En los huesos del cadáver 11

Fic Toll de AndyKltz

Capítulo 11

Miró la pantalla de su celular, y pudo percatarse de que apenas daban las 4 de la mañana. Durante 7 horas, después de lo ocurrido con Tom, se la pasó llorando desconsolado sobre el colchón de la cama, sintiéndose miserable por haber disfrutado aquello.

«Ven por mi a casa de Tom, por favor, prometo compensarlo…», fue el mensaje que le mandó a su padre. Y tan pronto dijo aquello, 10 minutos después el señor Kaulitz ya lo estaba esperando afuera de la casa del de rastas.

Tom, quien se encontraba viendo un programa en la televisión sin poder conciliar el sueño, escuchó los pasos de Bill bajar las escaleras con rapidez, así que se volteó y pudo percatarse que el pelinegro había hecho maleta dispuesto a irse de la casa.

—¿Se puede saber qué carajo estás haciendo?, son las 4 de la mañana Bill…

—No necesito darte explicaciones Tom —musitó con frialdad, dispuesto a irse de una buena vez por todas, así que el contrario intentó detenerlo cuando se levantó del sillón y lo tomó del brazo.

—No vas a ningún lado, Bill, sólo mírate ni siquiera puedes cuidarte solo…

—¡Voy a donde se me pegue la puta gana, Tom, sé cuidarme solo y tú no eres nadie como para prohibir irme de aquí! — corrió el agarre con brusquedad.

—Bill, por favor ¿qué mierda te pasa…?

—¿Qué me pasa? —ironizó, alzando una ceja mientras veía con recelo al contrario—. Pasa que cuando te pedí que te detuvieras hace rato no lo hiciste… Eso es lo que me pasa.

Tom frunció el entrecejo, observando con confusión al pelinegro antes de decir la cosa más estúpida que Bill pudo haber escuchado: —Pero si lo disfrutaste, ¿cómo puedes decir eso?

Ante aquello, la expresión de Bill pasó de ser de una enojada a una totalmente consternada.

—¡Una cosa es cómo haya reaccionado y otra muy diferente a que respetaras mi decisión de no querer hacerlo! 

Una lágrima resbaló por la mejilla del pelinegro, Tom mantuvo silencio durante pocos segundos mientras desviaba la mirada, sin valor de enfrentar a Bill pues el chico tenía toda la razón de estar molesto.

—Lo siento… Fui un imbécil… —intentó disculparse.

—Qué lástima que apenas te das cuenta… —rió con ironía, observando con decepción al contrario. Y sin dejar que Tom dijera algo más, sujetó su maleta con firmeza y salió de la casa dando un portazo.

Una vez afuera pudo percibir el carro de su padre estacionado del otro lado de la acera, y suspiró, sabiendo que tendría que saldar cuentas con Jorg después de todos los favores que le estaba haciendo.

—Gracias… —murmuró mientras abrochaba el cinturón de seguridad una vez se había subido al carro.

—¿Problemas maritales? —preguntó Jorg con cizaña mientras alzaba una ceja. Ladó la cabeza y miró a Bill con burla.

—Es un imbécil… — exclamó el pelinegro por lo bajo, refiriéndose a Tom. Soltó un suspiro cansado y dejó descansar su cabeza sobre el vidrio de la ventana del auto.

Por su parte, Jorg soltó un chasquido con su boca manteniendo su expresión fría y distante, antes de decir: —Si necesitas mendigar por cariño y atención no lo busques en terceras personas, empieza por ti — sentenció Jorg, sin siquiera mirar a su hijo mientras encendía el motor del carro.

Aquella frase golpeó a Bill con una fuerza que hizo que su pecho doliese. Se quedó helado, con la frente todavía apoyada sobre la ventana del carro, mientras las palabras de su padre se repetían una y otra vez en su mente.

—No es lo mismo… —logró articular, con la voz apenas audible, aunque ni él mismo sabía si intentaba convencer a su padre o a sí mismo de aquella vil falacia.

Ante aquello, Jorg soltó una risa cargada de ironía antes de poner el auto en marcha. Bill le dedicó una mirada llena de hastío por su reacción tan antipática, lo cual no le sorprendió viniendo de su padre.

—Claro que no —respondió Jorg con frialdad—. Es exactamente lo mismo, y mientras sigas así solo vas a encontrar a gente que te termine tratando como lo que eres, alguien a quien puedes botar cuando se te plazca, una simple basura.

—Cierra la puta boca… —murmuró el pelinegro. No quería darle la razón, pero por primera vez sabía que Jorg había tocado fibras sensibles y era algo que en ese momento no se sentía con fuerzas para afrontar.

—¿Qué? ¿Te sentiste mal, cariño…? — se burló de nuevo, manteniendo la mirada al frente mientras seguía conduciendo.

—Ya… no estoy de humor… —se quejó Bill por lo bajo mientras frotaba con la yema de sus dedos su cien, otra vez estaba sufriendo de una migraña que ni las pastillas habían aliviado aquel malestar.

Y sin que el pelinegro se lo pidiera, Jorg le extendió una pastilla con una de sus manos. Bill por su parte frunció el ceño extrañado por aquella acción.

—¿Y eso qué…?

—Una pastilla, ¿qué más quieres que sea? —rodó los ojos en respuesta.

—Sí sé que es una pastilla, idiota… ¿Pero para qué me la das? —contestó Bill arrebatando de las manos de su padre el medicamento, mientras lo examinaba detenidamente.

—Es notorio que tienes un dolor de cabeza insoportable, si estás en ese estado no sobrevivirás lo que resta de la mañana del día de hoy.

Bill frunció de nuevo el entrecejo, y acomodó atrás de su oreja un mechon de su largo cabello negro, dejando a la vista unas cuantas rastas blancas que caían con delicadeza sobre sus hombros. Analizó con más detenimiento aquel medicamento, dándose cuenta que aquella pastilla no era para un simple dolor de cabeza.

—¿Es ketamina? —cuestionó, alzando una ceja, y Jorg asintió.

—¿Qué pensaste que era… “La pastilla del día siguiente”? —se burló antes de soltar una carcajada. Ante su comentario el pelinegro golpeó con fuerza el brazo de Jorg.

—Eres un idiota…

—Cariño no dudo que la necesites, de tantas veces que han terminado dentro de tí puede que corras riesgo de embarazo —murmuró, intentando contener la risa, mientras que Bill le dedicaba una mirada llena de asco y repudio.

—Qué gracioso… —rodó los ojos—. No la necesito —finalizó dejando el medicamento dentro del portavasos frontal del auto.

—Tómatela, no es un consejo, es una orden —musitó Jorg con desdén, mientras acomodaba el retrovisor una vez que pararon en un alto de un semáforo.

—No lo haré, mierda hombre, no me meteré esta porquería —exclamó Bill con total asco.

Jorg por su parte ladeó su cabeza observando a su hijo con una expresión fría que hizo que un escalofrío recorriera el cuerpo de Bill. Sonrió fingiendo inocencia hasta que el pelinegro sintió cómo su mandíbula era tomada con fuerza y lo obligó a mirarlo fijamente.

—Escucha, te vas a tragar esa “mierda”, y si no lo haces prometo que tu estancia en el prostíbulo a partir de hoy será peor que estar en el infierno —amenazó. 

Una pequeña lágrima escurrió por la mejilla del pelinegro la cual fue limpiada por el pulgar de Jorg, Bill se removió incómodo por el doloroso agarre antes de que su padre metiera en su boca a la fuerza aquella pastilla y lo obligará a tragar.

Fue soltado con brusquedad una vez se pasó el medicamento, sintiendo cómo la pastilla calaba en su garganta. Bill tosió repetidas veces sintiendo que se ahogaba, hasta que pudo regular su respiración, le dedicó por último una mirada llena de odio.

—Es una pequeña dosis, suficiente para que sobrevivas el resto de la mañana.

Bill suspiró en respuesta.

—¿Por qué mierda te estás preocupando por mí ahora? —murmuró el pelinegro, cruzado de brazos mientras dejaba su cabeza descansar de nuevo contra el vidrio de la ventana del carro.

—No me preocupo —exclamó, sin un solo gramo de empatía—. Por mí puedes dejar de existir y créeme que mi vida seguiría siendo exactamente la misma. 

Aquellas palabras hicieron que el corazón de Bill doliera, de manera extraña.

Por más daño que le haya hecho… Era su padre, o al menos Bill aún consideraba a esa escoria de persona “padre”. Eso quería pensar pues no recuerda cuándo los abusos y maltrato por parte de Jorg hacia él comenzaron, sólo sabía que toda su vida rogó por amor. Amor que nunca pudo tener, ni siquiera la protección de lo que debería ser una imagen paterna sana y estable.

—Sé que me odias, sólo dilo y ya… —murmuró el pelinegro, en un tono lleno de decepción y tristeza.

—No te odio —frunció el entrecejo, como si lo que hubiera escuchado fuera la cosa más ridícula del mundo—. Eres mi hijo ¿cómo pretendes que te odie?

Ante aquello, Bill alzó su cabeza y le dirigió una expresión llena de incredulidad a Jorg, y soltó una risa llena de ironía.

—¿Te estás escuchando? —enarcó una ceja—. ¡Cada vez que puedes me jodes más la vida…! —explotó, y claro que no perdió la oportunidad de reclamarle todo el daño que le había causado.

—¿Yo? —respondió con sarcasmo, auto-señalándose—. Te jodo la vida porque tú dejas que lo haga —rió por último.

—¡Porque no tengo más opciones! —gritó con coraje, sintió que sus ojos se humedecieron y que en cualquier momento soltaría a llorar desconsolado, pero no le daría el gusto de verlo así.

Jorg se mantuvo en silencio por cortos segundos, antes de soltar un suspiro gélido y mirar a Bill con frialdad.

—Claro que las tienes Bill… ¿Por qué después de tantos años no has ido a la policía a confesar todo lo que yo te he hecho? —dijo, y Jorg supo que ahí ganó la discusión, pues Bill se puso nervioso y sin opción de decir algo más. El silencio del pelinegro y el shock le dijo todo.

—Eso no… Tú… —tartamudeó.

—¿Qué? —alzó una ceja, confrontándolo—. ¿Vas a decir que no sales de esta mierda por mi culpa?

Bill se encogió, con la mirada clavada, y dijo.

—No puedo salir de toda esta mierda por tu culpa… ¡Tú eres el responsable de cómo me siento…!

—No lo soy —negó con ironía—. Tienes la oportunidad de huir y no lo haces, porque eres una perra que le encanta victimizarse y seguir en ese mismo papel, te encanta que te hagan sufrir porque sabes que no puedes vivir una vida sin que te maltraten.

No soportó más, ante aquellas insensibles palabras Bill rompió en llanto, ocultando su rostro entre las palmas de sus manos, dejó que todo el sentimiento acumulado escapara.

Por su parte, Jorg puso los ojos en blanco y arrancó el carró después de que el semáforo se pusiera en verde. 

—Deja de llorar, no solucionas nada con eso —habló distante, mientras encendía un cigarro y le daba una calada a este.

—No quiero ir al bar… —murmuró el pelinegro en un tono inaudible, sabía que iban en dirección al prostíbulo porque Jorg dobló en una esquina para tomar la ruta que los llevaba directamente al lugar.

—Tengo que recoger algo, si quieres quédate en el carro, hoy no trabajas —espetó con indiferencia.

Aquello hizo sentir un poco aliviado a Bill, así que el pelinegro suspiró con cansancio mientras secaba sus lágrimas y se tragaba de nuevo su orgullo y dignidad.

¿Porque era cierto todo lo que Jorg le dijo… verdad?. Él sólo era una basura que le encantaba ser el centro de atención.

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—Levántate… —exclamó Jorg dando una nalgada fuerte en el glúteo derecho del pelinegro el cual se encontraba totalmente dormido sobre el colchón de la cama. Despertando de un susto a Bill.

El pelinegro intentó abrir los ojos pero lo único que consiguió fue hacer una mueca llena de disgusto cuando su padre abrió de golpe la ventana de la habitación, dejando que la luz del sol pegará directo a la cara de Bill.

Si bien, el efecto de la ketamina que había tragado 4 horas antes le había hecho un ligero efecto, Bill quería seguir durmiendo. Así que bufando con molestia se dió vuelta en la cama y se acomodó mejor para seguir descansando.

Jorg se cruzó de brazos observando desde el pie de la cama a su hijo quien ni se inmutó en levantarse pues había vuelto a arroparse con las cobijas. Suspiró buscando paciencia, y sin importarle lo jaló de los cabellos obligándolo a incorporarse en la cama.

—¡Agh, mierda… eso duele! —se quejó el pelinegro.

—Que te levantes, he dicho… —exclamó cortante. Por su parte Bill rodó los ojos y como pudo se levantó de la cama tambaleándose en el proceso por el efecto que aún tenía de la Ketamina.

—Mierda… ¿Estás seguro que fue una dosis pequeña la que me diste?, me siento jodido… —murmuró sujetando su cabeza mientras se dirigía al baño de la habitación, parecía que había tomado 7 litros de alcohol la noche anterior y ahora se levantaba con una resaca del diablo.

—¿Qué preferías, no dormir en toda la puta noche o descansar al menos 4 horas? —respondió, alzando una ceja mientras trataba de ordenar el desastre que Bill dejó en la cama mientras dormía.

—¿Gracias…? —murmuró Bill con sarcasmo—. Pero preferiría que un trailer me atropellara, me siento de la patada… 

Como pudo, llegó hasta el baño, se apoyó en el lavabo aferrándose a este para no caer. Al levantar su vista se percató de las ojeras tan marcadas que sus ojos tenían, como si no hubiera dormido por 4 noches consecutivas. 

Se veía miserable.

—Date prisa —se escuchó la voz de Jorg desde afuera de la habitación.

—Ya voy, mierda hombre déjame recobrar al menos mis sentidos… —murmuró Bill con fastidio mientras ponía los ojos en blanco.

Se metió a bañar con agua helada para así aliviar el efecto analgésico de la ketamina. Una vez fuera de la ducha se alistó con lo necesario, bajó las escaleras de la casa encontrándose a su padre en la cocina quien le extendió un termo dejándolo en la encimera. Bill lo tomó mientras inspeccionaba qué desviando su mirada hacia Jorg y dedicándole una expresión llena de desconfianza.

—Tranquilo, no es veneno —rió por lo bajo—. Sólo es café.

—No me sorprendería si le pones veneno a mi bebida —exclamó Bill con sarcasmo mientras rodaba los ojos.

Jorg no respondió, solo lo observó con esa frialdad característica en él, mientras Bill daba un sorbo cauteloso. El café estaba negro, amargo y quemaba al bajar por su garganta con cada trago. Tosió repetidas veces mientras hacía muecas llenas de desagrado.

—Ésto sabe asqueroso, ¿no sabes hacer un café decente? —se quejó el pelinegro.

—Agradece que eso es lo que te mantendrá despierto toda la mañana —respondió mientras tomaba las llaves del auto y pasaba de largo al pelinegro dirigiéndose a la entrada de la casa—. Muévete —sentenció Jorg, señalando la puerta con un movimiento seco de cabeza.

Bill soltó un bufido lleno de molestia y tomó su mochila, se dió una última revisada en el espejo de cuerpo completo que estaba en la sala, admirando lo bien que se veía con su bata médica, si de algo estaba orgulloso en su vida, era de haber sobrevivido casi por completo en una carrera universitaria como lo era medicina, pues le exigía tiempo, dinero y sobretodo estabilidad a costa de su salud física y emocional.

—Bill, muévete — interrumpió la voz de Jorg, desde el marco de la puerta.

—Ya voy, mierda no me apures… —se quejó, siguiendo el paso a Jorg detrás suyo

—Adelante —ordenó su padre, indicándole el asiento del copiloto con un gesto lleno de frialdad. Bill hizo caso.

Durante el trayecto, Bill no dijo una sola palabra. Cada vez que Jorg tomaba una curva el pelinegro sentía que su cerebro golpeaba contra su cráneo de forma violenta. Intentaba mirar por la ventana pero todo a su alrededor se movía, así que cuando se sentía mareado tomaba un sorbo del café amargo que tenía en su termo. 

Jorg por el contrario silbaba una melodía suave mientras conducía, viendo de vez en cuando por el rabillo de su ojo derecho que Bill no terminase vomitando en todo el carro.

—Mierda hombre, ve más despacio —se quejó, sujetando su cabeza la cual sentía que en cualquier momento iba a explotar.

Jorg suspiró en respuesta, y procuró ir más despacio, a lo cual Bill agradeció internamente.

Cuando el edificio de la universidad apareció a lo lejos, Bill alistó sus cosas para bajarse del carro. Una vez llegaron Jorg aparcó en una esquina un poco lejos de la multitud, y cuando Bill iba a abrir la puerta dispuesto a irse, su padre lo detuvo activando el seguro de la puerta. El pelinegro le dedicó una mirada extrañada.

—¿Sucede alg…? —no pudo terminar de hablar, cuando Jorg lo sujetó con fuerza de la mandíbula, y plantó un profundo beso en los labios del pelinegro.

Bill intentó alejarse, pero el contrario era más fuerte, sintió tanto asco que su estómago se revolvió.

Cuando Jorg se separó de él lo único que Bill hizo fue limpiarse la boca con repulsión y salió del auto sin decir algo más.

Aún con el ligero efecto de mareo producido por la ketamina, caminó como si nada estuviera pasando tratando de disimular su malestar. Cuando el pelinegro llegó hasta la entrada de la universidad, pudo percibir un gran tumulto de estudiantes los cuales parecían rodear algo que Bill no pudo percibir a simple vista.

Se acercó más para ver de qué se trataba aquel escándalo, hasta que a los costados vió el sinfín de pancartas en donde se evidenciaba al responsable de quien había subido sus fotos a internet. Con insultos y demás cosas dejando ahora a Evan expuesto y humillado.

Sus ojos se abrieron con sorpresa sintiendo cómo su anterior malestar se esfumaba por completo al vagar por el montón de carteles.

—¡Anda, llora imbécil de mierda, es lo menos que te mereces…!

Escuchó aquel reclamó el cual provenía del tumulto de gente, se acercó tratando de abrirse espacio entre tantos estudiantes los cuales al darse cuenta de su presencia lo dejaron pasar sin ningún conflicto, dedicándole miradas llenas de lástima al pelinegro.

Bill no sabía de qué se trataba todo ese espectáculo, hasta que llegó al frente y pudo ver aquella escena que hizo que su corazón se estrujaba.

Quedó estático en su lugar tratando de procesar lo que veía.

Se trataba de Evan, el cual se encontraba tirado hecho un ovillo en su lugar, con el labio partido mientras que su mochila y demás pertenencias estaban regadas por la explanada por todos lados. Un grupo de estudiantes le lanzaba comida, bebidas y cualquier cosa que pudieran encontrar para arrojarle. Se veía miserable, en definitiva Bill no le desearía a nadie eso. 

Así que todavía con una pizca de empatía en su corazón, se acercó captando la atención de todo mundo.

—¡Basta…! —pidió, deteniendo las agresiones de los estudiantes. 

Evan al escuchar la voz del pelinegro, alzó su mirada, con los ojos llorosos y conectando con la expresión decepcionada de Bill, quien se agachó sobre sus talones para quedar a la altura del contrario.

—Bill… —murmuró Evan en un tono inaudible, sintiendo el nudo en su garganta, se intentó incorporar hasta que ambos quedaron cara a cara en una tensión palpable. Todo mundo estaba expectante a lo que ocurriera, sabiendo lo explosivo que el pelinegro llegaba a ser estaban seguros que lo molería a golpes en ese instante.

—¿Por qué lo hiciste…? —preguntó, sintiendo sus ojos humedecerse, recordando cuando se enteró que su mejor amigo lo traicionó de la manera más cobarde posible.

Evan mantuvo silencio unos cortos segundos, tomó aire y se animó a hablar, sin mirar a Bill a la cara.

—Bill tú… —mordió su labio inferior, no se sentía con el valor de confesarle la verdad—. Tú me gustas… Bill —finalizó.

Al escuchar aquello el pelinegro observó desconcertado al contrario sin poder procesar lo que acababa de escuchar.

—¿Qué…? —murmuró, se encontraba perplejo sin poder creer lo que escuchaba.

—Creí que si te alejabas de Tom aceptarías estar más tiempo conmigo, y me aceptarías… —desvió su mirada, sintiendo la vergüenza calar en sus huesos. Ante aquello, Bill apretó sus labios sintiendo más decepción por el contrario.

—¿Y es por eso que preferiste humillarme mientras fingías que el culpable era Tom y no tú? —alzó una ceja. Evan sin alzar su mirada asintió derrotado.

—Yo… Bill sé que fui un idiota, pero…

—Evan… —lo interrumpió—. Mírame a la cara —pidió, así que el mencionado alzó la mirada, conectando sus ojos con la expresión hundida y demacrada de Bill.

—Bill… Yo…

—Tú más que nadie sabía que mi relación con Tom estaba quebrada desde hace mucho… —musitó en un tono distante, mientras que Evan luchaba por no ponerse a llorar enfrente del pelinegro—. Te conté todo sobre mí, eras la única persona con la cual podía ser yo mismo sin necesidad de juzgarme. ¿Y sabes que no había necesidad de hacer todo lo que hiciste?

—Bill por favor perdóname yo…

—Cállate, Evan, el que habla ahora soy yo —espetó con frialdad, clavando sus tristes ojos sobre el contrario el cual agachó la cabeza con arrepentimiento—. Si me hubieras pedido que fuera tu novio, habría aceptado… —finalizó.

Ante el último comentario del pelinegro, Evan alzó su mirada observando a Bill con una expresión llena de sorpresa, ¿era cierto lo que acababa de escuchar?

—¿Qué…?, ¿Bill lo dices en serio?

Y el pelinegro asintió, Evan pudo ver cómo una lágrima escurría por los ojos de Bill la cual fue limpiada con rapidez por el pelinegro, antes de soltar un suspiro ahogado.

—Hace días tenía tantas ganas de romperte la cara a golpes

—Entonces hazlo Bill sé que me lo merezco…

—Pero no lo voy a hacer, no me voy a desgastar con alguien que no vale la pena, prefiero que te ahogues en la culpa —finalizó. Y sin decir nada más, se levantó dispuesto a irse de ahí.

—Bill… ¡Bill espera, por favor…! —Evan intentó detenerlo, sujetando con fuerza los talones del pelinegro impidiendo que diera un paso más.

—Suéltame Evan… —sin siquiera mirar al contrario, escuchó cómo el chico lloraba desconsolado repitiendo una y otra vez tirado en el piso que lo perdonara. Suspiró cansado, frotando el puente de su nariz con la yema de sus dedos buscando paciencia, pues aquel día no estaba de humor.

—¡Por favor Bill, perdón…! —lloró.

Y sin importarle nada, el pelinegro corrió el agarre de Evan dando una fuerte patada, que dejó que el cuerpo del chico quedará derrotado sobre la explanada de la entrada de la universidad, humillado y expuesto ante todos. Tan pronto Bill se alejó del lugar, a los demás estudiantes no les importó y continuaron haciendo bulla. 

Mientras que Evan veía la silueta de Bill alejarse y perderse de su campo visual, esperanzado a que el pelinegro lo defendiera. Pero estaba claro que aquello no sucedería, y ahora tenía que atenerse a las consecuencias de sus actos. 

Continúa…

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por admin

Traductora del fandom

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