Fic original de Buyyouadrank. Traducción de JJ Carpe / Twincestoxa

Capítulo 9Luna Llena

—Pensé que era verdad esta vez —susurró Bill, balanceando sus piernas hacia adelante y atrás mientras estaba sentado en lo alto de la cornisa.

David asintió con la cabeza, sin dejar de mirar a Bill con incredulidad. Una parte de él aún estaba conmocionado por la totalidad de la situación, tan tonto como parecía, el maniquí del escaparate se había convertido en parte de su familia, como el hijo que nunca tuvo. El maniquí presentó la ropa muy bien, atrajo clientes y con los años no era raro que David se detuviera a hablar de vez en cuando con el trozo de plástico. El maniquí no lo juzgaba ni rodaba sus ojos ni mucho menos le gritaba. Y ahora el maniquí era real y David no sabía si estaba aterrorizado o emocionado.

—Es Tom, ¿no? —David murmuró, haciendo una mueca cuando otro doloroso latido pulsó a través de su cabeza. Nunca se había derrumbado así antes, y ahora estaba sintiendo los efectos de la caída en el suelo.

—Sí —Bill retorció los dedos en el borde de su camisa y David se dio cuenta con pesar que las manos de Bill estaban cubiertas de plástico hasta los nudillos.

David suspiró, sacudiendo la cabeza. Sabía que Tom era un gran chico, pero él no lo había visto en los últimos diez años. Sin embargo, estaba seguro de que Tom era digno del afecto de Bill, pero probablemente estaba demasiado asustado para devolverlo.

—Él va a venir —David le dijo tranquilizadoramente, apretándole el brazo.

—No… No, no —Bill se estremeció y miró a su regazo— Incluso si lo hace, será demasiado tarde. Es esta noche.

El hombre suspiró de nuevo. No quería dejar ir a Bill tan pronto. Claro, Bill siempre estaría en su repisa de la ventana, mirando por encima de él a su manera, pero nada se puede comparar con la vida, la respiración, la sensación.

David tenía el impulso peligroso de agarrar a Tom y golpearlo hasta que entrara en razón.

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Tom gimió.

Cuando su madre lo llamó y le pidió que recogiera a Giselle, ella no había mencionado que su hermanita había pasado la noche en casa de una amiga en una fiesta de pijamas para chicas.

Al menos una docena de niñas de diez años de edad estaban en la casa, todas ellas vistiendo un pijama rosa princesa, riendo y adulándolo a él.

—Tu hermano es muy lindo —Julia, amiga de Giselle, susurró con timidez. Giselle le dio un codazo en las costillas.

Giselle puso los ojos y miró a Tom que estaba golpeando su pie en la puerta, esperando con impaciencia.

—Él ya tiene un novio —Giselle susurró de nuevo—. Lo siento.

—¿Un novio? —la cara de Julia se arrugó—. ¿Te refieres a una novia, verdad?

—No —resopló Giselle—, tiene a Bill.

Ella había hablado lo suficientemente alto para que Tom escuchara. El adolescente miró hacia sus pies, haciendo una mueca.

Él había tenido a Bill.

Bill estaba buscando algo, a alguien real para que sea su amor por el resto de su vida. Tom no podía darle eso, demonios, Tom no podía darle eso a nadie. Su relación más larga duró tal vez un mes o dos.

Bill se merecía algo mejor.

—La próxima vez —Tom murmuró para sí mismo—. Él encontrará a alguien la próxima vez.

Había esperado que las palabras le trajeran un poco de consuelo, pero no encontró ninguno.

—Vamos, Tomi —Giselle le sonrió, arrastrando su saco de dormir a sus espaldas. Ella agitó su manita a sus amigas antes de seguir a Tom por la puerta.

—¿Te divertiste? —Tom tomó su saco de dormir y caminó hacia su coche, tirando para abrir el maletero.

Giselle le vio meter sus cosas a la cajuela y habló:

—Sí. Vimos películas y la madre de Julia hizo pastel de chocolate.

—Genial —dijo Tom sin entusiasmo caminando hacia el asiento del conductor. Cuando Giselle se metió en el asiento del pasajero a su lado, le dio una mirada que claramente decía ‘eres demasiado joven para estar aquí’, pero ella sacó la lengua y se quedó mirando fijamente por la ventana, saludando a sus amigas.

—Compré algo para Bill ayer. —Giselle intervino repentinamente, golpeando sus piececitos cuando Tom encendió la radio y empezó a conducir.

—Estoy seguro de que le gustará —suspiró Tom.

—¡No puedo esperar para verlo! Michelle tendrá otra fiesta de pijamas el próximo fin de semana y quiero que venga con nosotras.

Tom hizo una mueca, apretando el volante.

—No estoy seguro de si Bill va a estar por aquí la próxima semana.

—¿Qué? —Giselle dejó de rebotar y se volvió hacia él, con el ceño fruncido—. ¿A dónde va?

—Volverá de dónde vino.

—¿Dónde está eso? Pero nos va a llamar, ¿no? ¿Podemos ir a visitarlo?

—No creo que vuelva —Tom le dijo resueltamente. Por el rabillo de sus ojos, podía ver que su rostro se oscureció.

El sollozo repentino sonó a través de los oídos del rubio y maldijo en voz alta, virando su coche cerca de golpear una señal de stop. La rueda delantera del coche terminó en la acera y Tom maldijo arrepentido antes de girar hacia Giselle, cuyas mejillas estaban manchadas de lágrimas.

—¿Estás bien? —preguntó, agarrando su muñeca.

Se apartó, su labio inferior temblaba. Ella soltó otro grito agudo antes de entrar en modo de sollozo completo, sus pequeños hombros temblando, con la nariz goteando.

—¡No quiero que Bill se vaya! —gritó.

—¡Ssshh, Giselle! ¡Vas a despertar a todo el vecindario! —Tom silbó, algo rojo. Maldijo de nuevo, poniendo el coche en marcha. Una vez que estaba de vuelta en la calle, se dirigió hacia el frente haciendo lo posible por ignorar los sollozos de su hermana pequeña.

—¿Por qué se va? ¡Detenlo! —ella frunció los labios, tratando de mantenerse por el llanto y aspiró ruidosamente, mirando fijamente a Tom.

—Yo no puedo hacer nada —Tom respondió secamente, sus nudillos se pusieron blancos sobre el volante.

—¡Sí puedes! —esta vez, ella agarró su grande camisa casi haciendo que se saliera de la carretera de nuevo—. ¡Él va a escucharte, te ama, haría cualquier cosa por ti!

—¿De dónde sacas eso? —Tom sintió una oleada de náusea, recordando lo que Bill le había dicho esa mañana.

Giselle se burló.

—¡Eres tonto! ¡Es totalmente obvio! ¿Dónde está ahora? Si no se ha ido todavía, tal vez puedes comprarle unas flores y…

—Giselle, la vida no es como una película de Disney, ¿de acuerdo? —Tom espetó, mirándola duro. Él suspiró y habló en voz más baja—. No puedo hacer a Bill feliz.

—¿Él te hace feliz?

Tom reflexionó un momento, su boca se torció hacia abajo, con los párpados caídos ligeramente.

Recordó la primera vez que había encontrado al ingenuo Bill infantil y apenas era capaz de caminar. Recordó la cara perpleja de Bill en los lugares de Alemania que le causaron interés, se acordó de todos los pequeños abrazos de Bill, recordó despertar con Bill a su lado. Se acordó de lo asustado que había estado cuando los dedos de Bill se habían convertido en plástico, y recordó el miedo que se había instalado en él cuando vio que se extendió por su cuerpo.

Recordó el beso. Cada beso que había tenido con cualquier chica había sido pasional, húmedo y preludio al sexo. El beso de Bill había sido tan pequeño y ordenado y sus intenciones habían sido completamente castas.

—Mierda —se quejó—. Sí. Sí lo hace.

Giselle sonrió irónicamente.

—Dijiste una grosería. Tú maldices mucho.

—Cállate —Tom se acercó y le dio un codazo juguetonamente—. Si le dices a mamá, te mato.

—Sí, claro —la rubia puso los ojos—. No me importa si lo haces. Ya no soy una niña, ya sabes. Puedo ver a través de estas cosas.

—Si no eres una niña, por favor, deja en paz el tema sobre Bill —se quejó Tom— se marcha y no va a volver. No puedo hacer nada para ayudarlo, no puedo hacer nada por él.

—Sé que la vida no es como una película… —Giselle se mordió el labio, sus dedos se encresparon en su regazo—, pero sé que eres una buena persona, Tomi. Tú podrías tener una vida de película si no tuvieras miedo.

—No tengo miedo de nada —dijo Tom por segunda vez en el día.

—Tienes miedo de ti mismo. Sé que piensas que está mal, pero… no es así. —La sonrisa volvió a su rostro—. Eres la mejor persona que conozco. Creo que serías bueno para Bill. Podrías hacerlo feliz como él lo hace contigo.

Tom se había estado mintiendo a sí mismo por tanto tiempo. Siempre había desistido sobre las cosas, pero esto era algo que no podía ser deshecho, quería que Bill se quedara y haría cualquier cosa para eso.

Giselle se quedó sin aliento cuando el coche hizo un giro brusco.

—¿A dónde vas?

—A casa.

—Hum. Mamá y papá están por esa dirección —dijo Giselle, señalando la parte de atrás.

—Me refiero a la casa donde me estoy quedando. Donde Bill está.

—Quieres decir que…

Tom puso los ojos, ruborizado.

—Sí, sí. Voy a escuchar tu mierda princesa femenina. —En el interior, su corazón se disparó. Sólo podía imaginar el resto de su vida. Bill estaría allí para siempre, podía imaginar cómo le enseñaba a Bill a conducir, podía imaginar teniendo a Bill con él, en casa de sus amigos y de sus padres, podía imaginar el invierno, Bill se vería hermoso al igual que una de las princesas Disney de Giselle como Blanca Nieves, y ellos ver la nieve caer y beber chocolate caliente y…

Tom estaba tan atrapado en su imaginación mientras su mente vagaba en sus fantasías menos que inocentes: Bill debajo de él, retorciéndose contra él, gimiendo deliciosamente, y entonces se pasó una señal de stop.

—¡Tom!

Tom gritó y golpeó con su pie el freno, pero no lo suficientemente rápido.

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—Él no ha venido.

David miró por la ventana. Estaba empezando a oscurecer. El sol se estaba poniendo y pronto la noche se levantaría junto con la luna. Había registrado todos los sitios en Internet, cada vez más y más ansiosos ya que fue un hecho que la luna llena saldría esta noche.

—Él estará aquí —David apretó el hombro de Bill, tratando de darle una sonrisa tranquilizadora— Él estará aquí, lo juro. No es un idiota.

Bill asintió con la cabeza sin comprender, cerrando los ojos mientras se apoyaba contra la pared. Su espalda estaba presionada contra la ventana y se sentía adormilado con cada hora que pasa. No podía caminar más.

Con sus ojos fuertemente cerrados, Bill lentamente se quedó dormido. Sólo ganó un poco de consuelo cuando un cierto hombre rubio de rastas ingresó en sus sueños.

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—Mierda. Mierda, mierda, mierda.

Giselle frunció el ceño y miró a su hermano mayor.

—Mamá no va a ser feliz si sigues diciendo malas palabras.

Tom le lanzó un ‘cállate’ con la mirada y miró el reloj. Nunca se había sentido más estúpido en toda su vida, debió de haber perdido por lo menos cuatro horas en la estación de policía después de que chocó con otro coche. Nadie resultó herido, afortunadamente, pero todavía había daños a pagar.

—¿Dónde diablos está? —Tom susurró, con los ojos como dardos desesperadamente hacia la puerta. Su madre tenía que llegar pronto porque se estaba haciendo tarde y tenía que llegar con Bill.

Después de aproximadamente media hora, Simone finalmente entró en la habitación, casi temblando de ira. Se dirigió a Tom y rápidamente le dio un golpe en la cabeza.

—¿Estás loco? —ella gritó. Tom se encogió, mirando a la policía que lo estaba viendo con una mezcla de compasión y diversión—. Eres un adulto, ¡se supone que debes conducir con cuidado sin causar accidentes! ¿Qué pasa con tu hermana? ¡Ambos podrían haber salido heridos o muertos!

—Mamá, estoy muy, muy triste, pero ahora mismo necesito tu coche —Tom le dio su mejor mirada de cachorrito que antiguamente había trabajado cuando tenía once años y había matado al amado pez dorado de Gordon.

—¡Por supuesto que no! ¿Por qué diablos iba yo a dejar que hagas eso? —Simone echó los brazos al aire con incredulidad.

Tom suspiró. Él podría correr, pero sabía que tenía que salir ahora en ese instante.

Cogió las llaves de Simone de su mano extendida y Giselle le lanzó una rápida sonrisa y echó a correr hacia su coche. Ignoró el sonido de su nombre siendo gritado por su madre cuando entró al coche, cerró las puertas y empujó las llaves, ahuyentando los gritos de su madre haciendo eco en sus oídos.

—Me va a matar —Tom murmuró para sí mismo, secándose el sudor que había recogido a lo largo de su frente. Dejó escapar un profundo suspiro y se detuvo en un semáforo en rojo, impaciente.

Afuera estaba oscuro y la luna llena estaba arriba.

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Bill se despertó bruscamente, sus ojos observaron a su alrededor con miedo mientras trataba de incorporarse. Gimió y empujó hacia delante, escuchando su cuerpo crujir en protesta. Tenía las piernas pesadas y ya no podía mover los dedos de los pies. Había estado sentado en el mismo lugar durante horas, deseando poder irse ya.

David estaba sentado junto a él y le dio una sonrisa triste.

—¿Por qué no te vas a casa? —Bill susurró débilmente devolviéndole la sonrisa.

David frunció el ceño.

—Absolutamente no. No te voy a dejar solo —Apretó la mano de Bill, el plástico fresco y suave en su palma.

—Quiero estar solo —Bill murmuró, tirando de su mano hacia atrás y dejándola caer en su regazo. Miró por la ventana hacia la luna brillante, redonda y blanca— Estaré aquí mañana —sonrió secamente— lo prometo.

—Bill…

—David, ¿por favor? —Bill dio al hombre una mirada desesperada, con los ojos brillantes— Sólo… esta tienda es a donde pertenezco. Quiero disfrutarla por última vez.

—No quiero dejarte, Bill.

—Nunca lo harás. Y nunca te dejaré tampoco.

David no había llorado en más de una docena de años, pero estaba peligrosamente cerca de hacerlo ahora. Asintió en silencio y se inclinó hacia adelante, presionando un beso en la frente de Bill.

—Mira a tu alrededor —David dio un último apretón del brazo de Bill antes de levantarse y caminar hacia la puerta— Voy a cerrar la tienda por la noche. Nos vemos mañana por la mañana.

—Aquí estaré—repitió Bill, guiñando un ojo.

—Sí.

.

Tom se estacionó en la acera, consciente de que era ilegal hacerlo, pero aún más consciente que conducir por la calle hasta el aparcamiento sería una enorme pérdida de tiempo. Corrió hacia la familiar puerta de cristal y empujó, su corazón se encogió cuando se dio cuenta que estaba cerrada con llave, con el cartel de “Cerrado”.

—David —golpeó el puño contra la puerta—. David, rápido, ¡abre! —su voz fue ronca y tragó saliva, sintiéndose abatido. Caminó alrededor de la tienda, tropezando mientras buscaba alguna señal de vida en el interior.

Ver a Bill contra la ventana de espaldas a él, sin moverse, envió a Tom un golpe a su corazón.

Maldiciendo, Tom corrió hacia la puerta y golpeó con el codo el vidrio rompiéndolo al instante. Metió la mano por el agujero haciendo caso omiso de las pequeñas líneas de sangre que el vidrio causó a su piel, y giró la cerradura delantera desde el otro lado de la puerta.

Una vez que estaba abierta, Tom empujó más allá de la puerta observando su brazo entero crudo y rojo. El estridente sonido de la alarma de la tienda sonó ruidosamente, pero Tom lo ignoró. De inmediato observó al chico de pelo oscuro en la tienda. Bill.

—¡Bill! —Tom corrió hacia él y lo agarró por los hombros, tirando de él hacia arriba. Se sintió enfermo por lo que vio. El cuerpo de Bill estaba raramente sentado, demasiado rígido para ser real. Su piel brillaba como el plástico como sólo él podía y reconoció que ese brillo se había apoderado de su rostro. Tom tragó un sollozo y envolvió sus brazos alrededor de él, dejando caer su barbilla sobre su hombro meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Una ola de miedo pasó a través de él al darse cuenta de cómo el cuerpo de Bill se sintió duro.

—¿Tomi?

Tom abrió los ojos y se echó hacia atrás con la boca abierta cuando Bill abrió los ojos y frunció los labios hacia arriba. Ambas acciones se llevaron a cabo lentamente, dolorosamente.

—Estoy aquí, Bill. —Su voz temblaba y las lágrimas finalmente se extendieron por sus mejillas.

—Estoy muy contento de haber llegado a verte —Bill sonrió, sus ojos permanecen abiertos. Después de unos momentos, Tom se dio cuenta de que él no era intermitente y que sus ojos se veían tan vidriosos, como los tenía la primera vez que los había visto, hace casi diez años.

Sin dudarlo, Tom se inclinó y besó al otro chico. El beso fue completamente casto, simplemente dos conjuntos de labios apretados uno contra el otro. Los labios de Bill se sentían fríos y cerosos. Tom se apartó y se estremeció al sentir los ojos caramelo penetrando en él.

—Te amo, Bill —dijo Tom, manteniendo los brazos cerrados firmemente alrededor de él—. Lo siento, no me di cuenta antes… ¿podrás perdonarme?

Bill abrió la boca un poco y dejó escapar un suspiro suave.

—Yo nunca podría estar enojado contigo. También te amo.

—Entonces… —Tom arrastró una mano por el brazo de Bill, dejando escapar un gemido de frustración al sentir nada más que plástico— ¿Por qué no pasa nada?

—¿Vas a esperar por mí? —la mirada de Bill se volvió hacia el aire detrás del hombro de Tom, con sus ojos fuera de foco cada vez, sus pupilas se volvieron poco a poco más y más pequeñas.

—¿Bill? ¡¿Bill! —Tom gritó cuando todo el cuerpo de Bill se enderezó, fundiéndose en una sola pieza, totalmente paralelo al suelo.

Bill dio un último aliento y llevó su mano rozando los dedos de plástico congelados hacia la mejilla de Tom, limpiándole las lágrimas antes de que su brazo se tensara y se dejara caer de nuevo a su lado.

Cuando Jost corrió de vuelta a la tienda, agarrándose el pecho, su mente saltó a todos los peores de los casos como en quién diablos había roto el cristal, se sintió un poco sorprendido al ser recibido por los ojos tristes de Tom arrodillado sobre el maniquí, llorando con el corazón.

Continúa.

por Twincestoxa

Escritora del Fandom

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