
Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 5

Dennis ya estaba en el jardín de niños y solo quedaban ellos dos.
Al conducía con una mano en el volante y la otra sobre el muslo de Bill, apretándolo de vez en cuando como si eso fuera suficiente para arreglar el ambiente.
Cuando llegaron a la universidad, Al se estacionó en un lugar medio oculto cerca de la entrada lateral.
Bill agarró su carpeta y estaba a punto de abrir la puerta cuando Al lo detuvo agarrándolo firmemente del brazo.
—Espera…
El de rastas bicolores se quedó quieto, mirando al frente. Su marido se giró hacia él con esa expresión que intentaba ser cariñosa.
—No estés enojado, mi amor. Desde ayer te noto raro y no me gusta. Sabes que odio cuando te pones así.
Bill se obligó a tragar saliva. La voz suave de Al le provocaba náuseas. Esa falsa dulzura, como si realmente le importara. Se las tragó todas y solo asintió levemente, sin verle.
El hombre le tomó la mano y se la llevó a los labios, besándole los nudillos con lentitud.
—Eres lo más importante que tengo—Murmuró contra su piel.— No quiero verte así.
El menor sintió que el estómago se le revolvía, pero no se apartó.
Al se inclinó hacia él, le tomó la cara con una mano y lo besó en la boca. Su lengua entró sin pedir permiso, explorando como si fuera territorio conocido.
Bill le correspondió apenas, lo justo para que no se notara su rechazo. Su esposo bajó por su cuello dejando marcas que ya sabía que tendría que cubrir después.
—Al… estamos en la universidad…— Intentó protestar en voz baja.
Pero el hombre no le hizo caso. Sus manos bajaron a la camisa manga larga formal de Bill y empezaron a desabotonarla con prisa, abriéndola hasta dejar sus pechos al descubierto.
Bajó el sostén y se encontró con unos pezones rosados que ya tanto había saboreado.
Al soltó un gruñido bajo y se inclinó, metiéndose uno de los pechos a la boca.
Lo chupó con fuerza, succionando el pezón hasta lograr que se pusiera duro, mientras su mano apretaba el otro pecho, amasándolo sin delicadeza.
Su lengua giraba sobre él, mordía suavemente y luego chupaba más fuerte, como si quisiera dejarlo marcado.
El de rastas bicolores echó la cabeza hacia atrás contra el asiento.
No era placer lo que sentía exactamente. Era una mezcla de necesidad física y asco emocional. Su sexo se humedeció un poco a pesar de todo, traicionándolo.
Cerró los ojos y apretó los puños sobre sus muslos.
Al siguió un rato más así, alternando entre un pecho y el otro, dejando sus pezones rojos e hinchados.
Cuando por fin se separó de ellos, tenía los labios húmedos y una sonrisa satisfecha.
—Así estás mejor— Le dijo como si le hubiera hecho un favor.— Ahora ve a trabajar, cariño.
Bill se abotonó la camisa con los dedos temblorosos, tratando de cubrir las marcas.
No dijo nada y solo agarró su carpeta y abrió la puerta.
—Te amo— Agregó el hombre antes que bajara.
El pelinegro cerró la puerta sin responder y caminó hacia la entrada de la facultad con las piernas aún débiles y el cuerpo ardiendo de rabia contenida.
Bill caminó rápido por los pasillos vacíos.
Ya había entrado tarde gracias a Al y su «cariño» de último minuto.
Las clases ya habían empezado hacía un rato y los corredores estaban desiertos, solo se escuchaban sus pasos y el latido fuerte de su corazón.
Llevaba la camisa bien abotonada pero todavía sentía sus pezones sensibles y las marcas en el cuello le ardían.
Necesitaba recomponerse antes de entrar a dar clases, por lo que se dirigió al baño más cercano.
Antes que pudiera empujar la puerta, una mano fuerte lo agarró de la muñeca y tiró de él en un jalón rápido.
Bill soltó un jadeo ahogado. Y al ver de quién se trataba, no pudo evitar decir su nombre
—Tom…
—Shhh…— Tom lo calló inmediatamente, mientras lo arrastraba unos metros más allá, hacia un salón vacío que tenía la puerta entreabierta.
Lo metió de un empujón y cerró la puerta detrás de ellos.
El pelinegro trastabilló hacia adelante y terminó con las manos apoyadas en el escritorio de los docentes, de espaldas a la puerta.
Se giró rápido, quedando con las manos atrás, agarrado al borde del escritorio, mirando directamente a Tom.
—¿Qué crees que estás haciendo? Estaba apunto de…
—Hola, profesor— Lo interrumpió Tom con esa sonrisa lenta y peligrosa, acercándose como un depredador.— Justo venía de la dirección. La directora dijo que hablaría contigo…
Bill palideció al instante. Sintió que la sangre se le iba de la cara. La foto. La puta foto. Abrió la boca para decir algo, pero el de trenzas soltó una risa baja y oscura.
—Es mentira— Dijo divertido.— Tranquilo. Esa foto es solo mía. Nadie más la va a ver… por ahora— Bromeó. O tal vez no.
Bill estalló.
—¿¡Estás loco!? ¿¡Qué mierda te pasa!? ¡Esto no es un juego, Tom! ¡Tengo un hijo, estoy casado, soy tu profesor! ¡Si esa foto sale…!
No pudo seguir. El de trenzas se pegó a él en un segundo, presionando todo su cuerpo contra el suyo. Lo agarró firmemente del mentón, obligándolo a mirarlo.
—Respira, profesor— Murmuró cerca de su boca, casi rozándola.— No voy a arruinarte… todavía. Solo quiero divertirme un poco. Y tú también quieres, ¿o no? Te vi hace rato allá afuera.
El de rastas bicolores frunció el ceño, confundido y aún furioso.
—¿Qué?
—Te vi en el auto— Continuó con la voz más baja y oscura, acariciándole el mentón con el pulgar— Con tu marido. Vi cómo te besaba el cuello… cómo te abría la camisa… y te devoraba como un animal hambriento.
Los ojos de Tom brillaban con algo entre celos y excitación.
—Parecías tan incómodo… tan insatisfecho. ¿Te corriste al menos? ¿O te dejó a medias otra vez?
Bill se quedó callado. Su respiración comenzaba a ser agitada contra la boca de Tom. Sentía su cuerpo caliente pegado al suyo. Esa presencia abrumadora lo desarmaba tan fácil.
El de trenzas sonrió, rozando sus labios contra los de Bill sin llegar a besarlo del todo.
—Dime la verdad, profesor… ¿prefieres que te folle yo en vez de él?
Obviamente no esperó respuesta. Soltó una risa baja y oscura contra la boca de Bill y lo giró con fuerza, presionándolo contra el escritorio.
Bill terminó con el pecho contra la madera fría, las manos abiertas sobre la superficie y el culo empujado hacia atrás.
—Obviamente sí…— Murmuró casi burlón, mientras le bajaba la falda hasta los tobillos de un tirón.
Le bajó las medias negras de un solo movimiento, dejándolas enredadas en sus muslos.
El mayor temblaba, respirando incontrolablemente, pero no se resistía. Sentía su sexo ya mojado palpitando de pura anticipación.
Tom inhaló profundamente el olor de su cuello. Metió dos de sus dedos gruesos entre sus piernas y los hundió sin piedad en su vulva.
Bill soltó un gemido largo y roto cuando los dedos lo abrieron. El de trenzas los movía con fuerza, curvándolos, buscando ese punto que lo hacía temblar. Su otra mano le apretaba la cadera, manteniéndolo en su lugar.
—Aaah…— Gimió el pelinegro, empujándose hacia atrás contra los dedos, muy desesperado.
Tom sonrió contra su cuello y sacó los dedos de golpe, dejando un vacío insoportable en Bill.
Pero tan rápido como los sacó, se escuchó el sonido del cinturón y el cierre bajándose. Y el envoltorio del condón rasgándose.
Segundos después, sintió la cabeza gruesa de la polla de su estudiante presionando contra su entrada.
Obviamente no fue suave.
Empujó su pene de una sola vez, metiéndosela hasta el fondo. Bill abrió la boca en un gemido ahogado y los ojos muy abiertos.
Era grande. Mucho más grande y gruesa que la de Al y de los demás hombres con los que había estado. Lo estiraba de una forma que dolía delicioso, que lo llenaba por completo. Al fin.
—Esto es lo que querías, ¿verdad?— Gruñó el chico, empezando a follarlo a su gusto. Demasiado rudo.
Cada golpe hacía que el escritorio se moviera. El mayor gemía sin control y las piernas le temblaban.
Por primera vez en años sentía placer de verdad. Placer crudo, intenso, que le nublaba la mente. Cada vez que Tom entraba, rozaba ese punto perfecto dentro de él y lo hacía ver estrellas.
Sintió una nalgada fuerte que resonó en el salón vacío.
—Eres una puta— Murmuró mordiéndole el cuello con fuerza, dejando una marca roja mientras seguía follándolo sin piedad.— Una muy buena.
Otra nalgada. Una tras otra. Que Bill apretaba el escritorio con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, gimiendo alto cada vez que Tom simplemente le hacía algo. Le embestía, le mordía o le pegaba.
—Más…— Suplicó en voz baja, sin vergüenza.— Te lo pido…
Tom soltó una risa ronca y aceleró aún con más fuerza sus penetraciones.
Bill estaba perdido. Solo gemía, temblaba y se dejaba follar como nunca lo habían follado antes.
Continúa…
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