Intervención divina 7

Fic de ophelia_seven. Traducido por OuterSpace

7. Todavía respirando

Bill taconeó su pie contra el piso del auto mientras pasaba zumbando al lado de otros carros, edificios, gente y animales. Estaba nervioso, estaba ansioso, estaba emocionado. Su madre lo estaba llevando a la oficina del doctor, y esperaban a que les dijera que Bill ya estaba sanado y que podría retirar el yeso. El brazo de Bill hormigueó con sólo pensar que por fin podría ser descubierto.

Aunque sólo había llevado el yeso por algunas semanas, se sentía como si hubiera pasado una eternidad. Era pesado, llamativo y estorboso. Bill había logrado encontrar una forma de moverse con él, pero no había nada que extrañaría acerca de todas las inconveniencias de traerlo puesto. No extrañaría la forma en la que a veces se despertaba a la mitad de la noche cuando rodaba encima de él, o cómo había tenido que tomar precauciones extras cuando se bañaba, o incluso toda la atención que atraía de las personas en la escuela.

Mientras su madre seguía navegando por la ciudad, Bill levantó su brazo para admirar la obra de arte que rodeaba  toda la circunferencia. Una mañana, había despertado temprano encontrando a Tom sentado en la cama a su lado con un marcador sharpie en su mano y un aspecto de culpabilidad en su rostro. El yeso había sido cubierto misteriosamente con varios patrones: líneas, estrellas y enredaderas. Las primeras palabras que salieron de la boca de Tom habían sido: “yo no fui”, pero sus ojos habían dado la impresión de que sabía que Bill, no debería, y no le creería.

—¿Estás nervioso?

Bill rompió contacto visual con su yeso adornado para voltear a ver a su madre, dejando caer su brazo de vuelta a su pierna. Sentada en el asiento del conductor, se veía tensa, sus manos agarraban el volante tan fuertemente que sus nudillos estaban blancos. Ella le echó una mirada, y después volteó rápidamente hacia enfrente. Siempre había sido la más cuidadosa en la familia, equilibrando la torpeza de Bill y el lado aventurero de su papá. La mujer nunca había querido que Bill obtuviera su licencia para conducir, en primer lugar; aunque todavía no le había dado su bien merecido “te lo dije” desde el accidente, fuera su culpa o no.

—¿Por lo del yeso? —preguntó Bill para clarificar.

—Sí, bueno —concordó con un ligero asentimiento—, eso o, en general, por ir al doctor; o incluso por estar en un carro después de lo de… tú sabes.

Bill observó a su madre morderse el labio nerviosamente y después pensó en las palabras que le había dicho. Había logrado salvarse de un accidente bastante serio. ¿Debería ponerse nervioso al estar dentro de un auto? Porque en realidad, no lo estaba; y no estaba seguro de si esa era una reacción natural que debería tener alguien que había estado en ese tipo de accidentes.

—No sé —respondió despacio, y después tartamudeó. Nunca había sido de mentirle a su mamá, y no iba a empezar en ese momento, pero no podía contarle acerca de Tom. ¿Qué le diría? “Ah, oye, mamá. Hay un chico que se ha estado apareciendo en mi habitación desde lo del accidente. Al principio pensé que sólo se trataba de una alucinación, pero siguió apareciéndose, incluso después de que dejara de tomarme los medicamentos, y ahora somos muy buenos amigos”. Probablemente, su madre lo enviaría directo al psiquiátrico para averiguar lo que estaba mal con él. En vez de eso, dijo algo que, al menos, estaba algo relacionado con la verdad—. Relaciones inusuales.

—¿Como cuáles? —incitó su mamá, sin estar segura de lo que significaba eso, y no era sorpresa. El concepto a veces no era fácil de entender, ni siquiera para Bill; a pesar de que vivía esa realidad todos los días.

—Como… no lo sé. Estamos leyendo Romeo y Julieta en clase, y el Sr. Austin quiere que escribamos un ensayo acerca de cómo nuestra idea de una relación perfecta podría ser diferente de la que tienen nuestros padres.

—Entonces, como si fueras a salir con un chico… —dijo su mamá, intentando comprender; sus ojos apenas y se apartaban del camino mientras disminuía la velocidad por el tráfico y volvía a acelerar.

—Supongo, pero estaba pensando en algo un poco menos convencional —dijo Bill y mordisqueó su labio, preguntándose qué tan lejos debería llevar la conversación que estaba empezando a tantear cuidadosamente. Su madre se quedó en silencio, aunque, en espera a que continuara, así que lo hizo, de forma cuidadosa y desenfadada—. Algo más como si alucinara a un chico y empezara a salir con él.

Bill se relajó y se tensó al mismo tiempo cuando escuchó que su madre se rio desde el asiento del conductor.

—Ay, cariño, si quieres salir con tu amigo imaginario, adelante —no lo estaba tomando en serio; ¿y por qué debería? A Bill apenas y le cabía en la cabeza.

Su estómago se hizo nudos por la reacción, y dejó caer su cabeza contra la ventana a su lado. Todo este asunto de Tom era muy complicado, y ni siquiera estaban saliendo juntos.

&

Bill observó un poster al azar del sistema nervioso que estaba pegado a la pared del cuarto de examinación en la oficina del doctor, mientras su madre bombardeaba al doctor con lo que fuese que estuvieran hablando. A Bill le habían quitado el yeso; su brazo se sentía fabuloso, y lo que quería era irse a su casa y disfrutarlo, no estudiar un poster con entrañas humanas. Arrugó su nariz, preguntándose por qué no podían haber puesto un cuadro bonito en lugar de eso. Algo para distraer a la gente del hecho de que estaban en la oficina del doctor.

—Has sanado muy bien, Bill —dijo el doctor, y Bill sacudió sus pensamientos, volteando a ver al hombre que traía puesto un saco blanco y que estaba de pie frente a él con un sujetapapeles en sus manos y una sonrisa en su rostro—. Probablemente ya lo escuchaste un millón de veces para este momento, pero eres un chico muy suertudo.

Bill le asintió al doctor de edad media; su cabello medio canoso le hacía parecer más viejo y sabio. Sí que lo había escuchado ya un millón de veces, pero eso no cambiaba lo infortunado que él se sentía con esa situación. La única cosa buena que había salido de todo eso, había sido Tom, pero Tom también era la cosa más confusa por la que había pasado.

—¿Cree en los ángeles guardianes? —las palabras se tambalearon de su boca sin filtro alguno, y se sintió tonto en un instante. Los ojos del doctor y de su madre lo veían mientras se sonrojaba.

—Claro que sí —respondió el Dr. Cook inmediatamente, posando una mano pesada pero gentil sobre el hombro de Bill—. Y tú también deberías. Tienes uno increíble que salvó tu vida.

En la oficina, Bill había sonreído amablemente y había asentido a sabiendas de eso,  debía aceptar que Tom en verdad era bastante asombroso; pero en el auto, de camino de vuelta a casa, Bill sólo pudo repetir en su mente esas tres palabras una y otra vez. Salvó tu vida. Por supuesto, sabía que esencialmente eso era lo que Tom había hecho. Había estado ahí para evitar que saliera herido. Pero Bill nunca había pensado en ello tan abiertamente. De no haber sido por Tom, su ángel guardián, tal vez hubiera terminado salpicado a un lado de la carretera. No hubiera sido capaz de vivir para contarlo.

—¿Seguro que estás bien, cariño? —preguntó la madre de Bill por centésima vez en los diez minutos desde que se habían ido de la oficina del doctor. Cada vez, Bill asentía, pero escasamente había podido construir una respuesta auditiva. Por primera vez desde el accidente, sentía como si apenas estuviera haciéndose a la idea de lo que había sucedido. Pudo haber muerto. Pudo romperse mucho más que sólo su brazo.

—Estoy bien —dijo; fueron las primeras palabras pronunciadas en el viaje de vuelta a casa, pero ni siquiera pudo mirar a su madre cuando las dijo. Sus ojos permanecieron fijados a la ventana a su lado, viendo pasar los edificios y la gente. Pudo no haber experimentado nada de lo que había sucedido en las últimas semanas. Pudo haber muerto—. Sólo estoy muy cansado.

¿Siempre le tomaba tanto tiempo asimilar las cosas?

—Has estado muy ido todo el día —concordó su madre con un leve mensaje de preocupación de fondo—. Tal vez deberías irte a dormir un poco cuando lleguemos a casa.

Bill sólo pudo asentir con la cabeza. Tal vez dormir era exactamente lo que necesitaba. Tal vez cuando despertara, su vida volvería a la normalidad, de la forma en la que había sido antes del accidente. Pero entonces, ¿realmente era eso lo que quería?

—No  sé —murmuró; sus ojos permanecieron fijados al vidrio que lo separaba del resto del mundo; sus palabras tuvieron un doble significado para su madre y para sus propias preguntas no expresadas—. Tal vez.

&

Pronto, después de haber regresado a casa, Bill se dio cuenta de que no hubiera podido ser capaz de recostarse y tomar una siesta; incluso si hubiera querido. Las palabras del doctor retumbaban fuertemente en sus oídos, hacían eco en cada receso que su mente tenía.

Tom había salvado su vida.

Bill subió a su recamara y se estiró sobre su cama cuando volvieron a casa del viaje a la oficina del doctor. Levantó su cabeza para ver su antiguo brazo roto, disfrutando el hecho de que ahora estaba curado. Los dedos de sus pies se flexionaron hacia el pie de la cama, y un suspiro cansado y de satisfacción se deslizó de sus labios. Estaba en su derecho de tomar una siesta y recuperar algo de sueño, pero en el minuto en el que cerró sus ojos, todo se terminó. Vio su auto, abollado y arruinado; vio sangre y cristales rotos. Vio a Tom cerca, a Tom sacándolo de los restos, a Tom salvando su vida.

¿Fue así como sucedió? ¿Fue todo parte de su imaginación? ¿Había alguna forma de saberlo?

Bill no podía estar seguro de nada ese día. Todo lo que sabía era que ahora estaba atascado con un chico llamado Tom que iba y venía, y que olía a fruta y dulces. Tom, a quien no podía sentir, pero quien podía ser amigo de su perro. Tom, el que venía y dejaba dibujitos en sus cuadernos, limpiaba su habitación y le hacía compañía cuando se sentía solo.

Bill sacó sus pies de debajo de su manta y contoneó sus dedos, sonriéndose a sí mismo al pensar en todas las cosas que podría hacer porque todavía estaba vivo. Podía ir a comprar helado en la tienda que estaba a la vuelta de la esquina, todavía podía sacar a pasear a Charlie y premiarlo con galletas para perro cuando se portaba muy bien. Todavía podía tocar su nariz con la punta de su lengua, y contonear los dedos de sus pies. Podía respirar, y comer, y dormir, y reír, y hablar… porque todavía estaba vivo.

La importancia de lo ocurrido había llegado y caído encima de él tarde, pero seguro. Un día había sido sólo un chico que había estado en un accidente de autos, y ahora era muy afortunado. Estaba vivo. Había sobrevivido a un accidente que, ante toda posibilidad, debió matarlo. Y tenía un ángel guardián cuidándolo. Pensó que, tal vez esa era la razón por la que no sentía miedo de sentarse en un carro. Porque muy dentro de su corazón, sabía que Tom estaba ahí, cuidando de él. ¿El ángel estaba ahí siempre? ¿O era algo que pasaba sólo de vez en cuando?

Sentándose derecho contra el cabecero de su cama, Bill decidió probarlo.

—Tom —susurró en voz alta en su cuarto vacío. Después de que la palabra pareciera desvanecerse, Bill lo dijo nuevamente, esta vez, un poco más fuerte—. Tom.

Sus ojos escanearon la habitación, buscando por pistas sutiles. ¿Cómo podía saber cuándo Tom estaba por ahí y cuándo no? ¿Se suponía que siquiera estaba supuesto a saberlo? Imaginó que probablemente no, pero de todas formas, quería saberlo. Quería que Tom estuviera cerca todo el tiempo, no sólo en los momentos en los que Bill lo necesitaba.

Cuando Tom no se reapareció con la segunda vez, intentó una tercera y última.

Tom —dijo, y no se molestó en susurrar ni bajar su voz.

—¿Qué? Por dios, Bill —Bill volteó su cabeza rápidamente a la fuente, y encontró a Tom de pie junto a él, mirando hacia abajo y acomodándose su camisa holgada; jadeando como si acabara de correr un maratón y hubiera arrugado su camisa. Levantó sus ojos para ver a Bill—. No puedes ir por ahí sólo llamándome de esa forma.

—¿Por qué no? —Bill quiso saber. Había funcionado, ¿no? Tom estaba ahí con él.

—Porque no se supone que puedas hacerlo —dijo Tom, y sus ojos volvieron a un tono oscuro de decisión—. Se supone que no funciona de esa forma.

En vez de decir, “pero funcionó”, Bill se contuvo y al menos tuvo la decencia de parecer apenado, en vez de orgulloso y victorioso como se sentía.

—Oh. ¿Te meterá en problemas? —ciertamente, Bill no quería ser la razón por la que Tom se metiera en problemas con quien fuera ese tal GP del que siempre hablaba.

Tom se encogió de hombros, sus manos alisaron su camisa una última vez antes de sentarse en el borde de la cama de Bill, a un lado del chico que lo había llamado, y Bill se maravilló por la forma en la que el colchón no se hundió bajo su peso.

—Tal vez. Tengo un localizador que me dice cuando en verdad me necesitas —asombrado, Bill bajó la vista para ver el aparato de plástico negro que Tom tenía en su mano. Era otra pieza faltante en el rompecabezas que Bill estaba intentando armar en su cabeza, y prácticamente salivó con la información—. Se supone que se enciende cuando estás en problemas, pero no lo hizo. Pero te escuché decir mi nombre, lo que es algo raro, porque no recuerdo que nos hayan dicho eso en ninguna de nuestras lecciones.

—Ay, como si pusieras atención a tus lecciones —molestó Bill, sus ojos encendidos con algo parecido a flirteo, lo cual lo sorprendió incluso hasta él mismo. Él no era coqueto; nunca lo había sido y nunca había tenido la intención de serlo. Pero con Tom, sólo pasó naturalmente, como una reacción instintiva a su diferente, y muy particularmente personalidad calmada e inquisitiva.

—¡Já! —se mofó Tom en defensa propia, pero su mirada fue suave cuando lo volteó a ver con sus ojos color chocolate. Su expresión hostigada no duró mucho, y al contrario, pronto volvió a lo principal—. ¿Qué necesitas?

—¿Qué estabas haciendo antes de venir?

Tom se inclinó, manteniendo sus ojos nivelados con los de Bill.

—¿Es una broma? —preguntó—. No me llamaste hasta aquí sólo para preguntarme qué estaba haciendo, ¿verdad?

—Pues, no —concordó Bill inmediatamente—; pero tengo curiosidad. Quiero saber qué haces cuando no estás aquí.

Tom volvió a hacerse para atrás, negando con la cabeza por la curiosidad de Bill. Nunca había conocido a alguien que hiciera tantas preguntas, que quisiera saber tantos detalles mundanos.

—Estaba alistándome para salir con Andi, para buscar algo qué hacer.

—¿Ya no está enojado contigo? —cuestionó Bill, recordando que Tom le había dicho que el ángel rubio estaba encabronado con él por algo, por alguna razón que no podía contarle a Bill.

—Nah —Tom sonrió con suficiencia por eso, metiendo su localizador de vuelta a su bolsillo—. Nunca se queda enojado por tanto tiempo.

Distraídamente, Bill se rascó su brazo y pensó en su grupo de amigos. Era un grupo pequeño, y él no era cercano a ninguno de ellos. Ninguno de ellos sería tan indulgente si Bill los metiera en problemas. A duras penas se habían molestado en preguntarle acerca de su accidente, su brazo roto, y cómo estaba llevando todo el asunto.

—Debe ser un buen amigo —dijo, y aunque intentó esconderlo, su voz traicionó lo bajo que su humor había decaído con la añoranza de tener una relación cercana como esa.

—Sí, lo es —aceptó Tom, moviéndose en la cama junto a Bill. Si Bill hubiera sido capaz de sentirlo, hubiera sentido que sus brazos se tocaban, presionándose juntos con calidez y un sentimiento de compañía. Pero Bill no podía sentirlo, así que no sintió la calidez que radiaba del chico enrastado junto a él—. Y hablando de amigos, ¿ qué necesitabas?

La voz de Tom sonó intencionada y penetrante, dirigida a Bill con un tono sensato.

—Yo… —Bill empezó y dejó salir un soplo de aire para quitar algunas mechas de cabello de su cara. De repente, se sintió tonto por haber hecho que Tom fuera hasta ahí cuando, en realidad, no tenía nada importante qué decir. Realmente no necesitaba a Tom en ese momento; sólo quería que estuviera ahí para aliviar la soledad que a veces sentía. No tenía muchos amigos, y desde que su padre había muerto, su madre salía más, trabajando incansablemente para cuidar de ambos. Por mucho tiempo, Charlie había sido el principal amigo de Bill, pero Charlie nunca contestaba; así que hasta eso era un esfuerzo ineficaz—. Ya me quitaron el yeso.

Tom le sonrió a Bill, sus ojos se encendieron junto con la emoción de Bill mientras éste levantaba su brazo para mostrarle.

—¡Lo sé! —dijo, y su emoción parecía tan sincera que Bill finalmente pudo sentir la calidez que Tom estaba emitiendo—. Ahora podrás ser como el resto de nosotros, los seres de dos brazos.

A pesar de la sonrisa que Bill tenía en su rostro nunca flaqueó, entrecerró sus ojos.

—Como si pudieras llamarte un “ser” a ti mismo —disparó, y fue tomado por sorpresa por la genuina caída que se vio en los ojos y en la boca de Tom.

—Yo soy un ser —dijo—. Un ser es algo que existe, y yo existo.

—¿Ah sí? —fue la reacción inmediata de Bill, y nuevamente, se arrepintió. Pero antes de que Tom pudiera responder, Bill se disculpó rápidamente—. No, lo sé. Lo lamento. Debería ser más bueno contigo… especialmente porque me salvaste la vida.

—Bill —dijo Tom, negando con su cabeza ligeramente como si quisiera evitar una protesta que quería salir de su boca.

—Estuviste ahí, ¿verdad? —Bill enfrentó la sospecha que había tenido antes. Aunque fue expresada como una pregunta,  el tono había sido confiado y seguro. Estaba esperando a que Tom lo negara, que dijera que no había estado ahí, pero mantuvo su boca cerrado, sus labios se apretaban en una línea fina—. Me sacaste del carro y estuviste conmigo en la ambulancia.

—Bill, no puedo…

Bill ahuyentó la protesta con un movimiento de su mano.

—No puedes hablar de eso, lo sé —dijo Bill, sus labios volvieron a levantarse en una sonrisa. El lenguaje corporal de Tom lo decía todo. Repentinamente, todas las imágenes que habían estado apareciendo en la mente de Bill durante toda la tarde, se grabaron en piedra como recuerdos. Estaba cien por ciento seguro de que todas ellas en verdad habían pasado—. Pero estuviste ahí; sé que estuviste ahí. Y sé que es un poco tarde para comprenderlo todo, pero… salvaste mi vida.

—Es mi trabajo —dijo Tom modestamente, manteniendo su cabeza baja; y Bill estuvo seguro de haber detectado un tenue sonrojo subiendo por su cuello.

—Sí —contestó Bill con su voz baja y susurrante—. Pero me salvaste.

—Sé que estás exhausto —dijo Tom cambiando de tema al estar, obviamente, incómodo con la dirección que Bill había tomado—. Deberías dormir un poco.

Con todo su corazón y lleno de admiración y respeto por el chico a su lado, Bill accedió. Todos sus miembros se sintieron pesados sólo con la idea de dormir.

—Pero quédate conmigo hasta que me quede dormido, ¿sí?

—Claro —aceptó Tom, y Bill se recostó de vuelta en su colchón con sus brazos descansando sobre su estómago, debajo de sus mantas cálidas mientras miraba el techo.

Bill no resistió el sueño al acostarse ahí a un lado de su ángel guardián, escuchando la respiración de Tom en el espacio a su lado. Su último pensamiento antes de perderse a sí mismo en la inconsciencia fue una pregunta no articulada, preguntándose por qué Tom respiraba si no estaba vivo.

Continuará…

Gracias a los que siguen leyendo y gracias a los que se dan un tiempo para comentar. No me siento con muchos ánimos el día de hoy, así que no diré nada más, espero que disfruten el capítulo.

por OuterSpace

Traductora del Fandom

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!