por un instante, su luz los reveló hechos uno solo, como si el universo confirmara, por fin, lo inevitable.

F I N

Administración: Los PSB te inspiraron y nosotros agradecemos porque significa leer cositas tiernas de los chicos. Gracias Mafe por este cortito. MUAK

por Crazy4Bill

Traductora del Fandom

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