
Fic TOLL de WifesKaulitz
Capítulo 9

La mañana siguiente estaba de nuevo pasando entregando mercadería de Tom antes de sentarme en sus piernas para el desayuno. Mis dedos, que todavía guardaban el rastro del alcohol y el sudor de la noche anterior, deslizaban los sobres azules en las manos de los presos más peligrosos de la Galería B con una eficiencia mecánica que me daba asco. Ya no me temblaba el pulso; el miedo se había transformado en una especie de anestesia fría.
— Buen trabajo, perrita. — soltó Tom cuando llegué a su mesa, agarrándome de la cintura para sentarme sobre él con un golpe seco. — Hoy viene con la cara más seria. ¿Será que anoche le di demasiado trabajo o es que ya se cree la reina del bloque?
Gustav soltó una carcajada, golpeando la mesa con su bandeja.
— Jefe, yo creo que le gusta el uniforme roto. Le da un aire de malote que no se cree ni él.
— Lo que él crea me importa un carajo. — respondió Tom, pasando su mano por mi nuca y apretando los dedos en mi pelo. — Lo que importa es que factura como nadie. ¿Verdad, Bill? ¿A que te sientes poderoso siendo el mensajero de tu papi?
— No y siento que hueles a mierda, Tom. —le solté en un susurro audible solo para los que estábamos en la mesa, sosteniéndole la mirada con un odio que ya no intentaba ocultar. — Y siento que cada vez que me tocas, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no vomitarte encima.
La mesa se quedó en silencio. Tom entornó los ojos, pero en lugar de golpearme, soltó una risa y me acercó más a su rostro.
— Joder, me encantas cuando te pones así de intenso. — siseó, rozando mi nariz con la suya. — Te hace ver tan vivo… y tan mío. Desayuna, Bill. Come de mi plato, que hoy tenemos una entrega especial en la lavandería y quiero que tengas fuerzas.
Me obligó a tragar un trozo de pan mientras sentía su mano bajando por mi espalda, reclamando cada centímetro de mi cuerpo frente a los cientos de presos que nos observaban. En la mesa de los solitarios, Abby me miraba con una mezcla de envidia enferma y desesperación; sus ojos me suplicaban una dosis, pero yo solo podía ver en ella el reflejo de mi propia destrucción.
Jamás pensé que llegaría a una situación así.
— ¿Sabes qué es lo mejor, Bill? — me susurró Tom al oído mientras jugaba con el cierre de mi pantalón por debajo de la mesa. — Que aunque hoy te vayas a tu celda un rato con tus amiguitos, vas a pasar todo el día pensando en cuándo voy a volver a llamarte. Porque ya le agarraste el gusto a esto de ser la favorita del jefe, no me mientas.
— Muérete, maldito. — Tom soltó una carcajada que resonó en todo el comedor, atrayendo las miradas de los guardias que, como siempre, preferían ignorar lo que pasaba en la mesa del dueño. Me apretó contra su pecho con una fuerza que me hizo soltar un quejido sordo, disfrutando de mi resistencia como si fuera el mejor de los postres.
— ¡Muérete, dice! — exclamó Tom, mirando a Gustav con fingida indignación. — ¿Oíste eso, Gus? Mi perrita tiene deseos suicidas… pero para mí. Qué lástima, Bill, porque si yo me muero, tú te conviertes en el juguete comunitario de este bloque en menos de lo que tardas en decir auxilio. Así que reza por mi salud, cariño.
Me dio un beso brusco en la mejilla, justo sobre el hematoma, y me empujó fuera de su regazo con un movimiento seco.
— ¡Ya basta de mimos! — su tono cambió a uno profesional y gélido. — A la lavandería. Mueve ese culo, Bill. Gustav te escoltará hasta la entrada. Tienes diez sobres más que entregar en las cestas de sábanas blancas.
Me tocó obedecer si o sí.
La lavandería era una cámara de tortura de vapor y ruido. El calor era tan intenso que el sudor empezó a correr por mi espalda al instante, mezclándose con la sensación de suciedad que no me abandonaba. Caminaba entre las máquinas industriales, sintiendo el peso de la droga en mis costados.
Al llegar a la zona de secado, me detuve frente a una de las cestas. Estaba solo, o eso creía, hasta que una mano me tapó la boca y me arrastró detrás de una pila de uniformes sucios. El vapor de las máquinas me nublaba la vista, pero el olor que me asaltó no era el del detergente industrial, sino uno rancio, a tabaco barato y sudor viejo.
— Pero mira qué tenemos aquí… la joyita de Kaulitz. — la voz era un gruñido metálico que conocía perfectamente.
Müller…
Antes de que pudiera gritar, me estrelló la cara contra la estructura de metal caliente de una secadora. El dolor fue un fogonazo blanco. Sus dedos se clavaron en mi cabello con una saña que hizo que se me saltaran las lágrimas, obligándome a mirar hacia el pasillo donde sus hombres vigilaban que Gustav no estuviera cerca.
— Tom cree que puede pasear a su puta por mi galería y que no voy a cobrar peaje. — siseó Müller cerca de mi oído, dios, ese aliento fétido estaba dándome náuseas. — Tienes algo que me pertenece, ¿sabes?
Me arrancó los sobres del uniforme con tal violencia que la tela terminó de ceder, dejándome el torso desnudo y vulnerable. Pero no se detuvo ahí. Sus manos, enormes y ásperas, bajaron con una intención que me heló la sangre.
— ¡Suéltame! ¡Tom te va a matar! —logré escupir, tratando de zafarme.
— Tom no está aquí ahora. — soltó Müller con una carcajada sádica. — Y para cuando te encuentre, vas a estar tan usado que ni él querrá tocarte.
Lo que siguió fue una pesadilla de manos bruscas y golpes. Müller me inmovilizó contra la maquinaria vibrante, usándome de la forma más degradante posible para demostrar que el poder de Tom tenía grietas. Me sentía como un trapo sucio entre el vapor que me quemaba la piel y el peso de un hombre que solo quería destruirme para herir a su rival. Cada vez que intentaba luchar, recibía un golpe en las costillas que me dejaba sin aire.
— Dile a tu dueño que Müller manda recuerdos. — gruñó, dándome un último empujón que me hizo caer al suelo mojado, temblando y cubierto de suciedad.
Estaba… él…
Dios mío.
Minutos después, Gustav me encontró. No dijo nada, pero su rostro se puso pálido al ver mi estado. Me arrastró de vuelta a la Galería C. Cuando la reja de la celda de Tom se abrió, yo era un desastre: el rostro hinchado, el uniforme hecho mierda y el cuerpo marcado por alguien que no era él.
Tom estaba sentado en su catre, contando billetes. Al levantar la vista, su expresión se transformó en algo que nunca había visto: una furia volcánica, silenciosa y letal. Se puso de pie lentamente, soltando el dinero.
— ¿Dónde… está… mi dinero? — su voz era un susurro que cortaba más que su navaja.
— Müller… — apenas pude articular, abrazándome a mí mismo.
Tom caminó hacia mí y, en lugar de consolarme, me agarró del mentón con una fuerza brutal, obligándome a mirarlo. Sus ojos eran dos pozos de odio.
— Te di una orden, Bill. Una puta orden. — siseó, ignorando mi llanto. — Te dejé mi marca para que nadie te tocara y permitiste que ese cerdo pusiera sus manos en ti. ¡Me has hecho perder dinero y me has hecho quedar como un idiota frente a todo el bloque!
— ¡Me violó, Tom! ¡Me lastimó! —grité, estallando en rabia y dolor. Tom me soltó un bofetón que me hizo caer de nuevo. Se inclinó sobre mí, su sombra cubriéndome por completo todo mi ser.
— Me importa una mierda. — rugió, agarrándome de la nuca. — Lo que me importa es que mi propiedad ha sido profanada. Ahora Müller cree que puede robarme. ¿Y sabes quién va a pagar por eso? Tú.
Se desabrochó el cinturón con una parsimonia aterradora y realmente creí que iba a golpearme. Cuando alzó su mano se detuvo en el aire, mi reacción probablemente le dió lastima o no sé porque en sus ojos ví algo que le hizo retractar.
Soltó un «mierda» y solo salió de la celda con otro tipo más dejándome con Gustav ahí.
— Vete. — murmuró enojado y yo obedecí arrastrándome lento hasta estar afuera y hubo alguien ahí, un alma caritativa que decidió cargarme entre sus brazos para llevarme a dónde pertenecía. Esta no era la fuerza bruta de Müller, ni la posesividad asfixiante de Tom; era un gesto extrañamente humano en medio de aquel infierno de concreto.
Perdí el conocimiento entre el olor a desinfectante y el eco de los pasos de los guardias.
&
Cuando abrí los ojos, el techo de la celda de Georg me dio la bienvenida. El dolor en mis costillas era una punzada constante, y sentía el rostro inflamado, pero no estaba solo. Georg estaba sentado a los pies de la litera, con la mirada perdida y las manos entrelazadas, temblando de una rabia contenida.
Sin embargo, en el banco de madera, había un hombre que no conocía. No llevaba el uniforme sucio de la mayoría; se veía impecable, incluso en la miseria de Stammheim.
— Despertaste. — dijo el desconocido. Su voz era tranquila, pero tenía un filo de autoridad. — Tienes suerte de que te encontré antes de que los neonazis de la Galería B decidieran que eras un blanco fácil después de lo que hizo Müller.
Intenté incorporarme, pero un gemido de dolor escapó de mis labios. El hombre se acercó y, con una suavidad que me desconcertó, puso una mano en mi hombro para que me quedara quieto.
— Tranquilo, Bi. Georg me ayudó a traerte. Soy Marc… Marc Eggers. — se presentó, esbozando una sonrisa ladina que no llegaba a ser burlona como la que me acostumbró Tom. — Digamos que soy el que mantiene las cosas limpias por aquí cuando Kaulitz se pone demasiado… volcánico.
— Él me ayudó, Bill. — susurró Georg, acercándose con una cubeta de agua y un uniforme nuevo, limpio y doblado. — Marc tiene contactos en la lavandería que no responden a Müller ni a Tom. Vístete.
Marc se levantó y tomó el uniforme limpio, extendiéndolo frente a mí.
— Quítate eso, Bill. Apestas a sexo y a vapor de alcantarilla. — soltó Marc con una franqueza brutal. — Tom está afuera haciendo una carnicería. Escuché que ya le cortó la lengua a uno de los aliados de Müller por haberte tocado. Si te ve así, solo vas a recordarle que perdió una batalla. Ponte esto.
Con la ayuda de Georg, me quité lo que quedaba de mi ropa. Ver mi propio cuerpo era como mirar un mapa de guerra: las marcas de los dedos de Müller en mis muslos se mezclaban con los moretones que Tom me había dejado noches atrás. Me sentía una propiedad saqueada.
Marc me observó mientras me ponía la camisa limpia. No había lascivia en su mirada, sino una especie de cálculo frío.
— Escúchame bien. — dijo Marc, bajando la voz mientras Georg vigilaba la reja. — Tom no te dejó ir por lástima. Se fue porque si se quedaba, te habría matado de la rabia por haber dañado su mercancía favorita. Ahora mismo es un animal herido en su orgullo.
Se inclinó hacia mí, dándome un trozo de chocolate que sacó de su bolsillo, un lujo impensable en este sitio.
— Cómetelo. Lo vas a necesitar. En cuanto Tom regrese de su caza, vendrá por ti. Y esta vez no querrá que seas su mula, Bill. Querrá que seas el trofeo que le recuerde a Müller que él siempre recupera lo que es suyo, aunque tenga que romperlo un poco más en el proceso.
— ¿Por qué me ayudas, Marc? —pregunté, con el sabor amargo y dulce del chocolate en mi boca.
— Porque Kaulitz cree que son los únicos dueños del tablero. —respondió Marc con una sonrisa fría. — Y a veces, me gusta mover las piezas que ellos dan por perdidas.
— Fuera de eso es doctor. — continuó Georg algo divertido y abrazó a Marc por los hombros.
— Y estoy encantado de poder atenderte, Bill.
¿Soy yo o este me guiñó el ojo?
Continúa…
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wey no mames, si una piensa que está teniendo un mal día, este bill está teniendo uno peor
qué coño hace el huevos aquí??? NO ME FÍO DE NADIE EN ESTA FIC 😭