El hambre de Bill 2

Fic TOLL de ZenTortugaHua

Capítulo 2

Se aclaró la garganta y se colocó frente al pizarrón, intentando que su voz sonara firme y profesional.

Ya había hecho una ronda rápida preguntando niveles y el grupo, en general, estaba bastante avanzado. Eso facilitaba las cosas. Podía saltarse las bases y entrar directo al contenido.

Empezó a escribir en el pizarrón con letra clara, explicando cada regla del tema con ejemplos. Su voz salía tranquila, y por así decirlo casi automática. Y sentía la mirada.

Una mirada que no se apartaba.

Desde el fondo del salón, Tom Kaulitz no fingía siquiera prestar atención al pizarrón. Sus ojos oscuros estaban clavados en él. En su trasero, su cara, en su cuello, bajando lentamente por la ropa que había elegido esa mañana, y volviendo a subir. Descaradamente y sin disimulo.

Cada vez que se giraba para escribir, sentía ese peso caliente siguiéndolo.

Intentó ignorarlo y siguió explicando.

Pero el de trenzas seguía mirándolo. Esa media sonrisa seguía ahí, como si estuviera disfrutando de un espectáculo privado.

Minutos después, mientras explicaba una estructura más complicada, se le escapó un error pequeño. Dijo «would had gone» en vez de «would have gone».

—Would have gone— Interrumpió Tom desde el fondo, con voz ronca pero clara, casi perezosa.— No «would had».

El salón se quedó en silencio un segundo. Algunos giraron la cabeza hacia Tom, sorprendidos que hablara.

Bill lo miró directamente. Por primera vez desde que empezó la clase, sus ojos se encontraron de verdad.

—Es correcto, Kaulitz— Dijo manteniendo su voz profesional.— Es «would have gone». Buen ojo.

Tom sonrió más, y esa sonrisa parecía decir mucho. Sus ojos bajaron un segundo a los labios de Bill antes de volver a subir.

—Cuando quiera, profesor.

Se escucharon varios murmullos. Bill fingió no escucharlos y siguió con la explicación, pero sentía las mejillas ligeramente calientes. No era vergüenza exactamente. Era otra cosa. Algo incómodo y eléctrico que se le instaló en el estómago.

La clase continuó así durante los minutos que quedaban. El azabache explicando, caminando de un lado a otro, escribiendo ejemplos y el de trenzas mirándolo sin parar.

Era tan evidente que hasta algunos estudiantes empezaron a cuchichear.

Cuando sonó el timbre, el alivio le cayó como agua fría.

El salón se llenó de ruido.

Sillas arrastrándose, mochilas cerrándose, conversaciones que subían de volumen. La mayoría de los estudiantes pasaron junto a Bill al salir, algunos murmurando «hasta luego, profe», otros mirándolo más tiempo del necesario.

Las miradas eran curiosas, algunas coquetas, otras simplemente sorprendidas de tener a un profesor tan joven y… distinto.

Se dio la vuelta y agarró el borrador. Empezó a limpiar el pizarrón con movimientos lentos. Escuchaba cómo el salón se vaciaba poco a poco.

Pero no del todo.

Sintió que alguien se quedaba.

Pero siguió borrando, fingiendo concentración, pero su cuerpo ya estaba tenso. Sabía quién era. Podía sentir esa presencia pesada en la nuca.

Terminó la esquina izquierda del pizarrón y se atrevió a girar un poco la cabeza.

Ahí estaba. Tom Kaulitz, todavía sentado en su pupitre del fondo, pero ahora con los brazos cruzados sobre el pecho, observándolo con esa calma peligrosa. No había hecho el más mínimo intento de levantarse.

—¿Necesitas algo?— Preguntó, intentando que su voz sonara casual.

El chico tardó unos segundos en responder. Se levantó despacio, empujando la silla hacia atrás. Caminó entre los pupitres con esa forma de moverse que parecía demasiado relajada para un estudiante. Se detuvo cerca del azabache, solo siendo separado por el escritorio.

—Solo quería quedarme un rato más— Dijo con esa voz ronca que aún conservaba restos de sueño.— La clase estuvo interesante.

Bill soltó una risa corta, seca.

—Dudo que hayas prestado atención.

—Presté atención— Contestó, y su mirada bajó abiertamente por el cuerpo de Bill antes de volver hacia arriba.— Mucha atención.

El aire entre ellos se sintió más denso. El mayor se giró completamente hacia él, todavía con el borrador en la mano. El corazón le latía fuerte.

—Los demás ya se fueron— Recalcó.

—Ya lo veo.

Tom dio un paso más cerca. Solo uno. Suficiente para que Bill pudiera oler un poco de su perfume mezclado con algo más personal.

—¿Algo más, profesor Fischer?— Preguntó casi en voz baja, con esa misma media sonrisa de antes.

Bill lo miró a los ojos. Esos ojos oscuros que no se escondían. Que prometían cosas que no debería ni imaginar.

Y por un segundo, solo por un segundo, se permitió sostenerle la mirada sin apartarla.

Sintió que el aire del salón se volvía más espeso. Tom estaba demasiado cerca ahora. Podía distinguir el leve olor a cigarro y algo más varonil que se le pegaba a la ropa.

Tom ladeó la cabeza, mirándolo con curiosidad descarada.

—Eres un profesor muy joven— Comentó, casi como si lo estuviera evaluando.— No pareces tener más de dieciocho.

Soltó una risa baja, nerviosa.

—Gracias… supongo. En realidad tengo veinticinco.

El de trenzas levantó una ceja, claramente sorprendido, y esa media sonrisa se volvió más amplia, más peligrosa.

—Veinticinco— Repitió, saboreando el número.— Aún más interesante.

Dio otro paso. Ya casi no había distancia entre ellos. Bill retrocedió un poco hasta que su espalda chocó contra el pizarrón. El borrador se le cayó de la mano pero ninguno de los dos lo miró.

—Kaulitz…— Empezó intentando sonar autoritario.— La clase ya terminó. Deberías irte…

—No quiero irme todavía.

Tom levantó una mano y llevo hacia atrás de la oreja el mechón rebelde que tenía en el rostro. Un toque leve pero que quemaba.

—Me has llamado mucho la atención, profesor— Confesó en voz baja y ronca.

El mayor sintió que se le cortaba la respiración. Abrió la boca para responder, pero las palabras se le atascaron.

—Estoy casado— Soltó de golpe, como un escudo.— Y tengo un hijo. Esto no es… no es correcto. No puedes hablarme así…

Tom ni se inmutó. Al contrario, su sonrisa se volvió más oscura, más sabia.

—Puedo ver algo en tus ojos— Se inclinó un poco más cerca. Sus trenzas cayeron hacia adelante.— Puedo ver la frustración. La que intentas esconder detrás de esa voz calmada y esa mirada cansada. Estás muerto de aburrimiento, ¿verdad? Muerto de ganas que alguien te toque como mereces. Que te folle como mereces.

Negó con la cabeza rápidamente, su cuerpo no se movía. El corazón le latía tan fuerte que estaba seguro que el chico podía oírlo.

—No… no sabes nada de mí…

Y antes que Bill pudiera decir algo más, el de trenzas se inclinó y capturó sus labios.

Fue directo. Sin pedir permiso. Sus labios eran más suaves de lo que esperaba, pero el beso no tenía nada de suave. Lo presionó contra el pizarrón, una mano sujetándole la nuca, la otra apoyada en su cintura.

El azabache se quedó congelado los primeros segundos. Tenía los ojos muy abiertos. Las manos rígidas a los costados. Su mente gritaba, pero su cuerpo…

Tom mordió suavemente su labio inferior, tirando de él, y soltó un sonido bajo, casi un gruñido de satisfacción.

Y por fin dejó escapar un gemido ahogado.

Correspondió. Con hambre y desesperación. Sus manos subieron al cuello de Tom, tirando de él más cerca. Abrió la boca y dejó que entrara más. Sus lenguas enredándose de forma sucia, urgente. Lo besó como si se estuviera ahogando y el de trenzas fuera su oxígeno. Con intensidad que ni él mismo sabía que tenía.

El de trenzas sonrió contra su boca, victorioso, y profundizó más el beso, presionando todo su cuerpo contra el de Bill.

Su mano en la cintura de Bill bajó hacia su nalga, la que apretó con todas sus fuerzas.

El mayor jadeó dentro del beso, temblando, pero sin apartarse.

Cuando se separaron, apenas unos centímetros, los dos respiraban agitados. La boca de Bill estaba roja e hinchada. Los ojos de Tom brillaban con algo oscuro y satisfecho.

Con un movimiento rápido y fuerte, lo agarró por la cintura y lo empujó hacia el escritorio. El pelinegro chocó contra la madera soltando un jadeo ahogado. Tom se pegó a su espalda inmediatamente, presionando todo su cuerpo contra él. Una de sus manos bajó hasta el muslo de Bill, abriéndole un poco más las piernas mientras la otra se clavaba en su cintura.

Gruñó contra su oreja, mordiéndole el lóbulo.

Empezó a moverse, dando embestidas lentas pero fuertes por encima de la ropa, frotando su polla dura contra su culo. El roce era brutal, seco, desesperante. Bill podía sentirlo todo.

Lo grueso, lo caliente, lo grande que se sentía incluso a través de la tela. El de trenzas empujaba con ritmo, como si ya estuviera follándoselo de verdad, gruñendo bajo cada vez que encajaba bien.

Bill apretaba los labios con fuerza, respirando entrecortado, intentando no hacer ruido. Sus manos se aferraban al borde del escritorio hasta que los nudillos se pusieron blancos.

El de trenzas seguía frotándose contra él.

Un gemido auténtico se le escapó de la garganta. Largo. Necesitado. El primero de verdad en mucho tiempo.

Tom lo besó de lado, torciéndole la cabeza para devorarle la boca mientras seguía empotrándolo contra el escritorio. Bill correspondía al beso con la misma hambre, gimiendo dentro de la boca de Tom cada vez que sentía esa polla gruesa frotarse justo donde más lo necesitaba. Sus caderas empezaron a moverse por instinto hacia atrás, buscando más fricción.

Estaba perdido.

Tom lo soltó de repente.

Se quedó temblando contra el escritorio, respirando como si hubiera corrido un maratón, con su vulva palpitando y el culo ardiendo por el roce.

El hambre fue más fuerte que todo.

De solo pensar en el tamaño de esa polla, en su sabor, se arrodilló al instante, sin pensarlo dos veces. Sus manos se dirigieron al pantalón del contrario.

Pero lo detuvo.

Una mano fuerte lo agarró del cabello con firmeza, tirando su cabeza hacia atrás justo cuando Bill estaba a punto de sacar su polla.

El sonido claro de una foto siendo tomada resonó en el salón vacío.

El azabache levantó la vista, confundido, y palideció al instante.

Tom tenía el teléfono en la otra mano, apuntando directamente hacia abajo.

—Me pregunto qué pensará la directora Flor cuando le muestre esta foto…— Dijo con una sonrisa cínica y divertida.— Y vea cómo es realmente el profesor Fischer.

Bill sintió que el mundo se le caía encima.

Tom guardó el teléfono con calma y le dio una última caricia casi burlona en la mejilla.

—Nos vemos en la próxima clase, profesor.

Se dio la vuelta y salió del salón sin mirar atrás.

El silencio fue ensordecedor. El corazón le latía tan fuerte que le dolía.

Lentamente, como si todo su cuerpo pesara toneladas, dejó de estar arrodillado. Sus piernas fallaron y cayó de lado al suelo.

Las lágrimas empezaron a salir sin control, mientras su mirada estaba fija en la puerta.

Porque sabía que esa foto podía destruirlo todo.

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides dejar un comentario 😉

por ZenTortugaHua

Escritora del Fandom

Un comentario en «El hambre de Bill 2»
  1. ORA QUE HIJO DE PUTA 😭😭😭😭 o sea, no mames, hasta se me abrieron las patas a mí, pero wtf con tomarle una foto??? neta ni un 2 capítulos y la vida de bill está de la chingada 😭

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