«Driving examiner»

(One-Shot de TollWriter)

El vehículo aguardaba en la acera, y el muy descuidado y perezoso rubio no salía de su enorme casa. Georg miraba una y otra vez su teléfono; había llamado a Bill hace más de media hora, y el descarado de su amigo ni siquiera había contestado. Bufó sonoramente cuando su nueva llamada entrante pasó a perdida; el rubio contestaba una sola vez, y el resto de las llamadas eran inútiles. Dejó su teléfono y esperó; era el único que le tocaba.

Minutos después, Bill caminaba alegremente hasta el auto estacionado y veía a su amigo dormir. Sonrió malicioso y pegó un grito cerca de su oído.

—¡Demonios, Bill!— se quejó el ojiverde, tocando sus preciosas orejas.

Mientras que Bill solo se montó de copiloto para ver su imagen en el espejo del auto.

—¿Qué tanto te arreglas si solo es la prueba de conducción?— murmuró, saliendo de la zona de parqueo y tomando la carretera.

Aunque parezca extraño, Bill jamás había hecho una prueba de estas. Su licencia la había obtenido en Alemania, y en circunstancias un poco cuestionables, lo que muy probablemente significaba que estaba conduciendo su auto ilegalmente en las calles de Los Ángeles.

Con un poco de sensatez, más de parte de su amigo que de sí mismo, se inscribió para poder tenerla. Bill pensó que se la darían por el hecho de que llevaba en Los Ángeles más de 22 años y que tenía su licencia alemana, pero para la DMV de Los Ángeles no era una opción viable. Así que obligó al rubio a hacer papeleos, aprobar el examen virtual y el examen de la vista. Solo faltaba el examen de manejo práctico con un tutor especializado.

—Es por si acaso, uno nunca sabe cuando tenga que emplear mis métodos— sonrió sin tapujos cuando su amigo entendió.

Acomodó su cabello rubio y largo, puso un poco de maquillaje y arregló sus labios perfectamente carnosos.

—Listo—

—Muy bien, porque ya llegamos—

—Deséame suerte—

—Espera, ¿ese no es el instructor que…?—

—Sí— sonrió descaradamente y bajó.

—Bill— llamó bajito Georg, ya que el instructor estaba muy cerca.

Cuando el rubio rodeó el auto para acercarse, expresó:

—Es el instructor más rígido y el más preparado; te hará trizas… otra vez—

—Muy gracioso, Geo… Y por eso debo emplear otros métodos—. Su dedo índice fue a parar a su boca para chupar y simular una mamada.

Geo abrió los ojos como platos, pero no pudo detener a su amigo. Lo vio acercarse al instructor, pero dio marcha atrás en su auto y se fue.

Bill caminó lo más sexi que pudo hasta llegar junto a su instructor, que solo revisaba su planilla para comenzar el día.

—Buenos días, señor Wieger; es un gusto saludarlo… de nuevo— saludó el rubio.

—Gracias por aceptar… de nuevo ser mi instructor—

—No tuve opción… ¿comenzamos?—

—Claro—

El instructor asintió; por mucho que conocían el protocolo, debía hacerlo al pie de la letra. Así que el instructor se presentó.

—Mi nombre es Tom Kaulitz, certificado por la DMV para ser su instructor, con más de veinte años de experiencia en el manejo de vehículos y normas de tránsito. Sea bienvenido, señor Wieger, a su prueba de manejo… en realidad, a su quinta prueba de manejo—. Sonrió irónicamente y apuntó ciertas cosas que Bill no pudo ver por más que intentó. —¿Quiere subir al vehículo?

Bill obedeció a la petición y casi orden de su instructor. Se colocó el cinturón y esperó.

—¿Trajo la documentación?—

—Claro, Tom—. Bill sacó sus documentos, pero Tom lo frenó.

—No es necesario; en estas cinco veces me he memorizado su NIT—. Bill hizo una mueca; la actitud de su instructor lo estaba cansando. Pero definitivamente era agradable ver a ese adonis dar órdenes con su ceño fruncido. Claro que quería recibir órdenes, pero en la cama y bajo las sábanas. Rio por la imagen mental, pero fue desechada cuando su instructor carraspeó su garganta.

—¿Sabe dónde está su freno de mano o de emergencias?—

—Aquí—

—Muy bien, lo memorizó—. Anotó algo y siguió. —Ahora, enséñeme sus señales de mano y explique para qué son

—Este es para un giro izquierdo, este para el derecho y este es para el alto.

—Señale los limpiaparabrisas—

—Aquí—

—¿Intermitentes de emergencias?—

—Aquí—

—¿Los faros? ¿Cómo enciende las luces?— Bill indicó orgulloso por estar haciendo lo correcto. —Perfecto… creo que esta vez sí estudió, Bill… Ahora, accederé al vehículo—

—Lo que tú quieras—. El tono seductor que empleó el rubio hizo erizar los pelitos de la nuca del instructor. Tom no era ajeno al coqueteo de su cliente, pero era muy correcto en su trabajo. Subió al auto de entrenamiento y ordenó al rubio salir del estacionamiento para recorrer las calles transitadas.

—Doble por aquí—. Tom dio una nueva orden, pero el rubio lo que hizo fue derrapar, haciendo un giro brusco y ganándose unos cuantos pitidos de los demás autos.  —Punto negativo—

—¿Qué? ¿Y por qué?—

—Y vas a preguntar—. Tom riñó, negando con su cabeza. 

—Así lo hacemos en Alemania.

—No estás en Alemania, Bill; aquí es diferente—

—Pues me ha funcionado estos 22 años—

—Sinceramente, no sé cómo te dieron la licencia en Alemania—

—Usé el camino fácil—. Expresó sin ningún tipo de vergüenza.

—El camino fácil es… lo que me imagino—. Bill sonrió por la reacción de su instructor y asintió, mordiendo su labio inferior.  —Le diste dinero—. Tom murmuró, alarmado.

—¡No, tonto!… Lo siento… No, Tom. Le chupé la verga—. Su instructor se asombró, pero era lógico que la hubiera obtenido con métodos fraudulentos.

Bill fijó su mirada coqueta en los ojos miel de Tom, y por un momento, fueron los dos en una burbuja. Pero…

—¡Cuidado!—. Alarmó a Bill, que se había olvidado de que aún conducía y casi… casi se pasó un semáforo rojo.

—¡Rayos! Estuve a punto—

—Otro punto negativo—

—¡¿Qué?! Fue su culpa por distraerme—

—En las calles hay muchas distracciones; tienes que estar muy alerta—. Bill negó con la cabeza; si fallaba una tercera vez, perdería el examen y nuevamente tendría que hacer todo el procedimiento. No le molestaba, pero era muy costoso.

El semáforo cambió a verde, y el vehículo que iba adelante no avanzaba. El rubio oprimió con desespero el claxon hasta que los tímpanos de Tom dolían.

—Es suficiente—

—Ese no se quiere mover—

—Seguramente tiene algún problema—

—El problema lo va a tener si no se mueve—. Lo último lo gritó, saliendo por la ventanilla, mientras que Tom anotaba en su planilla.

—¡Muévete, inútil!—. Gritó de nuevo el rubio, saliendo finalmente del auto. Tom lo vio y, antes de salir, anotó en la hoja completamente llena.

—No sabes conducir, rubia—. El tipo del Nissan era alto y fornido, pero a Bill le importó muy poco. 

—El que no sabe eres tú. Vamos, mueve tu chatarra de allí—

—Es un Nissan.

—Es una chatarra.

—Vamos, Bill— El castaño intervino porque el tipo era enorme. 

—Cuida a tu novia, no vaya a ocasionar un accidente.

—Si, como digas, cara de rata—. Bill se subió al auto, dando un portazo, y Tom pasó la hoja de su planilla para seguir anotando. Si seguía así, iba a perder la oportunidad de….

—De acuerdo… —Comenzó a decir más calmado, y viendo que el tipo del Nissan despejaba su vía, encendió de nuevo el auto y condujo más despacio. —Hablemos—

—¿Hablar? —

—Sí, por ejemplo, ¿estás casado? —Indagó Bill, viendo la carretera.

—Ya sabes que sí, y sabes que amo a mi esposo. No sé por qué me haces siempre la misma pregunta.

—Bueno, tengo la esperanza de que algún día me digas que te estás divorciando.

—Eso jamás pasará, Bill.

—Está bien, me quedó claro. Es un tipo afortunado—

—Ambos lo somos. Así como tu pareja es afortunada por tenerte a ti.

—Y yo por tenerlo a él. Pero no quiero hablar de eso, no en este momento—

—Creo que es mejor que terminemos el examen. Sinceramente, no creo que lo pases. Así que detente aquí y dame el volante—. Bill no se quejó y se bajó cuando estacionó muy mal en las calles. Tom no dudó en anotar en su planilla el nuevo punto negativo.

Cuando cambiaron de puesto, el instructor condujo por calles desiertas hasta que Bill se dio cuenta de que estaban muy lejos de la ciudad.

—¿A dónde estamos? —Preguntó cuando su instructor se estacionó en un lugar muy solitario, como un paraje desierto.

—Si quieres pasar el examen, ya sabes lo que tienes que hacer—. Tom desabrochó sus pantalones, bajando hasta las nalgas. Bill vio cómo su instructor sacó su erección, muy dura y muy húmeda. No se alarmó, claro que no, pero sí le pareció extraño. Su instructor muy poco accedía a sus coqueteos, y ahora le estaba pidiendo una mamada.

—¿En serio? —Miró a todos lados, buscando una cámara, pero lo que había era naturaleza. —No podría soportar que estuviera jugando conmigo, instructor.

—No es un juego.— Tom acarició los labios de Bill metiendo un poco los dedos en su boca, lo tomó por la nuca y lo jalo para que quedará frente a su erección. —chúpala, cómo se lo hiciste a ese instructor en Alemania.

 Bill sonrió por supuesto que lo haría y se aseguraría que fuera la mejor experiencia de su sexi instructor. Saboreó primero la punta para quitar rastro de las gotas de semen que salían por el glande. Jugó con la punta con su lengua, pero Tom necesitaba otra cosa.

—Trágatela— susurró inaudible; sin embargo, el rubio escuchó perfectamente. Pero como Bill es, Bill continuó jugando a las lamidas. Tom bufo y lo levantó por su hermoso cabello. —Trágatela— volvió a ordenar el castaño.

—No estaría mal un beso primero— el rubio pidió lamiendo sus labios.

—Esto es solo una mamada, Bill, nada de besos y nada de caricias.

Bill sonrió y asintió —eres muy dominante, me gusta.

—Shhh y trágatela toda.

—Eres muy grande —ronroneó Bill.

—Y tú, muy hablador—. 

Bill no esperó un segundo regaño y tragó la carne dura y erecta de su instructor, haciendo que este echara su cabeza hacia atrás y cerrará sus ojos para disfrutar de la lengua y las succiones que Bill le estaba dando. En muy poco tiempo el auto fue testigo de los gemidos de que ambos hombres soltaban por sus bocas. Bill dulces y delicados, Tom feroces y roncos, pero ambos disfrutando del sonido contrario. Los espasmos de Tom le avisaron que su orgasmo llegaría pronto, pero no quería venirse en la boca de su cliente así que lo apartó como pudo y lo miró Bill estaba sonrojado, con sus labios hinchados y a pesar de tener el cabello revuelto se veía realmente hermoso, no lo pensó dos veces y estampilló sus labios a los contrarios en un beso sucio y rudo, pero que los hacía gemir de placer.

—Quítate el pantalón — ordenó Tom, pero al ver los movimientos torpes de Bill, tomó el borde y los rompió haciendo volar los botones y el cierre quedar sin utilidad. Bill se iba a quejar, era un traje de Valentino, pero se distrajo cuando Tom bajaba lo que quedaba de su hermoso pantalón gris con destellos de plata. Cuando los saco del todo, los tiro en la parte trasera para luego comenzar con la camisa del rubio. Igual de desesperado, igual de rudo.

—Espera, no dijiste que era una mamada, solamente — se quejó el rubio viendo cómo nuevamente los botones salían disparados de su camisa. 

—Eres una zorra caliente que me andas provocando con tus insinuaciones.

— yo no…

Bill se vio obligado a callar cuando su instructor lo volteó dejándolo en cuatro en el asiento, tomó la palanca para bajar el espaldar y así acomodarse bien. El rubio casi sale por la ventana cuando sintió los dedos de su instructor rodar su tanga para luego sentir cómo se hundía entre sus glúteos. Tom saboreó todo el rosado orificio del rubio que, como podía, se sostenía de los brazos de su asiento.

—Rayos Tom métela ya— rogó cuando su instructor alternaba su lengua con los dedos húmedos en su entrada dilatada.

—Eso perra, ruega… ruega que te coja duro.

—No te atrevas hacerlo despacio.

—Si has visto lo que te vas a comer, mañana no podrás levantarte.

—Correré ese riesgo, así que cógeme duro, señor Kaulitz.

—Oh… te vas a arrepentir por sus deseos, señor Wieger.

Tom se separó para bajar completamente su pantalón y ropa interior, escupió su mano para lubricar su erección, tomó a Bill de las caderas y lo hizo a un lado para poder el acomodarse en el asiento, palmeó sus piernas y Bill como un sumiso obediente se subió a horcajadas.

El castaño lo recibió con otro beso desesperado y lujurioso, bajo su boca al cuello del rubio, mientras que este se empalaba solo y comenzaba a dar brincos un poco rudos. El rebote de las nalgas de Bill en las piernas de Tom lo hacía más excitante. El sonido del chocar de pieles era melodía para sus oídos. Bill se apoyó en el espaldar y agilizó los movimientos. Ya los espasmos subían por su vientre y era cuestión de segundos que se liberará.

—voy a correrme Tom.

—Yo, igual bebé, corrámonos juntos.

Bill contrajo su entrada cuando chorros de semen salieron por su orificio y con eso Tom pudo encontrar su liberación. Tomó la palanca y declinó más su asiento y atrajo consigo a Bill para regular su respiración.

—¿Pasé el examen?—preguntó el rubio cuando por fin pudo hablar.

—Creo que no.— Tom sonrió.

—es usted muy malo señor Kaulitz— el rubio subió para darle un beso y luego volvió a refugiarse en el pecho de su instructor. 

—mi esposo no piensa eso.

—su esposo está locamente enamorado de usted.

—y yo de él, como quisiera tenerlos a los dos en la misma cama.

Bill río bajito, y alzó la mirada para encontrarse con los ojos mieles.

—los tienes a los dos— finalmente dijo el rubio recibiendo el beso que su instructor le daba.

—Te amo Bill.

—Te amo Tom.

Las caricias no cesaban en la espalda desnuda del rubio que dormitaba en los brazos de su instructor, pero unos golpecitos en la ventana los hicieron removerse. Tom tapó como pudo la desnudez de su cliente, pero el oficial era insistente. Como Tom era el que estaba más decente, bajó su vidrio para ver al oficial.

—¡Rayos, Gus! Nos asustaste.

—Ya pasaron las cuatro horas.

—Sí, lo sentimos. Esta vez tuvimos un inconveniente.

—Ustedes son la pareja más extraña que he conocido.

—¿Por qué? ¿Porque nos gusta hacer cosas excitantes? —Tom salió del auto para colocar su pantalón.

—Hacer parecer que no se conocen en un examen de manejo para terminar cogiendo en un auto del estado… ¿es excitante para ustedes?

—Sí.

Bill también salió del auto para acomodar su camisa.

—Como sea, allá ustedes y sus fetiches. Ya cumplí con mi trabajo, y agradezcan que amo a Georg, porque esto lo hago por él.

Se dio la vuelta para subir a su patrulla, pero antes dijo:

—Ah, Bill, ya Zack y Mike están con Andy y Taylor.

—Gracias, Gus.

Se despidieron y vieron cómo su amigo daba vuelta para volver a la ciudad.

—Ya vamos, bebé. Tengo una prueba en media hora.

Bill subió de piloto y salió del paraje para volver a la realidad, donde eran un matrimonio de 20 años y con tres hijos: Andreas, de dieciocho; Taylor, de quince; y la princesa de la casa, además de los gemelos Zack y Mike, de cinco años.

No era que les aburriera su vida «normal»; eran felices con sus hijos y su hogar, pero siempre les faltaba la adrenalina que corría por sus cuerpos como la primera vez que Bill chupó la verga de Tom hace mucho tiempo atrás, en una prueba de manejo en Alemania.

F I N

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por TollWriter

Escritora del Fandom

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