
Notas: Nuevo fic 🙀
Espero les gusteee… 🐢

Fic TOLL de ZenTortugaHua
Capítulo 1
Tom abrió su casillero. La primera hora era Matemática.
Metió la mano para sacar el libro y, al jalarlo, algo se deslizó entre las páginas y cayó a sus pies.
Otra carta.
Doblada con cuidado, perfumada, con su nombre escrito en esa letra perfecta que ya reconocía en cualquier lado.
Una sonrisa involuntaria se dibujó en sus labios mientras la sacaba y la desdoblaba con delicadeza. El papel era suave y olía a vainilla, algo que ya asociaba completamente con «ella».
Querido capitán:
Siempre he tenido la costumbre de ser invisible. Pero cuando se trata de ti, quisiera ser cualquier cosa menos eso.
Ayer, en el pasillo del segundo nivel, pasaste justo a mi lado. No me miraste, y dolió un poco… pero está bien. Porque tu sonrisa… esa sonrisa tan perfecta… por un segundo me hizo creer que era para mí. Aunque no puedo evitar preguntarme qué te hacía reír tanto junto a… Georg.
Justamente, durante el entrenamiento, te caíste y te raspaste la rodilla. Sé que no fue grave. Aún así, me dolió verte. Quise correr hacia ti, limpiar la herida, curarte, preguntarte si estabas bien… pero no pude… No todavía.
Algún día voy a reunir el valor suficiente para decirte quién soy. Voy a mirarte a los ojos y voy a confesarte todo lo que he guardado desde hace tanto.
Pero hoy no es ese día.
Hoy solo puedo escribirte. Solo puedo pedirte que te cuides, que no te lastimes, que sigas sonriendo así. Porque eres lo que más amo en este mundo.
Te amo, más de lo que las palabras alcanzan a decir.
El de rastas sintió algo extraño en su estómago. Una curiosidad, ternura y algo más que no quería admitir.
Enamorarse de alguien que solo conocía por medio de cartas era raro. Claro, ese solo era un pensamiento; su corazón decía lo contrario.
Por otro lado, Georg y él se reían de manera bastante ridícula de la maestra de Lengua, la profesora Heidi.
Una señora. Sí, con cuatro hijos y un esposo con trabajo más que estable. Arrugada, necesitada de algo más que un maquillaje pesado. El tono de su voz cambiaba de forma evidente cuando se dirigía a Tom; todos lo notaban, entendían sus intenciones. Y el capitán también.
Y sin vergüenza decía que sería «subir de nivel» si lograba acostarse con su propia maestra. Pero lo realmente gracioso no era eso, sino verla actuar como una adolescente de quince años cada vez que él le sonreía.
Mientras se reía con Hagen, jamás se detuvo a mirar a su alrededor. Nunca.
Entonces le surgió la pregunta inevitable: ¿qué habría pasado si no estuviera carcajeándose en ese momento? ¿La habría notado al instante? ¿Se habría quedado mirándola?
Ni siquiera sabía cómo era. Y, joder… cuánto se lamentaba por eso.
Ella no era como las otras chicas que se le insinuaban abiertamente, que le mandaban fotos o le dejaban sus números en su casillero o cuadernos. Ella era diferente. Había algo puro en sus palabras, algo vulnerable y honesto que lo desarmaba por completo.
—¡Kaulitz!
La voz de Georg explotó a su lado y el de rastas dio un respingo, cerrando la carta instintivamente.
—¡Mierda, Georg! ¿Qué te pasa?
—¿Otra cartita de amor?— El castaño ya estaba estirando el brazo, tratando de arrebatársela con una sonrisa burlona.
—¡No!— Alzó la carta por encima de su cabeza, alejándola del alcance de su amigo.
—¡Vamos, déjame ver! ¡Solo un vistazo!— Georg saltó intentando alcanzarla, riéndose como idiota.— ¡Solo quiero saber qué te pone la loca esa!
—¡Qué no, carajo!
En el forcejeo, logró rozar la esquina de la carta y la tiró con fuerza. Se escuchó el sonido del papel rasgándose.
Tom lo empujó hacia atrás con el ceño fruncido.
—¡¿Qué mierda te pasa?! ¡Casi la rompes!
Georg levantó las manos en señal de rendición, aunque seguía sonriendo.
—Relájate. Es solo una carta.
—No es solo una carta— Alisó la carta con cuidado, revisando que no estuviera rota. Tenía un pequeño rasgón y una arruga fea en una esquina, pero por suerte seguía entera.— Ya te dije que son privadas. No me gusta que las toques.
—Uy, perdón, señor sensible.— Georg puso los ojos en blanco.— ¿Desde cuándo eres tan caballeroso con una acosadora anónima?
No le respondió. No a un tonto que no sabía lo que se sentía, y que mucho menos recibía cartas.
Dobló la carta con cuidado y la guardó en el sobre, después en su mochila, donde sabía que estaría a salvo.
—No es una acosadora.
—Claro que sí lo es.
—Es solo… alguien que me aprecia. Y yo respeto eso.
Georg lo miró como si le hubiera dicho algo sin humor, pero finalmente soltó una risita y negó con la cabeza.
—Estás bien raro, capitán. Pero bueno, como quieras.— Se colgó la mochila al hombro.— ¿Vamos? Tenemos mate con el viejo más gruñón del mundo.
—Sí
Los dos se alejaron por el pasillo, riendo y empujándose como siempre.
La figura delgada que los observaba desde detrás de la máquina de bebidas, tenía los puños apretados, las uñas clavándose en sus palmas, y en sus ojos brillaba algo oscuro, y muy peligroso.
Georg Moritz Hagen Listing
Ese imbécil metido. Siempre estaba ahí, interrumpiendo, tocando lo que no le pertenecía.
Casi había roto su carta. Su conexión con Tom. Bill apretó los dientes.
Lo odiaba, con cada fibra de su ser.
&
El timbre anunció el cambio de clase.
Los pasillos explotaron en un caos de estudiantes apurados. Risas, gritos y puertas abriéndose.
Bill caminaba rápido, con los brazos llenos de cuadernos coloridos. Todos forrados brillantemente, y con etiquetas perfectamente escritas.
Iba mirando hacia abajo, intentando no chocar con nadie, cuando sintió aquel impacto. No fue fuerte, pero sí lo suficiente para tirarlo al suelo junto con sus cuadernos.
Salió despedido hacia atrás, sus cuadernos volaron por los aires como confeti. Cayó de sentón, con un quejido ahogado.
—¡Mierda! ¡Perdón, perdón!
Una voz grave, y preocupada exclamó. A lo que Bill levantó la vista, aturdido. Y se quedó congelado ahí mismo
Tom Kaulitz estaba frente a él, de pie, con los ojos abiertos y una expresión de genuina preocupación.
—Mierda, lo siento mucho, ¿estás bien?— Se agachó un poco y rápidamente extendió una mano hacia él.
Bill no podía hablar, ni moverse, pero sí mirarlo.
Lo tomó de la mano con cuidado y lo ayudó a levantarse. Su mano era grande, cálida y firme. El contrario sintió que las piernas le temblaban.
—¿Te lastimaste?— Tom lo revisó velozmente preocupado, buscando heridas.— ¿Estás bien?
Bill asintió torpemente, sin poder articular palabra alguna.
El más alto soltó una risita nerviosa y se pasó una mano por las rastas.
—Perdón, en serio. Iba apurado y no te vi.— Miró hacia el suelo, donde los cuadernos de Bill estaban desperdigados.— Espera, te ayudo.
Se agachó y comenzó a recogerlos uno por uno.
El pelinegro lo observaba desde arriba, paralizado, con el corazón desbocado y las mejillas ardiendo.
Tom levantó el cuaderno rosa, luego el lila, después el menta. Los miró con una sonrisa.
—Bonitos cuadernos.
El chico de cabello azabache tragó saliva. Sus pensamientos eran un caos.
Responde, di algo, lo que sea.
—G-gracias…— Su voz salió apenas, pero el capitán logró escucharlo. Alzó la vista, y sus ojos se encontraron.
Ahí fue cuando algo cambió.
Tom lo miró realmente. No de pasada, no con prisa. El reconocimiento brilló en sus ojos.
—Hey… tú eres…— Sonrió lentamente— Tú eres el chico de aquel día. El de las medias.
El pelinegro sintió que el mundo se detenía.
Se recuerda de mí…
—S-sí…— Apenas podía respirar.
El capitán se incorporó, sosteniendo los cuadernos, y Bill notó lo alto que era. Lo imponente y perfecto.
Tom le extendió los cuadernos.
—Me alegra verte de nuevo.
Bill los tomó con manos temblorosas, y por un segundo sus dedos se rozaron.
Había tensión en el aire. Una tensión extraña, eléctrica. Sentía que si Tom lo seguía mirando así, iba a explotar.
El de rastas bajó la vista sin querer, recorriendo brevemente su figura. Bill era bajito. Más joven que él, claramente. Delgado, sus caderas eran pequeñas, su cintura delicada.
Tom apartó la mirada rápido, sintiéndose raro.
—Bueno… me tengo que ir.— Dijo, incómodo consigo mismo.— Perdón otra vez por el choque.
—N-no pasa nada…— Murmuró el pequeño, abrazando sus cuadernos contra el pecho.
Asintió, le dedicó una última sonrisa y se dio la vuelta. Pero justo antes de irse, sus ojos bajaron sin permiso en el trasero de Bill, pequeño y redondo, perfectamente delineado por la ropa puesta.
Maldijo internamente. Aceleró sus pasos y desapareció entre la multitud.
El pelinegro se quedó ahí parado, con las mejillas rojas y una sonrisa tonta en los labios.
Eso había sido tan cliché. Pero Tom lo había tocado, lo había mirado, y eso, era suficiente para volverlo completamente loco.
Continúa…
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