Fic TOLL de WifesKaulitz

Capítulo 14

— De verdad. Un puto error en mi sistema. — dijo, dándome la espalda para servirse un poco de agua de una jarra metálica. — Quieres quedarte, ¿eh? Bien. Pero no pienses que vas a dormir en la litera como una princesa. Si te quedas, vas a ser útil. Tengo que organizar los envíos de la próxima semana y tú vas a anotar cada maldito gramo que salga de aquí.

Se sentó en su litera y me señaló el suelo a sus pies, entre sus piernas, con un gesto de la cabeza.

— Siéntate ahí y no abras la boca a menos que sea para darme números. — ordenó, recuperando su tono demandante. — Y si intentas algo raro, te juro por mi vida que la próxima vez que veas a Abby, será porque te estaré compartiendo la celda de castigo con ella mientras los dos se pudren y pelean una batalla de supervivencia y de todo corazón espero que gane ella.

— Mentiroso.

Me senté en el suelo frío, justo donde me indicó. Sentía el calor de sus rodillas rozando mis hombros mientras él abría de nuevo el cuaderno de cuentas. El silencio en la celda volvió, pero ya no era asfixiante. Era tranquilo.

Tom empezó a dictar nombres y cantidades, y yo anotaba con una precisión que parecía complacerlo. De vez en cuando, sentía su mano rozar mi cabello de forma distraída, casi mecánica, como quien acaricia a un animal doméstico para comprobar que sigue ahí.

Estoy no estaba tan mal después de todo.

— No lo haces mal, Bill. — soltó de repente, sin dejar de mirar el cuaderno. — Para ser un maricón con aires de grandeza, tienes buena letra. Quizás sirvas para algo más que para que te rompa la cara o vender.

— Es un avance, supongo. — murmuré sin levantar la vista del papel.

— Cállate y sigue escribiendo. — gruñó él, aunque esta vez no hubo empujón, solo un apretón momentáneo en mi hombro que se sintió, por un segundo, casi humano.

El silencio se volvió a instalar.
El sonido del lápiz contra el papel y la respiración acompasada de Tom creaban una atmósfera que mi cerebro, todavía sensible por el caos del día, empezó a distorsionarse.

Me quedé quieto, con el lápiz suspendido sobre el cuaderno. Sus rodillas seguían enmarcando mis hombros y ese calor me estaba nublando el juicio. Empecé a mirar sus manos; esas manos grandes, llenas de cicatrices en los nudillos, las mismas que me habían golpeado, pero que también me habían sujetado con una posesividad que me hacía vibrar. Imaginé esas manos recorriendo mi cuerpo sin la barrera del uniforme, imaginé su boca, todavía con el rastro de mi mordida, bajando por mi cuello mientras me susurraba todas esas guarradas que solía decir.

Me quedé hipnotizado, mirando cómo se le tensaba la mandíbula mientras repasaba una cifra. Se veía tan jodidamente imponente, tan dueño de todo, que sentí un tirón eléctrico en el vientre bajo.

— ¿Te quedaste sordo, pajarito? Te dije el siguiente nombre — gruñó, pero yo no me moví.

Levanté la vista lentamente. Desde mi posición en el suelo, lo veía desde abajo, su figura recortada contra la luz mortecina de la celda. Estaba tan cerca que podía ver el brillo de sudor en su frente. Mi cordura, la poca que me quedaba, simplemente se rindió.

— Me gustas, Tom. — solté. Las palabras salieron sin filtro, suaves pero claras, flotando en el aire como una sentencia de muerte.

El tiempo se detuvo. La mano de Tom, que estaba a punto de pasar la página del cuaderno, se quedó congelada en el aire. Sus ojos se clavaron en los míos y, desde que lo conocía, vi que el sistema de Tom Kaulitz sufría un cortocircuito real. No hubo una respuesta vulgar inmediata, ni un golpe, ni una carcajada de desprecio.

Se quedó mudo. Sus pupilas se dilataron y una sombra de desconcierto, de puro nerviosismo, cruzó su rostro de piedra. Abrió la boca puede que para insultarme, para decirme que era un enfermo o un desperdicio, pero no le salió nada. Estaba genuinamente descolocado, como si le hubiera dado un puñetazo en el lugar donde guardaba su ego.

— ¿Qué… qué carajos acabas de decir? — susurró, y su voz no sonó peligrosa, sino extrañamente inestable.

— Lo que oíste. — respondí con una calma suicida, sin apartar la vista.

Tom tragó saliva, y pude ver el movimiento de su nuez de Adán poco notoria. Se puso de pie bruscamente, tirando el cuaderno sobre la litera con tanta fuerza que casi golpea la pared. Estaba nervioso, caminaba de un lado a otro en el espacio reducido de la celda, evitando mirarme, con las manos metidas en los bolsillos y los hombros tensos.

— Tú… tú de verdad estás mal de la cabeza, Bill. — siseó, aunque no me miraba. — Es el encierro. Sí, eso es. El encierro te ha frito las neuronas y ya no sabes ni qué estupideces sueltas por esa boca de maricón que tienes.

— No es el encierro, Tom.

— ¡Cierra la puta boca! — rugió, dándose la vuelta, pero su rostro estaba encendido, no de ira, sino de una agitación que intentaba ocultar desesperadamente. — Ya tuve suficiente de dramas por hoy. No voy a escuchar tus mariconadas sentimentales. — se acercó a la litera y, con una brusquedad exagerada, señaló el hueco oscuro debajo de su cama.

¿Pero qué?

— ¡Abajo! ¡Ahora! — ordenó, con la voz todavía un poco quebrada. — Te dije que no ibas a dormir como una princesa. Te vas a meter debajo de la cama y no quiero oír ni un suspiro. Si vuelves a decir una sola palabra de esas, te juro que te saco a patadas al pasillo para que los guardias te den una paliza de verdad. ¡Muévete!

Me metí debajo de la litera, sintiendo el frío sobre mi espalda y el olor a polvo. Escuché cómo Tom se tiraba sobre el colchón de arriba, moviéndose inquieto, dando vueltas sin poder encontrar una posición cómoda. El dueño del bloque, el tipo que no le temía a nada, estaba ahí arriba, respirando agitado porque un juguete roto le había dicho la verdad.

&

La mañana llegó con el sonido metálico de las celdas abriéndose, pero para mí empezó mucho antes con una patada violenta en la estructura de la litera. El estruendo del metal resonando justo encima de mi cabeza me hizo saltar, golpeándome contra el.

— ¡Arriba, pedazo de basura! — el rugido de Tom fue más fuerte de lo normal, cargado de una hostilidad fogosa.

Salí gateando de debajo de la cama, despeinado y con el cuerpo entumecido por el frío del suelo. Levanté la vista esperando encontrar algún rastro del Tom nervioso de anoche, pero me topé con un muro de hielo. Tom ya estaba vestido, ajustándose las botas con una fuerza bruta, y sus ojos me recorrieron con un asco tan marcado que parecía físico. Había decidido enterrar su vulnerabilidad bajo tres metros de crueldad.

— ¿Qué me miras, imbécil? — escupió, poniéndose de pie y dándome un empujón que me hizo chocar contra la pared. — ¿Todavía estás soñando con tus mariconadas?

— Sí.

Él no sé lo creía.

— Muévete. Tienes cinco minutos para lavarte esa cara de muerto y estar en la zona de carga. Si llegas tarde, le diré a los de la Galería B que hoy el servicio es gratis a costa de tu espalda y estoy seguro que no quieres eso.

Pero no me dió oportunidad y me sacó a empujones, caminamos por el pasillo y Tom se encargó de dejar claro quién mandaba como siempre. Cada vez que alguien nos miraba, él se aseguraba de humillarme cada vez más.

¿En serio lo puso así dos palabras?

— ¡Miren al pajarito! — gritó Tom cuando pasamos frente a un grupo de sus hombres, agarrándome del pelo para obligarme a inclinar la cabeza. — Anoche se pensó que por ayudarme con los números ya era mi mano derecha. ¡Este desperdicio no sirve ni para limpiar mis botas sin llorar! — decía para no admitir que estaba desconcertado aún.

Llegamos a la zona de carga. El trabajo era pesado: mover cajas de suministros que llegaban desde el exterior. Tom se sentó en una caja de madera, encendió un cigarrillo y me señaló una pila de cajas de madera maciza.

— Esas. Tú solo. — sentenció, soltando una nube de humo hacia mi cara. — Y ni se te ocurra pedirle ayuda a Andreas o a Gustav. Si veo a alguien tocando una de tus cajas, te romperé un dedo por cada una que no cargues tú.

El esfuerzo era inhumano para mi estado físico. Mis brazos temblaban, el sudor me escocía en los ojos.

— ¡Parece que se va a quebrar como una rama! — se burlaba frente a Gustav y los demás. — ¿Esto es lo que me decías que era un buen elemento, Gustav? No sirve para nada. Es un error, un puto error que tengo que aguantar por lástima.

En un momento, una de las cajas se me resbaló, golpeándome la rodilla y haciéndome caer al suelo. Tom se levantó lentamente, caminó hacia mí y, en lugar de ayudarme, me puso la bota sobre el pecho, presionando lo justo para que me faltara el aire.

— ¿Ya te cansaste? ¿en serio? —susurró, inclinándose para que solo yo lo oyera, con una mirada cargada de un odio que intentaba tapar su miedo. — Levántate y termina el trabajo. No vuelvas a dirigirme la palabra si no es para decirme cuánto dinero has hecho. Lo que dijiste anoche… solo me dio ganas de vomitar. Eres un asco, Bill. Un puto asco.

Me soltó de un golpe y volvió a su sitio, pero noté que apretaba el cigarrillo con tanta fuerza que lo terminó rompiendo entre sus dedos. Estaba siendo el doble de cruel porque cada vez que me miraba, recordaba que yo sabía su secreto: que mis palabras lo habían hecho temblar.

— ¿Pero qué te ha dicho? — preguntaba Gustav con suma curiosidad.

— Nada que te importe.

— Le he dicho que me gusta. — el silencio que siguió a mi confesión fue como una granada estallando en medio de la zona de carga. Gustav, que estaba apoyado contra un pilar, se quedó con la boca abierta un segundo antes de soltar una carcajada ruidosa y genuinamente divertida que retumbó en todo el lugar.

— ¡No jodas! — exclamó Gustav entre risas. — ¿Eso es lo que te tiene tan de malas, Kaulitz?

Los otros hombres empezaron a intercambiar miradas de asombro y burlas contenidas. La cara de Tom pasó de un blanco pálido a un rojo violento en cuestión de segundos. La vena de su cuello palpitaba con una fuerza peligrosa. Había sido expuesto, humillado en su propio terreno por la única persona que se suponía no tenía voz ni voto.

— ¡Cierra la puta boca, Gustav! —rugió Tom, pero sus ojos estaban fijos en mí, inyectados en una furia ciega que intentaba ocultar el pánico que sentía al ver su autoridad tambalearse.

Caminó hacia mí con pasos pesados, como un psicópata que ha decidido terminar con su presa de una vez por todas. Levantó la mano, cerrando el puño con una fuerza que hizo crujir sus nudillos, dispuesto a estampar su frustración contra mi cara para que todos vieran que nadie, absolutamente nadie, podía decir algo así y salir ileso.

Yo solté la caja de madera, que cayó al suelo con un estruendo seco, y por puro instinto, me encogí. Me tapé el rostro con ambas manos, hundiendo la cabeza entre los hombros, temblando. Reflejaba una inocencia tan cruda, una falta de defensa tan absoluta, que el aire pareció congelarse. No intenté pelear, no intenté correr; solo me quedé ahí, esperando el golpe, siendo el niño roto que él mismo había ayudado a crear.

Tom se detuvo en seco. Su puño quedó a centímetros de mi frente. El jadeo de su respiración era lo único que se oía. Me miró a través del espacio entre mis dedos; vio mi fragilidad, vio que no había malicia en mis palabras, solo una verdad que lo desarmaba por completo. Sus nudillos temblaron.

— Eres un… — empezó, pero la voz se le quebró. No podía hacerlo. No podía golpearme, no después de ver cómo me cubría como si fuera un chiquillo asustado.

Bajó el brazo bruscamente, como si mi piel quemara. Miró a Gustav, luego a sus hombres, sintiendo el peso de sus miradas, y se dio cuenta de que no tenía forma de ganar esta batalla sin admitir que yo le importaba más de lo que su orgullo permitía.

— ¡Me largo de aquí!

Continúa…

Gracias por la visita. No olvides comentar 😉

por WifesKaulitz

Escritora del Fandom

Un comentario en «Bandido 14»
  1. JAJAJAJAJA MUY CHINGÓN MANDANDO A TODOS, PERO NO SOPORTA UNA CONFESIÓN SINCERA 🤪🤙

    y eso es más maricón q ni el mismo maricón q dices q bill es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!